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Opinión | Sálvese quien pueda

Fernando Franco

Fernando Franco

Periodista, cronista, coleccionista de momentos y de amistades

Poco bebemos para todo lo que hay que tragar

Y nos dieron las diez, y las once, las doce y la una, las dos y las tres.

Y nos dieron las diez, y las once, las doce y la una, las dos y las tres. / FARO

Poco bebemos para todo lo que hay que tragar, se lee sobre la pared del bar Kerris de Villablino. No sé si es cierto pero sí que el verdadero estado de la nación está en los bares y que sin ellos España dejará de serlo sumida en una catástrofe sociopsicológica de impredecibles consecuencias. Es como si de repente cerraran las farmacias: el país se llenaría de zombis, insomnes, ansiosos, estresados. ¿Y quién no ha tenido una historia de amor que empezó en un bar -aquella chica que te mira desde la otra esquina de la barra en las postrimerías de la noche - o la consumó sin amor en el cuarto de baño atropellado por el deseo?

No sé si el individuo es capaz por sí mismo de alcanzar la felicidad pero sí que es imposible sin un bar al lado que nos hidrate la cotidianeidad y de ahí la hecatombe que puede ocurrir con los habitantes de ese 16 por ciento de los municipios de la España vacía que no lo tienen. Si tuviera que escribir mi biografía, tendría que recurrir a la memoria de los bares (y ocultar una parte), porque en ellos pasé muchas horas de mi vida. Habría que instituir un Día de los Bares porque, borrachines babosos aparte, pocos espacios como los de ellos han favorecido tanto las relaciones sociales, la convivencia, las iniciativas asociativas, culturales, empresariales... y el amor o los ligues fugaces aunque ahora, como en la guerra, se haya sustituido el frente a frente por las webs de citas a distancia, que con sus fotos a mí me evocan una galería de subastas de carne humana al mejor postor. 

Los bares de siempre ayudan a aumentar nuestra esperanza de vida siempre que no los conviertas en bebederos. Leed a la psicóloga Susan Pinker, que afirma que el principal factor para el bienestar, la salud e incluso la longevidad , más que ir desbocados como papanatas en masa a los gimnasios, es la interacción humana y, digo yo, ¿dónde mejor que en los bares en los que incluso tantos proyectos han nacido garabateados en una servilleta de papel además de ser garantes de seguridad que humanizan las calles vacías? Eso lo han entendido nuestros músicos y ahí está Sabina, loco por conocer los secretos del dormitorio de la chica de la barra en su Y nos dieron las diez, o Gabinete Caligari con Al calor del amor en un bar, o Los Secretos con Cerrar los bares, o Estopa con Partiendo la pana, Leyva y los delincuentes con Camino de los bares...

¿Y los escritores? Hemingway bajaba para escribir al café de la planta baja de su edificio. ¡Ah los cafés, derrochadores de tertulias, lugares de inspiración o cocederos de revueltas sociales en sustitución de las tabernas obreras! Magrís huía de la tranquilidad o los ruidos domésticos para escribir en los cafés, igual Sarte, Thomas Mann, Bertold Brecht, Joyce, Lord Byron.. Si cerraran los bares sería un desastre psicológico, social, literario, musical y hasta científico porque no es posible vivir encerrados en un laboratorio estudiando el ADN sin bajar a un bar como despeje, espacio terapéutico de conversación  en que te deslizas de un tema a otro sin ninguna precisión, un poco de todo y un poco de nada. Y un poeta ¿qué sería sin un bar de cabecera?

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