Adelanto exclusivo de la nueva novela de Susana Fortes, «El extraño verano del 75», basada en una historia familiar
«Fortes, quedas detenido». Ese Fortes es el padre de la escritora nacida en Pontevedra, que rememora en primera persona la historia familiar en los estertores del franquismo en su nueva novela, que se presenta en audiolibro

Susana Fortes (Pontevedra, 1959), en una imagen reciente. / FDV
Hay un día en el que ya nada vuelve a ser como antes. Aunque es difícil darse cuenta a menos que seas el oráculo de Delfos.
La red de voleibol estaba delante de las escaleras de piedra que bajan hasta la arena. Todavía sigue allí en el mismo sitio. Entonces íbamos a la playa desde Pontevedra en unos autobuses que salían de Campolongo, junto a los pabellones militares. Mi madre llevaba una bolsa grande con las toallas, los bocadillos y el tarro de crema Nivea. Nosotros cargábamos cada uno con nuestras cosas: el cubo, la pala, las aletas, las gafas de buceo…
Visto con la perspectiva de los años, es imposible imaginar un verano más nítido. Todo brillaba, el agua erizada de destellos como diamantes pequeñísimos, los pinos vestidos de sol, las islas Ons al fondo de la ría con sus dos jorobas inconfundibles. Yo estrenaba un biquini de cuadritos azules de Vichy.
[...]
No sé cómo alguien puede sobrevivir a la adversidad si no ha vivido la rutina de los veranos felices, rodeado por una familia de muchos hermanos y primos. Sin haberse bañado en el océano de agua helada ni haber construido una cabaña entre los juncos. Sin haber encendido una fogata. Sin jugar un partido de voleibol a la luz rosada del anochecer. Sin construir castillos de arena con almenas y fosos en la orilla del agua.
[...]
Éramos los niños más felices del mundo. Nadie podía imaginar que ese iba a ser nuestro último verano. No sabíamos que hay cosas que se hacen por última vez. Aunque de alguna manera todo lo que hacemos lo hacemos por última vez.
Acabamos el partido de volei. Mi equipo perdió por un set. Evoco ese recuerdo y casi toco el balón con la punta de los dedos. En el viaje de vuelta a casa en el autobús noté un pequeño malestar en el estómago al tomar una curva. Me encuentro a mí misma haciendo hincapié en esa curva porque ya de niña, mucho antes de ser escritora, desarrollé la sensación de que el sentido de cualquier narración viene precedido por una serie de señales que permanecen ocultas detrás de la superficie aparente de las cosas. ¿Podría decirse que tuve una premonición? ¿Acaso sentí que estaba a punto de pasar algo?¿Noté una sensación de peligro inminente? No lo creo. El autobús circulaba a una velocidad normal. Fue sólo una especie de mareo, una ligera impresión de vacío en el abdomen, como una necesidad de suspirar, pero eso a los quince años pasa todo el rato. No le di más importancia. La carretera de Marín en algunos tramos estaba mal asfaltada. En los baches siempre cantábamos.
Para ser conductor de primera,
Acelera, acelera
Volvimos a casa como siempre. Nos duchamos como siempre, nos peleamos como siempre… Mi abuela Nina, con el transistor encendido, enhebraba una aguja para darle unas puntadas al dobladillo de un pantalón descosido. Cenamos en pijama en la mesa extensible de la cocina, tortilla de patatas entre pan, como era habitual, y un vaso de cola-cao, todos queriendo hablar al mismo tiempo, gastándonos bromas, dándonos pataditas por debajo de la mesa. Una casa familiar es eso.
[...]
Nosotros vivíamos en el segundo. Y a pesar de que era un edificio de nueva construcción, que no pertenecía al Ejército, prácticamente el bloque entero estaba ocupado por militares. Mis padres habían invertido todos sus ahorros en aquella casa con calefacción central donde cabíamos todos. A la izquierda teníamos la mansión de los Nores con un molino que daba al garaje donde guardábamos las bicis y jugábamos al escondite. A la derecha había un puente sobre un arroyito de nada que en invierno se convertía en un río rugiente con cascadas y rápidos, donde no sé cómo no perecimos ahogados como se temía mi abuela Nina. Teníamos la impresión de vivir en las afueras, en la carretera de Marín, que era como decir el non plus ultra, pero en realidad estábamos a cinco minutos andando de la iglesia de la Peregrina que era y sigue siendo el puro corazón de la ciudad. En aquella época todo parecía más lejos. Me acuerdo del parqué de madera, de la ventana del cuarto de baño que no cerraba bien, del interruptor del baño de servicio que no funcionaba, de los cepillos de dientes de colores y de la pasta Licor del Polo, de la habitación de mis padres con un balcón grande que daba al río con una luz azulada y blanca por las mañanas, del pasillo de baldosines de mármol rojo donde mis hermanos echaban carreras y mi hermana Belén se rompió un diente. Ese era nuestro territorio.
Pero existía otra parte noble de la casa, más preservada, por así decirlo, donde los niños sólo podíamos entrar después de habernos lavado bien las manos en las fechas importantes. El día de Navidad o en las grandes celebraciones familiares.
[...]
