Mujeres fuera de serie
Begoña Fernández, la mejor jugadora gallega de balonmano de la historia, una guerrera dentro y fuera de la pista
Considerada la mejor jugadora gallega de balonmano de la historia, Begoña Fernández fue capitana de la selección en su época dorada, con la plata europea de 2008 y el bronce olímpico de Londres 2012, antes de entregarse a su otra gran vocación: la sanidad

Pablo Hernández Gamarra
Hay una canción de Vetusta Morla que emociona especialmente a Begoña: «Mismo sitio, distinto lugar». La escuchó muchas veces cuando se retiró del balonmano y regresó meses después a una cancha que conocía de memoria. Solo que esta vez no vestía la camiseta de las «Guerreras». Estaba en el palco como embajadora de la Federación Española, mientras una parte de ella seguía deseando bajar al parqué y jugar.
Begoña Fernández (Vigo, 1980) es una Guerrera. Así bautizaron a la selección española de balonmano cuando, siendo ella capitana y pivote, elevó este equipo a lo más alto conquistando la medalla de plata en el Europeo de 2008 y la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Londres de 2012, entre otros muchos trofeos.
Una «Guerrera» porque contribuyó a dar visibilidad al balonmano femenino y porque nunca tuvo miedo de reivindicar mejores condiciones para las deportistas, incluso cuando hacerlo podía traer consecuencias.
Una «Guerrera» porque, al retirarse, tuvo el coraje de luchar por su otra gran vocación, la sanidad. Comenzó a trabajar como auxiliar de enfermería con 35 años al mismo tiempo que se estrenaba en la maternidad.
El espíritu luchador lo lleva la deportista viguesa ya en el ADN. Cuenta que procede de una familia humilde: madre auxiliar de enfermería y padre repartidor. Ella, la mayor de tres hermanos.
Como otras muchas niñas, comenzó practicando en el colegio baile gallego y judo, pero cuando veía jugar a sus primos al balonmano recuerda que se moría de ganas de acompañarles.
Su madre era un poco reacia a la idea, pero cuando la pequeña sufrió una complicada fractura de codo y logró recuperarse, el mismo día que le dieron el alta fue ella misma quien, por sorpresa, la llevó a Balaídos para apuntarla a balonmano. La semilla estaba plantada.
«Mi primer partido fue en un torneo en Redondela; ni siquiera recuerdo si ganamos, pero la sensación de disfrutar a tope con mis compañeras no se me ha borrado»
Con 12 años, Begoña jugaba en alevines y disfrutaba mucho entrenando. «Mi primer partido fue en un torneo en Redondela; ni siquiera recuerdo si ganamos, pero la sensación de disfrutar a tope con mis compañeras no se me ha borrado» apunta.
Muy pronto quedó claro que a la niña aquello se le daba muy bien y sus entrenadores la pusieron a jugar no solo con las pequeñas, sino también en el equipo de mayores. Y, además, con la selección gallega, que casi desde el principio se fijó en su talento. «Fui enganchándome de forma paulatina, madurando con mis compañeras, aprendiendo a organizarme para estudiar y a renunciar al ocio del que otras amigas disfrutaban. Pero lo viví con naturalidad», describe.
Con solo 15 años le llegó la primera oportunidad semiprofesional con el Porriño. Recuerda con orgullo su primer sueldo. «Acababan de ascender por primera vez a División de Honor y ficharon a chicas de la selección española. Empezamos a viajar por toda España y fue un cambio de vida grande. Hicimos buena temporada y nos clasificamos para la Copa de la Reina», destaca.
La pivote del Porriño no pasaba desapercibida y el equipo conocido como Osito L’Eliana, de Valencia, que estaba en lo más alto, llamó a su puerta. «Mis padres me animaron a aceptar porque era una gran oportunidad y una forma de ayudar a la familia, pero fue muy, muy duro y lloré muchísimo», admite la jugadora.
En esos años, Begoña logró además sacarse el título de auxiliar de enfermería y técnica de laboratorio ya que para ella construirse un futuro más allá del balonmano era algo que siempre estuvo presente. Y tenía además la mirada puesta en ampliar sus estudios con los de Enfermería cuando le fuera posible.
Sin embargo, la altísima exigencia en el equipo valenciano terminó pasándole factura y, a los dos años, decidió dar un paso atrás y volver a su equipo de Porriño. «Yo soy muy decidida y así lo hice, pero al poco tiempo pensé con claridad y me di cuenta de que debía seguir luchando y volví un año más al Osito», explica.

