Territorio de artista
«Me considero un poeta en la imagen, pinto con alegría»
Nacido en Cumanaguaya, en la provincia de Cienfuegos, Cuba, en 1956, Nelson Villalobos es un artista plástico afincado en Vigo. Se formó en la Escuela Elemental de Arte de Santa Clara, en la Escuela Nacional de Arte de La Habana y en el Instituto Superior de Arte de La Habana.
Sus últimas exposiciones son «Blanquísima su presencia», en el Museo del Mar de Galicia (año 2020), la retrospectiva en el Centro de Arte Contemporáneo Wilfredo Lam de La Habana (2021) y «Villalobo: o vento que comezou de novo», en la sala Patexo de A Coruña (2023)

Alba Villar
Un bajo en la viguesa calle Menéndez Pelayo es el «Territorio de Artista» de Nelson Villalobos en España; el otro lo tiene en su casa de La Habana, donde hace años que pasa largas estancias, viviendo a caballo entre Cuba y Vigo. «Me siento cubano, igual que me siento vigués», dice el artista plástico, que es pintor, dibujante, escultor y serígrafo. «Normalmente no soy sucio pintando, soy organizado», comenta cuando entramos a su pulcro y ordenado estudio, su templo creativo al poco de llegar a Vigo hace 26 años para montar un taller de serigrafía profesional, el primero que se montó en Galicia, justo en la misma calle donde decidió alquilar su espacio para crear arte.
–¿Cuál es su relación con este lugar: es su templo o su espacio de sufrimiento?
–Uno necesita para pintar algo de sufrimiento, de la tristeza, del dolor, de la cólera, del amor; abrazo todo para poder pintar. Yo pinto con lo vivido y con lo invisible; siempre que hago un cuadro devengo en pintores porque me baso en la historia del arte para trabajar. Creo que para ser pintor (o poeta) tienes que haber leído mucho; soy un amante del arte en general y me dedico a observar, no solamente el arte mío, que es el que menos veo porque la obra desaparece pronto del estudio, no me da tiempo a disfrutarla.
Tras haber creado en su Cuba natal el grupo de «Heterónimos», ya en España en los 90 el artista descubre al poeta Fernando Pessoa. «Me quedé fascinado y a partir de ahí me dije: ‘Esto es lo que yo quiero pintar’». Desde entonces el poeta portugués le preside, por eso pinta fragmentado: cada serie de su obra es como un poemario de un poeta. «No veo diferencia entre la poesía y la plástica», afirma quien en la década de los 90 creó el grupo «Ruptura», formado por Nelson, Villa, Ferrer y Lobo, un juego entre su nombre y sus dos apellidos, proponiendo y explicando sus teorías sobre el arte fragmentario. «Vengo de una isla donde hay una afluencia de culturas increíble, desde la africana a la española, y es un lugar de tránsito. Eso tiene que ver con mi obra, como también tiene que ver el mar, que aquí lo tengo cerca y en Zaragoza me faltaba».
–¿Cómo es su proceso creativo durante una jornada normal en su taller?
–Me levanto temprano y puedo trabajar aquí 13, 14, 15 o más horas seguidas. Tengo una idea vaga de lo que quiero hacer, me planteo varios conceptos generales, como por ejemplo decir «ésta va a ser una serie con curva o ésta va a ser con rectas». Y a partir de esos conceptos la obra va surgiendo sola. Soy reflexivo para encontrar la intuición, porque realmente cuando dibujo y pinto, improviso.
–¿Qué intenta plasmar y transmitir al público con su obra?
–Salvando las distancias, mi proceso de trabajo es igual al de Picasso: parto del conocimiento, de una información que te va tocando constantemente. Todo lo que me rodea me funciona: desde la luz que me está dando ahora, tu pelo, las sombras. Todo lo que observo se ve va quedando y me sale a la hora de trabajar, como me salen de repente otros pintores, de repente se me aparece Kandinsky, Picasso o Pollock. No es que se me aparezcan, pero hay una ensoñación de uno, una realidad invisible que tú sientes. Empleo muchos símbolos que son una mezcla de culturas pero yo no los defino: cada espectador que haga su interpretación y termine el cuadro, que es infinito cuando hay una obra de arte. El pintor pinta para vender, el artista vende lo que pinta; yo me considero de los segundos: me interesa pintar, venda o no venda, cuando estoy pintando jamás pienso en negocio.
