Territorio de artista
Barreiro, el artista que irradia alegría: «Cuando pinto estoy alegre y lo transmito»
Nacido en marzo de 1940 en Forcarei, el pintor y escultor José María Barreiro es uno de los artistas plásticos gallegos más reconocidos en la actualidad y quizás el de mayor éxito al otro lado del Atlántico. A sus 86 años, continúa pintando entre sus estudios de Bueu y Vigo.
Su última exposición es «Vigo. Luz e cor», que se puede visitar en la Casa das Artes de Vigo, desde el 19 de febrero hasta el 26 de abril de 2026

Pedro Fernández
Una explosión de colores impregnados en el lienzo de sus últimos cuadros nos da la bienvenida al «Territorio de Artista» de José María Barreiro en su hogar-taller del lugar de Santa María de Cela, en Bueu. Junto al ventanal con vistas al mar y la silueta de la Isla de Ons esculpida en el horizonte ha dispuesto un musical bodegón compuesto por un reloj de pared, un gramófono, un acordeón Hohner y una guitarra. En el caballete, la que será su sexta o séptima mirada a ese rincón. «De esta serie tengo tres o cuatro cuadros en la exposición ‘Vigo. Luz e cor’ en la Casa das Artes», que estará abierta hasta el 26 de abril, nos explica.
«Uso mucho el espacio para pintar, y pinto lo que veo», comenta el que está considerado uno de los mejores artistas plásticos gallegos contemporáneos mientras nos va enseñando las obras aún inacabadas que tiene sobre el suelo en la estancia, entre ellas una del Café Gijón, de donde era asiduo cuando vivió en Madrid, y un concierto en la catedral. «Nunca doy un cuadro por acabado, ni siquiera cuando está firmado. Mientras los tengo aquí, a lo mejor seis o siete meses, los miro y siempre encuentro cosas diferentes».
Junto al piano que toca a nivel aficionado –de no ser pintor y escultor, le hubiera gustado ser pianista–, el cartel de la última edición de la Feira do Cocido de Lalín, el tercero que hace para este evento que se estrenó con un diseño suyo hace 58 años, en 1969, con su amigo y compañero de tertulias en el Eligio, Álvaro Cunqueiro como pregonero.
Apaga la radio que siempre le acompaña en sus diálogos con el lienzo para que podamos conversar mejor y le pide que se calme a su perra Tara, una inquieta, sociable y alegre border collie que nos sigue desde que nos recibió saludándonos con efusividad al cruzar el portal de la calle.
–¿Cuál es la historia de este lugar, al que llama Casa del Burgo, y qué relación tiene con él?
–Tenía mi casa y mi estudio en Vigo, pero quería un lugar para pintar desde el que se viera el mar. Vi esta casa que estaba en venta, recuerdo que me acompañó Laxeiro, me gustó y me quedé con ella en 1990. Empecé a arreglarla, solo para pintar, venía y me marchaba a Vigo. Pero pasé un verano aquí y ya no hubo forma de marcharme. Estuve años viviendo entre Vigo y Bueu, pero ahora me siento más cómodo aquí; a Vigo también voy a mi estudio de la calle del Príncipe, una oficina de cien metros cuadrados donde voy llevando obra para exposiciones y también pinto.
–¿Este estudio es más su templo, su santuario o su lugar de sufrimiento?
–No sufro, cuando pinto estoy alegre; si no me sale lo que me gusta, tampoco me enfado. Ya saldrá bien.
–¿Cómo es una jornada normal de trabajo aquí?
–Tengo la costumbre de levantarme sobre las 8.30 o 9 y lo primero que hago es venir al estudio, a encontrarme con él. Preparo las cosas, de vez en cuando enmarco las obras que me gustan y empiezo a pintar. Generalmente trabajo hasta la 1.30 o 2 de la tarde y después, a partir de las 6 o 7, me gusta trabajar un par de horas.

El pintor José María Barreiro en su casa-estudio de Bueu / Gonzalo Núñez
El sonido de la radio, ya sea en forma de voz humana o de música, según la emisora que selecciona, es su compañera de fatigas. Como lo es la guitarra que aprendió a tocar en Buenos Aires y que ahora es motivo de varias de sus obras.
–¿Cómo es su proceso creativo a la hora de enfrentarse al lienzo en blanco?
–Dibujo mucho y eso me sirve para ser espontáneo cuando voy a pintar. Me gusta que la obra sea limpia, que se vea cómo se ha pintado si la pones a la luz.
Coloca uno de sus cuadros en la ventana y nos muestra la parte trasera del lienzo. «¿Ves? Si la pongo a la luz se ve la transparencia, cómo está pintada, dónde hice la mancha y por dónde pasó el pincel».
–¿Qué intenta trasmitir con su arte?
–Que dé calor, que transmita placer al verla, que te sientas cómodo en un espacio. Es lo mismo que pretendo con las esculturas que tengo en Vigo, lo que hago es enriquecer un espacio con colores.
