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El arte que aspira al cielo: panteones que elevan una plegaria de piedra a la vida eterna

Suntuosos panteones, casi desconocidos y erigidos en cementerios rurales de los valles del Tea y Lérez, entonan una eterna plegaria de piedra que aviva el recuerdo de sus moradores

Una mano de piedra se eleva al cielo, implorante. Una escultura de la Virgen flota en una nube sobre un sarcófago custodiado por angelotes con antorchas, orantes y la Fe, con los ojos vendados y sosteniendo un cáliz y una cruz. El rostro suplicante de María se vuelve hacia arriba, mientras el otro brazo cae hacia la tierra. «Sobre sus cenizas frías / sin dar lugar a consuelo / lloran ¡ay! todos los días / Generosa Constancio Matías / en este breve destierro», reza el panteón de los Candeira en el cementerio de San Fins de Celeiros, en Ponteareas. 

«É un dos monumentos máis importantes do ámbito rural galego, non só en materia da arte funeraria, senón tamén no que supón para a canteiría tradicional», sentencia el historiador Xulio Fernández Pintos (Vigo, 1962) en su última obra, «Arte popular gallego 1850-1925». Esta pionera investigación -que aborda el «siglo de oro» de los canteros con sus principales problemáticas, obras y autores- se adentra en el campo apenas explorado de la producción luctuosa y descubre una veintena de ostentosos panteones apenas conocidos que constituyen joyas artísticas irrepetibles.

Tras unas indagaciones y un trabajo de campo de tres décadas, Pintos saca a la luz estelas, túmulos y panteones tallados en zonas rurales de notable tradición cantera como son los valles del Lérez y del Tea, en especial este último. «É onde realmente se aprezan un desenvolvemento artístico e unha importante cantidade de obras», revela el historiador en conversación con FARO.  

Sin embargo, estos virtuosos de la talla de la piedra, académicamente formados y que trabajaban en talleres, son en su mayoría desconocidos. El paso del tiempo ha sepultado sus identidades pero su legado histórico y artístico es inmortal.

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Panteón de la familia Candeira, en Ponteareas / Marta G. Brea

¿Por qué enterrarse en una obra de arte?

«Estas representacións funerarias son algo recente, do s.XIX, pero ese afán de monumentalizar a morte vén desde a prehistoria. Aquí en Galicia, e en toda a Europa Atlántica, temos os megalitos», valora Ana Filgueiras.

La antropóloga explica que hasta finales del siglo XVIII las inhumaciones se realizaban en la iglesia o en el atrio, y en tierra. Pero la reforma higienista de la Ilustración desplazó a los muertos lejos de las poblaciones amparándose en la teoría miasmática, que sostenía que las emanaciones fétidas de los cuerpos en descomposición eran un foco de infecciones. «Xorden entón as necrópoles, cunha ordenación espacial análoga á das cidades, cun planeamento con rúas, eixe central, bloques... E empeza a construírse en altura, porque ata entón os enterramentos eran individuais», contextualiza.

A ello se suma «o importante auxe económico que vive Galicia no s.XIX polo comercio e os cartos que veñen de América. A xente comeza a pensar como será a súa última morada, e quen ten posibles busca diferenciarse», explica Soledad Chayán, guía oficial de turismo que realiza visitas al camposanto de Os Eidos, en Redondela. 

Precisamente, las primeras muestras de suntuosidad fúnebre en los valles del Tea y del Lérez datan de finales de ese siglo: «Os monumentos máis antigos son de 1860, pero con aplicacións ornamentais, a partir de 1870. E mantéñense ata principios do s.XX », atestigua Pintos. 

Panteón de Joaquín Francisco Graña Rodal «O Ranqueta», en el cementerio municipal de Cangas.

Panteón de Joaquín Francisco Graña Rodal «O Ranqueta», en el cementerio municipal de Cangas. / FdV

Estatus socioeconómico y fe

El panteón de la familia Candeira (1871) impacta al visitante nada más cruzar la puerta del cementerio de San Fins de Celeiros, en Ponteareas. El imponente monumento se alza al cielo hasta alcanzar los cuatro metros de altura en una composición que obliga a elevar la vista. Sus promotores eran industriales y tenían un importante papel social en la villa. «É recordado na parroquia que doaran o soar para a construción do camposanto. Con isto enténdese a súa privilexiada posición», detalla Pintos. 

«Dentro das necrópoles tamén se busca unha localización principal para seren vistos. E a sepultura de carácter arquitectónico e escultórico manifesta unha xerarquía ou distinción social. Hai unha ostentosidade que quere amosar un poder económico», corrobora Filgueiras. 

Una figura de la Virgen se eleva seis metros sobre la tierra con ambos brazos extendidos al cielo en una eterna plegaria. Corona un baldaquino que cobija un sarcófago ornamental que a su vez descansa sobre otro sepulcro, de mayor tamaño. 

Esta espectacular obra funeraria (1873) se encuentra en el cementerio municipal de Cangas y su comitente fue el fomentador Joaquín Francisco Graña Rodal O Ranqueta. Se atribuye a Ignacio Cerviño, al que algunos investigadores adjudican la autoría del Cruceiro do Hío. También se sitúa en un lugar preeminente, sobre el muro del camposanto al pie del camino histórico que por allí discurría.

