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Entrevista | Julia Varela Periodista y escritora

La periodista gallega Julia Varela, de Eurovisión a la literatura: «Todo por hacer» narra el duelo y la fragilidad

«El motor que me mueve a nivel profesional y personal es la ilusión por aprender». «Me veo volviendo a trabajar a Galicia, el paraíso de mi niñez»

La periodista pontevedresa de RTVE, Julia Varela.

La periodista pontevedresa de RTVE, Julia Varela.

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Periodista, presentadora, reportera de RTVE y escritora, la gallega Julia Varela Ruano (Pontevedra, 1981) es conocida por el gran público por ser comentarista de Eurovisión desde 2015. Ha publicado su segunda novela, «Todo por hacer», un relato íntimo sobre la vida, la pérdida y el amor centrado en las relaciones entre madres e hijas y en las emociones del duelo, que ella misma sufrió tras la muerte de su madre. Ha compartido también públicamente el cáncer de mama que le diagnosticaron y del que al principio le costó hablar por el estigma social y laboral de mostrarse frágil y vulnerable. La autora estará en la Feria del Libro de Vigo el domingo 5 de julio, en la caseta de la librería Vigo de papel.

«Todo por hacer» es su segunda novela. ¿Cómo se pasa de escribir sobre las contradicciones de los treinta y tantos en clave de humor («¿Por qué me pido un gin tonic si no me gusta?», 2019) a escribir sobre la muerte de una madre?

Pasa el tiempo, vas creciendo, pasa la vida y te van sucediendo cosas. Yo escribo de lo que veo, de lo que vivo, de lo que disfruto, de lo que sufro y de lo que me cuentan mis amigas y amigos. Mi primera novela en 2019 era más acorde con esos 30 y tantos años que tenía y con mis preocupaciones de ese momento, y en esta segunda tenía bastante reciente el duelo por mi madre. Escapar de ahí me resultaba imposible, es una de las cosas más grandes que te puede pasar en tu vida y no pude evitar integrarlo de alguna manera.

¿Cuánto tiempo necesitó para convertir el duelo en ficción?

Sobre un año y medio o dos. Al inicio del duelo no podía escribir, traducir a la literatura ni poner en palabras nada de esto porque dolía mucho, incluso físicamente. Pero caminando por esa experiencia llegó un momento en que el dolor se mitigó, en parte, y pude tomar un poco de distancia para trasladarlo a la ficción.

Julia Varela es la comentarista  del festival  de Eurovisión desde 2015.

Julia Varela es la comentarista del festival de Eurovisión desde 2015.

¿Escribir sobre ello en una novela es más sencillo que hablarlo en una entrevista?

Puede ser que sí, porque de alguna manera, aunque recreas un momento doloroso, intentas hacer un ejercicio de distanciamiento para que se sea más llevadero; si no, sería imposible.

¿Qué se detiene cuando muere una madre?

Por mi experiencia y la de gente cercana, sobre todo en pérdidas más o menos repentinas y más o menos jóvenes, sientes que se detiene el mundo y nada va a ser igual. Hay una sensación de parálisis, de estancamiento. Surge un sentimiento nuevo, el de orfandad, que hasta ese momento no has experimentado, que es algo muy diferente a todo y se plasma en detalles tan concretos como que de repente tú ya no vas a poder pronunciar otra vez la palabra mamá como un apelativo, como un vocativo para decírselo a alguien, para llamar a tu madre, porque esa persona ya no está.

Ha dicho que ese duelo no se supera, sino que se transforma. ¿En qué se transforma?

Se transforma en aprender a vivir con la ausencia, con esa sensación de echar de menos siempre a alguien; al principio te parece imposible, pero después es como un despertar a una vida diferente, una reincorporación de nuevo feliz, a pesar de todo.

En la novela hay secretos familiares. ¿Las familias se sostienen a través de los silencios?

No sé si solo a través de los silencios, pero creo que a lo largo de la historia, sobre todo las madres han sido las encargadas de mantener ese silencio. Eran como el pegamento familiar, sabían muy bien callar para que muchos pilares de la familia no se viniesen abajo. Creo que en especial la sociedad gallega somos así: callados, un poco tímidos, desconfiados en un principio y también misteriosos, en Galicia tenemos ese halo. A lo largo de la historia se ha callado mucho en las familias, se han escondido muchas cosas debajo de la alfombra, algunas veces para mal y otras simplemente para mantener la estabilidad. Me atrae mucho el tema de los silencios, aunque al final los secretos siempre salen a la luz.