Pese a no ofrecer el significado de sus símbolos –«no soy yo quien tengo que interpretar mi obra, que lo hagan los críticos y el espectador»– sí los ha incluido en un diario que va confeccionando en un libro en blanco que le regaló un amigo encuadernador. En su páginas va introduciendo cada uno de los símbolos presentes en sus obras.
–¿Cómo es su estado emocional cuando pinta: hay más sufrimiento o disfrute?
–Nunca he sufrido la pintura, la he sentido como una liberación de los demonios que uno tiene dentro. Hace muchos años que pinto con alegría; por eso trabajo constantemente, porque me relaja, me hace ser el que soy, y si la obra que hago funciona es el mejor regalo que se me puede dar.
–¿Cuándo se dio cuenta de que el arte era lo suyo?
–Vengo de una familia pobre de pueblo, de un pueblo sin un campo casi, y siempre tuve esa intuición de la imagen. Recuerdo que de niño lo primero que hacía era acomodar papeles, recortar imágenes, siempre me gustó dibujar, mi esencia está en el dibujo, aunque soy fragmentario hasta técnicamente: hago escultura, instalaciones, pintura. Pero todo sale del dibujo. Creo que el artista normalmente tiene que buscar lo que necesita para hacer su obra y acercarse a las personas que le van a aportar conocimiento.
–¿Quiénes fueron esos referentes a los que se acercó?
–Me acerco mucho más a la poesía porque me considero un poeta en la imagen, así que primero me acerqué a mi amigos poetas de cuando yo era estudiante, que ahora son los grandes poetas de mi país. Y cuando llegué a España, me acerqué primero a los grandes escritores, a Caballero Bonald, a Gómez de Liaño y a Carlos Oroza. A veces los pintores son muy tristes, y yo no quiero complicarme la existencia, pinto para liberarme y que la vida sea más bella.
Nelson Vilalobos, que firma su obra como Villalobo, vive en España desde el año 91. Antes había venido con la primera exposición de arte cubano que salió para un país capitalista, en el año 80, lo que le permitió contactar con personas que luego le ayudaron a establecerse en España. Entre ellos, un arquitecto zaragozano que le invitó a instalarse en la ciudad aragonesa con su familia, entonces integrada por su esposa, Eva, y su hija (su hijo nació en Zaragoza).
–¿Cuándo encontró su identidad como artista en el sentido de sentir que su obra realmente le representa?
–Toda mi obra me representa, la que hice a los 20 años y la que hago ahora, con casi 70. Con el paso del tiempo la obra coge más cuerpo y uno ya tiene mucha más seguridad, pero sigo siendo el mismo curioso niño que quería ser pintor. Ha habido una evolución técnica, de concepto, mucho aprendizaje y mucho de pintura.
En la paredes de su taller cuelgan varias obras, algunas ya terminadas y otras en proceso. La tela sobre la que trabaja ahora pertenece a su serie «Diálogos», que nace de una investigación geométrica basada en patrones numéricos. A diferencia de una serie anterior, de 2023, más orgánica y basada en curvas, esta nueva etapa parte de una estructura racional: una especie de tabla de multiplicar o de división que genera combinaciones visuales.

Así es el territorio de artista de Nelson Villalobos / Alba Villar
A partir de esa tabla, el artista crea patrones que funcionan como reflejos o espejos: lo que aparece arriba se corresponde con lo de abajo, aunque invertido. Cada número genera una red de líneas distinta, y al unir esos puntos surgen composiciones que él entiende como diálogos entre formas, conexiones y estructuras.