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Panteón de Jacinto Martínez, en Pontevedra. / Gustavo Santos

«Hai un afán de preservación da memoria, porque o recordo é temporal, e a memoria pódese acabar con nós. Pero cando o espectador contempla estas obras reflexiona sobre a importancia dese individuo e como conseguiu chegar ata aí. Está o orgullo da persoa que se fixo a si mesma e ascendeu na escala social, e que se quere plasmar para a posteridade», desarrolla Pintos.

Pero más allá del estatus de los propietarios, no podemos olvidar el componente espiritual: «Daquela, cando chegaba a morte a xente sabía que ía como mínimo ao purgatorio. Polo que estes panteóns monumentais tamén son como unha oración», resalta el historiador.

«Esas vírgenes con los brazos elevados al cielo, representando su ascensión, ejercen de intermediarias ante Dios para entrar en el cielo. Son una forma de rezar, de implorar. Simbolizan esa esperanza y esa fe de ser aceptadas en el reino celestial», revela Patricia Novas, guía oficial de turismo que organiza visitas al cementerio municipal de Cangas. 

El de Jacinto Martínez, en el camposanto de San Martiño de Salcedo en Pontevedra, es otra muestra funeraria en elevación, con cuatro cuerpos, en este caso coronados por la escultura de la Fe. Se desconoce la autoría de la obra, de gran valor arquitectónico, y poco se sabe de su promotor, padre del párroco y «honradísimo vecino», enterrado en 1897.

Seguir el rastro histórico de quienes promovían este tipo de obras no siempre es posible. «En moitos casos xa non hai rastro das familias nesas parroquias e apenas hai documentación. Aínda que está claro que era xente con posibilidades económicas porque estes encargos eran moi caros», incide Xulio Fernández.

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Panteón de la familia Giráldez Montero, en Ponteareas / Marta G. Brea

Posibles catálogos

Las semejanzas arquitectónicas e incluso estilísticas entre algunos panteones saltan a la vista y suscitan la pregunta de si salieron de los de los mismos artistas o de los mismos planos

«É posible que os canteiros traballasen cunha serie de modelos que lles amosasen aos comitentes. Sabemos que os artistas da época estaban formados academicamente e que manexaban catálogos de arte. Así que podemos pensar que algúns promotores axustaríanse a eses repertorios e outros pedirían cousas máis específicas, con algún santo da súa devoción ou da parroquia», reflexiona el autor de la investigación. 

Tres enormes esculturas coronan el panteón de la familia Giráldez (1902) en el cementerio de San Miguel de Guillade, en Ponteareas. En la composición, de estilo neogótico, destaca Nuestra Señora de la Concepción sobre una esfera que representa el mundo aplastando la cabeza de una serpiente. La obra, de autoría desconocida, cuenta además con un Cristo resucitado en su columna central. 

En el municipio limítrofe de Mondariz, en la parroquia de Lougares, destaca por su singularidad el túmulo de la familia homónima (1903) que se erige en el atrio de la iglesia: es el único policromado. Un conjunto de nueve imágenes decora la parte superior, también con Nuestra Señora de la Concepción sobre el mundo y la serpiente en el centro, y con otra imagen en el eje central, en este caso, la del Salvador. 

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Panteón de Lougares, en Mondariz / Marta G. Brea

Filgueiras apunta que en el ámbito urbano «normalmente eran encargos que se facían aos propios arquitectos municipais ou provinciais, que traballaban con escultores especializados en arte funeraria» pero piensa que lo más probable en el rural es que «se acudise ao canteiro máis próximo, que seguramente tería uns modelos da época, e dentro deses repertorios uns deixaríanse asesorar e outros terían unhas ideas moi claras do que querían».

También guardan bastante parecido entre sí dos destacadas obras en cementerios de Cerdedo muy próximos: el panteón de los Peleteiro en San Xoán (1894) y el de la familia Taboada en Santa María de Folgoso (1908). 

El primero recibe el sobrenombre popular de panteón de As Capitanas y se halla en el centro de la necrópolis. Consta de un baldaquino neogótico coronado por la Fe que da cobijo a una figura que podría representar a San Isidro Labrador, posiblemente en honor a la onomástica del comitente, Isidro Peleteiro Pérez, concejal del municipio.

En el vecino núcleo de Santa María de Folgoso destaca otro baldaquino encumbrado por un ángel de alas desplegadas. Bajo él, un sarcófago flanqueado por cuatro figuras: un esqueleto con guadaña; un ángel trompetista; una santa mártir; y una representación del infierno. La obra fue promovida por José Taboada Mouteira, quien ostentó el cargo de alcalde. 

«Penso que canto máis poder adquisitivo tiña unha familia máis se involucraría no que quería. E os que non tiñan tanto ou non se interesaban tanto pola simboloxía, fiaríanse máis da creatividade dos canteiros», supone Soledad Chayán. 

