Quioscos: la resistencia del papel
Hablamos con las dueñas de cuatro puntos de venta tradicionales de prensa que suman décadas de historia en el paisaje urbano de Vigo y mantienen un oficio que sobrevive pese a la pujanza de los formatos digitales
Kiosco Tere permanece a pie de calle en la peatonal del barrio vigués de O Calvario como uno de los últimos testimonios de una época en la que el periódico se agotaba cada mañana. En el área de Pizarro, frente a la Cidade da Xustiza, rodeado por un barrio distinto al que lo vio nacer, el quiosco de Manuela continúa abriendo cada mañana. En la calle María Berdiales, entre periódicos, revistas japonesas y publicaciones especializadas llegadas de distintos rincones del mundo, Marisa Chamorro mantiene viva una historia que comenzó cuando su bisabuela salía a repartir FARO DE VIGO. También en el centro de la ciudad olívica, en la calle Canceleiro, Beatriz Carrera regenta desde hace ocho años el quiosco donde ella compraba cromos cuando era niña. Son cuatro historias de resistencia alrededor del papel, manteniendo vivo un oficio que se resiste a bajar la persiana pese al crecimiento del consumo de prensa en formato digital.
Cuatro décadas tras la prensa en O Calvario
A sus 72 años, Tere Barriuso continúa levantándose de madrugada para repartir prensa en domicilios y negocios del área de O Calvario, donde tiene su quiosco: una pequeña caseta a la entrada del mercado de abastos. En sus casi 40 años en el oficio, llegó a vender más de 200 ejemplares diarios, pero hoy contempla cómo desaparecen los puntos de venta de un barrio en el que competía amistosamente con otros vendedores para ver quién colocaba más ejemplares. O Calvario era entonces un hervidero de quioscos. «Desde la iglesia de los Picos hasta el final de esta calle (el tramo peatonal de Urzáiz) éramos quince. Ahora quedo yo sola», lamenta.
Antes de tener la caseta que ocupa en la actualidad, vendía directamente en la calle, protegida apenas por una tabla que utilizaba como mostrador y un plástico con el que cubría la prensa cuando llovía. «Yo me mojaba, pero los periódicos no se mojaban nunca», recuerda. Se instalaba en una esquina entre las calles Urzáiz y Cristo, junto a un bajo en el que antiguamente funcionaba un bar.

Tere Chamorro en su quiosco en O Calvario / Pablo Hernández Gamarra
Su actual establecimiento lleva su nombre: Kiosco Tere. Antes de llegar a esta ubicación, pasó años adaptándose a las circunstancias, buscando un espacio desde el que poder continuar trabajando y protegiendo la prensa de la lluvia. Finalmente se trasladó al entorno del mercado, con el respaldo de asociaciones de comerciantes y vecinos.
La relación de Tere con el periódico comenzó mucho antes. Su madre había trabajado como repartidora de FARO DE VIGO, aunque nunca quiso que su hija se dedicase al mismo oficio, por eso comenzó trabajando en un taller de decoración y cuando el negocio cerró, apareció la oportunidad de hacerse cargo de un punto de venta que había quedado vacante.
Acudió entonces a las oficinas de FARO DE VIGO y habló con Sergio Vidal, responsable del departamento de Circulación en esos años. Al principio no reveló quién era. Le explicaron que había muchas personas interesadas y que resultaría complicado conseguir aquel puesto. «Me dijo que lo tenía muy difícil porque había mucha demanda, pero en cuanto le di mis apellidos, merespondió: ‘Empezaras por ahí; a partir de mañana es tuyo’», relata.
Desde entonces, la prensa se convirtió en el centro de su vida laboral. Clientes, repartidores y vecinos forman parte de una rutina que trasciende la simple venta de periódicos. «Conoces a todo el mundo y tratas con clientes con los que llevas muchos años», explica. Por eso, cuando le aconsejan que se jubile, Tere responde que el quiosco sigue siendo su forma de mantenerse activa. «El año que viene me lo plantearé porque, al bajar tanto las ventas, Hacienda me quema», admite.
Atrás quedaron los tiempos en que tenía que llamar a FARO DE VIGO a media mañana para que le enviaran más ejemplares. «Antes no era normal que me sobrasen periódicos; ahora ocurre y se nota año tras año. Los lectores son ya mayores y no hay jóvenes que vengan», asegura.