¿Qué Galicia le ha interesado plasmar en la novela: la real, la recordada o la emocional?

Una mezcla entre la real, porque yo voy mucho a Galicia, y la recordada de mi infancia. Aparecen dos escenarios muy claros: la Galicia costera, incluida la zona de Vigo, de pueblos marineros que se han transformado en turísticos, pero que en algunos aún se mantiene esa esencia; y luego aparece la Galicia interior, la Ribeira Sacra, de donde soy por parte paterna, y aparece el pueblo de Belesar, al que estoy vinculada. En el paisaje de Galicia hay belleza, por supuesto, pero también cierta rudeza que parece esconder algo misterioso siempre. Es como si la naturaleza esté intentando decirte algo.

¿Qué le interesa contar de la maternidad que se salga del tópico?

En este caso me interesaba mucho la figura del hijo de la protagonista, Yago, para ahondar en cómo se vive hoy en la infancia el tema del duelo y de la muerte. Tengo dos hijos pequeños y es verdad que vivimos en una sociedad muy complicada para criar; por un lado, por todo el tema de las pantallas, que es el gran reto, y porque vivimos en una sociedad de padres y madres muy proteccionistas con los niños: intentamos evitarles dolores, traumas, aburrimientos, tristezas... y creo que no lo estamos haciendo bien en ese sentido, porque ellos se van a encontrar con todo eso en su vida y tenemos que darles mecanismos para que puedan superarlo y seguir adelante. Me interesaba plasmar cómo la protagonista no sabe explicar a su hijo la muerte de su abuela, como a mí me ocurrió, cómo al principio le intenta mentir y proteger, pero luego él de una manera más natural se da cuenta. Mi padre, que es de una aldea pequeña de Lugo, siempre me contaba que de niño vivió una relación con la muerte muy natural, porque lo llevaban de la mano a los tanatorios, a los velatorios en las casas, sin explicarles nada; ellos contemplaban la muerte desde el principio de su vida. Tampoco digo que haya que volver ahí, pero sí buscar explicaciones adecuadas para cada edad. No hay que evitarles el dolor, ni la tristeza, ni la frustración porque los hacemos débiles. Yo al principio a mi niño mayor le mentí, ante la gran pregunta de «mamá, ¿tú te vas a morir?», le contesté que no, me salió el instinto protector, hasta que un psicólogo me dijo que no podía mentirle. Cuando escribía el libro conocí historias de gente que había perdido a su madre de manera muy repentina y su primera sensación cuando falleció era de rabia porque ella le había mentido.

En 2024 condujo el videopodcast de TVE «Te crío mucho». ¿Cuál es la gran pregunta sobre la crianza que todavía no tiene respuesta?

Hoy en día es a qué edad darles el móvil. Los padres y madres de hoy estamos perdidísimos con el tema de las pantallas, incluso ahora en la educación se está retrocediendo, quitando ordenadores de las aulas y volviendo a los libros, me encuentro con realidades muy diversas: gente que le da el móvil en la comunión a los niños y los especialistas que te dicen que lo retrases. Esa ventana a las pantallas puede ser una buena herramienta para los niños, pero les hace acceder a un mundo incontrolable que a veces les introduce en temas no adecuados para edad, su salud emocional ni su vida.

¿Deshaciendo mitos sobre la maternidad, el primero a desterrar sería que ser madre resuelve una identidad?

Hoy la maternidad es un terreno que se ha convertido en un lugar de opuestos y radicales: hay madres que la viven con cierto misticismo, que se realizan absolutamente con ello y que defienden a ultranza lo de dar el pecho a sus hijos, son de la liga de la leche; luego hay muchas mujeres que renuncian y que ven la maternidad como un estorbo para sus trayectorias y para su vida. En esta sociedad se ha retrasado tanto la maternidad que cuando nos lo planteamos quizás ya es un poco tarde biológicamente, luego en cierto modo también se penaliza a las que dicen que no. Yo no he encontrado mi máxima realización como mujer siendo madre, de hecho no lo tenía claro hasta que encontré a una persona y lo decidimos.