La idea central es que los patrones nunca se repiten. Según el tamaño de la tabla –hasta el 5, el 20, el 100 o más– aparecen nuevas combinaciones, casi infinitas. El artista relaciona estas conexiones con el funcionamiento del cerebro, las conexiones mentales y también con su interés por lo fragmentario, lo pequeño y el detalle.
En su proceso hay dos partes: una racional, vinculada a los patrones geométricos, y otra intuitiva, relacionada con el color. Aunque parte de un sistema muy calculado, deja que la obra evolucione por sí misma. Incluso los errores forman parte del proceso: en lugar de corregirlos, los incorpora y los convierte en elementos que transforman la pintura sin abandonar el concepto inicial. Para él, la obra acaba «mandando» y dándole información mientras pinta.
–¿Qué papel cumple el color en su colorista obra?
–En 2007, cuando cumplí 50 años, descubrí el pintor que ya era. Me dije «quise ser pintor y ya lo soy, ahora voy a ser más lo que me dé la gana». La etapa más oscura ya la tuve cuando estaba en Cuba, que pintaba el tema de la muerte y aspectos más cadavéricos. Lo que hago ahora es un canto a la alegría y ahí entra el color.
En su serie de obras curvas, del año 2023, Villalobos parte de un planteamiento más orgánico, donde predominan formas más libres, abiertas y asociadas a lo natural o corporal. En esas pinturas aparecen referencias muy diversas: ojos, plantas, formas que recuerdan a tripas, elementos surrealistas o de otros artistas y movimientos, aunque reinterpretadas desde su propio lenguaje.
–¿En qué etapa vital se encuentra?
–En una etapa de tranquilidad. Cuando uno es joven no mira hacia afuera, quiere tener casa, coche, varias mujeres, quiere tener el objeto y dominar al sujeto. Pero a partir de una edad, en mi caso los 50 años, miras hacia dentro y se produce el despertar de la madurez del artista, en la que yo estoy.
–¿Cómo es su relación con Cuba?
–Sigo en Cuba, me siento cubano igual que me puedo sentir vigués, pero allí tengo mi identidad cultural. Tenemos una casa en La Habana y estamos allá seis o siete meses. Me pasé casi treinta años sin ir a Cuba y cuando volví tuve que tener calma para esperar a hacer mi exposición retrospectiva. Llevaba mucho tiempo fuera, yo era conocido allí como generación de los 80, pero luego vino la de los 90.
«El jardín de mamá»
En su casa de La Habana realiza grandes instalaciones que expone en su país natal. Allí también puede trabajar con el óleo (en el taller de Vigo emplea acrílico por las condiciones de aireación). Entre las obras que conserva en La Habana, hay una serie de la que no quiere desprenderse, «Los jardines de mamá», cinco piezas de gran formato surgidas a partir de una experiencia íntima de duelo: la muerte de su madre. Nelson se encerró a trabajar en su taller de Vigo tras su fallecimiento y las pinturas nacieron para evocarla y rendirle homenaje: «Este es el canto que le hago a mi madre, murió en Cuba y no la pude enterrar, pero quise recordarla con alegría, no con oscuridad», explica mientras muestra en un catálogo las obras de esa serie.
La memoria de la madre aparece asociada a la naturaleza, al color y a una simbología muy personal. El artista recuerda que fue ella quien le enseñó a amar el mundo natural: «mi madre fue la primera que me habló de la naturaleza» y por eso las pinturas están llenas de referencias orgánicas, como el ADN, una célula que se divide, un frijol germinando o formas curvas que remiten a la vida en crecimiento. Todo ese universo simbólico se inserta en un lenguaje visual orgánico, donde los detalles tienen un valor íntimo y biográfico.

Así es el territorio de artista de Nelson Villalobos / Alba Villar
Además, Villalobos incorpora en la obra elementos de autorrepresentación y de homenaje a la tradición artística. Señala, por ejemplo, una figura que lo representa a él mismo y una paleta que relaciona con grandes maestros como Picasso y Velázquez, dentro de un juego visual cargado de significados. También menciona la presencia del nombre de su madre, Elvira, integrado en la composición, junto a formas que describe como mandalas o estructuras celulares.
