Salud mental
No desconectar y el riesgo de cortocircuitar
La dificultad de soslayar las (pre)ocupaciones laborales durante las vacaciones puede terminar en «depresión de la tumbona» y en síndrome del trabajador quemado. Un perfeccionismo mal entendido suele estar detrás de este problema, cada vez más frecuente por la hiperconexión digital

Tres personas consultan sus móviles en una terraza en la playa. / Elisenda Pons
El 81,6 por ciento de los profesionales en España atienden llamadas o mensajes fuera de su jornada laboral, un problema del que no escapamos en Galicia: en nuestra comunidad, el 19,9% de los trabajadores afirman mantenerse conectados de forma frecuente, incluso en vacaciones. Es el segundo porcentaje más alto del país, por delante de Madrid (19,8%) y solo por detrás de Cataluña (20,9%). Estas cifras del Estudio de Bienestar y Salud Laboral en España 2026, elaborado por la plataforma digital Edenred, constatan, además, que la desconexión digital empeora sensiblemente respecto al año pasado: la falta de desconexión aumenta 16,6 puntos, frente al 65% registrado en 2025.
Hace ya 22 años, los doctores de la clínica psiquiátrica austríaca Wagner-Jauregg acuñaron la expresión «depresión de la tumbona» para referirse a la ansiedad que empezaban a tratar en algunos pacientes con dificultad para olvidarse del trabajo en sus periodos de descanso estival. Entonces, en 2004, no existían las redes sociales ni WhatsApp, red social y aplicación de mensajería que ha pasado a ser imprescindible –y, en algunos casos, intrusiva– en las comunicaciones laborales. Esta hiperconexión digital hace que desconectar no siempre sea fácil.
«La desconexión efectiva requiere una responsabilidad compartida por parte de las organizaciones y de los equipos, que deben respetar el tiempo de descanso de quienes se encuentran de vacaciones y fomentar entornos laborales más saludables y sostenibles»
«Responder un correo durante las vacaciones o revisar un mensaje ‘solo un momento’ puede parecer una muestra de responsabilidad. Sin embargo, cada vez más evidencia demuestra que el rendimiento y la capacidad para tomar decisiones dependen de algo mucho más sencillo: descansar», señala Carmen Romero, responsable del área de People & Culture de la multinacional de capital humano ManpowerGroup. «La desconexión efectiva requiere una responsabilidad compartida por parte de las organizaciones y de los equipos, que deben respetar el tiempo de descanso de quienes se encuentran de vacaciones y fomentar entornos laborales más saludables y sostenibles», añade Romero.
Sobre las causas psicológicas por las que muchas personas no logran desconectar digitalmente durante las vacaciones, el psicólogo vigués Daniel Novoa explica que «la responsabilidad, la autoexigencia y los miedos están relacionados entre sí, por lo que la personalidad puede ser uno de los factores determinantes para que una persona se vea en la obligación de responder a las exigencias laborales en cualquier momento, descuidando su autocuidado o pagando el precio. Si te das cuenta de la importancia de desconectar, lo ves necesario, y no puedes, ahí ya sería un tema diferente», precisa.
Hay personas, añade Novoa, para las que «parar significa fallar»: no consideran el descanso como una necesidad, sino como una concesión que hay que justificar. «Los estudios sobre telepresión laboral aportan un matiz importante: no basta con que la empresa tenga una política de desconexión sobre el papel. Lo que de verdad predice si alguien desconecta son las normas implícitas –quién es felicitado por responder a las 23 horas, quién asciende– más que la norma escrita. Si hablamos de autónomos o pura vocación, ahí es uno mismo el que tiene que entender que los proyectos profesionales a medio plazo no se sustentan sin salud mental, y activar los mecanismos adecuados para garantizar que no se acabe en burnout», explica Novoa.
Dice el psicólogo vigués que la edad ayuda a entender que tu salud mental es más importante que el trabajo, y que sin ella nada tiene sentido, por lo que la madurez juega a favor. Sin embargo, los baby boomers, profesionales de entre 62 y 65 años, son el grupo que peor logra desconectar: el 87,4% siguen atendiendo llamadas o mensajes laborales fuera de su jornada. Además, son también quienes más mantienen esa conexión de forma más frecuente, incluso durante las vacaciones, con un 27,9%. Tras ellos se sitúan los millennials, de 30 a 45 años, con un 82,9% de falta de desconexión, y la generación X, de 46 a 61 años, con un 80,8%. La generación Z, de 20 a 29 años, registra el porcentaje más bajo, aunque sigue siendo muy elevado, con un 79,3 por ciento.