También ha hablado públicamente de su cáncer de mama. ¿Cuándo y por qué decidió que contarlo podía ayudar?

Mi madre falleció de un cáncer de mama que le diagnosticaron más o menos con la misma edad que a mí y que veinte años después se había extendido completamente. Transitando el duelo, a los dos años de su muerte, me localizan a mí un carcinoma de mama en un estadio muy primigenio, tuve mucha suerte porque me hacía mis controles por lo de mi madre. Yo presentaba las noches en Radio Nacional y al principio del diagnóstico no lo quise contar porque veía que me iban a asociar con la enfermedad, con la fragilidad, que es una de las cosas que también exploro en este libro y descubro al escribirlo –cuando descubres lo frágil que eres, te das cuenta paradójicamente de que puedes sacar mucha fuerza de ahí y puedes levantarte; de asumir la fragilidad surge la fortaleza–. Así que conté lo de mi cáncer a personas muy concretas y seguí trabajando mientras me daba sesiones de radioterapia; no pedí la baja porque pensaba que al contarlo se me iban a negar oportunidades en el trabajo y también que la gente me iba a hablar de manera diferente. Al final me di cuenta que estaba bien contarlo para que otras personas que estén enfermas lo cuenten, necesitamos siempre un acompañamiento, estés enferma o no. Ese estigma lo noté después, la gente al saber que estás enferma no sabe muy bien cómo hablarte, no queremos ver el duelo, la enfermedad, la fragilidad.

¿Considera que somos una sociedad que tolera mal la fragilidad?

Exactamente. Creo que hay un gran tabú en eso y creo tiene que ver con este auge de las redes sociales, donde todos tenemos que ser perfectos, sonrientes y pasarlo bien todo el rato. Vivimos en la sociedad de exhibir la perfección, la alegría y la felicidad cuando eso es una irrealidad, lo más normal es enfermar, por desgracia, lo normal es ser frágiles. También he descubierto que en esas cosas tristes hay cierta belleza.

A lo largo de su trayectoria profesional ha pasado por Radio Exterior, Radio 3, RNE, TVE, magacines, reporterismo, entretenimiento ¿Dónde siente que ha aprendido de verdad el oficio?

La radio es el medio que hasta el momento me ha dado más en el oficio de comunicar, porque creo que es el medio más sencillo, más rápido y más cercano para ello. Como he estado varias temporadas dirigiendo equipos, he aprendido mucho para bien y también para mal porque es muy complejo estar al frente de un programa de tres horas con mucha gente bajo tu responsabilidad.

Ahora forma parte del equipo de «Shuka», el magacine de tarde de La 2. ¿Echa de menos Radio 3?

He empezado a hacer una colaboración semanal en Radio 3, en el programa «Efecto Doppler», el de las tardes, que se llama «Fandom» y tiene que ver con cómo construimos al ídolo a través de sus fans. Está siendo una cosa muy divertida.

¿Cómo cambia la vida de una periodista cuando pasa de redactar a poner la voz y luego a ponerse ante una cámara?

Son medios completamente diferentes. Yo empecé en el diario «El Mundo», en la planta de suplementos especiales, donde empezamos muchos que ahora estamos en diversos medios; ahí fundamentalmente, en prensa escrita, es donde se aprende a escribir y el oficio de periodista; en radio y, sobre todo en televisión, se escribe muy poco. Fui descubriendo las ventajas y desventajas de cada medio; en televisión, por ejemplo, hay un maquillaje, siempre hay una pose, un teleprompter, está todo más teatralizado, no es tan cercano, tan natural, pero hay más adrenalina, eres una parte pequeñita del engranaje y cuando sale todo bien da mucha satisfacción. Sin embargo, la radio tiene ese componente de calidez y cercanía que me gusta mucho.

¿Se considera más periodista de radio, de televisión o narradora de historias?

El denominador común de mi trabajo en los medios y en la literatura es que a mí me gusta contar historias, incluso cuando estaba de reportera de sucesos, nunca me memorizaba los directos, siempre me decía «vamos a contar una historia». Me interesan las historias humanas, nuestras pequeñas historias del día a día, lo que decimos, lo que no, los tabúes, lo que nos preocupa realmente.

