TERRORISMO
Miguel Ángel Blanco: 48 horas desesperadas
Jon Sistiaga y Juanjo López, codirectores del documental que acaba de estrenar Netflix, explican cómo se hizo la película, que muestra con ritmo de «thriller» testimonios de quienes estuvieron en Ermua aquellos días angustiosos de hace 29 años. Entre ellos, el entonces príncipe Felipe
«Matar a un hombre es algo muy duro. Le quitas todo lo que tiene… y todo lo que podría tener». Esta frase, pronunciada por el personaje de Clint Eastwood en su magistral western «Sin perdón» (1992), podría resumir el trágico destino de Miguel Ángel Blanco. Al descerrajarle dos tiros en la cabeza, el etarra Txapote le arrebató a este joven vasco de 29 años no solo su vida, sino también el matrimonio que preparaba con su inseparable novia, Marimar, y su posible descendencia; los futuros conciertos a la batería con su banda de amigos, Póker; la magia de Messi en su querido Barça; la carrera en solitario de Bunbury, de sus adorados Héroes del Silencio; el coche que se acababa de comprar; la vejez de sus padres, Consuelo y Miguel... Todos conocimos bien a «Míguel» –como le llamaban sus amigos– antes de su vil asesinato en cámara lenta. Fueron 48 horas que conmocionaron y movilizaron a toda España y supusieron el principio del fin de ETA. Un documental dirigido y narrado por el prestigioso periodista Jon Sistiaga reconstruye aquellos días de angustia y rabia con los testimonios de quienes los vivieron en Ermua, incluido el entonces príncipe Felipe.
El ahora rey Felipe VI tenía entonces 29 años, los mismos que Miguel Ángel Blanco y Jon Sistiaga aquel terrible 12 de julio de 1997, del que se cumplen ahora también 29 años. En esa fecha, 48 horas después del últimatum imposible de ETA –acercar a todos los presos etarras a cárceles de Euskadi–, el concejal del Partido Popular en Ermua fue encontrado tiroteado, con un mínimo hilo de vida, por dos caminantes en un monte de la localidad guipuzcoana de Lasarte-Oria.
El valor de «Miguel Ángel Blanco: las 48 horas que lo cambiaron todo», disponible desde el pasado viernes en Netflix, va más allá de la presencia –por primera vez en un documental– de Felipe VI y de las 34 entrevistas y 180 horas de archivo empleadas en su elaboración. «Para hacer un documental sobre hechos de hace casi 30 años, sin caer en una mera sucesión de imágenes de archivo, tienes que contar cosas nuevas o contarlo de manera diferente. Aportamos novedades, como los intentos médicos por salvarle la vida o la presencia del rey, pero el elemento diferencial es el acercamiento emocional por parte del narrador, que soy yo», subraya Jon Sistiaga, que dirige la película junto a Juanjo López. Ambos han colaborado en producciones como «Proyecto Sistiaga» (Cuatro) o la serie «Tabú» (Movistar+), premio Ondas en 2016. López, fundador de la productora The Tintirin Team, fue uno de los creadores de «Informe Robinson» y ha dirigido las series documentales sobre Rafa Nadal, Marc Márquez y Dabiz Muñoz, entre otras. López, además, es el productor ejecutivo del documental junto a Silvia Domínguez Vidal, gallega de Sanxenxo. «Evitamos el sensacionalismo y huimos de las recreaciones morbosas de sus últimos momentos o del secuestro –explica el cineasta madrileño–. Hemos hecho un relato honesto de esas 48 horas en forma de thriller, con una cuenta atrás y escuchando a la gente que estuvo allí, empezando por Jon, que es un personaje más».
La amenaza
Después de que la Guardia Civil liberara al funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara el 1 de julio de 1997, tras 532 días de secuestro, el portavoz de Herri Batasuna, Floren Aoiz, dijo que habría «resaca tras la borrachera policial». «Llevábamos una semana esperando la reacción de ETA a la liberación de Ortega Lara. No sabíamos cuándo, ni cómo, ni contra quién, pero sabíamos que iba a ocurrir», recuerda Jon Sistiaga, que cuando secuestraron a Míguel, a las 15.30 horas del 10 de julio de 1997, estaba en la redacción de informativos de Telecinco. Tras verificar la información, fue enviado a su tierra, Euskadi: «Mi jefe me miró y me dijo: ‘vete a casa, coge unos gayumbos y tira para arriba, que esto puede ser largo’».

