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Gallegas a la vanguardia

«Nunca esperes a que llamen a tu puerta, llama tú a todas las que quieras»

La grovense Inés Martínez Corral dirige en Lille su propio grupo dentro de la Unidad de Neurociencia y Cognición del Inserm, el Instituto Nacional de Salud e Investigación Sanitaria de Francia

Inés Martínez, en el campus del Hospital de Lille, ante el edificio que acoge la Unidad de Neurociencia y Cognición del Inserm en la que trabaja

Inés Martínez, en el campus del Hospital de Lille, ante el edificio que acoge la Unidad de Neurociencia y Cognición del Inserm en la que trabaja / FDV

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Sandra Penelas

Sandra Penelas

De niña soñaba con viajar a la Antártida para descubrir nuevas especies o revolucionar los tratamientos médicos. Nunca llegó a embarcarse en una travesía al Polo Sur, pero hoy explora otra de las fronteras del conocimiento, el cerebro. Un territorio en gran parte ignoto en el que Inés Martínez Corral (O Grove, 1981) se adentró hace unos años tras una trayectoria consolidada dentro de la biología vascular y dejando atrás una plaza permanente. Un salto que también implicó una mudanza de Suecia a Francia y que la obligó a «empezar de cero» en lo profesional y lo personal. Pero que, gracias a su tesón, ya ha empezado a dar sus frutos en la Unidad de Neurociencia y Cognición del Inserm, el Instituto Nacional de Salud e Investigación Sanitaria del país galo.

Allí dirige su propio grupo dentro del Laboratorio de Neuroendocrinología. «Me encanta lo que hago. Nunca he tenido plan B porque me apasiona la ciencia y mi historia es fruto de haber mantenido la mente abierta para adaptarme y salir adelante. Puedes sentir miedo, pero no te puede paralizar porque las cosas saldrán de una manera o de otra», resume Inés, que se considera heredera de la curiosidad de su madre y el coraje de su padre.

Eligió estudiar Farmacia en Madrid porque desde niña había escuchado que la ciencia era un mundo muy duro, sobre todo, para las mujeres: «Fue algo que siempre me acompañó. Mi madre, que tenía una farmacia y era profesora en la universidad, me decía que se nos exigía ser las mejores y que el mundo no estaba preparado para nosotras. Así que era la opción segura».

Sin embargo, su vocación acabó por imponerse y en 4º de carrera solicitó hacer unas prácticas de verano en el recién creado Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO). No hubo suerte, pero lo volvió a intentar al año siguiente y acabó haciendo el doctorado en la Unidad de Edición Genómica en Ratón bajo la supervisión de su responsable, Sagrario Ortega.

«Mi tesis consistió en la generación de modelos para estudiar el desarrollo de los vasos sanguíneos y linfáticos y uno de ellos llegó a salir en el telediario. Fue muy cool», recuerda entre risas. «Desde entonces, siempre he trabajado con ratones y cuando llegué a Lille me hice cargo de todos los modelos del laboratorio», añade.

Para su siguiente etapa como investigadora postdoctoral gracias a una beca de la Fundación Alfonso Martín Escudero eligió un pequeño grupo en el Instituto de Investigación del Cáncer de Londres dirigido por Taija Mäkinen, una joven y prometedora científica finlandesa que se atrevía a desafiar las ideas establecidas. «Para muchos fue una decisión arriesgada, pero ella me encantó. Fue como amor científico a primera vista. Es el mayor referente en mi carrera», destaca.

Después de tres años en Reino Unido, en 2013 la siguió a la Universidad de Uppsala, donde alcanzó una posición permanente en su laboratorio, muy reconocido en el campo de las patologías vasculares y linfáticas. Inés creía que allí se acabaría su recorrido por el extranjero. Pero entonces conoció al que hoy es su marido, Thibaud, un neurólogo francés al que, poco tiempo después, contrataron en el hospital universitario de Lille.