A mis padres les gustaba hablar del futuro con un vaso de whisky en la mano con cubitos de hielo. Eran más jóvenes que la mayoría de los padres de nuestros compañeros de clase, o al menos lo parecían. Vestían de forma distinta, mi padre en cuanto volvía del cuartel, se ponía unos pantalones de pana y un jersey de cuello cisne. Mi madre seguía su propia moda, fiel al estilo de Jackie Kennedy cuando todavía no era Jackie Onassis, pero adaptándolo a sus posibilidades, claro. Tenía los pómulos altos y una piel finísima que se cuidaba con cremas de Guerlain. Usaba el eyeliner con una precisión de delineante. Mis amigas decían que parecía una actriz de Hollywood. A mí me parecía que ser guapa estaba bien, pero tenía el peligro de que no te tomaran muy en serio. En las reuniones era amable y buena anfitriona, aunque se mantenía un poco al margen, como si no estuviera del todo allí, como si algo la preocupara. Pero también se reía. A veces bailaban, la música tapaba las conversaciones. Visto desde la distancia esa era la forma habitual en la que los hombres y mujeres de su generación habían decidido prepararse para cambiar el mundo. Y en ese lugar iban a pasar cosas decisivas en las próximas horas.
La casa en la que crecimos es el primer país que perdemos. Las demás patrias ya no importan tanto.
Yo me iba a Londres a la semana siguiente en un viaje de intercambio escolar. Para mí ese era el gran acontecimiento de aquel mes de julio. Pensaba comprarme unos vaqueros Levi’s 501. Escuchaba a Simon & Garfunkel y me sabía de memoria la letra de Sound of silence. Mis hermanos escribieron a boli una lista con todos los regalos que querían que les trajera a la vuelta, como si fuera la carta a los Reyes Magos. Yo tenía los ojos llenos de pájaros.
Volé a Inglaterra un lunes. Obviamente no imaginaba que nuestro castillo de arena iba a desaparecer engullido por una ola en pocas horas. Y tardaría todavía dos semanas en saberlo. Lo supe cuando recibí una llamada de teléfono ciertamente extraña en la casa de Swanton Morley, donde residía mi familia inglesa de acogida, en Dereham, condado de Norfolk. Al Este de Londres.
[...]
Al día siguiente, de madrugada, cuando yo me encontraba ya a dos mil kilómetros de distancia, a salvo, en la isla donde el escritor Matthew Barrie imaginó la maravillosa historia de Peter Pan, ajena a cualquier catástrofe que pudiera suceder, llamaron al interfono del portal. Varias pulsaciones seguidas.
Mi padre, alarmado sin duda, descolgó el telefonillo. Las seis menos cuarto de la mañana era una hora intempestiva en cualquier ciudad del mundo y en Pontevedra no digamos.
–Abre la puerta –ordenó una voz tajante e imperativa– soy el comandante Casal.
No era sólo el comandante Casal. Lo acompañaban también un capitán que mi padre reconoció como antiguo compañero de promoción y un grupo de cinco policías y guardias civiles de paisano. En mi familia no hay una idea muy precisa de los miembros que formaban el comando. Unos dicen que eran seis, otros que siete. Cuando mi padre salió al rellano, le mostraron una orden judicial militar. Fue entonces cuando el comandante que dirigía la operación pronunció las palabras que tantas veces después oiríamos contar en las sobremesas familiares:
–Fortes, quedas detenido.
Así empezó el registro exhaustivo de nuestra casa. La casa de los cumpleaños, la casa de la cámara de fotos Kodak, la casa del Cinexín y de los Juegos Reunidos Geyper.
Nuestra guarida de leones.
Nosotros entonces no podíamos saberlo, pero a la misma hora, varios efectivos comandados por los Servicios de Información Militar irrumpieron abruptamente también en los domicilios en Madrid de ocho oficiales del ejército pertenecientes, como mi padre, a la Unión Militar Democrática y opositores al régimen de Franco. En todas las casas registradas los agentes de los Servicios Secretos se encontraron el mismo paisaje familiar de niños somnolientos, descalzos y en pijama por el pasillo.
El miedo entra en la vida de todos los días, sin avisar, como un mamut poniéndolo todo patas arriba.
Era el 29 de julio de 1975.
Suscríbete para seguir leyendo
- Bañeras de mármol y piezas de la balaustrada de hace un siglo entre los restos del derribo del antiguo balneario do Outeiro: la Xunta pide a la Policía Autonómica que acuda al inmueble
- Fallece con cinco días de diferencia el matrimonio centenario de Nigrán tras 78 años de casados
- La Policía Local de Vigo rescata a una joven arrastrada por la corriente unos 50 metros en la desembocadura del Lagares
- Murió tras un error de diagnóstico en las Urgencias del hospital de Ourense después de un accidente en una ambulancia
- Así afecta la presencia de E. coli en las playas de Vigo: esto es lo que pasa si te bañas
- Ya está el calendario escolar 2026-2027 en Galicia: fechas de inicio de curso, vacaciones y claves para la conciliación familiar
- El PP pide responsabilidades al gobierno local por los vertidos en las playas y el «caos en el balizamiento»
- Qué supermercados, tiendas y centros comerciales abren en Vigo este 15 de agosto: todos los horarios