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Aniversario del gran apagón de 2025: testimonios gallegos de un día que paralizó España

El 28 de abril de 2025 se produjo un «cero eléctrico» que paralizó la actividad en toda España, en trenes, semáforos, viviendas, telecomunicaciones, comercios y gran parte de la industria. Rescatamos testimonios de personas que vivieron historias singulares ese día

Imagen del centro de Vigo desde la Porta do Sol, la noche del gran apagón del 28 de abril de 2025.

Imagen del centro de Vigo desde la Porta do Sol, la noche del gran apagón del 28 de abril de 2025. / Lara Graña

El 28 de abril de 2025 a las 12.33 horas se produjo un «cero eléctrico» peninsular que afectó a España, Portugal y a zonas puntuales del suroeste de Francia. El apagón paralizó trenes, semáforos, sistemas de pago, telecomunicaciones, comercios, parte de la actividad industrial y servicios públicos que dependían de electricidad.

Tras la confusión inicial en la que corrían rumores de diversa índole que lo achacaban a un atentado o a un ataque informático, el 112 no cesaba de recibirllamadas –de los que aún disponían de servicio telefónico– por personas atrapadas en ascensores; dejaron de funcionar semáforos y la red ferroviaria quedó afectada.

Con la pandemia aún reciente en la mente, parte de la población, desconcertada, corrió a los supermercados y tiendas que aún se encontraban abiertos para hacer acopio de agua, papel higiénico, velas, pilas, linternas y radios, el único medio de prensa que continuó funcionando durante toda la jornada. Otros trataron de hacerse con grupos electrógenos que les aseguraran disponer de electricidad. A la mañana de caos, de dificultades para desplazarse y de imposibilidad de comunicarse le siguió un mediodía de comidas frías y una tarde de terraceo en los bares y cafeterías que pudieron permanecer funcionando.

Ese día muchos se percataron, los más jóvenes por primera vez, de la conveniencia de llevar dinero en metálico para realizar compras, pues las transacciones con tarjetas y dispositivos móviles eran inviables. Otros se quedaron atrapados en estaciones de trenes y en aeropuertos, aunque los vuelos funcionaron con mayor normalidad que los trenes.

El apagón se prolongó hasta la madrugada del día 29 –en Vigo el suministro comenzó a restablecerse a las 2 de la mañana–,  si bien algunas zonas de Galicia comenzaron a tener electricidad a media tarde del lunes y en otras, como en la Illa de Ons, no se enteraron pues disponen de grupos electrógenos. Entre los sucesos más graves posteriores figuran tres fallecidos en Taboadela (Ourense) por posible intoxicación de monóxido de carbono vinculada al uso de un generador, y dos personas evacuadas en Rianxo también por posible intoxicación.

Un año después rescatamos algunos testimonios de personas que vivieron experiencias peculiares durante ese día de oscuridad.


JUSTO
Pensionista

«Ese día lo pasé entre el quirófano, en una operación a corazón abierto, y reanimación»

Justo y su hija Romina, esta semana a las puertas del hospital Álvaro Cunqueiro.

Justo y su hija Romina, esta semana a las puertas del hospital Álvaro Cunqueiro. / Alba Villar

Justo no se enteró de que hubo un apagón hasta que sus hijas se lo dijeron en la sala de reanimación del hospital Álvaro Cunqueiro mientras él aún estaba medio dormido. «Ese día me lo pasé entre quirófano, en una operación a corazón abierto, y la sala de reanimación», explica. Le habían programado el reemplazo de una válvula coronaria para la semana anterior, pero contrajo una gripe con fiebre y la intervención tuvo que posponerse hasta el 28 de abril.

«Ingresé el domingo, el día anterior, con una señora a la que iban a operar a las tres de la tarde, cuando acabaran con la mía, que estaba prevista para las 9 de la mañana», relata. A las 6.30 del lunes ya le estaban preparando para la intervención en su habitación y le trasladaron a la zona de quirófanos. «Me metieron para dentro y fue todo bien; no me enteré de nada hasta que mis hijas me dijeron en la zona de recuperación que se había ido la luz en toda España, que yo había fundido los plomos. Estaba medio sedado de la anestesia y no me enteré de gran cosa, pero serían las dos o tres de la mañana cuando me desperté y me acordé de lo que me habían dicho y se lo comenté al cardiólogo que me vino a hacer una ecocardiografía para ver el funcionamiento del corazón y de la nueva válvula que me habían puesto. Le dije que se había ido la luz y me acuerdo perfectamente de que él me contestó: ‘¿Pues nosotros no nos enteramos de nada’».

