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Entrevista | Miriam García Capín Arqueóloga, especialista en pintura rupestre

«Las pinturas rojas en las cuevas prehistóricas suavizaban el miedo a la oscuridad»

«Deberíamos ser más humildes y admitir que no sabemos cuándo empieza el arte rupestre, porque quizá no podamos atribuirlo exclusivamente a nuestra especie»

La arqueóloga Miriam García Capín.

La arqueóloga Miriam García Capín. / Ángel González

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Eduardo Lagar

La arqueóloga Miriam García Capín, investigadora de la UNED, firma con María Silva Gago, del Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC, una investigación científica que concluye que las pinturas rojas de las cuevas con arte parietal serían una especie de señalética, balizas para «domesticar» estos espacios oscuros y hostiles que facilitarían su exploración. Su tesis se titula «Interpretación cognitiva del primer horizonte pictórico de las cuevas cantábricas: ¿Debe ser descartada una autoría neandertal?».

–¿Qué nos puede decir la arqueología cognitiva sobre la forma de ver el mundo de los neandertales, la especie humana extinguida hace 40.000 años?

–Era una especie muy similar a nosotros en el sentido de que estaban constreñidos por los mismos condicionantes. A nivel anatómico, por ejemplo, un cerebro tan grande repercute en el desarrollo de la vida del individuo. En primer lugar, un gran cerebro te obliga a nacer antes de tiempo, a estar creciendo durante mucho tiempo, a consumir una cantidad de energía enorme y, por lo tanto, a que todos los miembros del grupo tengan que implicarse en la crianza de los infantiles. Todo esto necesita una infraestructura cognitiva, que los miembros estén dispuestos a hacer esa inversión, que haya ciertos procesos psicológicos para facilitar ese modo de vida. Los neandertales comparten estas miserias con nosotros. El gran cerebro realmente es casi un tirano. Nos pone una serie de demandas muy altas. Hemos heredado una anatomía de primate, acostumbrada a andar por los árboles; sin embargo, no tenemos las adaptaciones de los carnívoros. Así que muchos procesos psicológicos se han visto implicados en adaptar o en reciclar esta anatomía a esos recursos. Lo que me parece más fascinante es que los humanos modernos tenemos una habilidad innata para leer señales en el entorno. Y seguramente esta habilidad era imprescindible también en los neandertales. ¿De otra manera, cómo habrían podido desarrollar prácticas de caza tan sofisticadas? Y, por lo tanto, esta habilidad para interpretar señales con poca carga cognitiva, cuando la extrapolamos al interior de las cuevas, permitiría leer estos trazos, estas pinturas de las que hablo en mi tesis como el rastro de otro neandertal o de otra persona que pasó por allí anteriormente. Y esto, inconscientemente, ayuda a domesticar el espacio.

–Y ahora le hago la pregunta que usted se hace en su tesis: ¿debe ser descartada una autoría neandertal del arte parietal de las cuevas cantábricas?

–No tenemos ninguna evidencia para descartar una autoría neandertal. Hasta ahora, muchas pinturas se han datado a la inversa, por así decirlo. En otras palabras, vemos que hay arte rupestre en una cueva y tenemos un esquema cronológico: se dice que el arte rupestre empieza más o menos hace 40.000 años y llega hasta hace unos 12.000-10.000 años más o menos. ¿Pero qué evidencias tenemos de que el arte empieza hace 40.000 años? Las evidencias realmente son que hace 40.000 años llega nuestra especie a Europa. Pero no hay muchas evidencias objetivas. Datar el arte rupestre es muy difícil, hay pocos métodos de datación absoluta que permitan obtener fechas numéricas. Y más en el caso de las pinturas más antiguas, que suelen ser de color rojo, que es mineral. Por lo tanto, no se puede aplicar el método del carbono 14. En estos años se han aplicado otros métodos y, en ocasiones, han dado resultados inesperadamente antiguos. Superan los 60.000 años. Una fecha que se sale de ese esquema tan rígido y entonces tendemos a pensar que es un error de datación.

–Es decir, usted indica que las dataciones de antes de 40.000 años pueden ser efectivamente certeras. Y que entonces ya había una especie con capacidad de representación simbólica, los neandertales.