Un lector compra un ejemplar de FARO en el Kiosco de Tere / Pablo Hernández Gamarra / FDV
Su trabajo de reparto a suscriptores del diario decano de la prensa española también ha cambiado. Hubo un tiempo en el que se levantaba a las tres de la mañana. Su recorrido comenzaba en el entorno de Telefónica, continuaba por la avenida, llegaba hasta la calle Cantabria y descendía después por Urzáiz y sus bocacalles. Eran los años noventa y muchas de aquellas vías permanecían a oscuras. «Me encontraba a los que escondían droga y a los que entraban a robar. Llamaba a la Policía y les decía en qué lugar habían entrado», recuerda.
En la actualidad, comienza su ruta de reparto a las cinco de la mañana, abre el establecimiento alrededor de las nueve y permanece allí hasta las dos, aunque el horario puede variar según el día o el calor. Solo descansa en Navidad, Año Nuevo y Sábado Santo, jornadas en las que no se publica prensa diaria.
La rutina no le impide mantener una vida activa. «El otro domingo acudí a un concierto y me fui de marcha. En vez de irme a dormir, hice como la juventud: cogí la prensa, me fui a repartir y ya dormiría por la tarde. Hay que vivir», afirma.
Tere se resiste también a introducir otros productos en el quiosco. No vende bebidas ni golosinas y tampoco acepta pagos con tarjeta. Todo se cobra en efectivo.
60 años a pie de calle
El quiosco de Manuela Lorenzo lleva unos 60 años a pie de calle, entre Padre Feijóo y Pizarro y frente a la actual Cidade da Xustiza. Siempre perteneció a su familia y conserva la misma esencia con la que nació: un pequeño espacio dedicado a vender periódicos, revistas, cromos y golosinas.
«El sitio tampoco da para mucho más», explica Manuela desde el interior de una caseta en la que cada centímetro está aprovechado. El espacio es reducido, pero en sus estanterías todavía conviven la prensa diaria, las revistas del corazón, los coleccionables, los cromos infantiles e incluso las antiguas novelas del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía.

Manuela Lorenzo, propietaria del quiosco de la calle Pizarro / Jose Lores
Manuela creció entre periódicos. Desde pequeña ayudaba a su padre con tareas como las devoluciones y las facturas. En abril cumplirá 32 años al frente del negocio en solitario, después de asumirlo en 1994.
A pesar de las largas jornadas y de la progresiva caída de las ventas, asegura que continúa disfrutando de su trabajo. «A mí me gusta. Es ameno y tienes contacto con la gente», afirma. El quiosco combina una clientela habitual, a la que Manuela ya conoce por sus costumbres, con el tránsito de quienes pasan por la zona. Durante años, el cercano Hospital Xeral fue uno de los grandes motores de actividad del entorno. Su cierre provocó una primera caída de las ventas, pero Manuela considera que la transformación más profunda llegó de la mano de internet. «Cuando cerró el Xeral bajaron mucho las ventas, pero no fue solo por eso. Internet es el que tiene la culpa. La gente cada vez lee menos en papel y las ventas siguen bajando», sostiene.
Las grandes competiciones todavía permiten recuperar durante unas semanas el bullicio de otros tiempos. El último Mundial, por ejemplo, desencadenó una auténtica fiebre por los cromos. Son productos que el comprador quiere tocar, intercambiar y conservar físicamente. «Eso no se puede encontrar por internet».
Entre los periódicos, FARO DE VIGO continúa siendo el más vendido, mientras que Marca lidera entre la prensa deportiva. «Tengo clientes que me dicen que les gusta el papel y que no lo cambian por nada», señala.

Manuela Lorenzo, propietaria del quiosco de la calle Pizarro / Jose Lores
Su jornada comienza alrededor de las siete de la mañana y se prolonga hasta las ocho de la tarde. De lunes a sábado: «los domingos son sagrados», dice. Manuela y su hijo se turnan para que ella pueda realizar otras tareas, como hacer la compra o repartir prensa en algunos establecimientos.