La constante presencia de Picasso
Picasso es una figura esencial en la vida y la obra de Villalobos y no se trata de una influencia puntual, sino de una relación sostenida en el tiempo. En 2023, con motivo del 50 aniversario de la muerte del genio artístico, realizó una exposición en la sala Palexco, en pleno centro de la marina coruñesa, de obras inspiradas en el pintor malagueño: desde cuadros dedicados a los toros hasta una interpretación cubana del «Guernica», pasando por una versión de las «Señoritas de Avignon», obra que Villalobos considera «la más importante del siglo XX después del Guernica». Incluso realizó una copia en 1995, que le sirvió como ejercicio de aprendizaje pictórico: «yo aprendí mucho a pintar con esta obra». Para él, acercarse a Picasso es también una forma de estudiar el color, la composición y la historia de la pintura.
La relación con Picasso aparece también en su vida cotidiana. Cuenta que lleva una fotografía suya en la cartera como si fuera un amuleto: «No ando con las de mis hijos ni con mi mujer», pero sí con Picasso. Esa omnipresencia atraviesa collages, retratos, fotografías del puerto de Vigo donde aparecen los rostros de Picasso y de Juan Rulfo saliendo de unos tubos, la obra mural que realizó para la World Fishing Exhibition de 1997 en Vigo y series en las que mezcla su propio imaginario con el del maestro malagueño.
El verdadero tesoro del taller, o al menos así lo considera el artista cubano-vigués, es su biblioteca de libros de arte y poesía, donde se documenta para su obra y donde Picasso tiene un espacio primordial. «Desde el año 1973 llevo construyendo esta colección especializada únicamente en Picasso», explica. Su ambición es convertirla en un espacio documental de referencia. «Quiero hacer la biblioteca más grande del Caribe», comenta.

Así es el territorio de artista de Nelson Villalobos / Alba Villar
Para Villalobos, la biblioteca va más allá de un archivo de libros; es una herramienta de trabajo, investigación y creación. A través de los libros estudia la vida, los textos, los símbolos y las etapas de pintores como Picasso, y todo ese conocimiento acaba filtrándose en su propia obra.
El proyecto más ambicioso que ocupa actualmente a Villalobos está basado en el Guernica de Picasso. El artista explica que acaba de terminar una obra de gran formato inspirada en el cuadro, pero no como una copia directa, sino como una relectura: «no hice el Guernica como tal». Su idea parte de los bocetos y fragmentos de la obra original para construir una pieza nueva.
Describe el proyecto como un trabajo monumental: «son 532 dibujos hechos sobre el genio de Picasso». La pieza tiene relación con el tamaño del Guernica, aunque organizada de forma más amplia y fragmentada. De lejos, dice, puede verse el Guernica, pero de cerca aparece otra cosa: «aparece toda la vida de Picasso».
El proyecto funciona como una biografía visual de Picasso. En ella aparecen sus mujeres, sus amigos, sus influencias, el arte africano, el arte celtibérico, el arte medieval y también el propio autor integrado dentro de ese universo: «aparezco yo también por ahí», dice Villalobos. La obra no se limita al bombardeo de Gernika, sino que quiere demostrar una teoría personal: que las imágenes del Guernica ya estaban presentes en Picasso mucho antes de 1937, en sus símbolos, en sus pérdidas, en su relación con la muerte y en sus experiencias vitales.
Villalobos insiste en que su lectura de Picasso se basa en años de estudio: «conozco todos los textos escritos de Picasso». Habla de dos catarsis en la vida del genio malagueño: la muerte de su amigo Casagemas y la de su hermana.
También plantea para su proyecto del Guernika una dimensión participativa: quiere que el público pueda hacer su propia versión a partir de fragmentos de la obra. Aunque reconoce que montar y promover una obra de este tamaño supone un reto, afirma que el proceso no ha sido doloroso, sino gozoso. «Es la única vez en mi vida que me he planteado promover una obra», afirma. El motivo es claro: «porque soy amante de Picasso».
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