–Sí. El debate ahora está si el método de datación vale o no vale, pero creo que tenemos que hacer un esfuerzo por superar ese método. No soy física ni química, no tengo criterio para cuestionar fechas de laboratorio, así que he intentado cambiar el enfoque. Y preguntarme si desde la arqueología cognitiva podemos descartar o no esta autoría. Si esas fechas se pueden integrar en un discurso más amplio. Y concluimos que no hay nada que apunte a que se pueda descartar una autoría anterior al sapiens. Por lo menos para las pinturas no figurativas. No nos hemos metido en figuras animales.

Miriam García Capín.

Miriam García Capín. / Ángel González

–Eso lleva a admitir que el arte no lo creamos los sapiens, ¿no? Que también otras especies tenían esa capacidad.

–Si tratamos a este tipo de pinturas rojas como arte, entonces debemos ser cautos y, efectivamente, no atribuirlas exclusivamente a la especie de los humanos actuales, porque hay otras especies con capacidades suficientes para realizarlas. Desde el punto de vista técnico es algo muy evidente que los neandertales podían hacer. Pero la pregunta es si tendría sentido en el universo neandertal, en las formas de vida de esta especie invertir recursos, esfuerzos, exponerse a riesgos para crear este tipo de evidencias. Y lo que concluimos es que sí. No podemos descartar esta autoría neandertal y quizá deberíamos ser más humildes y admitir que no sabemos realmente cuando empieza el arte rupestre porque quizá no podamos atribuirlo exclusivamente a nuestra especie.

–¿Por qué su atención científica se centró en las pinturas rojas?

–Cuando empecé a estudiarlas hice una revisión bibliográfica del comportamiento simbólico de los neandertales, qué se sabía de ellos. Aparecieron todas estas dataciones de más de 60.000 años que solían ser signos muy simples, manchas, manos… Empecé a identificar una especie de patrón. Al final, la pintura más antigua es casi toda en color rojo. El color negro está más asociado a figuras y es posterior. Las pinturas rojas aparecen en las cuevas en forma de discos o puntos o líneas, pero las hay que son un manchurrón, es muy difícil darles un nombre. Pero están ahí y muchas veces están debajo de paneles muy impresionantes con animales. Empecé a verlas no como una representación de algo, sino como un gesto. Sobre algunas decíamos: esto es que alguien paso por aquí y al frotarse contra la pared dejó esta marca. Pero esto ya te está dando una información: que alguien pasó por allí. Y no es una información simple. Hay sitios de muy difícil acceso y cuando tú ves este tipo de manchurrón sabes que alguien ha estado allí jugándose el pellejo. Empecé a darme cuenta que estos trazos muy rápidos no necesariamente reflejaban la intención del autor por realizar una figura sino quizás marcar un sitio determinado.

–Balizas para guiar en un recorrido por esos espacios oscuros, inaccesibles.

–Podría ser. Eso es lo que sugiero. Eso necesitaría probarse más empíricamente. Ya hay equipos que lo están haciendo. Pero sí, entiendo que son elementos domesticadores. Nosotros no vemos en la oscuridad. Muchos estudios fisiológicos demuestran que sube mucho nuestro nivel de cortisol en una cueva. Es un espacio hostil. Por mucho que estemos acostumbrados a entrar en una cueva nuestro cuerpo no deja de mandarnos señales diciéndonos: este no es mi sitio ideal, no he evolucionado para esto. Sin embargo, las cuevas han sido visitadas durante muchísimo tiempo y nuestra propuesta es que estas pinturas, por muy sencillas que sean, han actuado como elementos domesticadores de esos espacios. Nos ayudan a suavizar esas sensaciones hostiles en un terreno tan demandante como el subterráneo. Poder evocar a partir de esas pinturas rojas que alguien ha estado aquí y que ha tocado la pared. Inconscientemente nos está diciendo: este lugar está domesticado ya, está parcialmente humanizado.

–Perdone la comparación. ¿Es cómo esas lamparitas de noche que se ponen a los niños para que no queden a oscuras?

–Exactamente. El miedo a la oscuridad es muy universal. También es algo adaptativo porque somos primates diurnos y estamos muy orientados a la información visual. Este miedo universal a la oscuridad viene un poco de ahí.

–Y esas marcas rojas hablan también de una especie exploradora, ¿no?

