Opinión | Dramatis Personae
Antígonas e Ismenas

«Edipo y Antígona» o «La plaga de Tebas», 1842 / Charles François Jalabert
Somos apenas un eco de los griegos. Todo se concentraba ya en ellos. En el alivio de sus mitos y en la angustia de sus filósofos. En el capricho de sus dioses y en la ira de sus héroes. En el ser humano, tan complejo como frágil, que sus tragedias retratan. Nos seguimos enfrentando a sus mismos dilemas. Somos apenas un personaje de Sófocles.
Etéocles se niega a compartir el gobierno de Tebas con Polínices contraviniendo lo que habían pactado para eludir la maldición de su padre, el desgraciado Edipo. Los dos se enfrentan y se matan mutuamente a las puertas de la ciudad. Su tío Creonte, el nuevo regente, organiza exequias para Etéocles. A Polínices, por haber armado un ejército extranjero, ordena dejarlo insepulto, a merced de las alimañas. Las hermanas de ambos discuten al conocer tal proclama. Ismena se resigna por obediencia y miedo. Antígona, a sabiendas de que la desobediencia supondrá su propia muerte, lo entierra para que su alma no vague desorientada.
Los grandes paradigmas nunca caducan gracias a su elasticidad. A Antígona la han interpretado según el entendimiento de cada exégeta y la necesidad de cada época. Jamás pierde su esencia. Ella se opone a la ley que el poder ha establecido por cumplir un imperativo ético superior. Antígona anhelaba una vida dichosa. No hace lo que le conviene, ni siquiera lo que desea, sino lo que debe, y asume el precio.
No se negocia la rectitud ni se calcula su eficacia. Polínices, descubierta Antígona, acabará pudriéndose al sol. De nada servían las postales contra el nazismo que Otto y Elise Hampel iban repartiendo por los buzones de Berlín en plena contienda. Escribieron 250 antes de que la Gestapo los capturara y fueran guillotinados. Ya sabían ellos que difícilmente removerían una sola conciencia mediante sus escasas líneas. Se arriesgaron porque sentían que se lo debían al hermano de Elise, caído en el frente, y a su propia dignidad.
De aquella leyenda se escribió una obra. De esta historia se rodó una película. Aunque parezcan distantes, se nos avecindan. Mi abuelo se negó a pasear a un vecino durante la guerra civil. Era más afín en ideología a los alzados. Sólo conducía el camión que los verdugos pretendían emplear. Sobraban noches y cunetas para aquel infeliz. Mi abuelo se arriesgó a que le pegasen un tiro, pese a la inutilidad de su negativa, simplemente porque era lo correcto.
Rara vez nos enfrentamos a encrucijadas tan extremas. Con suerte, nunca lo haremos. Existen otras muchas cotidianas, sin embargo, que nos definirán. Un mismo micelio moral une al estudiante que protesta en Harvard contra el genocidio palestino y a la mariscadora que grita «Altri, non» en A Pobra. ¿Declararemos contra la empresa si el compañero despedido reclama nuestro testimonio? ¿Alzaremos la voz si ofenden a quien se sienta a nuestro lado? ¿Seremos Antígona, que muere conforme, o Ismena, que sobrevive arrepentida? Todo se reduce a esa respuesta.
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