Velas ante la efigie de Miguel ÁngelBlanco, en una imagen del documental. / Netflix
La presencia de Jon Sistiaga en Ermua en aquellos días es la clave de bóveda del documental. «Tiramos de testigos directos y de personas que, si no eran amigos, eran conocidos o viejos conocidos, en el sentido periodístico del término, como Jaime Mayor Oreja. Al final se estableció una comunicación estrecha entre Jaime y Jon, y no entre el antiguo ministro del Interior y el reportero, y eso se nota en todo el documental», explica el periodista vasco.
Sobre el tono del documental, reconoce que era fácil caer en los trucos del true crime, «porque para true crime este, que fue un verdadero crimen, atroz y conmocionador, pero ni era necesario ni sabemos hacerlo, porque nunca no hemos hecho true crime. Con conseguir información nueva y ordenarla cronológicamente, dotándola de un ritmo vertiginoso de thriller, la historia ya estaba hecha», argumenta Sistiaga.
«Te lo está diciendo el tipo que estaba allí e intentó salvarle la vida»
El tándem Sistiaga-López es experto en tratar temas delicados, incluso escabrosos, sin caer en el amarillismo. Por ejemplo, en la serie «Tabú», sobre la muerte. «Es marca de la casa y de nuestro libro de estilo: no hacemos un zoom a la lágrima que cae. Intentamos generar un ambiente de confianza –un don que tiene Jon– para empatizar con el entrevistado, sin entorpecer ni matar ese clima con feria ni artificios», recalca Juanjo López. «Si el entrevistado se resquebraja, lo que es mano de santo –y esto me parece de primero de Periodismo– es parar. Miras al cámara, baja la cámara para demostrar que no hay engaño ni buscamos la lágrima, y esperamos a que se recupere. Eso genera una confianza brutal y el entrevistado se abre más», remacha Sistiaga. El reportero matiza, sin embargo, que tampoco realizaron descartes por ser truculentos: «Si el médico te da un detalle escabroso, te lo está diciendo el tipo que estaba allí e intentó salvarle la vida; deja de ser morboso para convertirse en un dato técnico».
Y, sobre todo, prima el ritmo de thriller, de intriga, pese a que la gran mayoría de los espectadores españoles de cierta edad –no así los extranjeros de los 190 países a los que llega Netflix– conocen el fatal desenlace. «Alguien ha dicho que este documental es para verlo haciendo sentadillas. Priorizamos el ritmo de thriller para mantener al espectador en tensión», comenta Juanjo López. El hecho de que la película tenga un metraje de alrededor de solo hora y media y no se haya caído en la tentación de alargarla en una miniserie –algo habitual en muchas plataformas– permite también mantener la tensión narrativa.

Carlos Totorika, alcalde y figura clave del Espíritu de Ermua, en el documental. / Netflix
El documental cuenta con testimonios de amigos de Miguel Ángel Blanco, compañeros de trabajo y su hermana Marimar, ahora senadora por el Partido Popular. La entonces novia de Míguel, Marimar Díaz, aparece en las imágenes de 1997 pero no ofrece su testimonio, ya que rehizo su vida lejos del País Vasco y se alejó de la esfera pública tiempo después del duelo tras el asesinato.
Palabra del rey
La presencia del rey Felipe VI tiene «todo el sentido», alega Juanjo López, «porque él estuvo allí y también tenía 29 años, como tenían Miguel y Jon». ¿Cómo lograron que se pusiera delante de la cámara? ¿Influyó la reina Letizia, como periodista? «Desde el principio fue como una carta a los Reyes Magos, nunca mejor dicho –cuenta López–. Iniciamos un cortejo de unos cuantos meses con la Casa Real, les explicamos el papel natural y nada forzado que tendría. El rey siempre ha estado muy cercano a las víctimas del terrorismo; si tenía que hablar alguna vez en un documental, debía ser en este», defiende.

Jon Sistiaga, en el cementerio de Faramontaos, en A Merca (Ourense). / Netflix
Le revelaron a Casa Real el planteamiento del documental y también quién hablaría en él. «Estuvimos hábiles en la propuesta –coincide Sistiaga–. Recibirán cinco o seis peticiones semanales y el rey nunca había accedido. ¿Es una exclusiva? Sí. ¿Es una entrevista al rey? Yo no lo diría. Es un testimonio que se suma al de las treinta y tantas personas que salen, todas ellas presentes en Ermua durante esas 48 horas».