El reducido margen económico condiciona cualquier posible modernización de su caseta, que dispone de electricidad para encender una luz o utilizar un pequeño calefactor durante el invierno. Tampoco hay espacio para ampliar demasiado la oferta.
La ubicación ha permitido a Manuela presenciar la transformación del barrio y de su población. Algunos vecinos llevan comprando allí treinta o cuarenta años. Otros se han marchado o han fallecido, mientras que muchas de las nuevas personas que viven en la zona ya le resultan desconocidas.
El futuro, sin embargo, es incierto. Manuela no cree que su hijo termine tomando el relevo, no por falta de voluntad, sino por el deterioro del sector y por las limitaciones vinculadas a la licencia de un puesto instalado en la calle. En un local cerrado, con más espacio y mayores posibilidades comerciales, la continuidad podría resultar más viable.
Entre la tradición y la especialización
El quiosco de Marisa Chamorro en el número 13 de la calle María Berdiales cumple casi 21 años, pero la tradición familiar se remonta a su bisabuela, repartidora de FARO DE VIGO, como también lo fue su abuela, que ya cogió un punto de venta que heredó su padre. Frente al retroceso de los diarios, el negocio se ha especializado en revistas de arte, moda, arquitectura, cine, fotografía y otras materias que atraen a clientes de diferentes partes Galicia.
Aunque la persiana de su negocio abre a las ocho de la mañana, la jornada de Marisa arranca unas tres horas antes con la recogida de mercancía y el reparto de periódicos en domicilios y negocios. Permanece detrás del mostrador hasta el mediodía, salvo en Navidad y otras épocas de mayor actividad, cuando también trabaja por la tarde.

Marisa Chamorro, en su establecimiento de María Berdiales / Alba Villar
Antes de instalarse definitivamente en María Berdiales, estuvo unos años en Policarpo Sanz, donde tomó el relevo a un negocio por la jubilación de su antiguo propietario. Durante dos décadas, Marisa ha presenciado una transformación radical del sector. «Lo digital manda. Cuando se acabe una generación, va a ser muy complicado mantener la venta de periódicos en papel», advierte.
Las revistas, en cambio, resisten mejor e incluso han recuperado terreno en determinados segmentos. No se trata tanto de las publicaciones tradicionales del corazón como de cabeceras especializadas dirigidas a lectores con intereses muy concretos. «Están teniendo mucho tirón las revistas de ciencia, arte, moda, fotografía, arquitectura o cine. Son publicaciones de nicho y también está volviendo al papel gente joven», señala.
Marisa comenzó a detectar esta tendencia hace unos cuatro o cinco años. Desde entonces, el quiosco ha ampliado considerablemente su catálogo. Las peticiones de los clientes funcionan como una guía para descubrir nuevas cabeceras. «Nos preguntan si tenemos una determinada publicación y nosotros vamos buscando, pidiendo y ampliando la oferta», cuenta. El catálogo no nació de un día para otro. Marisa y su marido tuvieron que insistir ante las distribuidoras, buscar proveedores y reclamar publicaciones que inicialmente les decían que no podían conseguir.
Las revistas se exponen de frente en las estanterías para que puedan apreciarse sus portadas y también ocupan buena parte del escaparate. Entre ellas se encuentran desde publicaciones literarias como The New Yorker a revistas de moda internacional. El quiosco trabaja, por ejemplo, con cerca de una decena de ediciones de Vogue: la francesa, la italiana, la japonesa, la portuguesa, la escandinava, la adriática, la británica y la estadounidense, entre otras. «Lo japonés y lo coreano causan furor. Hay clientes a los que les interesan las fotografías, las tendencias y la forma de presentar la moda en otros países», explica.
En redes sociales
Las redes sociales se han convertido en otra herramienta para acercar este catálogo al público. El quiosco María Berdiales mantiene una cuenta en Instagram en la que muestra las nuevas portadas y anuncia la llegada de publicaciones. «Viene gente de todo Vigo y de los alrededores a buscar revistas muy específicas que no consigue donde vive», afirma. Incluso les contactan personas de otras zonas de España, especialmente de Baleares y Canarias, para interesarse por algunas publicaciones en concreto, pero no disponen de servicio de envío.
