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Mujeres fuera de serie

Marián López Fernández-Cao, la mujer que cura con arte

Catedrática de la Complutense, investigadora del patrimonio artístico de las mujeres y referente internacional en arteterapia, la viguesa Marián López Fernández-Cao ha impulsado proyectos pioneros que exploran el poder del arte en procesos traumáticos y fomentan la inclusión, además de promover una mirada feminista en museos yen la educación artística.

La investigadora viguesa Marián López Fernández-Cao.

La investigadora viguesa Marián López Fernández-Cao. / Cedida

Amaia Mauleón

Amaia Mauleón

El arte, la pedagogía, el feminismo y, sobre todo, las personas. Marián López Fernández-Cao (Vigo, 1964) ha logrado algo muy complejo para cualquier persona: enlazar todas sus inquietudes en una preciosa trenza y desarrollar su vida en pos de esas pasiones. La catedrática viguesa es una de las investigadoras españolas más importantes del patrimonio artístico de las mujeres y los museos y una referente en la arteterapia. Ha desarrollado proyectos pioneros con los que demuestra la capacidad del arte para ayudar a personas a superar procesos traumáticos y fomentar la inclusión. Marián lidera equipos de investigación, impulsa asociaciones, no deja de idear nuevos proyectos en España y fuera… Y es muy raro verla de mal humor. Está feliz y satisfecha y eso se traslada muy positivamente a todo lo que hace.

El amor por la cultura que profesa esta mujer se fraguó desde su infancia. Su madre, maestra, fue la que introdujo a las tres hermanas —Marián es la menor— en el arte, en la historia y en la valía de mujeres como Emilia Pardo Bazán, Concepción Arenal o Maruja Mallo. «Ella nos llevaba a museos y aprovechaba cualquier momento, como un viaje en coche, para enseñarnos historia o geografía». Su padre, uno de los fundadores de Pescanova, «también tenía una especial sensibilidad y fue una de las empresas pioneras en invertir en arte», apunta.

La familia se mudó de su Valdeorras natal a Vigo por el trabajo del progenitor y aquí nació ya Marián. La niña comenzó estudiando en las Teresianas y, cuando el colegio cerró, las hermanas pasaron por las Acacias. «Solo estuvimos cuatro años porque la educación nada progresista ni humanista y el influjo del Opus no gustó a mis padres, y mucho menos a mí. Después me llevaron a Maristas, pero a esas alturas yo ya había puesto en cuestión la religión católica y pedí trasladarme al instituto Santo Tomé, que me gustó muchísimo», recuerda. A partir de los 14 años, Marián ya tenía claro que quería estudiar Bellas Artes. «Mis padres preferían que me matriculara en Derecho, pero me respetaron y me apuntaron a clases de dibujo con la pintora Ana Pasarín y el pintor Castro Couso», destaca Cao.

Marián, de niña.

Marián, de niña. / FDV

Como en Galicia no había Bellas Artes, y además Marián estaba deseando «volar», finalmente se matriculó en Bilbao y comenzó una experiencia que, asegura, fue muy rica en todos los aspectos. «Llegué a una ciudad que entonces era bastante convulsa, con el conflicto de ETA y los movimientos de reconversión industrial. Pero la facultad estaba muy a la vanguardia del arte contemporáneo, con profesores muy jóvenes entre los que estaban Badiola, Juan Luis Moraza o Ángel Bados. Me abrieron los ojos al arte contemporáneo y yo me incliné por la línea más conceptual», relata la investigadora.

En cuarto curso, la viguesa pidió el traslado a la facultad Complutense de Madrid, que se convertiría en su casa hasta el día de hoy. «Nunca dejé de hacer arte, de disfrutar del proceso creador, pero desde el principio me vinculé a movimientos sociales, feministas y pacifistas y mi camino se fue inclinando hacia la investigación sobre la parte más social del arte», argumenta.

En Madrid se topó por primera vez con gestos de machismo por parte del profesorado. «En Bilbao nos impartieron una enseñanza fresca y progresista pero en Madrid me encontré con una facultad mucho más academicista, machista y excluyente. Un profesor de dibujo llegó a decirme que tenía ‘la sensibilidad de una secretaria’ y no citaron a una mujer artista ni una sola vez», lamenta. Hubo algunas excepciones, por supuesto, como Juan Fernando de la Iglesia o Ricardo Marín, grandes profesores y hoy amigos.

A una estudiante de 21 años todo aquello le afectaba pero, afortunadamente, no la paralizó. «Me ayudaron mucho las estancias que hice en facultades europeas como Munich y Berlín, donde, tras ellas, me uní a un grupo pacifista y comencé a participar en la revista ‘En pie de paz’. Aquella experiencia me formó mucho como persona ya que aprendí a escuchar con empatía los argumentos de otros y a entender que por encima de las ideas está el respeto y los afectos: mi gestión de equipos se debe totalmente a aquella experiencia», agradece.

También en Berlín retomó su interés por el feminismo, una forma de entender la vida que su madre había sido la primera en transmitirle. Pero fue a su regreso de Alemania cuando Marián comenzó a acudir a las charlas semanales de la filósofa y teórica del feminismo Celia Amorós, con la que se formaron las principales feministas de toda una generación. «Tenía una energía y un buen humor que te atrapaban; yo no conocía a nadie como ella, era emocionante escucharla», alaba.