Se refiere a sus obras ‘Vento do Mar’, una pieza de nueve metros de altura realizada en acero naval y colocada desde 2007 en la glorieta entre las calles Aragón y Travesía de Vigo, y ‘Como chove miudiño’, un homenaje al poema de Rosalía de Castro instalada en la calle que lleva el nombre de la escritora.
–¿El colorido y el optimismo que contagia su obra es un reflejo de su ser interior o un deseo?
–Creo que tiene que ver con el ser interior. A mí no me gusta discutir, quiero que todo el mundo esté contento, soy incapaz de hacerle el mal a nadie, me gustan los animales, disfrutar de la vida, de los espacios y de los amigos. Y parece que eso es lo que intento reflejar en mi obra. Que sea obra importante o no, no me causa problema.
«Fui a París con 21 años a encontrarme con los pintores que necesitaba para elevar mi espíritu y mi pintura. A Buenos Aires fui por cuatro meses, a una exposición que me organizó Laxeiro, y me quedé cuatro años»
–¿Cuándo se dio cuenta de que lo suyo era pintar?
–Nunca me di cuenta, tampoco lo tengo como oficio, sino como algo que me gusta hacer. Ya nació conmigo, de pequeño les hacía dibujos a mis compañeros del colegio. Lo del arte vino después: hice decoraciones, murales, escaparates... Manuel Torres, el pintor de Marín, me descubrió pintando al aire libre cuando yo tenía 18 años y me invitó a mi primera exposición: colgué 21 cuadros en la sala Santa Cecilia en 1961. Luego, con 21 años, me fui a París con la ilusión de pintar en Montmartre y encontrarme con Toulouse Lautrec, Matisse, Cézane, Pisarro, Picasso y todos esos pintores que necesitaba para elevar mi pintura, porque estar en contacto con obras artísticas importantes hace que se te eleve el espíritu. Conseguí pintar en la Place du Tertre en Montmartre, gracias al pintor español Suárez Vázquez que me ofrecía su caballete, vendía poco y para sobrevivir tuve que hacer cafés. Quise entrar en las galerías Lafayette porque hacer escaparates era un trabajo artístico muy bien pagado, así que hice una prueba y quedaron en avisarme. Justo me llegó la carta de que me seleccionaban cuando ya había aceptado una oferta para trabajar en Vigo, con un contrato grande para almacenes Romero. Me ofrecían 11.500 pesetas, que en 1963 era mucho dinero. El estudio de los Romero era un piso completo, todo para mí: allí hacía bocetos, pintaba para las galerías... me acuerdo que en Reyes les hice unos murales impresionantes que colgaron en los escaparates.
Con Lugrís y Laxeiro
Durante esos años compaginó su trabajo de escaparatista con su labor creativa en su estudio, donde daba rienda suelta a su creatividad y talento artístico en sus cuadros, murales, grabados y pirograbados sobre paneles de madera. En torno a 1964-1965 conoció a Urbano Lugrís, con el que fraguó una gran amistad y compartió durante cuatro años casa y estudio. Con él guarda múltiples anécdotas y tiene una obra en conjunto, un pirograbado de un paisaje de Vigo dibujado por Lugrís, actualmente en la exposición de la Casa das Artes. «Lugrís fue el que me dijo que me dedicara a la pintura y dejara la decoración», relata.
–En 1969 viajó a Buenos Aires invitado por Laxeiro para hacer una exposición y permanecer allí tres meses, pero finalmente se quedó cuatro años, ¿Qué le hizo cambiar de planes?
–Me fui con veinte óleos sobre cartulina preparados para la exposición que me había encargado Laxeiro en el Perla Marino, pero en el barco en el que viajé vendí cinco cuadros y ya no tenía obra suficiente para exponer. Laxeiro me propuso pintar en su estudio para reunir cuadros, pero como ya no tenia dinero le pregunté a su compañera, Lala, cuál era el mejor comercio de Buenos Aires. Ella me dijo que era Harrods pero que no fuera por allí porque no me iban a coger. Un día fui y hablé con el director artístico de Harrods, el señor Cruciani, que me dijo que sin tener yo los papeles en regla no iba a poder trabajar allí y que ya tenían doce escaparatistas. Insistí para que me dejara hacer una prueba y me asignó un escaparate de la cale Florida. Fui al día siguiente y durante dos horas le hice un trazado de Buenos Aires en un mural, terminé y me marché a comer con Laxeiro y a pasar la tarde. Cuando llegamos a casa, Lala me dijo que habían llamado de Harrods para que me presentara allí al día siguiente, que tenía que entrar por la puerta trasera, la del personal. Fui y el señor Cruciani me dijo que le había encantado lo que había hecho y que fuera a hablar con el director de Harrods, el señor Pascual, que me mandó ir al día siguiente a la oficina de emigración de la calle Leandro de León a hablar con una señorita, que ella ya sabía de mí. Fui y ya tenían todo preparado, salí con los papeles arreglados. Así fue como lo que iban a ser unos meses se convirtieron en cuatro años.
