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Mujeres fuera de serie

Adriana González, la dama de las vides

Desde los viñedos austríacos hasta las mesas más exigentes del mundo, la enóloga pontevedresa Adriana González ha convertido su pasión por el vino en un proyecto de prestigio internacional, rompiendo barreras en un sector tradicionalmente masculino

Adriana González, en los viñedos de Burgenland

Adriana González, en los viñedos de Burgenland / Regina Huegli

Amaia Mauleón

Amaia Mauleón

En Austria hay una bodega que elabora un vino de prestigio y, tras él, están el trabajo y la pasión de una mujer pontevedresa: Adriana González.

«Lichtenberger González» es la etiqueta que lucen las nueve referencias que elaboran Adriana y su marido Martin en sus viñedos de uvas autóctonas de la región de Burgenland, que son el fruto de 17 años de intenso trabajo y que se degustan en restaurantes de alta gastronomía de todo el mundo como el Central, en Lima (entre los Mejores Restaurantes del Mundo en 2023); el Rutz, primer tres Estrellas Michelin de Berlín; el Amador y elSteirereck, en Viena; el Jungsik, en Seúl, o el Brae, en Melbourne.

La curiosidad de Adriana por el mundo del vino le viene desde la infancia. Su familia regentaba un restaurante en Pontevedra en el que su madre trabajaba y la niña creció al calor de los fogones, aprendiendo a amar la gastronomía gallega y los vinos de la zona, pero también viendo el enorme esfuerzo que exige este oficio. «Mi madre trabajaba muchísimas horas al día y no quería que yo me dedicara a la cocina, pero me transmitieron el amor por la tierra y su valor», explica. De hecho, desde los 17 años, la pontevedresa ya trabajaba en la vendimia. «Y no solo para sacarme un dinerito extra; ya me llamaba la atención ese mundo», destaca.

¿Quién soy? «Una mujer que se emociona con la producción de buenos vinos»

Estudió Ingeniería Agrícola en Lugo y continuó sus estudios con la especialización en Enología en Tarragona. «La carrera fue maravillosa porque todos teníamos mucha vocación y formamos un grupo muy bueno», recuerda. El espíritu aventurero de Adriana la impulsó a salir de Galicia desde muy joven. «Lo primero que hice fue irme seis meses a Londres para aprender inglés y me vino muy bien porque luego fui a hacer prácticas a un viñedo a California», relata. Allí, además de la cultura del vino de esa zona –que no le pareció demasiado interesante– conoció a Martin Lichtenberger, que también hacía sus prácticas de enología y acabaría convirtiéndose en su pareja sentimental y compañero profesional.

Nueva Zelanda fue el siguiente destino de la gallega, donde continuó varios meses su formación. «En la enología es muy habitual que al terminar los estudios pases varios años conociendo distintas bodegas y aprendiendo», describe.

Tras la aventura en Oceanía y continuar su relación a distancia, con muchas cartas de amor que la mantuvieron viva –de ahí la etiqueta en forma de sello de sus botellas– la pareja se instaló en Austria, en un pueblo llamado Breitenbrunn, donde Adriana siguió varios años encadenando experiencias y afinando el oficio y la mirada. «Nuestro sueño era crear nuestro propio vino, pero hasta cumplirlo tuvimos que trabajar mucho en otras bodegas», recuerda.

Botella de vino de «Lichtenberger González»

Botella de vino de «Lichtenberger González» / Cedida

El primer vino propio lo sacaron en el año 2009. Burgeland es la región donde se encuentran las tierras donde la pareja dio a luz a este primer «hijo». Ubicada en la parte más oriental de Austria, es una zona poblada de idílicos viñedos y con un clima que destaca por una temperatura media más cálida que la del resto del país y muchas horas de sol. «Se parece a Galicia en que hay mucho minifundio, ya que era habitual que los padres repartieran a sus hijos equitativamente la tierra dividiendo los terrenos», explica González. En esta zona, apunta, «casi todas las familias hacían vino para el consumo propio». También era así en la familia de Martin, que heredó algunas tierras y una pequeña bodega casi vacía en el sótano de la casa. 