La intervención de Justo, que se prolongó desde las nueve de la mañana hasta pasadas las tres de la tarde, se pudo llevar a cabo sin ningún contratiempo derivado del apagón debido a que los equipos electrógenos del hospital entraron en funcionamiento en cuanto se produjo el corte de suministro eléctrico hacia las 12.30 del mediodía. No le sucedió lo mismo a otros pacientes, como la mujer con la que coincidió al ingresar el día anterior. «Al domingo siguiente, cuando me dieron a mí el alta, esa señora entraba otra vez en el hospital para que la operaran el lunes. Es que por lo que leí en FARO ya estando en planta y por lo que oía en el hospital , durante toda esa semana se desprogramaron las operaciones porque se les cayó el sistema informático, y el día del apagón algunos cirujanos tuvieron que acabar con la luz de linternas y del móvil intervenciones menores, ambulatorias», indica.

Lo que Justo vivió inconsciente su familia más cercana lo pasó con la inquietud y angustia propias de estar esperando noticias de una intervención de gravedad a un ser querido. En la sala de espera del Cunqueiro, su hija Romina aguardaba nerviosa junto a su hermana y su madre. «Nosotras tampoco nos enteramos de la magnitud del apagón, notamos que se apagaban las luces del pasillo y de la sala donde estábamos, pero enseguida volvieron a encenderse al ponerse en marcha el generador», comenta. Hacia las dos de la tarde se fue a su casa con la intención de comer algo rápido para volver a la sala de espera de cirugía y se percató de que no había suministro eléctrico, algo que corroboró cuando vio, pegado a una radio, a su tío, quien le comentó que todo el país estaba sin suministro eléctrico.

«Comprobé que no funcionaba el móvil y no me podía comunicar con mi madre y mi hermana, así que cogí una fruta, una botella de agua y un cargador y volví con ellas al hospital», comenta. Hacia las tres y media de la tarde el móvil aún pudo funcionar para recibir la llamada del médico informando de que la operación había finalizado con éxito. «En el momento en que ya supimos que todo había salido bien, ya pudimos empezar a bromear con que había sido él quien había fundido los plomos de toda España», comenta Romina.

Esa broma se ha hecho habitual en los encuentros familiares y entre el círculo más cercano a Justo, quien recuerda que hubo un momento en que parece que llegó a creérselo. «Estando ya en planta, les pregunté a mis hijas: ¿Pero de verdad fue para tanto la cosa que provoqué un apagón?», dice.

El próximo reemplazo de válvula coronaria de Justo será dentro de unos diez años, el tiempo que suele durar como media, aunque la anterior se la sustituyeron a los nueve años. «Espero no provocar otro apagón entonces», bromea.


ELISA DOMÍNGUEZ
Enfermera

«Acababa de elegir la plaza de residente y se desató el caos en Madrid»

Elisa Domínguez, esta semana en Vigo.

Elisa Domínguez, esta semana en Vigo. / Jose Lores

El 28 de abril de 2025 Elisa Domínguez estaba escogiendo plaza para hacer su residencia de enfermería. Podía haber realizado el proceso de forma telemática, pero prefirió realizarlo de manera presencial en el Ministerio de Sanidad en Madrid, a donde viajó desde Vigo con una compañera que tenía hora para su elección por la tarde. «Conseguí la plaza que quería, me dio tiempo a hacer una llamada rápida a mi jefa, porque estaba pendiente de un contrato, y a mi madre, de treinta segundos. Estaba cruzando la Castellana llamando a mi pareja y justo se produjo el apagón», relata esta enfermera, que actualmente ocupa una plaza de residente en salud mental en Vigo.

«Mi amiga Rebeca estaba en una biblioteca siguiendo el proceso en directo desde un ordenador para ver qué plazas iban quedando. No me podía comunicar con ella, así que se me ocurrió volver al sitio donde nos habíamos visto la última vez, una hora después llegó ella, se le había ocurrido lo mismo que a mí», recuerda. El escenario en Madrid era caótico. «Estábamos cerca de Atocha y la gente hablaba de que podía haber sido un atentado», narra.

