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Rodal, el artista que dio color a las fiestas de Vigo

La familia de Emilio Fernández Rodal reivindica la figura de un artista esencial para entender el Vigo de mediados del siglo XX. Sus carteles festivos abren una puerta a una obra que fue mucho más allá del retrato

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Elena Ocampo

Elena Ocampo

Una sirena emerge entre la espuma, levanta los brazos y hace ondear una cinta roja y blanca sobre la ría. El cielo es azul limpio, las velas apenas unas manchas claras y, al fondo, una arquitectura portuaria sitúa la escena en un Vigo idealizado. Abajo, en grandes letras, puede leerse: «Agosto 1951». Cuatro años después, otro cartel firmado por Rodal anunciaba las fiestas de julio y agosto con un músico vestido de gala, un tablado popular recordando a Castrelos, notas flotando sobre un fondo oscuro y una tipografía de colores que todavía conserva algo de verbena y escaparate.

Esos carteles, de una modernidad gráfica que hoy sorprende, permiten volver sobre Emilio Fernández Rodal, un creador que ayudó a fijar la imagen pública de la ciudad y que, sin embargo, permanece en una zona de memoria difusa. Su nombre aparece asociado sobre todo al retrato de la burguesía viguesa, pero su producción fue más amplia: paisajes, escenas costumbristas, dibujos, caricaturas, retratos infantiles y una sólida dedicación al cartelismo, ámbito en el que obtuvo diversos premios. Con Bouzas en fiestas y San Roque a la vuelta de agosto, la familia encuentra un pretexto natural para reclamar una mirada más completa sobre el artista.

Rodal nació en Cangas en 1912, aunque Vigo fue pronto su verdadera geografía vital, debido al traslado de su padre para la dirección de la fundación de Escuelas Nieto. De niño se instaló con su familia en la ciudad, donde inició su formación en la Escuela de Artes y Oficios bajo el magisterio de Maximiliano Vidales. En los años treinta participó en el ambiente renovador de los Salones de Primavera, junto a una generación de artistas jóvenes que buscaba nuevos lenguajes para una Galicia en transformación. Obtuvo premios y pensiones de la Diputación de Pontevedra que le permitieron ampliar estudios en Madrid, formarse en Bellas Artes y copiar a los grandes maestros del Museo del Prado. Allí coincidió con Laxeiro, compañero y amigo en una etapa de bohemia, aprendizaje y fraternidad artística.

La Guerra Civil interrumpió aquella trayectoria. Destinado al norte de África, Rodal llenó cuadernos de dibujos y apuntes que, según estudios posteriores, muestran ecos de las vanguardias y una cercanía ocasional a Picasso. A su regreso desarrolló una pintura de raíz figurativa, abierta tanto al impresionismo como a la tradición española del retrato. Su autorretrato conservado en el Museo de Pontevedra y algunos estudios femeninos revelan a un pintor más permeable y moderno de lo que después sugeriría su fama de retratista social.

Porque fue el retrato, sobre todo, el género que le dio prestigio y clientela. Por su estudio pasaron médicos, abogados, escritores, comerciantes y familias representativas del Vigo de mediados de siglo. Pintó al doctor Zunzunegui y a Encarnación Rivera Colmeiro; a Luis Viñas, a Julio Sigüenza, a los Babé, a los Díaz Jácome y a los presidentes del Círculo Mercantil. En esos lienzos no solo dejó rostros: construyó una galería de la ciudad que aspiraba a reconocerse como moderna, próspera y culta. La serie del Mercantil funciona hoy como un archivo visual de poder y sociabilidad, mientras los retratos familiares –sus hijas haciendo collares de margaritas, su hijo Emilio leyendo tebeos o su esposa, Marina Zunzunegui Freire– muestran una pintura más íntima, menos protocolaria.

Pero limitar a Rodal a los salones burgueses sería dejar fuera buena parte de su mundo. En su obra aparecen mujeres labriegas, vendimias, hogueras de San Juan, bendiciones de Pascua, vendedores de FARO DE VIGO, marineros del Berbés, dornas de Sampaio, paisajes del Lagares y vistas de Bouzas. Ahí está el otro Vigo: el popular, marinero, ritual y festivo.

Sus carteles participan de esa misma mirada. No son simples anuncios, sino pequeñas construcciones simbólicas. La sirena de 1951 convierte la ría en escenario mitológico; el músico de 1955 mezcla tradición, espectáculo y diseño moderno. Ambos condensan una ciudad que quería celebrar su identidad sin renunciar al lenguaje visual de su tiempo. Son también el testimonio de una época en la que la imagen de las fiestas se confiaba a artistas capaces de convertir un programa de verano en un emblema colectivo.

Rodal fue además un agente activo de la vida cultural viguesa. Dirigió la Biblioteca Pública Jaime Solá, entonces situada en la Alameda, trabajó como técnico de Cultura y Arte del Ayuntamiento, organizó exposiciones e impartió conferencias para estimular la vocación de los jóvenes. Su estudio estaba en la Casa Roja, frente al olivo que simboliza la ciudad. Pocas ubicaciones podían resumir mejor esa relación: un artista trabajando literalmente ante uno de los emblemas de Vigo, atento a sus élites, pero también a sus calles, sus fiestas y sus tipos populares.

Murió en 1972, con 59 años, en su domicilio de Urzáiz, cuando se encontraba –en palabras de la familia– en plena madurez creativa. Desde entonces ha recibido homenajes y ha estado presente en exposiciones del Museo de Pontevedra, la Diputación, el Círculo Mercantil, la Escuela de Artes y Oficios y el Ayuntamiento de Cangas. Sin embargo, su obra permanece muy dispersa, repartida entre instituciones y colecciones particulares de España, Portugal y Norteamérica. Esa dispersión explica en parte el relativo silencio que rodea su figura y también la paciente labor familiar por localizar cuadros, ordenar documentos y reconstruir su catálogo.

La reivindicación de Rodal no consiste únicamente en rescatar a un buen pintor olvidado. Supone recomponer una pieza del relato cultural de Vigo: la de una ciudad que, después de la fractura de la guerra, mantuvo redes de creación, amistad y resistencia cotidiana. En torno a él aparecen Laxeiro, José María Castroviejo, Eduardo Moreiras, Díaz Jácome, Amador Montenegro o el violinista Manuel Quiroga –que le hizo una caricatura–. Su biografía cruza el arte, la prensa, la administración cultural, la burguesía y la memoria popular.

Quizá por eso sus carteles resultan hoy tan elocuentes. Mientras vuelven las luces, la música y las procesiones del verano, aquellas imágenes recuerdan que las fiestas también construyen patrimonio. Rodal supo darles forma, color y una alegría reconocible.

Y en esa sirena que se alza sobre la ría, o en aquel músico que llama a la celebración, todavía puede verse a Vigo mirándose a sí mismo.

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