Los vinos que ha desarrollado la pareja, advierte Adriana, «no son para todos los públicos; son vinos con carácter, con mucha salinidad provenientes de suelos calcáreos y pizarrosos», describe. Pero lo más importante es que han conservado la forma tradicional de elaborarlos: vinos con muy poca intervención, fermentaciones espontáneas y largos tiempos de crianza». Vinos que, como dice Adriana, «tienen alma y hablan».

Viñedo en Burgeland

Viñedo en Burgeland / Cedida

La pontevedresa fue la primera mujer enóloga que comenzó a trabajar en esta zona. «Hay muchas mujeres que tienen bodegas de sus familias, es decir propietarias, pero como enóloga profesional yo fui la primera que me inscribí en esta región», afirma la pontevedresa.

En un campo liderado por los hombres, no siempre fue bien recibida y tuvo que enfrentarse a algunas situaciones de machismo que hoy recuerda sin dramatismo. Es una mujer fuerte y «nunca tuve problema en defenderme y responder», afirma contundente. Con el tiempo, el panorama ha ido cambiando y cada vez son más las mujeres que trabajan en todos los ámbitos de la bodega. Incluso han creado una red de apoyo entre ellas.

Pero los mejores frutos que ha dado la relación de Adriana y Martin asegura que son, sin duda, sus dos hijas; Alba y Paula, de 7 y 9 años. La gallega se esfuerza por que mantengan el vínculo con sus raíces: «Yo les hablo en castellano y todas las semanas las llevo a Viena a una escuela de español», explica.

«Es un idioma bastante difícil y tardé dos años en poder seguir una conversación»

Por su parte, ella también tuvo que adaptarse. Aprender alemán fue complejo: «Es un idioma bastante difícil y tardé dos años en poder seguir una conversación», confiesa. Sin embargo, Adriana aplaude otros muchos aspectos de la cultura austríaca: «La gente es muy trabajadora y me gusta el sistema educativo, que inculca a los niños desde muy jóvenes el valor del trabajo: desde los 14 años ya es muy normal que los chavales hagan prácticas mientras que en España los hijos no se independizan hasta muy mayores», considera.

Pero la morriña, como la niebla que entra por la Ría, no se disipa fácilmente. «Echo de menos Galicia; la tierra tira mucho», admite la enóloga. Así, al menos dos veces al año la familia hace las maletas para viajar a Pontevedra. «Austria en invierno es bastante duro y casi siempre se está en casa o en casas de amigos. En verano se parece bastante a España, pero añoro el terraceo de Galicia», apunta. «Además, a Martin le encanta ir al mercado y se impresiona con la variedad de pescado que tenemos y que en Austria es difícil de encontrar y bastante caro», añade.

El vino de Adriana, como ella, es muy viajero. «Solo el 20% se queda en Austria, el resto lo exportamos por todo el mundo, desde México a Perú, Corea o Estados Unidos», enumera.

De momento, sus botellas viajan más que ella. Pero Adriana tiene claro el próximo destino: volver, también en forma de vino, a la tierra de la que nunca se fue del todo.

Las pioneras: Madame Pommery, la creadora del champán estilo brut

Louise Pommery

Louise Pommery / FDV

Jeanne Alexandrine Pommery (1819–1890) fue una de las grandes revolucionarias del champán en el siglo XIX. Viuda desde 1858, asumió el control de la casa Pommery en un contexto donde las mujeres apenas tenían presencia empresarial. Su gran intuición fue apostar por un champán más seco, creando el estilo brut, que acabaría imponiéndose como estándar internacional frente a los vinos dulces de la época. Visionaria también en la comunicación, transformó sus bodegas subterráneas en espacios visitables, casi escenográficos, anticipando el enoturismo moderno. Bajo su dirección, la marca se expandió con fuerza en mercados como el británico.

Pommery no solo consolidó un negocio: redefinió el gusto y la experiencia del vino. Su legado sigue presente en cada copa de champán seco que hoy se brinda.

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