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Esplendor y caínda de un icono del siglo XX
Se cumplen cien años del nacimiento de Marilyn Monroe

Marilyn Monroe. / Sam Shaw
Algunos periodistas habían llegado días antes a Nueva York para localizar el lugar donde se iba a celebrar la boda de la actriz más famosa del mundo con el dramaturgo más prestigioso de los Estados Unidos, fijada para los últimos días de junio de 1956. Tenían vigilado el rancho del escritor en Roxbury, Connecticut, donde Arthur Miller y Marilyn Monroe se habían recluido para huir de la prensa. Un periodista se cayó de un árbol desde el que hacía fotografías a aquella casa. La corresponsal del París Match, Mara Scherbatoff, murió en un accidente cuando seguía la caravana que acudía a una rueda de prensa. Marilyn la acompañó mientras llegaba la ambulancia. La noticia de la muerte de Scherbatoff llegó durante aquella rueda de prensa. La pareja decidió entonces que se casarían en secreto aquel mismo día para evitar más episodios de este tipo. La ceremonia, que duró cinco minutos, la ofició el juez de paz Seymour Rabinowitz en el ayuntamiento de White Plains, una ciudad en las afueras de Nueva York, con dos primos del marido como testigos. Marilyn Monroe y Arthur Miller consiguieron eludir la vigilancia de los periodistas hasta el punto de que no existe ni una sola fotografía de aquella boda. Repitieron la ceremonia el 1 de julio por el rito judío, que profesaba Miller.
Norma Jean Mortenson, nombre de Marilyn Monroe, nació en Los Ángeles el 1 de junio de 1926, hace cien años, hija ilegítima de Gladys Baker, que tuvo problemas síquicos toda su vida. Su padre, Stan Gifford, nunca quiso saber nada de ella, ni siquiera cuando, ya famosa, quiso conocerlo. Vivió algunos años de su infancia en un orfanato, desde cuyo dormitorio veía las luces de los estudios de la RKO, la productora dirigida entonces por Joe Kennedy, padre de John y Robert. Joe era amante de Jean Harlow, una actriz de aquella casa. Para Norma Jean aquellas luces eran el faro de una tierra prometida en la que vivían Ingrid Bergman, Claudette Colbert, Joan Crawford, Bette Davis.
A pesar del Crack de 1929 y del peligro de una nueva guerra mundial, en los años treinta Hollywood triunfaban en todo el mundo con películas como «Lo que el viento se llevó», «Cumbres borrascosas» y «El mago de Oz». Los adolescentes como Norma Jean se hacían novios en bailes en los que sonaba la música de Artie Shaw, Benny Goodman y Glenn Miller y leían a Faulkner, Hemingway y Dashiell Hammett. La futura Marilyn trabajaba en la empresa Radioplans plegando telas de paracaídas y allí la descubrió el fotógrafo David Conover, que le abrió las páginas de las revistas de moda para las que trabajaba. Cuando salió en la portada de una de aquellas revistas la vio el magnate Howard Hughes, que llamó a Darryl F. Zanuck, de la Twenty Century Fox, para que le hiciesen una prueba. Comenzó haciendo pequeños papeles en películas de serie B y aquellas apariciones interesaron a la productora Columbia, que acababa de lanzar con éxito a Rita Hayworth y a Kim Novak. Con los Hermanos Marx rodó «Amor en conserva», con John Huston hizo «La jungla de asfalto» y Joseph L. Mankiewicz la incluyó en el reparto de «Eva al desnudo», tres títulos que impulsaron su carrera al estrellato. Recibía más de cinco mil cartas a la semana.
El de Arthur Miller no era el primer matrimonio de la actriz, que para evitar volver al orfanato se había casado a los 16 años con James Dougherty, un marino mercante que se ausentaba largas temporadas del domicilio familiar. Se separaron en 1946. En 1954 se casó con Joe DiMaggio, la estrella de béisbol americano, deporte del que nunca había visto un partido, al que amaba profundamente. Formaban una pareja ideal para el firmamento cinematográfico. Sin embargo su matrimonio duró menos de nueve meses. Marilyn alegó celos y malos tratos, pero tal vez fue porque Hollywood no promocionaba a jóvenes actrices casadas. DiMaggio estuvo toda la vida enamorado de Marilyn, la acompañaba cuando pasaba por momentos difíciles y la ingresó después de uno de sus intentos de suicidio en el centro médico Columbia Presbyterian, donde la visitaba todos los días durante las tres semanas que estuvo internada. Marilyn lo llamaba cuando necesitaba compartir confidencias y tenía una foto suya de cuerpo entero fijada con chinchetas en una puerta del armario. DiMaggio fue el único ex que estuvo en su entierro después de pasar toda la noche junto al féretro y puso flores en su tumba durante veinte años.
