Opinión | Sálvese quien pueda

Periodista, cronista, coleccionista de momentos y de amistades
Del turismo agotador, ¡libérame, Señor!

¿Y dónde está la playa? / Ricardo Grobas
Será que estoy llegando a una edad abusiva y se ve mermado mi deseo de viajar, pero cada vez que asoma el verano me pregunto aterrado dónde tendré que hacer de turista. Uno no vive solo y no puede decidir por su cuenta. Los que contamos con un presupuesto que intenta no dislocar el fin de mes corremos los riesgos propios de estas calendas por culpa del low cost: arrastrar maletas, rezos para que no superen los kilos permitidos, aeropuertos o estaciones atiborradas de gente que implora a Dios que no haya retrasos, colas de facturación interminables, el sufrimiento estético de esos calcetines bajo sandalias de los ingleses o alemanes o esos españoles desabotonados hasta la cintura, restaurantes que están permanentemente llenos en el lugar de destino o esperas desesperantes para comer en chiringuitos atiborrados de niños ruidosos junto a la playa...
No es que esté contra el turismo, no, que vayan ellos; no es que padezca algún grado de turismofobia, simplemente, no quiero ser turista, odio el turismo de GPS y alpargata y no dudaría un segundo en mandar a un campo de reeducación a todos esos visitantes de borrachera que andan por las calles vomitando o mostrando los pechos al sol sin pudor. Y de paso a las influencers. Se puede viajar en otros meses o, simplemente, gastar más dinero moviéndose en medios más selectivos aunque ni esto es seguro: acaba de volver una amiga de Zahara de los Atunes y de uno de los hoteles más caros harta, dispuesta a no volver al sur y eso que no ha tenido que bañarse en esas aguas que parecen caldos.
No sé dónde leí que, por efecto de la masificación, vivimos el apogeo del turismo y la decadencia del turista, que desde que pisa un aeropuerto está rodeado de sistemas de vigilancia cada vez más sofisticados, en los destinos poco transitados suscita desconfianza y en los muy concurridos resulta un visitante despreciable.
Yo admiro aquellos viajeros de la Edad Media que, como señala María Serena Mazzi en Los viajes medievales, comenzaban su andadura casi ciegos, sin imágenes prefiguradas del camino salvo por sermones de frailes que fabulaban con un mundo de monstruos y gigantes amenazadores, de profundidades abisales pero, al mismo tiempo, como un lugar plagado de paisajes maravillosos donde los árboles ofrecían comida en abundancia. No existían los “tours” actuales, con los que llegas al camino conociendo todos sus recovecos y lo recorres si quieres dejando que empresas creadas al efecto te liberen de la mochila.
Admiro, pero no tengo edad para imitar, a Franco Michelli (La vocación de perderse) que, una vez decidido el principio y el final del itinerario elegido, siempre en territorios ignotos, no lleva para guiarse instrumento artificial alguno, sea mapas, relojes, brújulas, GPS, teléfonos y radios. Acepta solo la compañía de los astros del cielo, como el viajero medieval. Admiro a Teófilo Gautier, que en el siglo XIX recorrió aquella España cañí en coches de caballos. Pero a este turismo, líbralo de mí, Oh Señor. Déjame en casa.
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