«Decidimos apostar por nosotros, pero ambos teníamos constantemente un pie en cada país. Lo complicado fue cuando llegó el primer niño. Pasé mi embarazo sola. Y como tenía que volver a trabajar, porque en investigación no te puedes parar mucho tiempo, y las guarderías suecas no admiten a los críos antes de cumplir el año tomé la decisión más dura. Lo dejé con su padre y mi jefa me dejaba trabajar diez días en Uppsala y luego una semana desde Lille. Esos años fueron una locura, mi marido y yo le decíamos a nuestro hijo que tenía una vida de aventura y bromeábamos con las millas acumuladas. Pero cuando vino la segunda niña ya tuvimos que tomar una decisión y entonces me vine a Lille», relata.

Aprovechó la baja maternal para buscar oportunidades y tuvo «la suerte» de que su laboratorio actual la fichó como investigadora postdoc aunque en un ámbito totalmente nuevo para ella, el cerebro. Y solo dos años después, en 2021, consiguió al primer intento plaza permanente en el Inserm, una de las pocas, apenas una decena, de las que se ofrecían en el área de neurociencia para todo el país.

Foto de familia del Laboratorio de Neuroendocrinología, con los investigadores principales y sus equipos.

Foto de familia del Laboratorio de Neuroendocrinología, con los investigadores principales y sus equipos. / Luc Camberlein

«El grupo es enorme, en breve seremos diez investigadores principales en torno a una temática común. Y tuve que definir un proyecto y demostrar que podía encajar y aportar algo nuevo. Así conseguí aplicar todo lo que ya sabía sobre el sistema vascular, que es mi pasión, a la forma en la que el cerebro se comunica con nuestro cuerpo y los vasos sanguíneos», detalla.

«En el cerebro hay una especie de ventanas con unas células muy especializadas que forman una especie de barrera que lo protege y que también permite su comunicación con el resto del organismo. Y yo estudio cómo esta barrera se comunica con otra, la hematoencefálica. Si descubrimos cómo se pueden abrir o cerrar podríamos controlar la información que nuestro cuerpo envía al cerebro y avanzar hacia nuevos tratamientos en patologías como la obesidad o neurológicas», explica.

El ambiente internacional y de colaboración del laboratorio le resulta «muy enriquecedor» e Inés también pone en valor el «contacto directo» con los clínicos: «Todos los grupos de la Unidad se dedican a distintas enfermedades asociadas al cerebro y nuestra ubicación en el campus del hospital universitario nos facilita el acceso a pacientes y muestras y a realizar proyectos en común con los médicos. Esto ayuda a ir más rápido».

Tras unos primeros años difíciles, en los que también tuvo que lidiar con la exigente burocracia, ha conseguido financiación de la Agencia Nacional de Investigación gala. «Es uno de mis primeros éxitos aquí. Tengo la sensación de que ya he empezado a rodar y las cosas van por el buen camino. Me acuerdo mucho de mi madre que siempre me decía: ‘Nunca esperes a que llamen a tu puerta, nadie va a venir a por ti, pero tú puedes llamar a todas las que quieras y alguna se abrirá’. Y qué razón tiene», reflexiona.

Inés, con su equipo actual en Lille, integrado por dos estudiantes de máster y una de doctorado.

Inés, con su equipo actual en Lille, integrado por dos estudiantes de máster y una de doctorado. / FDV

En septiembre se unirán a su pequeño grupo un técnico y la segunda estudiante de doctorado. Y no pierde la oportunidad de animar a algún alumno o investigador gallego a realizar estancias (lille-neuroendocrinology.com). Su mentora Taija, actualmente en Finlandia y con la que sigue en contacto, es su modelo a seguir: «Siento una responsabilidad muy grande respecto a las nuevas generaciones».

Desde hace unas semanas, Inés también forma parte de Mujeres y Ciencia, una organización que busca inspirar a las niñas en las escuelas y que no teman apostar por la ciencia: «Es posible. En el laboratorio somos mayoría, aunque es verdad que en los puestos de responsabilidad se reduce la proporción. No sé si porque nos cuestionamos todo más o porque llevamos en paralelo la familia».

En Lille ha encontrado un buen ritmo de vida, a medio camino entre el de Madrid o Londres y el más pausado de Uppsala. En su casa, dice en broma, ha impuesto el español y sus hijos están deseando regresar a O Grove este verano: «Salí de Galicia con 18 años, pero la sigo sintiendo en primer lugar. Es como si se parase el tiempo cada vez que voy».

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