Añade Sistiaga que su recuerdo del príncipe en Ermua es el de un joven muy alto que sobresalía entre la multitud, en una situación tremendamente volátil y extremadamente expuesto: «Todos mirábamos a los tejados por si había algún francotirador, y los perros de la policía olfateaban las tumbas por si había bombas. Al explicarle al rey Felipe esa sensación de inseguridad, descubrimos que él también la sintió».
No es una afirmación aventurada: matar al rey o a su sucesor entraba en el macabro libro de estilo de los terroristas. Se desbarataron tres intentos de ETA de matar al rey Juan Carlos: con un francotirador (Mallorca, verano de 1995), con bomba (inauguración del Guggenheim de Bilbao, octubre de 1997) y hasta con misiles tierra-aire (entre 2001 y 2004). Tampoco era impensable un atentado en el cementerio: pocos años después, en 2001, la Ertzaintza localizó y desactivó una bomba con tres kilos de dinamita oculta en una maceta junto a la tumba de Ignacio Iruretagoyena en el cementerio de Zarauz (Guipúzcoa). El objetivo de los etarras era la cúpula del Partido Popular en el País Vasco, que acudía al homenaje al concejal del PP al que ETA había asesinado tres años antes.
La izquierda abertzale
El documental incluye algún testimonio de la izquierda abertzale, como el de Patxi Zabaleta, concejal de Herri Batasuna que pidió a ETA que no matase a Miguel Ángel Blanco. No hablan ni Mertxe Aizpurua ni Arnaldo Otegi, actuales caras visibles de Bildu, formación política sucesora de HB. Otegi ha contado con aparente indiferencia que estaba en la playa cuando trascendió la noticia de que ETA había cumplido su amenaza. Preguntado por estas ausencias, Jon Sistiaga esgrime que «los testimonios que aparecen en el documental se han incluido porque estaban allí o hicieron algo. Sacar a Otegi para que diga que se encontraba en la playa y que no estaba de acuerdo con aquello no aporta nada a la narrativa de esas 48 horas».
Sí habla Patxi Zabaleta, «que además de sacar un comunicado se movió, cruzó la frontera y fue a hablar con un antiguo jefe etarra con mucho predicamento [José Manuel Pagoaga Gallastegi, alias Peixoto] para intentar salvar a Miguel Ángel», recuerda Sistiaga.
Otra persona que viajó a Francia para intentar detener el asesinato y que aporta su testimonio fue la abogada María José Gurruchaga: en la cárcel de máxima seguridad de La Santé, en París, se entrevistó con José Luis Álvarez Santacristina, alias Txelis, un histórico de ETA y amigo de la infancia; y con otro etarra al que no conocía y que apareció de improviso: Kepa Pikabea, quien había sido instructor de los comandos de ETA operativos en ese momento.
Esta es una zona de sombras sobre la que el documental arroja luz. En el documental, el exministro Mayor Oreja reconoce que le abrió las puertas a Gurruchaga, pero Aznar se muestra ambiguo. ¿Fueron los contactos del Gobierno de Aznar más allá de lo que admite el expresidente ante la cámara? «Gurruchaga no pidió hablar con Kepa Pikabea, a quien no conocía de nada, pero estaba allí. Él no sabía quién era ella. ¿Quién decidió que estuviera Pikabea, un tipo muy respetado en ETA? Tuvo que decidirlo alguien. Pikabea pudo haber sido el instructor de los terroristas que tenían secuestrado a Miguel Ángel Blanco. Si ella hubiese conseguido una nota, una declaración, una llamada o una grabación de un tipo con tanto peso pidiendo la liberación, igual hubiese hecho mella en el comando», plantea Jon Sistiaga, que subraya que esto es solo una elucubración personal.
Otra suposición del periodista vasco es su creencia de que «hubo mínimo una persona más» implicada en el secuestro. Nunca se ha sabido dónde ocultaban al concejal del PP. «Alguien alquiló la bajera, el garaje, el caserío o el piso donde estuvo. Y siempre hacía falta un coche lanzadera que iba por delante avisando de los controles policiales. «Yo sí creo que hubo alguien más que nunca se ha encontrado y que sabía todo lo que ocurría. No solo Ibon Muñoa [edil de HB que realizó para ETA el seguimiento de Miguel Ángel Blanco], que era el tonto del grupo».