Esperando a que la situación se aclarara, las dos amigas se fueron a tomar una caña hasta que vieron que los móviles seguían sin funcionar, la Castellana estaba colapsada por completo, repleta de gente que salía del metro, los coches y autobuses apenas se movían. «Estábamos alojadas en casa de unos amigos de mis padres que viven en las fueras, en Carabanchel, y habían quedado de recogernos a las seis en el Jardín Botánico. Cuando vimos que ellos no sabrían nada del pitoste que había montado en el centro y que posiblemente vendrían a buscarnos, decidimos ir andando a su casa para llegar antes de que ellos salieran», narra Elisa.

Con escaso sentido de la orientación en una ciudad desconocida y sin un navegador GPS al que echar mano, preguntaron a quien se encontraron en la calle hacia dónde quedaba Carabanchel y emprendieron su caminata guiándose por los mapas que iban encontrándose en las paradas de autobús.

Tres horas después y bajo un sol de justicia que les quemó la piel de la cara, las dos enfermeras llegaron a la casa de sus conocidos. «El portero automático no funcionaba, estuvimos a gritos tranquilamente unos diez minutos hasta que uno de ellos escuchó alguno de los 50 alaridos que dimos, se le dio por bajar al portal y nos encontró sentadas en el lateral de la zona ajardinada delantera del edificio».

Elisa ya tenía su plaza asignada, o al menos confiaba en que el apagón no hubiera borrado su elección, pero su amiga aún no. Desde la academia donde ambas estudiaban les recomendaron que se quedaran en Madrid un par de días hasta que se reanudase el proceso de elección. Y así lo hicieron, gracias a los compañeros en Vigo que les cubrieron sus turnos de trabajo.

«Lo recordamos con humor, yo me lo tomé con más tranquilidad porque ya tenía plaza. Mis padres no se agobiaron por no saber nada de nosotras durante tantas horas, pero ni ellos ni nuestros amigos pensaban que fuéramos capaces de llegar a la casa de nuestros conocidos», comenta. «Es una historia para contar toda la vida», concluye.


JORGE CALDERÓN
Guía astronómico

«Aproveché la ocasión para hacer fotos nocturnas del cielo en el casco urbano de Vigo»

Jorge Calderón, en el monte de O Castro, ante el edificio del Concello de Vigo.

Jorge Calderón, en el monte de O Castro, ante el edificio del Concello de Vigo. / Marta G. Brea

Jorge Calderón, guía de actividades astronómicas del Parque Nacional Illas Atlánticas y propietario de la empresa Horizonte Celta, también de divulgación astronómica, aprovechó la ocasión única que le ofreció el apagón del 28 de abril de 2025 para hacer fotografías al firmamento de la ciudad olívica, donde habitualmente es imposible observar estrellas debido a la contaminación lumínica.

«Muchos amigos aficionados a la astronomía se fueron a los alrededores de la ciudad, pero yo tuve claro que quería hacer fotos en el centro, porque poder hacer actividades astronómicas dentro de la ciudad es algo que no va a volver a pasar», comenta. Así que en cuanto anocheció, salió con su cámara para captar imágenes inéditas e impactantes de miles de estrellas sobre el edificio del Concello, en la Praza do Rei, sobre el monte de O Castro, los caballos de la Praza de España, el estadio de Balaídos, el cruce de Florida con Martín Echegaray y Manuel de Castro, Espedrigada, Gran Vía y otros trozos de cielo entre edificios céntricos. «En Praza de América no pude porque debían de tener generadores diésel en el Centro Comercial Camelias; me quedó hacer en el Halo y la zona del Puerto, que desde abajo hubiera sido impresionante», comenta.

Llevó tres grandes angulares para meterse en las calles donde estaban los edificios con todas las luces apagadas y puso entre seis y diez segundos de exposición, ya que con más tiempo que ese un fogonazo lumínico de un coche podía estropearle completamente la foto. Por ese motivo también evitó irse a las afueras, teniendo en cuenta que las luces largas de los automóviles podrían contaminar el espacio.

En su periplo por la ciudad a oscuras llamó en más de una ocasión la atención de la policía, tal vez sorprendida por ver a un tipo en plena noche del apagón con algo en sus manos que no acertaban a identificar.

A la 1 de la madrugada en la ciudad apenas había nadie, prácticamente solo ambulancias y policía. Y Jorge Calderón se movía contra reloj porque el flujo eléctrico podía llegar en cualquier momento y trastocar su plan. Eso frustró su visita al Halo, a las 2 de la mañana. Sus últimas instantáneas fueron en Fragoso, A Florida y Balaídos, donde intentó un time-lapse (técnica que permite mostrar en pocos segundos un amplio periodo de tiempo), pero entraron las nubes.

