Entrevista | Miguel Ángel Escotet Psicólogo, educador e investigador. Presidente de Afundación. Rector de la UIE
«Quien ama el conocimiento nunca deja de aprender»
La psicología, la filosofía, la ciencia, las letras y la educación surcan «Buscando a Ítaca», el viaje intelectual de un autor con más de 50 libros publicados que defiende el aprendizaje como un compromiso ético

Miguel Ángel Escotet / FDV
Miguel Ángel Escotet acaba de publicar «Buscando a Ítaca», un ensayo que propone un viaje intelectual para, desde una perspectiva humanista, responder a las grandes preguntas de nuestro tiempo. La psicología, la educación, la cultura, la política y la identidad son algunas de las cuestiones que aborda en el libro este psicólogo, educador, profesor e investigador, doctorado por la Universidad de Nebraska (Estados Unidos), rector de la Universidad Intercontinental de la Empresa (UIE) y presidente de Afundación, la institución de responsabilidad social corporativa de Abanca.
– Su libro se inspira en la metáfora del viaje de Ulises en «La Odisea». ¿Qué representa para usted Ítaca y cómo ha influido esta idea en su obra?
– Mi libro nace de una paradoja, la misma que persiguió al poeta Cavafis: que la sabiduría o las riquezas no se encuentran al llegar, sino en el viaje mismo. Ulises fue mi primer migrante de la historia, mi primer nostálgico, mi primer navegante con pensamiento utópico, mi héroe de la infancia en la Grecia clásica. Ítaca en mi libro representa a muchas Ítacas, por eso todavía la busco. Intento ofrecer una bitácora de navegación a través de cavilaciones y ensayos, siempre con las agujas de la brújula señalando hacia el norte. Un registro de pensamientos sin ánimo doctrinario ni pedagógico. Son preocupaciones existenciales expresadas con transparencia y unidas por mi pasión por la psicología, la filosofía, la matemática, la literatura y la educación.

Portada del libro «Buscando a Ítaca» de Miguel Ángel Escotet / FDV
– ¿Qué representa para usted Galicia? ¿Es una de sus «patrias interinas», como decía Benedetti?
– Absolutamente. Siempre estuve conectado con la Galicia exterior, la Galicia de la emigración, la del trabajo, la de la creación, la de la amistad. Así aprendí a quererla, a sentir morriña por esta tierra, o, como decimos en mi otra patria Asturias, a sentir señardá. Es así, que ahora llevo ya 12 años ininterrumpidos construyendo mi identidad. Quizá Galicia sea la patria interina al final de mi existencia.
– En la sección «Nóstos» del libro reflexiona sobre la migración y la identidad. ¿Cómo ha influido su experiencia migratoria en su visión sobre la pertenencia y las «patrias interinas»?
– La migración es cambiar constantemente una nostalgia por otra. La identidad es un concepto en construcción permanente e implica ampliar tanto nuestra identidad social como nuestra identidad individual. Emigrar o inmigrar es cambiar como algo inherente a la vida, así se construyó este mundo en que vivimos y la identidad es un concepto flexible y líquido, aunque mantenga una estructura medular. Ambos elementos, de manera interactiva, nos elevan por encima de los totalitarismos, nacionalismos, racismos, provincialismos, fanatismos, egoísmos, narcisismos culturales… Tu nueva identidad en transformación permanente te permite el aprendizaje social y cultural para combatir la intolerancia, la insolidaridad, el etnocentrismo y todos aquellos valores supremacistas característicos de grupos con un desarrollo cognitivo y emocional muy elemental. En definitiva, como expreso en mi libro sobre mis patrias interinas, preservo mi alma emigrante y continúo honrando a todos esos países, ciudades y pueblos que habitan bajo mi piel. Es aprender a ser muchos al mismo tiempo sin dejar de ser uno.
– Decía Rilke que «la verdadera patria del hombre es la infancia». ¿Su patria, entonces, es Asturias?
– Asturias tiene un lugar indiscutible en mi corazón, pero también en mi cerebro. En la infancia se construyen los sueños y se recuerdan para siempre las personas que revolotearon a tu alrededor. Soy asturiano de padre y madre, de abuelos, bisabuelos y tatarabuelos, de Oviedo y Avilés, criado en Nava y Gijón hasta mi adolescencia, en la que ingresé como interno en el colegio de los Agustinos de León, la ciudad que me vio nacer y que también ocupa un espacio emocional entre mis gratas memorias. Es ahí, siendo asturiano, donde se construye una identidad que abarca el resto de la tierra por la que he peregrinado. Asturias, León, Galicia, Madrid, París, Colombia, Venezuela, Estados Unidos… y el mundo por donde he vivido con mi familia se convierte en la Casa Grande de tus emociones que supera el concepto de patria, pues no excluye a ninguna.
