Gallegas a la vanguardia
«Queremos crear puentes, no imponer una mirada o cultura»
La viguesa Marina Alonso Abal dirige desde el pasado enero el Instituto Cervantes de Túnez tras su paso por los centros de Beirut, Orán, Bucarest y São Paulo

La viguesa Marina Alonso, en el pueblo costero de Sidi Bou Said, muy cerca de la ciudad de Túnez. / FDV
Hace algo más de dos décadas, «un gran salto profesional y vital» la llevó de su Vigo natal hasta el Líbano y a iniciar un enriquecedor recorrido por la red global del Instituto Cervantes. «Fue una experiencia muy intensa que me abrió la mente a otra manera de entender el mundo», recuerda de su paso por Beirut. Después vendrían Orán, Bucarest y São Paulo. Y desde el pasado enero es la directora del centro de Túnez. Pero su periplo aún no ha terminado. «Como máximo, podemos estar cinco años en cada destino, así que aún me quedan unos cuantos», bromea.
Marina Alonso (Vigo, 1974) estudió Filología Hispánica en As Lagoas-Marcosende, además de contar con un máster en Enseñanza del Español como Lengua Extranjera y otro de Formación Permanente en Dirección, Organización y Gestión de Centros Educativos. Llevaba cinco años como profesora de Lengua castellana y Literatura en el Colegio Cluny cuando se marchó a Líbano para ejercer como lectora de la Universidad Saint Esprit de Kaslik.
«Me gustaba mucho dar clases, pero siempre me había atraído la idea de tener una experiencia en el extranjero. Y, aunque siempre pensaba en Francia, al final me fui a Líbano. Resultó muy interesante por la gran complejidad social y política de toda la región. Después del lectorado, me contrataron de profesora en la Universidad Saint Joseph y, al mismo tiempo, era docente colaboradora en el Instituto Cervantes», relata.
En 2010 se trasladó a Argelia ya como profesora de plantilla y también empezó a ser coordinadora de docentes. En Bucarest, donde vivió durante cinco años, fue jefa de estudios, responsabilidad que también ejerció posteriormente en São Paulo antes de promocionar a directora y «regresar al Mediterráneo», esta vez, a Túnez.
En su nuevo rol ya no imparte clases, sino que tiene un «trabajo de gestión más global» y de relación con las instituciones del país. El centro suma unas 1.200 matrículas al año y a sus nueve profesores españoles en plantilla añade una quincena de colaboradores, la mayoría tunecinos.
«El objetivo del Instituto Cervantes es favorecer la enseñanza del español y difundir la cultura de los países hispánicos a través del diálogo y el entendimiento. Queremos crear puentes con el país en el que estamos, no imponer una mirada o cultura. Es muy importante no partir de ideas preconcebidas. El español en cada lugar significa una cosa diferente o la percepción es distinta y por eso es muy importante el sentidiño. Antes de actuar, hay que ser prudente, escuchar, adaptarse y respetar los ritmos de cada lugar. En un puesto cultural en el exterior es vital entender el contexto y trabajar desde ahí», defiende.
«El objetivo del Instituto Cervantes es favorecer la enseñanza del español y difundir la cultura de los países hispánicos a través del diálogo y el entendimiento»
Una manera de entender el mundo que hoy es tan necesaria reivindicar: «Las ideas preconcebidas son siempre fruto del desconocimiento. Es verdad que hay muchas diferencias culturales, pero las cuestiones humanas son universales y nos acercan. A veces creemos que ciertas formas de pensar o actuar son absolutas, que hay una única manera de vivir o de concebir el mundo y, en realidad, esto no es así. Salir te ayuda a verlo y a abrir la mente».
En todos los países en los que ha trabajado, Marina ha sido testigo del interés por el español, aunque con sus peculiaridades: «En Túnez se ve como una oportunidad y tenemos mucha gente joven interesada en hacer cursos intensivos para aprenderlo rápido e irse a Europa, fundamentalmente, o a América Latina. Y en otros destinos, aunque no deja de ser una oportunidad porque es una lengua con mucha proyección profesional, también hay una cercanía afectiva y una simpatía. En Rumanía, por ejemplo, se definen como los latinos del Este y sienten mucho esta afinidad».

La viguesa Marina Alonso, en la sede del Instituto Cervantes en Túnez / Cedida
También la sintió en Brasil, de donde se marchó con «cierta pena y morriña», como cada vez que cambia de destino. «Me fui con muy buen recuerdo del país y de su gente. Aparte de su positividad y alegría, destacaría cómo siempre buscan o jeito o la manera de resolver las cosas. La comunidad de emigrantes gallegos es muy grande y se nota ese peso. Aunque sean de segunda o tercera generación siguen conservando las tradiciones», comenta.
Allí lo tenía más fácil, pero Marina siempre ha ejercido como embajadora de nuestra lengua y la cultura gallega: «En cada país les hablaba a mis alumnos de que además del sur de España, Madrid o Barcelona, también existe otra realidad, la del norte. Y les sorprendía mucho lo que les contaba, que no todo es sol y flamenco».
Otras veces, la sorprendida es ella. «En abril tuve que ir por trabajo a Libia y, en el aeropuerto, el policía de aduana al que le dije que era española pero del norte, de Vigo, me respondió ‘¡Ah, Celta de Vigo!’. Creo que aquí el fútbol es uno de los principales referentes de nuestro país», comenta entre risas.
En Túnez se ha encontrado «un país agradable y amable para vivir» y aunque no será su último destino en el extranjero tiene claro que sus «raíces» están en Vigo. De hecho, mientras vivía en Argelia viajó expresamente para dar a luz a sus dos hijos aquí: «Son mitad gallegos, mitad libaneses y queremos que mantengan ambas identidades. Vigo es siempre mi punto de anclaje. Cuando te mueves tanto por el mundo, tener una referencia te aporta equilibrio. Yo me he ido pero para volver. Me gusta mucho conocer otras culturas y todo lo que me aportan, pero me jubilaré ahí. Esto es un recorrido».
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