Marilyn Monroe confiaba en que Arthur Miller pusiese un poco de calma en una vida vertiginosa acosada por la prensa y por los admiradores, vapuleada por sus aventuras con los Kennedy y degradada por los rumores de su relación con los barbitúricos. Elia Kazan los había presentado uno de aquellos días en los que el dramaturgo comparecía ante la Comisión de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy durante la Caza de brujas. Marilyn, que ya era una gran lectora antes de conocerlo, apoyaba sus ideas políticas y admiraba sus obras de teatro. Quería ser una buena actriz y no únicamente aquella rubia platino que se vendía como afrodisíaco de celuloide y objeto de deseo, y quería cambiar el rumbo de su carrera a pesar de que sus películas en la Fox, a donde volvió tras los años con Columbia, eran éxitos de taquilla una tras otra: «Niágara», «Los caballeros las prefieren rubias», «Cómo casarse con un millonario», «La tentación vive arriba», «Con faldas y a lo loco»... Se instaló en Nueva York para estudiar con Marlon Brando, Paul Newman y James Dean en el Actor’s Studio de Lee Strasberg, que sería su padrino de boda, y en esa ciudad se veía con Arthur Miller clandestinamente para eludir a la prensa. Cuando se casaron, su primer viaje fue a Londres para rodar «El príncipe y la corista», con Laurence Olivier, entonces pareja de Vivian Leigh. En el aeropuerto la recibieron cientos de periodistas, miles de admiradores y 75 policías, un panorama que Arthur Miller odiaba. En Londres comenzaron las primeras desavenencias del matrimonio («Inglaterra nos había abatido a los dos», diría Miller), y los celos se agravaron a causa de las relaciones de Marilyn con Jack Kennedy, aunque la unión aún duraría cuatro años.
La última película de Marilyn Monroe fue «Vidas rebeldes», con guion de Arthur Miller y dirección de John Huston, con Clark Gable y Montgomery Clift. Era su película número 29 en dieciséis años y el papel más difícil de su carrera, un trabajo que se convirtió en el doloroso recordatorio de un matrimonio fracasado, en la fallida alegoría de aquel lema que Arthur Miller había hecho grabar en los anillos de boda: «Hoy es para siempre». Anunciaron la separación el 20 de enero de 1961, el mismo día que John Kennedy juraba como presidente de los Estados Unidos. Aún comenzaría otra película, «Something’s Got To Give», pero sus problemas sicológicos y emocionales provocaban frecuentes interrupciones del rodaje y la productora decidió suspenderlo definitivamente.
En la madrugada del 4 de agosto de 1962 el ama de llaves de Marilyn Monroe, Eunice Murray, la encontró muerta en la habitación de Fifth Helena Drive, su casa de Brentwood, en Los Ángeles. Se sabe que la víspera de su muerte estuvo toda la tarde haciendo llamadas de teléfono a varias personas y algunos testimonios aseguran que recibió la visita de Bob Kennedy. La versión oficial dice que se suicidó ingiriendo una alta dosis de Nembutal, aunque algunas interpretaciones apuntaron otras causas, la más arriesgada de las cuales es la de un asesinato para evitar que revelase secretos de Estado que conocía, una teoría que el escritor Donald H. Wolf mantiene en «Marilyn Monroe. Investigación de un asesinato», tesis cercana a la que también Norman Mailer maneja en su «Marilyn» y James Ellroy en su novela «Los seductores». Donald Spoto, por el contrario, en su voluminosa biografía de la actriz, dulcifica incluso las relaciones sexuales que se le atribuyen con los Kennedy.
De bruces sobre la cama, en una mano Marilyn Monroe aún agarraba el teléfono con el que intentó una última llamada. Nunca se sabrá a quién.
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