España, en «shock»
Como ocurrió con el golpe de Estado del 23-F de 1981, se formaron falsas memorias de aquellos trágicos días. Mucha gente recuerda haber visto el golpe del 23-F en directo por televisión, algo imposible, porque no se emitió en vivo. De manera análoga, muchos españoles recuerdan dónde estaban en la tarde del 12 de julio, cuando los medios de comunicación –no había redes sociales y pocos tenían teléfono móvil– anunciaron que había aparecido tiroteado Miguel Ángel Blanco, y piensan que las televisiones se fueron a negro, las playas se quedaron en silencio... El shock del momento configuró un recuerdo inducido en la mente de todos. «Mucha gente estaba en la playa, que estaba petada. Todo el mundo lo recuerda: a las 4.30 de la tarde del sábado 12 de julio, el cerebro de todo el mundo colapsó», resume Sistiaga.
De la confusión y la esperanza iniciales –se comunicó en un principio que las heridas de Míguel no eran graves– se pasó al dolor, la rabia y la indignación cuando se confirmó la extrema gravedad de su estado y, ya de madrugada, se certificó su muerte. Se estaba fraguando el «espíritu de Ermua», una reacción en cadena de la sociedad vasca con epicentro en el pueblo vizcaíno conocido por su numerosa comunidad gallega. Jon Sistiaga confirma que el hecho de que Míguel fuera de Ermua y no de otra localidad resultó determinante: «Si esto hubiera ocurrido en Oiartzun, en Zizurkil o Hernani, no sabemos qué habría pasado. En Ermua se juntaron varias cosas: era una localidad de aluvión, donde más del 60% eran inmigrantes de primera o segunda generación, y tenían como alcalde a Carlos Totorika, un animal político muy vasco pero de tradición socialista e internacionalista. Decidió plantar cara y organizar al pueblo y pastorearlo para retenerlo y evitar que las cosas se salieran de madre». Sistiaga se refiere a la marcha que encabezó Totorika entre Ermua y Eibar, unos 4 kilómetros, y que canalizó la rabia de los ermuarras de forma pacífica.
«ETA no midió el impacto psicológico que tendrían dos días de secuestro y el posterior asesinato en la población, incluso entre su propia gente. Nadie podía justificar tanta crueldad en streaming, aunque pudieran justificarte un atentado contra cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. Tampoco midieron la capacidad de los medios en 1997 para sostener una narración de 48 horas en cámara lenta, que iba a generar un movimiento de masas brutal. En la manifestación de Bilbao hubo un millón de personas, en una comunidad de poco más de dos millones. ETA ya no podía hablar en nombre del pueblo vasco», señala Sistiaga. «La muerte de Míguel lo cambió todo. De repente, la sociedad vasca puso pie en pared y dijo: ‘Hasta aquí hemos llegado’. En España ya había ocurrido, pero nunca antes se pudo hacer en Euskadi. Eso es el espíritu de Ermua», añade Juanjo López.
Como ocurrió seis años antes con el atentado en el que resultaron mutiladas Irene Villa –una niña de 12 años– y su madre, la sociedad española, incluida la vasca, pudo visualizar cómo la crueldad de ETA se cebaba en una persona joven, anónima y corriente: uno de nosotros. Eso propició que millones de personas se echasen a la calle en decenas de ciudades españolas el 14 de julio. Fueron las manifestaciones más multitudinarias y transversales –al margen de ideologías políticas, orígenes y edades– de la historia de España.
Epílogo en Galicia
La crueldad de ETA, que tardó 19 años en disolverse, no acabó ahí. Los restos de Miguel Ángel reposan en la aldea de Faramontaos (A Merca, Ourense) junto a los de sus padres. Tuvieron que llevárselos allí porque los de siempre vandalizaban su tumba en el País Vasco, algo que también hicieron, en el colmo de la inhumanidad, con otras víctimas como Fernando Buesa o Gregorio Ordóñez. «Por eso el final emotivo y cinematográfico del documental en Galicia, en el cementerio de Faramontaos, donde podemos hablarle a Míguel y contarle lo que se perdió en la vida y lo que supuso su pérdida», apunta Juanjo López.
La mayoría de los jóvenes de entre 25 y 30 años no saben quién era Miguel Ángel Blanco ni qué era ETA. ¿Podría este documental mitigar este desconocimiento? «Esa era nuestra obsesión –reconoce Juanjo López–. Aprovechando el altavoz de Netflix, queríamos que supieran que la democracia que disfrutan costó mucha sangre», añade. «Nos gustaría que los padres les dijeran a sus hijos: ‘sal de la habitación, que vamos a ver esto juntos’. Este suceso explica bastante bien cómo somos, por eso nos interesa tanto rescatar la memoria más cercana», concluye Jon Sistiaga, para quien la desmemoria sobre el terrorismo solo beneficia a quienes se fueron de rositas de aquella barbarie.
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