Opinión
El futuro de la Universidad está en la docencia telemática

Una estudiante realiza sus tareas / FDV
Durante siglos, la Universidad ha sido un espacio físico, simbólico y político para la producción y reproducción de ciertos saberes. Pero hoy, atrapada en su propia burocracia, disecada en el sentimentalismo pedagógico y entregada a las ideologías del entretenimiento y la malversación del racionalismo, la Universidad presencial ya no enseña: representa. Simula lo que ya no es ni volverá a ser: un territorio de poder y lucha por determinados conocimientos. ¿A dónde se han ido hoy esos conocimientos?
La Universidad siempre fue más conocimiento que originalidad. Muchos descubrimientos científicos nunca tuvieron lugar en la Universidad, sino fuera de ella. Hoy son muchas las personas que, discretamente, confiesan que esta institución académica se comporta como un centro de gestión emocional para adolescentes prolongados. El profesor ya no sabe si él mismo es la solución o el problema. No está autorizado a hacer lo que debe hacer y no dispone tampoco de criterios para hacerlo, sino más bien de interdicciones orwellianas.
Sea como sea, vivimos en el siglo XXI, y el futuro de la Universidad está en la docencia telemática, una forma de impartir clase que exige mucho más que la tradicional docencia presencial, razón por la que muchos profesores se resisten a ella, desde el momento en que exige trabajar aún más allá de lo presencial y en contextos bastante más arriesgados, dada su exposición pública y abierta a todos.
El medio no es el mensaje: el medio es el mensaje de quienes no tienen nada que decir. Y hoy, la Universidad, tiene más de medio que de mensaje. Es más continente que contenido. Más historia que presente. Su futuro está en la docencia telemática, algo que, para triunfar, necesita cumplir al menos con lo que llamaremos los 10 mandamientos de la enseñanza en línea.
1. Un curso en línea debe ser más riguroso aún que uno presencial, porque hay que suplir la ausencia en el aula con un impacto intelectual mucho mayor. Esto exige una construcción sistemática de conocimientos, no un conjunto de temas o píldoras. No se trata de enumerar contenidos, sino de construir un contenido global y muy bien sostenido. Cada clase debe integrarse en una estructura argumentativa creciente, de tal modo que su desarrollo implique una transformación intelectual del estudiante.
2. El lenguaje tiene que ser muy claro, conceptual y directo. La docencia digital debe ejercerse mediante datos objetivos, no mediante emoticonos. El lenguaje universitario no es una terapia emocional: es un dispositivo lógico de transmisión de conceptos. Hablar claro no es hablar simple: es hablar con precisión. Quien no define, confunde. Quien no argumenta, adoctrina.
3. Hay que dominar la tecnología, y no depender técnicamente de ella. El conocimiento no necesita fuegos artificiales. Una cámara, una pizarra y una voz bastan. Lo esencial es el contenido, no el medio. El abuso tecnológico disfraza la vacuidad del discurso. La enseñanza digital debe ser austera en la forma y rigurosa en la exposición. Mucho contenido y poca o ninguna parafernalia.
4. Los recursos audiovisuales son decisivos. El vídeo es una herramienta de pensamiento, no de seducción ni diversión. Grabar una clase no es entretener al espectador, es desafiarlo intelectualmente. El profesor debe relacionarse dialécticamente con el alumno, encararse con él. El vídeo no es un producto comercial: es una forma de presencia frontal del profesor. Lo que se enseña no es lo que se dice, sino lo que se piensa mientras se dice.
5. La gestión del tiempo del estudiante es determinante y el profesor debe facilitar un conocimiento no fragmentado artificialmente. No son aceptables los «módulos de 5 minutos» para consumo rápido. El estudiante debe comprometerse con los largos plazos que exige el estudio. El conocimiento requiere dedicación prolongada. Y resistencia. El tiempo del saber es incompatible con el zapping cognitivo. El estudiante debe aprender a escuchar y a interpretar una lección magistral, y el profesor debe saber impartirla, como un director de orquesta sabe y puede dirigir a sus instrumentistas durante horas.
6. Los exámenes son innecesarios, porque el examen principal consiste en obtener un puesto de trabajo. Y eso no lo da la Universidad, sino la empresa. Los exámenes son un simulacro de conocimiento. La docencia telemática puede servirse de evaluaciones automáticas o test, pero más como un ejercicio que como una prueba oficial de conocimiento. La evaluación la hace el propio estudiante, demostrando que es capaz de resistir el curso que recibe. La docencia telemática es una evaluación por selección natural. El que la resiste, implicándose hasta el final, gana. No se aprueba ni se suspende: se aprende. Somos profesores, no examinadores. Quien examina ―y quien te suspende o te aprueba― es la empresa y el mercado, no la Universidad. No perdamos el tiempo con simulacros.
7. La comunicación es más importante que la interacción. El pensamiento no se mide por la cantidad de intervenciones, sino por la calidad de las ideas. La participación y el mucho hablar no garantizan el aprendizaje. La inteligencia no es democrática: es racional. No todos tienen algo que decir, ni quieren decirlo. Las personas inteligentes se comunican, pero no dialogan: ya saben lo que tienen que decirse. La inteligencia no está en las redes sociales. La Universidad no es una red social.
8. El alumno debe adaptarse a las exigencias del conocimiento del profesor, y no a la inversa. Un profesor que se adapta al alumno no es un profesor, es un pedagogo. El conocimiento no se adapta: se imparte y se adquiere. Toda adaptación es una forma de degradación y sumisión indebida. Lo que vale la pena enseñar es aquello que no se puede simplificar, precisamente porque nos hace asumir y comprender complejidades que antes no conocíamos, y que cambian nuestra forma de ser, de pensar y de vivir.
9. El objetivo de la enseñanza es la autonomía intelectual del alumno y su capacidad para generar conocimientos nuevos. El estudiante debe emanciparse intelectualmente, no depender del profesor. El docente ni adoctrina, ni pide adhesión: enseña a pensar críticamente con los conocimientos más rigurosos, que son los científicos, no los ideológicos. Se forma a personas que buscan la libertad, no la felicidad. No se trata de agradar al alumno, sino de transformarlo en alguien que se valga por sí mismo.
10. La ciencia tiene que estar por encima de sus tres enemigos históricos: filosofías, religiones e ideologías. Es fundamental preservar la calidad docente evitando hipotecar el conocimiento científico con sesgos basados en creencias, dogmas y mentiras. En el siglo XXI las ciencias están, como siempre, bajo la amenaza y la coerción de estos tres fundamentalismos.
¿Qué Universidad se atreve a ejercer una docencia así? Aquella que no quiera ser un tercer mundo semántico de cuerpo presente.
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