– Uno de los ejes centrales de su libro es la defensa de la educación y el aprendizaje permanente. ¿Por qué considera que aprender a lo largo de toda la vida es una obligación ética y social en el siglo XXI?
– El aprendizaje no es terminal. No puede serlo. El ser humano sigue aprendiendo durante el resto de su vida. El único título legítimo es su partida de defunción. Todos los demás son papeles y certificados que quedan obsoletos el mismo día de su emisión. Imaginémonos a un profesional de cualquier especialidad, un médico, por ejemplo, que abandona el estudio riguroso diario, las nuevas tecnologías y formas de tratamiento y prevención; si así lo hiciere, en unos poquísimos años se convertiría en un curandero y, con ello, pondría en peligro la salud de las personas a las que asiste. ¿Es éticamente correcto no estar al día? Absolutamente no. Y esto se aplica a cualquier profesión o especialidad mientras se ejerza. El ejercicio de la conducta ética incide en la educación más que en muchas otras disciplinas, pues está directamente relacionado con las personas de cualquier condición. No creo en la jubilación del aprendizaje, ni obligatoria ni voluntaria. El que ama el conocimiento nunca deja de aprender.

Miguel Ángel Escotet en la presentación de su libro / FDV
– ¿Por qué es tan importante la dimensión afectiva de la educación?
– Lo más importante para aprender es amar el conocimiento, hacer de la educación una actividad deseada, necesaria, ni fatigosa ni obligatoria. Educar es formar e instruir; mientras la instrucción permanece en un nivel intelectual, la formación se integra en la personalidad. No existe el proceso educativo si no interactúan las variables cognitivas, afectivas e incluso psicomotoras. El desarrollo de la dimensión afectiva es indispensable para poder vivir en sociedad, en comunidad; para aprender competencias emocionales tan elementales como, desarrollar la sensibilidad estética, fomentar el autocontrol y la autocrítica, desarrollar conductas de flexibilidad y tolerancia, aprender a convivir, aprender a saber escuchar, aprender a cuidar, aprender a respetar a los que no piensan como nosotros, aprender a innovar, aprender a emprender, aprender a seguir aprendiendo y muchas más a las que me refiero como condicionantes de la calidad del aprendizaje.
– En la sección «Paideia» del libro reflexiona sobre la universidad y la educación superior. ¿Qué cambios considera urgentes para que la universidad responda a los retos del futuro?
– ¡Tantos cambios que son necesarios! Se requiere una profunda transformación de la filosofía de los aprendices. Tanto los que enseñan como los que aprenden: una dicotomía que tiene que desaparecer y convertir a unos y otros en aprendices de por vida. No es una dicotomía entre profesores y estudiantes, sino una sola comunidad de sujetos que aprenden: una auténtica comunidad del aprendizaje. Un sistema de gobernanza de quienes han estudiado las competencias necesarias para ejercer la buena gestión de la universidad, y no un medio de negociación política, como ocurre muchas veces, para convertirla en un terreno de conflicto y no en un espacio de todos para la investigación, la docencia y la responsabilidad social con la ciudadanía a la que sirve, incluida la rendición de cuentas a la sociedad. Y, muy especialmente, el desarrollo de programas y planes de estudio por delante de los acontecimientos, y no como vagón de cola del sistema de generación de ciencia, tecnología y humanidades. Las asignaturas y los planes de estudio deberían modificarse, muchos de ellos, semestral o trimestralmente, pero, desgraciadamente, los descubrimientos saltan más rápido de los laboratorios a las empresas que al interior mismo de las universidades. Las instituciones de educación superior y el sistema productivo de la sociedad deberían ir de la mano.
«La inteligencia artificial puede escribirnos una carta de amor, pero difícilmente puede enamorarse»
– Considera que la irrupción de la inteligencia artificial en la educación y en el trabajo, ¿refuerza el papel de las humanidades, el pensamiento, la filosofía y la poesía, o bien las amenaza?
– La semana pasada, en mi lección magistral en el acto de graduación de la UIE, me referí en gran medida a ello. También le dedico varios ensayos en mi libro. La inteligencia artificial es esencial para el mundo que viene. Todos los que puedan deben estudiarla a fondo y ponerla al servicio de las personas. Debemos entender que la IA no consiste, como mucha gente cree, en acceder a respuestas, sino en formular mejores preguntas y pensar más allá de ellas. He aquí uno de los aspectos fundamentales para dominarla y no ser dominado por ella. No podemos olvidar que la IA puede escribirnos una carta de amor, pero difícilmente puede enamorarse, o como expresa Zacharie, la inteligencia artificial puede ayudarte a escribir unas bellas palabras para el funeral de tu amigo, pero no será capaz de sollozar frente a su pérdida. Soy optimista; creo en el ser humano. Quiero pensar que el mundo del humanismo, de las artes, de la filosofía, de la poesía, de la música y del pensamiento cognitivo y afectivo llegará a poner a la IA a su servicio y no al revés.
