Opinión | Cuaderno de bitácora
Vivir para contarlo

Imagen de una de las jornadas de la Feria del Libro de Madrid 2025. / Víctor Lerena/EFE
En la Feria del Libro de Madrid el tiempo parece deslizarse más rápido, como si la ciudad hubiese decidido engullir las horas de todos los que dejan sus pasos en el parque de El Retiro. Será el calor, dirá alguno, que vuelve blandos los pensamientos. Será la multitud, dirá otro, que atropella y confunde los minutos. Yo no sé qué tiene Madrid. ¿Cómo es posible que una ciudad tan caótica y enorme se te cuele dentro? Cuando lean estas líneas me encontraré, de nuevo, firmando en alguna de sus casetas. Un librero amable, y agotado, habrá preparado un pequeño espacio para mí y, con suerte, unos cuantos lectores vendrán a verme. Mientras charlamos y me cuentan sus aventuras y experiencias lectoras, se irá tejiendo la magia. ¿No me creen? Tendrían que haberlo visto: el brillo en sus ojos, la emoción en sus gestos. La niña que regresó, con sus ahorros, para comprar otro de mis libros; la mujer que, sola, cogió un vuelo desde una isla solo para verme cinco minutos; la chica que, tras la muerte de su hermana, había leído alguna de mis historias porque ella se las había recomendado y, al hacerlo, había sentido que su espíritu perduraba y la acompañaba en cada línea; el juez jubilado que viene cada año para hacerme una crítica detallada de esta parte y de la otra de mi última novela, su sonrisa amable.
Y, además, están los otros. Los escritores. Este es un oficio curiosísimo, en el que permanecemos en la sombra gran parte del tiempo para, después y durante la promoción, sucumbir a una exposición brutal. En los meses de discreción que ofrece el escritorio somos casi siempre islas perdidas, ajenas al mundo. Cuando tenemos la suerte de toparnos con compañeros, sucede el sutil abrazo de la amistad. Apenas es perceptible, pero reconoces a tus iguales porque sufren los mismos problemas y se sienten acuciados por las mismas dudas. Compartimos solo unos ratos robados a la Feria o una paella de la que ni siquiera nos molestamos en revisar los ingredientes. Dicen que los escritores somos especialmente conscientes de la finitud del tiempo, y tal vez sea cierto.
¿Vale la pena ir a la Feria del Libro de Madrid? Creo que sí. Y no me refiero solo al aspecto profesional, porque no podemos olvidar la facturación de más de diez millones de euros que esta feria supuso el año pasado. Más allá de los números, creo que vale la pena por el reencuentro. No solo con editores, compañeros y libreros, sino con los lectores. A la inmensa mayoría no los conozco de nada, pero ellos a mí sí. Resulta emocionante compartir un rato, y descalzarse después en el parque para tumbarse a la sombra y espiar el cielo de Madrid entre las ramas de los árboles. Piénsenlo, porque tal vez tengan ustedes que aplicar el «ahora o nunca» a la hora de decidirse a visitar la capital para acudir a este burbujeante encuentro: los que asistimos con frecuencia cada vez nos encontramos las más variadas excusas para su cierre durante horas o jornadas enteras; que si el viento, que si el calor. Dicen que, en realidad, quieren llevarse la Feria a IFEMA. Pero, entonces, y más allá del encuentro entre escritores y lectores, ¿qué gracia tendría el paseo? Vengan, observen y disfruten. Solo así podrán contarlo.
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