En cuanto a la dedicación profesional, Novoa recuerda que los sectores con mayor implicación vital, como la salud o la educación, son también más susceptibles de generar sobreimplicación y, en consecuencia, les cuesta más desconectar. En cualquier caso, «la disponibilidad total es algo necesario solo en casos muy puntuales, y eso no lo podemos olvidar», subraya.
Perfeccionismo
¿Qué rasgos psicológicos están más asociados a la falta de desconexión? El psicólogo señala, apoyándose en estudios científicos, al perfeccionismo desadaptativo y a la alta necesidad de logro como los correlatos más consistentes con la dificultad para desconectar, más que el perfeccionismo «sano» o la simple ambición. «Y en el caso de los autónomos, la dificultad no es solo psicológica: muchas veces no hay nadie que cubra su ausencia, y eso convierte el problema también en uno de diseño y organización del propio trabajo, no solo de carácter», apunta.
En cuanto a las consecuencias de no desconectar, la más conocida es el burnout o síndrome del «trabajador quemado», un estado de agotamiento físico, mental y emocional provocado por un estrés laboral crónico que no se ha gestionado con éxito. Además del sufrimiento de la persona y de los que le rodean, «trabajar quemado es descaradamente negativo para todos, ya que la actitud de un trabajador con burnout es muy desagradable en el trato, está lejos de dar un buen servicio», subraya Daniel Novoa.
Reducir la exigencia mental
La razón de fondo, añade, es que las vacaciones no reparan por sí solas: lo que permite recuperarse es reducir la exigencia mental habitual, no el simple hecho de dejar de trabajar. «Cuando la persona mantiene la misma presión interna todo el año, el organismo continúa en estado de alerta y el descanso pierde buena parte de su efecto. Esto se nota especialmente en el sueño: aunque se duerman más horas, la activación mental sostenida (revisar mentalmente lo pendiente, seguir «en modo tarea») dificulta conciliar el sueño y provoca despertares, por lo que se puede dormir más y descansar menos. Clínicamente también se observa mayor irritabilidad, más dificultad para disfrutar de lo sencillo –leer, pasear– y peor concentración al reincorporarse, aunque esto último depende mucho de cada caso».
El psicólogo introduce un matiz importante: no se trata de desconectar al cien por ciento todo el tiempo: «Los niveles medios de desconexión son los que mejor protegen el rendimiento; la desconexión total tampoco tiene necesariamente que ser la meta».
Recomendaciones
¿Qué se puede hacer para desconectar? Hay algunas pautas básicas: activar y respetar el mensaje de «fuera de la oficina» en el email y evitar revisar el correo electrónico laboral durante el periodo de descanso; silenciar las notificaciones profesionales; planificar y delegar antes de las vacaciones; comunicar el periodo de ausencia y respetar el descanso propio y el de los demás; y priorizar actividades que recarguen energía: dormir, pasar tiempo con la familia, practicar ejercicio o disfrutar de momentos de ocio.
Daniel Novoa, por su parte, recomienda «utilizar de manera rutinaria espacios de desconexión, como actividades incompatibles con estar disponible: deporte, arte y cualquier cosa que ‘secuestre’ sanamente nuestra atención, y si es con movimiento, mejor».
En definitiva, resume el psicólogo vigués, «relajarse no significa desentenderse de las responsabilidades, sino permitir que el organismo recupere los recursos que necesita para responder después con más equilibrio».
Y agrega un último matiz: «No es lo mismo desconectar para descansar que desconectar para evitar un problema pendiente. Lo segundo no protege, porque la preocupación sigue ahí de fondo, aunque el móvil esté apagado. Cuando la autoexigencia impide descansar incluso en los periodos pensados para ello, puede ser buen momento para consultar con un profesional qué creencias la están sosteniendo», recomienda el Daniel Novoa.
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