– Se define como un «optimista vocacional». ¿Qué aspectos de la vida actual mantienen ese optimismo y cuáles lo amenazan?
– No se puede vivir una vida positiva con una mente negativa. Soy optimista porque el pesimismo es un freno que nos impone, entre otras muchas cosas, el perfeccionismo, que es una excusa para no hacer lo mínimo posible. Vivimos tiempos caóticos porque estamos en la fase final de una civilización. Es fácil ser pesimista cuando, en pleno siglo XXI, todavía vemos la legitimación de la crueldad, el populismo inhumano, el nacionalismo excluyente, la desmejora de la calidad de la educación y de la salud, la falta de empleo y la persistencia del hambre y la miseria en un mundo que se llena de orgullo con la implantación de la inteligencia artificial y otras tecnologías intangibles. Pero como optimista que soy, yo me aferro al pensamiento de Sócrates, de que nada es permanente en los asuntos humanos, por lo que debes moderar tu euforia ante la buena fortuna y tu desconsuelo ante la adversidad.
«La inversión en salud mental no es un tema de compasión ni caridad, necesariamente: la depresión y la ansiedad cuestan a la economía mundial un estimado de 1 billón de dólares al año»
– Como psicólogo, ¿considera que la sociedad es ahora más consciente de la importancia de la salud mental?
– Estoy convencido de que es así. Sin embargo, queda muchísimo por hacer. La Organización Mundial de la Salud (OMS) confirmó en 2025 que más de mil millones de personas en todo el mundo viven con un trastorno mental de diversas características y condiciones. Esta cifra representa una parte significativa de la humanidad, y los trastornos de ansiedad y depresión son los más comunes. El suicidio es una de las principales causas de muerte en jóvenes de 15 a 29 años. El costo humano es catastrófico. Invertir en la prevención y la promoción de la salud mental no es solo un imperativo moral, sino también una estrategia económica excepcionalmente sólida. El gasto público en salud mental en el mundo se asigna, en promedio, apenas el 2% del presupuesto total de salud, un porcentaje que no ha cambiado desde 2017. La inversión en salud mental no es un tema de compasión ni caridad, necesariamente: la depresión y la ansiedad cuestan a la economía mundial un estimado de un billón de dólares al año, pero por cada dólar invertido en ampliar el tratamiento, se obtiene un retorno de 4 dólares en la mejora de la salud y la productividad. Las personas son cada vez más conscientes de que la salud mental es parte indivisible del sistema de salud y de la necesidad de solicitar apoyo cuando lo consideren necesario. Un cambio radical en las conductas del siglo pasado.
– ¿Cuál cree que es la percepción de la sociedad gallega sobre Afundación? ¿Considera que se ha mantenido el nivel de la obra social de las antiguas cajas de ahorro gallegas?
– Nunca he sido muy partidario de comparar acciones e instituciones entre sí. Cada una tiene su tiempo y, dentro de él, sus logros. De hecho, creo que la comparación siempre puede llevarnos a reforzar la envidia y el egoísmo. Repito, con insistencia, que mi forma de ver la competencia no consiste en fijarme en el vecino ni en competir con él. Solo creo en la competencia conmigo mismo. La vida es un deporte, metafóricamente hablando, en el que el empate beneficia a todos. Por ello, Afundación no compite ni con instituciones del pasado ni con las del presente. Intenta poner todos sus recursos humanos y materiales al servicio del desarrollo de los valores humanos, sociales, culturales y medioambientales. No me atrevo a hablar en nombre de la sociedad.
Suscríbete para seguir leyendo
- Los padres de la alumna con sumas erróneas en la nota de la PAU tras las revisiones denuncian «indefensión»: la corrección de la CiUG llega tras cerrar el primer llamamiento en varias comunidades
- Valença estudia trasladar la estación del AVE Vigo-Oporto a las afueras de la villa fronteriza
- Condenan a un vecino de Vigo a abandonar la vivienda por las continuas molestias al resto de la comunidad
- Inversores compran tres edificios en el centro de Vigo para dedicarlos a pisos turísticos
- Concierto de Juan Luis Guerra en Sanxenxo: el artista salda su deuda con Galicia en una fiesta de ritmos latinos ante 15.000 seguidores
- Juan 'Pegatinas': O San Benito máis triste de todos
- Luto en Lalín por la muerte del expresidente del Motoclub Kilómetro 0, Juan Carlos Blanco
- Tres accidentes casi simultáneos dejan dos heridos, uno de ellos grave, en el sur de la provincia de Pontevedra