En cuanto a la prensa diaria, el quiosco trabaja con unas 17 cabeceras, entre las principales publicaciones gallegas y nacionales. No todos los puntos de venta mantienen ya una oferta tan amplia y algunos periódicos han dejado incluso de distribuirse en Vigo. El comportamiento del lector suele ser fiel. Quien compra un periódico concreto acostumbra a regresar cada día a por la misma cabecera.
El quiosco es, además, un lugar de conversación y encuentro. Marisa se define como «el centro social» de la calle. Conoce las preferencias de los vecinos habituales y termina haciéndose cargo de pequeños encargos cotidianos, como guardar una carta o recoger un paquete. El turismo ha añadido una nueva función al negocio.
Además de vender prensa, Marisa ofrece indicaciones y responde a las preguntas de quienes recorren por primera vez el centro de la ciudad. «Ahora también soy un poco oficina de turismo», comenta. Y es que en las dos últimas décadas, el barrio ha incorporado nuevos residentes y un movimiento turístico que apenas existía. «Antes, durante el verano, Vigo se quedaba muerto porque todo el mundo se iba hacia las playas. Ahora viene mucha gente del resto de la Península y también visitantes internacionales», observa.
«Si algo te interesa de verdad, hay que leerlo en papel», indica Marisa Chamorro, quien considera que el consumo digital merma la capacidad de concentración de los lectores»
Marisa se declara lectora empedernida y una firme defensora del formato impreso. «Si algo te interesa de verdad, hay que leerlo en papel. Se memoriza mejor», sostiene. Considera que el consumo digital está modificando la capacidad de concentración de los lectores. Cada vez más personas, asegura, sienten rechazo ante una página con grandes bloques de texto y necesitan imágenes constantes para mantener la atención. «Ahora hay gente que ve una página de periódico llena de letras y dice: ‘Qué cansado, no soy capaz de leerlo’. Antes leías y desarrollabas esa capacidad; ahora muchas letras juntas generan agobio», reflexiona.
Defensora del papel
Beatriz Carrera cogió hace ocho años el establecimiento en el que compraba cromos cuando era niña: el quiosco de la calle Canceleiro, con más de cuatro décadas de historia, una clientela fiel y nuevos vecinos del entorno de Rosalía de Castro. La oportunidad apareció cuando la responsable anterior decidió dejarlo y el carácter cercano del negocio terminó por convencerla. «Me pareció un negocio bonito e interesante», recuerda.
El establecimiento conserva la oferta tradicional de este tipo de comercios: periódicos, revistas y cromos conviven con pequeños juguetes y golosinas. El papel, sin embargo, sigue siendo el producto con el que más se identifica su responsable. «Me encanta leer libros en papel y también me gusta mucho la prensa impresa. Soy defensora del papel», afirma. Rechaza, además, que ese hábito pertenezca únicamente a las generaciones de mayor edad: «El papel todavía tiene su público y no es solo gente mayor; también hay gente joven».

Beatriz Carrera regenta un quiosco en la calle Canceleiro / Jose Lores
La desaparición de otros puntos de venta en la zona le ha permitido concentrar compradores, pero también refleja la delicada situación del sector. «Por desgracia, la prensa escrita acabará desapareciendo. No creo que sea inmediatamente, pero dentro de diez años pienso que podría ocurrir», pronostica.
Beatriz Carrera rechaza que el hábito de leer prensa pertenezca solo a las generaciones de mayor edad: «El papel todavía tiene su público y no es solo gente mayor», asegura
El quiosco mantiene una actividad adaptada a las estaciones. Durante julio y agosto abre solamente por las mañanas. En invierno, el horario se amplía de 8.00 a 14.30 horas y de 17.00 a 19.30 horas. Los sábados y domingos atiende únicamente durante la mañana.
Por encima de la venta, lo que más valora es la relación con quienes cruzan diariamente la puerta. Conoce los nombres y las preferencias de la mayoría de sus clientes y, en muchos casos, prepara el periódico antes incluso de que se lo pidan.
Ese vínculo cercano es uno de los principales rasgos de unos negocios que sobreviven gracias a la fidelidad de sus clientes. Frente a la inmediatez de las pantallas, el quiosco ofrece una relación personal y cotidiana que difícilmente puede reproducirse en internet.
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