–Exactamente. Esto es algo que damos por hecho. Hablamos de la prehistoria y hablamos de cuevas con naturalidad. Pero, si nos paramos a pensar, aquellos hombres tenían las mismas adaptaciones que nosotros. Al resto de especies animales no les da por meterse en entornos donde se la jueguen sin ningún beneficio. ¿Qué sentido tiene gastar energía y recursos en algo que no nos va a reportar ningún beneficio en la supervivencia? Estas pinturas están funcionando como reflejo de esa exploración. Algunas pinturas están en lugares en los que te preguntas cómo subieron hasta allí o para qué. Ahora tenemos que subir asegurados con arneses, con cuerdas, con casco. Pero hace miles de años no tenían la misma infraestructura.

–¿La curiosidad es uno de los elementos constituyentes de ser humano?

–Diría que sí. Es algo muy adaptativo, que además está detrás de otras capacidades importantes. Hay autores que hablan de la importancia de la curiosidad para ser capaces de ordenar el entorno. Nuestro entorno es muy complicado. Entonces, cuanta más curiosidad tengas, más materia prima tendrás para ordenar eventos. Para entender que cuando vienen nubes negras, eso es que habrá tormenta y tienes que resguardarte.

–Hablemos del rojo. Seguimos, hoy en día, relacionándonos con señales de alarma de color rojo.

–Los estudios sobre etología, sobre el comportamiento animal, hablan de cómo ciertos colores generan o estimulan un comportamiento muy concreto en algunas especies. Por ejemplo, en los polluelos de gaviotas al ver el puntito rojo que tenía la madre en el pico ya se generaba el comportamiento de picoteo, de pedir comida. Tirando por el tema del color, empecé a leer sobre tricromatismo, la capacidad para ver tres colores, como es nuestro caso. Nosotros percibimos la longitud de onda del verde, del azul y del rojo. Pero la mayoría de los mamíferos solo perciben el verde y el azul. El rojo no. Percibir el rojo es típico de los primates. Los primates tricromáticos son los que consumen frutas maduras y las frutas maduras son interesantes porque son más calóricas y más fáciles de digerir. Esto habría permitido consumir más energía para el cerebro y para un sistema nervioso muy caro metabólicamente. El color rojo podría ser un mecanismo para orientar a un recurso alimenticio más beneficioso. Luego, el color rojo está detrás de ciertas respuestas sociales. En primates de cara descubierta, sin pelo, se puede percibir el rojo de la ira o del rubor. El rojo, en humanos, puede ser cultural: alarmas, los semáforos o las señales de stop están en rojo. Pero puede que la cultura haya adaptado ya un mecanismo ya vigente. Hay otros estudios que sugieren que no es casual que las primeras pinturas sean rojas. Es un pigmento más difícil de conseguir. Y aun así, a lo largo de todo el Paleolítico pero especialmente en las primeras fases, el rojo es mucho más utilizado, así que debía de haber un interés específico en él. Eso fue lo que quisimos probar.

–¿Y cuál fue el experimento que hicieron, con sapiens de hoy en día?

–Usamos una serie de imágenes de fotografías de arte rupestre. Intentamos que hubiera este tipo de pinturas rojas no figurativas y que no aparecieran en el centro de la imagen, que ya la vista se te va ahí. Luego creamos otras imágenes y estos mismos signos rojos los cambiamos a negro, otro de los grandes colores del arte rupestre. Reclutamos una muestra de participantes y les pusimos todas estas imágenes. Las vieron a oscuras en un orden aleatorio y cada imagen duraba un segundo y medio. Usamos un «eye tracker», un dispositivo que monitoriza dónde miras, detecta la pupila y la proyecta sobre la imagen que estás viendo. Mide los milisegundos que tú dedicas a mirar cada parte de la imagen. Lo que se vio fue que los signos rojos eran muy rápidamente detectados. La vista se iba involuntariamente a ellos. Esto no ocurría con los signos negros. Y lo que para mí era incluso más interesante: cuando había una imagen en la que parecía un signo rojo y una figura de un bisonte en negro, por ejemplo, se miraba mucho más tiempo el signo rojo que el bisonte. Pero cuando el signo era negro se miraba más el bisonte. Así que entendimos que esto reflejaba un sesgo atencional: cómo la atención se va de manera mucho más innata al rojo. Concluimos así que, en el contexto de exploración de una cueva con una antorcha, una luz bastante irregular, titilante, el color rojo sí se podría percibir en esos lapsos de visualización, pero el negro quizás no.

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