Begoña Fernández, en un partido con la selección española / Cedida
Al finalizar aquel tercer año, la jugadora había madurado, ya no era la chiquilla inocente de hacía unos años, y ahora tenía clara su ambición: «Quería jugar más y como el equipo había fichado a otra pivote decidí que era el momento de cambiar».
Así fue como Begoña llegó al equipo navarro Itxako, con el que se proclamó subcampeona de Europa y donde, además, conoció al también jugador de balonmano Paco López, con quien comenzó una bonita historia de amor.
En aquellos años recibió también la llamada de la Selección Española, uno de sus grandes sueños. Pero justo entonces sufrió una grave lesión de rodilla. «Mi disgusto fue enorme porque pensaba que no iba a tener otra oportunidad», recuerda. Tras siete meses de recuperación regresó a las pistas y acabó convirtiéndose en capitana de la selección a partir de 2008.
Ese mismo año España logró la plata en el Europeo de Macedonia y Begoña fue elegida mejor pivote del campeonato. A partir de aquel éxito, la afición comenzó a llamar «Guerreras» a las jugadoras de la selección. «Como capitana siempre luché por el bien del equipo y daba el mismo valor a las veteranas que a las que acababan de llegar, porque para mí la unión hace la fuerza», reflexiona.
Su carrera la llevó por algunos de los mejores equipos de España y Europa, pero una de las etapas más difíciles llegó cuando regresó a Itxako. El club atravesó una profunda crisis y las jugadoras pasaron una temporada entera sin cobrar. «Tuve que dedicar muchísimo tiempo a reuniones con la directiva, reivindicando nuestros derechos y queriendo confiar en ellos. Pero al final la situación se hizo insostenible y el equipo quebró. Fue un verdadero shock», recuerda.
Aquel 2012, sin embargo, también le regaló uno de los momentos más emocionantes de su trayectoria: la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Londres. Más tarde continuó jugando en el extranjero junto a su pareja, primero en el equipo serbio Zajecar y luego en el Vadar macedonio, hasta que una nueva lesión de rodilla le hizo comprender que había llegado el momento de retirarse. Solo le quedó una espina clavada: no haber conquistado la Champions.
«En muy poco tiempo me quedé embarazada y me llamaron para trabajar en el Cunqueiro, apenas tuve tiempo de asimilar mi despedida del deporte, que es algo parecido a pasar un duelo»
La retirada fue dura para la viguesa: «Creo que deberían acompañarnos más a los deportistas profesionales en este momento», advierte. Begoña, al menos, se había preparado a conciencia para ello y en cuanto regresó a Vigo comenzó a buscar trabajo en el hospital. Con lo que no contaba era con que los acontecimientos irían casi tan rápido como ella corría en el campo. «En muy poco tiempo me quedé embarazada y me llamaron para trabajar en el Cunqueiro, apenas tuve tiempo de asimilar mi despedida del deporte, que es algo parecido a pasar un duelo», afirma.
La deportista mantuvo la vinculación con la Federación Española de Balonmano como embajadora de este deporte y después fue entrenadora en el equipo de Lavadores. Pero la llegada al mundo de Luka y de Laia –que ahora tienen 10 y 6 años– junto con los complejos horarios del hospital y el estudio de las oposiciones la hicieron finalmente dejarlo.

Begoña Fernández en su trabajo actual en el hospital / Cedida
«La sanidad es mi otra gran vocación y estoy feliz en esta etapa de mi vida. Por supuesto que me encantaría ser entrenadora, es mi mundo, pero en estos momentos necesito estabilidad», asegura Begoña, que sigue siendo un torrente de energía fuera del campo.
Hoy, Begoña Fernández vive lejos de los focos y es feliz entre el trabajo en el hospital, su familia y las actividades de sus hijos, que de momento prefieren el fútbol y el baloncesto. Sigue reuniéndose cada año con aquellas «Guerreras» con las que compartió títulos, derrotas y una amistad que ya es para siempre. El balonmano continúa ocupando un lugar esencial en su vida. Quizá desde otro sitio, como decía Vetusta Morla.
Las pioneras: Else Birkmose, la reina del balonmano en los 50

Else Birkmose / FDV
Nacida en Copenhague en 1931, la danesa Else Birkmose fue una de las mujeres que contribuyeron a sentar las bases del balonmano femenino moderno. Internacional con Dinamarca desde 1948, disputó 63 partidos y se convirtió en una de las grandes figuras del primer Campeonato del Mundo femenino, celebrado en Yugoslavia en 1957.
Desarrolló toda su carrera en el club Handelsstandens Gymnastikforening (HG), con el que conquistó siete campeonatos daneses y la Copa de Europa de 1965. Secretaria de profesión, compaginó durante años su trabajo con el deporte, algo habitual en una época en la que el balonmano femenino estaba lejos de la profesionalización.
Tras retirarse, volvió a abrir camino al convertirse en una de las primeras mujeres en dirigir la selección danesa. Falleció en 1998.
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