–¿Y qué le llevó a regresar a Galicia?
–Echaba de menos a los amigos, a la familia, al espacio. Muchas cosas.

El artista plástico, ante un autorretrato. / Gonzalo Núñez
–Supongo que una de ellas eran las tertulias que mantenía en el Eligio con el grupo de artistas, escritores e intelectuales. ¿Qué tenía esa taberna y qué tuvo esa generación que la hace tan especial y único?
–La taberna Eligio era un chiringuito que vendía un vino de Leiro, Ribeiro blanco. Tenía a su dueño, Eligio, que era un personaje, un tipo genial, amigo de sus amigos , casi un prestamista. Esa época no va a volver, ni se va a repetir un lugar en el que se reúnan tantos artistas. Allí estaban Cunqueiro, Castroviejo, Blanco Amor, Carlos Oroza, Méndez Ferrín, Torres y unos 40 pintores, entre ellos Lodeiro, Lugrís, Patiño, Pousa, Sevillano, Laxeiro, Sucasas... El Eligio era un espacio artístico, como las cafeterías de París donde iban todos los pintores y alrededor de ellos los poetas. Allí hablábamos de las exposiciones que íbamos a hacer, eran los años de muestras de arte al aire libre en la Praza da Princesa, algo que tampoco se ha vuelto a repetir. Eran los años de la Estampa Popular Gallega, que estaba muy perseguida. Había que esconder la obra y la habían llevado a mi estudio de la calle del Príncipe, pero cuando me marché yo a Buenos Aires se la llevaron, no sé a donde, y me llegaron a acusar de habérmela quedado y casi venderla a plazos. Hasta hace unos tres o cuatro años, que me llama un familiar de Pousa y me dice: «Oye, en la casa de la madre de Pousa en Goián han aparecido todas las obras». Allí estaban.
A sus 86 años recién cumplidos, Barreiro conserva firme el pulso que le permite ser preciso con el pincel. Mantiene también la sonrisa que regala con generosidad a sus interlocutores y que se desata en risa cuando recuerda algunasanécdotas.
–Al contrario que otros colegas, nunca realizó una pintura con tintes políticos.
–Cada uno puede hacer con su obra lo que quiera, yo nunca metí mensajes políticos en mi pintura. Me importa que la gente viva bien, sea feliz y vote al partido que sea.
– Su arte ha sido siempre figurativo, ¿nunca le tentó pasarse a la abstracción?
–No, a mí me gusta la figuración, que la pintura esté influida por el dibujo.
–¿Qué opina del arte que se hace en la actualidad?
–En el arte actual hay cosas buenas y otras que son un atraco a mano armada. A veces se hace un bum enorme de ciertas obras o de ciertos pintores que luego quedan en nada. Yo creo que la base de una buena obra son muchos años de profesión y un pintor tiene que saber dibujar, no vale con que hoy haga una obra con una escoba y mañana digamos que es famoso.

El pintor José María Barreiro en su casa-estudio de Bueu / Gonzalo Núñez
–Hablando del éxito, ¿se considera bien reconocido?
–No tengo ni una objeción que poner. Cuando lo he pasado mal también lo he pasado bien. Porque cuando tú escoges la vida que quieres vivir, aunque sea la bohemia que viví en París, disfrutas aunque solo tomes una hamburguesa y un café.
Salimos a la finca a hacer más fotos para el reportaje. El sonido del agua corriendo por unos canales pone la melodía a la bella estampa visual que contemplamos, rodeados del verde de las hojas de los árboles y de la hierba, con el azul del cielo y el mar en el horizonte.
Un antiguo furancho de tinta femia
Detrás, la casa o Burgo, una vivienda de piedra con una amplia galería de ventanales en madera que José María Barreiro replicó de una casa que habitó durante muchos veranos en Málaga. La construcción donde el pintor ha levantado su hogar aún conserva la lareira original de la vivienda que en 1867 encargó un empresario llamado Agustín García, quien había hecho fortuna contratando trabajadores para las plantaciones de caña de azúcar de Cuba. La propiedad la heredó el hijo del promotor, llamado también Agustín, que fue alcalde de Bueu y cosechador de tinta femia, un vino de trago largo propio de la comarca de O Morrazo en vías de extinción debido a la falta de relevo generacional para ocuparse de las viñas. En las décadas de los 50 y 60 del siglo pasado se habilitó en la casa una especie de furancho que se hizo famoso por su cocido y la calidad del vino que ahí se servía. Por ello, no resulta extraño que fuese visitado periódicamente por Álvaro Cunqueiro y José María Castroviejo.
De aquel furancho se conserva una estancia en la casa de Barreiro y un puñado de vides de tinta femia en la finca colindante.
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