Un año después, Calderón está planeando regresar a los mismos sitios a captar con su cámara el contraste entre las imágenes del cielo captadas con luz en las calles y completamente a oscuras, solo con las estrellas iluminando la Tierra.


ÁNGEL GARCÍA
Propietario de un quiosco

«Creo que mi quiosco era el único punto de luz en el centro de Vilagarcía»

Ángel García, en su quiosco callejero.

Ángel García, en su quiosco callejero. / Iñaki Abella

«Debería haber un apagón cada semana», bromea Ángel García, propietario de un quiosco callejero situado en la Praza Galicia de Vilagarcía, que se convirtió en el único punto de luz (o al menos uno de los pocos) del centro de la localidad durante la noche del 28 de abril. Y es que para él el día del apagón resultó ser una gran ocasión para hacer una buena caja, pese al temor inicial de cerrar una jornada con pérdidas.

En cuanto se fue el suministro eléctrico y pasaba el tiempo sin restablecerse, la mayor preocupación de Ángel era que se le estropeasen los helados, así que le encargó a un amigo que le fuese a una gasolinera a por hielos para poner en la nevera. El día avanzaba y las ventas no iban mal, así que en lugar de cerrar el «carrito» se buscó la manera para poder seguir con su negocio abierto al atardecer. «Cogí la linterna que uso para mi bicicleta (al final usé tres linternas) y un boli con luz led, y aguanté con luz hasta las doce y media de la noche; de hecho creo que mi quiosco era el único punto de luz en el centro de Vilagarcía», comenta.

Alrededor del carrito de Ángel y atraídos por la iluminación que ya no había en el resto de negocios, se arremolinaron clientes decididos a aprovechar la ocasión y juntarse con amigos en la calle en una noche calurosa en la que no había mejor plan que hacer. «Vino un grupo grande de venezolanos que estuvieron tomando algo hasta que ya me quedé sin luz», relata Ángel. «Cuando se apagaron las linternas, me di cuenta de que todo estaba oscuro», añade.


JUAN CARLOS GÓMEZ
Jefe de máquinas

«Tardé dos días en viajar de Almería a Gondomar»

Carlos, en el remolcador donde trabaja.

Carlos, en el remolcador donde trabaja. / Cedida

Juan Carlos Gómez, jefe de máquinas en el servicio de remolcadores del puerto de Almería y vecino de Gondomar, tardó casi dos días en viajar desde la ciudad andaluza hasta su domicilio en Galicia debido al apagón del 28 de abril de 2025. Ese día a las 8 de la mañana cogió un tren Alvia desde la localidad donde trabaja con destino a Madrid, donde tenía previsto tomar un AVE hasta Ourense, ciudad en la que le recogería su familia.

El corte del suministro eléctrico le pilló en las vías aún en Andalucía, a unos cinco kilómetros del municipio cordobés de Puente Genil, hasta donde consiguió llegar el convoy y donde les dieron la orden a los pasajeros de desalojar los vagones con su equipaje. Fue entonces cuando «nos mandaron a cuatro vigilantes de seguridad para echarnos de la estación, sin darnos información, y tuvimos que pasar siete horas a la intemperie en medio de un descampado» incomunicados. Sobre las 20 horas les permitieron acceder a la estación para pasar la noche allí y les ofrecieron comida y mantas.

A las 8 de la mañana del martes, «nos llevaron a Atocha y allí nos dijeron que nos buscáramos la vida porque ni siquiera sabían qué trenes de cercanías funcionaban». Gómez decidió irse a Chamartín con la intención de subirse al primer tren hacia Galicia, pero«eran justo los que no funcionaban». Decidió irse a un hotel tras confirmar con personal de taquilla que el billete no utilizado el día del apagón le valdría. Pero no fue así: el miércoles por la mañana en la app de Renfe habían desaparecido sus operaciones de los últimos tres meses. «Les dije a los que comprobaban el billete que me iba a ir sí o sí y que llamaran a la Policía». Y se coló en el AVE hacia A Coruña, donde viajó de pie hasta que pudo sentarse en Zamora. Se bajó en Ourense y le recogieron sus hijos. «El próximo día 28 vuelvo», nos dice desde Almería. «Peroregreso en avión, por si acaso», añade.

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