Precisamente en «Comando actualidad» y otros formatos de reporterismo trabajó con historias de gente corriente, ¿qué le enseñó la televisión de calle?

Me enseñó a acercarme a la a gente anónima, a esas pequeñas historias de lo que de verdad nos interesa, como por ejemplo llegar a fin de mes, si puedo comprar o alquilar, a qué colegio llevar a mis hijos, qué comprar en el supermercado o cómo responderles a una pregunta a tus hijos. Nos interesan esas historias de la rutina diaria y luego nos interesan las grandes preguntas de la vida, de dónde salimos, a dónde vamos, qué pasa después de la muerte.

Y esas preocupaciones mudan o se intensifican al caer la noche. ¿Qué aprendió trabajando de madrugada en «Gente Despierta»?

La noche es muy larga, para mí fue duro por el horario, porque no soy nada nocturna; sin embargo, hay algo muy bonito en la noche, siempre hay insomnes, hay noctámbulos, hay trabajadores nocturnos que conforman una audiencia muy fiel. Y se hace mucha piña por las noches, vivimos en la sociedad del mal dormir, del insomnio, y la radio nocturna se convierte en un lugar muy especial para esas personas, sobre todo la radio pública, que en esa franja hace una labor fundamental.

Hace dos semanas se ha celebrado el festival de Eurovisión sin la presencia de España y sin su presencia como comentarista. ¿Cómo lo ha vivido este año?

Lo he vivido como espectadora. A mí me encanta trabajar para Eurovisión como comentarista, ya llevaba diez años. Como trabajadora, me ha dado mucha pena no haber podido estar ahí este año, pero creo que volveremos y creo que España ganará en algún momento, no muy tarde; nos quedan muy lejos las victorias de Massiel y Salomé, de 1966 y 1969, y ya va siendo hora de volver a ganar.

En 2015 debutó en Eurovisión con José María Iñigo, ¿qué recuerda de aquella cabina y cómo fue la evolución en esos diez años?

Venía de Radio 3, la radio musical de Radio Nacional, y de retransmitir festivales y conciertos llegué a Eurovisión un poco escéptica. Buscaban una voz que contrastase un poco la veteranía de José María, una voz de mujer, hicieron como una especie de casting y al final me seleccionaron. Veía Eurovisión como un festival un poco trasnochado, que no ganábamos nunca, que las victorias nos quedaban muy lejos; sin embargo, me encontré con un programa de televisión tremendo, muy moderno, perfectamente organizado, y que era una gran plataforma de difusión para los artistas, porque te ven casi 200 millones de personas cuando subes a ese escenario. Entonces, cambió mi opinión de ese programa de televisión y empecé ahí esa andadura al lado de José María Íñigo, que ha sido el presentador más conocido de programas musicales en este país. Aprendí mucho de su veteranía también.

¿Qué le ha dado y qué le ha quitado a su carrera ser la comentarista de Eurovisión?

No me ha quitado nada; me ha dado muy buenos momentos, me ha dado muchas vivencias profesionales, me ha enseñado también muchas cosas a nivel profesional y luego muchas vivencias personales, porque allí esa semana de Eurovisión compartes muchas horas con tus compañeros, conoces a muchos artistas, o sea, creo que todo ha sido positivo y espero que lo siga siendo. El motor que me mueve tanto a nivel profesional como en la vida es aprender, es la ilusión de la que hablo en mi novela.

¿Cómo se ve Galicia desde la distancia cuando una vive y trabaja en Madrid desde hace tanto tiempo?

Fui a Madrid para estudiar y ya me quedé, pero conforme voy cumpliendo años quiero volver. Creo que es inevitable ese sentimiento de saudade que tenemos los gallegos a flor de piel. Se dice que la patria es la infancia y mi infancia es Galicia, incluso me veo allí trabajando de nuevo. Con el paso del tiempo siento la necesidad de hacer ese vínculo cada vez más fuerte. Vamos ahí siempre en Navidad y en vacaciones. Nos encanta veranear, nos vamos a Raxó, que es el pueblo familiar por parte materna y mis hijos lo viven como un paraíso, que es la idea que quería inculcarles, y para mí también lo es. Creo que con el paso de los años acabaré volviendo a ese paraíso de mi niñez.

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