Al mismo tiempo, comenzó a preparar su doctorado —que se gestó entre la facultad de Bellas Artes y la de Educación y que finalizó en 1991— y a impartir clases, algo que también le apasiona. La inquieta investigadora puso en marcha en 1992 un curso de doctorado de arte y feminismo, el primero de estas características en las universidades españolas, y comenzó a publicar libros sobre arte, feminismo, además de innovadoras guías para Educación Primaria y Secundaria. «No estaba de acuerdo con la manera en que se impartían las clases de arte en los colegios, me parecía absurdo el enfoque que había tan basado en nombres y en la idea de genialidad. Yo buscaba trabajar el arte como vínculo, como transformación, y siempre incluyendo a mujeres artistas, que habían sido tan silenciadas», describe. Sus guías recibieron el Premio Rosa Regás por su valor coeducativo.

Además, realizó estancias de investigación en el Courtauld Institute of Art de Gran Bretaña y en el Museum of Modern Art de Nueva York. «Me dieron la beca Fullbright para seguir formándome en Nueva York, pero renuncié porque ya había iniciado mi carrera investigadora en España y estaba a gusto. Fue una decisión difícil, de esas que definen tu vida, pero decidí quedarme y hoy creo que fue una buena decisión», afirma.

Al mismo tiempo, Marián entró en el Instituto de Investigaciones Feministas, también en la Complutense, del que sería directora de 2007 a 2011. Desde esta institución, realizó un exhaustivo análisis de los fondos museísticos de algunos de los principales museos de Madrid y logró que se reconociera el androcentrismo que existía en los centros de arte. A partir de ahí, la viguesa impulsó unos pioneros itinerarios feministas en los museos y en la ciudad de Madrid.

Pero el compromiso social de la investigadora iba más allá. Marián era, y es, una fiel defensora de que los procesos creadores pueden ayudar al desarrollo emocional. Completó su formación con un máster de Intervención Psicoterapéutica y en 2010 dio un paso más e impulsó, junto con Noemí Martínez, el Máster en Arteterapia, que dirigió entre 2010 y 2014. «Nos pusimos en contacto con todas las facultades del mundo que la impartían y el resultado fue un éxito. Además, hicimos una gran tarea de sensibilización para encontrar los mejores lugares para que realizaran las prácticas», describe.

En esa misma línea ha desarrollado sus últimos proyectos de investigación con mucho éxito. Uno de ellos es «Aletheia», con el que, durante cuatro años, trabajaron cómo los procesos creadores ayudan a personas a superar procesos traumáticos. Y otro es «Brundibar», con la colaboración de Save The Children, «donde desarrollamos metodologías arteterapéuticas como vías para paliar el trauma infantil y la experiencia ha sido muy, muy positiva», asegura la investigadora.

Con el grupo de participantes del proyecto «Tu museo interior».

Con el grupo de participantes del proyecto «Tu museo interior». / FDV

Marián ha demostrado su excelente gestión de equipos en todas y cada una de las instituciones y sociedades que ha dirigido. Entre ellas, participó en la creación de la Asociación Mujeres en las Artes Visuales (MAV), que presidió durante cinco años. «Me esforcé especialmente en consolidar estructuras y crear protocolos democráticos, y elaboramos informes muy interesantes», destaca. También dirigió la Escuela Complutense Latinoamericana, con la que promueven actividades que fomentan los lazos de unión de las comunidades universitarias. «Iba cuatro veces al año a algún país latinoamericano a organizar estos encuentros tan enriquecedores», recuerda. Además, fue la fundadora y primera presidenta de la Sociedad para la Educación Artística y forma parte de la Comisión de expertos en Cultura de la Organización de Estados Iberoamericanos.

Con esa ajetreada vida profesional, podríamos pensar que la maternidad no estaba en los planes de la viguesa. Pero nada más lejos de la realidad. La investigadora es madre orgullosa de dos hijos: Federico, de 26 años, y Bruno, de 21. Para hacerlo posible, Marián proyectó el feminismo en su propia casa. «Mi marido, Juan Carlos Gauli, siempre ha sido un cónyuge sostenedor, de esos que te apoyan a muerte y te quieren. Si los dos no nos hubiéramos implicado en la crianza en igualdad y en el apoyo mutuo no habría podido desarrollar mi carrera como lo he hecho», concluye la catedrática.

Las pioneras: Margaret Naumburg, fundadora de la arteterapia

Margaret Naumburg.

Margaret Naumburg. / FDV

Margaret Naumburg (1890-1983) fue una psicóloga y educadora estadounidense considerada una de las fundadoras de la arteterapia moderna. En 1915 creó en Nueva York la Walden School, un centro pedagógico inspirado en corrientes educativas progresistas que fomentaban la creatividad y la libre expresión en el aprendizaje infantil. En la década de 1930, influida por el psicoanálisis, observó que muchos pacientes podían expresar emociones y conflictos a través de dibujos e imágenes con mayor facilidad que mediante palabras. A partir de esa idea desarrolló el método «art in therapy», basado en la creación artística espontánea como vía de acceso al inconsciente. Trabajó especialmente con niños y jóvenes con dificultades emocionales y publicó obras que ayudaron a introducir esta práctica en hospitales y centros educativos, sentando las bases de la arteterapia contemporánea.

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