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Panteón de José Taboada, en Cerdedo. / Bernabé / Javier Lalín

Sin embargo, también hay elementos que rompen con lo visto hasta ahora. Así, en el cementerio de Barcia de Mera, en Covelo, destacan por su singularidad tres panteones. 

Uno de ellos por tratarse del único con el busto del propietario, Miguel Rodríguez, y por conservarse sus planos. El monumento fúnebre (1902) que acoge a este concejal de Covelo no tiene autor conocido.

Al fondo del camposanto impresiona un enorme Cristo crucificado de 2,4 metros de alto y 1,85 de ancho que ocupa la columna central del panteón de Francisco Espiñeira. «É un dos máis grandes nunca labrados na arte popular galega», ensalza Pintos. La autoría de la impresionante obra se revela en una placa a los pies de la talla: Manuel Fontán, 1932.

Una balaustrada cierra el recinto que ocupa el panteón de los Vázquez Serra, datado en 1899. Sin embargo, esta fecha original es muy anterior al año de defunción de los promotores, lo que sugiere una reforma del túmulo precedente. Según el plano que se conserva, fue confeccionado en Portugal, probablemente en Lisboa donde la familia residía. Sin embargo, el documento no registra su autor. 

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Panteón de Pías, en Ponteareas / Marta G. Brea

Capillas para orar en la intimidad

Estos enterramientos «evocan un templo para os teus defuntos, o teu clan, en representación do terreo sagrado», describe Filgueiras. 

El mausoleo de Pías (1875) se halla en el atrio de la iglesia de la parroquia ponteareana. Se divide en tres cuerpos y reproduce un templo con un cimborrio. Los laterales se reservan a enterramientos mientras que la nave central se destina al culto y a las ofrendas. Sobre los tres arcos se asientan bellas esculturas.

Más reconocibles como capillas son los mausoleos de los García Mariño (1875) y el de Benito Corbal (1895). «Suponen un espacio más privado, un recinto familiar donde poder orar a los difuntos de forma íntima en fechas especiales», comenta Patricia Novas.

El primero, en el cementerio municipal de Cangas, es de estilo neogótico y consta de dos naves laterales para enterramientos y una central para el rezo.

El segundo da cobijo eterno al empresario y político Benito Corbal en el cementerio pontevedrés de Santa María de Bora, que él mismo promovió y hasta donó los terrenos. De nave única y también neogótico, sorprende por la gran belleza de su interior, donde destacan un retablo y un altar.

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Esqueleto con guadaña en el panteón de José Taboada, en Cerdedo. / Bernabé /Javier Lalín

Inmortales si se conservan

La antropóloga Ana Filgueiras lamenta que en una sociedad desacralizada como la actual resulte complicado entender el culto a la muerte.«Agora ocúltase a morte, non hai conciencia do finito e imponse esa idea de ser eternamente jóvenes. Os pasamentos vívense de xeito moi rápido, case non hai velorio».

Además, critica, el crecimiento urbano «foi devorando aos cemiterios, quedando algúns deles fagocitados por polígonos industriais. Así pérdese toda a súa espiritualidade e o misticismo».

Una visión que comparte Soledad Chayán: «En Galicia tiñamos moitísima conexión coa morte, que se está perdendo».

Estas joyas funerarias, centenarias e irrepetibles, dejaron de tallarse con el ocaso de la cantería tradicional, a principios del s.XX. Ahora afrontan el reto de la inmortalidad de su conservación

Los símbolos del tránsito y la vida eterna 

«Estes canteiros traballan nos panteóns con alegorías, con representacións da morte, do xuízo final, do inferno, do tempo, da fe…», expone Pintos.

Junto a las figuras más reconocibles, como pueden ser la Virgen María, el Niño, San José, Cristo y otros santos, dolientes o ángeles, las obras funerarias exhiben gran cantidad de elementos simbólicos que «que nos recuerdan a todos que el tiempo se acaba, pero hay esperanza de alcanzar la vida eterna», desvela la guía Patricia Novas. 

La imagen de la Fe, con los ojos vendados y sosteniendo un cáliz y una cruz suele ocupar un lugar preeminente en estos panteones monumentales: «Supón a confianza cega na vida despois da morte e o cáliz significa que aceptas o que che trae a vida», añade Soledad Chayán. Esta figura se suele acompañar de otras dos, la Esperanza y la Caridad, que plasman las virtudes espirituales en boga en la época.

Otros elementos ofrecen un nivel de simbolismo menos evidente: así las telas o cortinajes recuerdan al sudario de Cristo y a su resurrección; las coronas vegetales suelen ser de laurel o acacia, símbolos de la victoria sobre la muerte; pebeteros, antorchas, teas… también aluden a la vida eterna, a la luz que nunca se apaga; el reloj de arena implica que el tiempo pasa y es finito; y el búho es un animal agorero, pero también metáfora de sabiduría y del tránsito al más allá.  

A todo este relato escultórico se suma el arquitectónico, la propia estructura de los mausoleos que, como señala la antropóloga Ana Filgueiras, ya obliga a alzar la mirada para contemplarlos: «Canto máis elevado, máis preto do ceo. Esa elevación tamén se entende no sentido espiritual». 

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