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Amancio Prada: «Aprendí mucho de Rosalía con Alonso Montero»

«Carmen Martín Gaite cantaba canciones populares gallegas y yo me preguntaba: '¿De dónde le sale esto a esta mujer?, ¡qué tesoro!'».

Amancio Prada, durante un concierto.

Amancio Prada, durante un concierto. / Rafa Vázquez

Rafa López

Rafa López

Hay dos amancios leoneses fundamentales en la historia de Galicia: Amancio Ortega creó su industria más internacional, y Amancio Prada (Dehesas, León, 3 de febrero de 1949) le puso banda sonora al alma gallega. El próximo sábado, 7 de marzo, actuará en el Teatro Afundación de Vigo en conmemoración del 50 aniversario del disco «Rosalía de Castro» (1975), obra fundamental en la historia de la música gallega, que contribuyó decisivamente a la difusión de la poesía de la autora de «Cantares gallegos». El trovador del Bierzo conversa con FARO por teléfono desde Madrid, aunque pasa más tiempo en Urueña, un precioso pueblo medieval de Valladolid. «Allí hice mi 'locus amoenus', que diría Fray Luis de León», explica.

-Sobre esta gira del 50 aniversario del disco de Rosalía, ¿cómo ha enfocado el repertorio? ¿Interpreta el álbum íntegro de 1975 tal como se grabó o introduce muchos arreglos nuevos, incluso alguna sorpresa para el público vigués?

-En esta gira canto todas las canciones del disco de Rosalía, más algunas otras nuevas que he ido componiendo a lo largo de los años. Va a ser la primera vez que haga un recital íntegramente dedicado a Rosalía. Puede que asome alguna canción de Lorca dedicada a ella o de Bécquer, que guarda una relación muy honda con la «Negra sombra» de Rosalía. Su obra, su poesía y su pensamiento me han acompañado desde los 16 o 17 años, cuando empecé a leerla. Eso supone una depuración, una comprensión mayor de su obra. Una canción no se acaba nunca, sino que se abandona, como un poema, para retomarla después. Cada vez que canto a Rosalía, la canción renace y es distinta: según el público, el lugar, el acompañamiento… Es un proceso de depuración hacia la música interior de su poesía, hasta que se sostenga más honda y más alta, desprovista de todo artificio y adorno.

-Es decir, como aquello de que uno no se baña dos veces en el mismo río, tampoco se interpreta igual la misma canción…

-Claro. La música no existe en la partitura, que es solo un soporte. Existe en el momento en que se interpreta. Como canto a Rosalía todos los días, voy modulando, tratando de que esa metamorfosis se repita cada vez con mayor perfección. Nunca lo logras del todo, porque siempre la imaginas cantada mejor de lo que te ha salido, pero esa pequeña frustración es un motor que te da aliento para seguir intentándolo.

-El violonchelo de Eduardo Gattinoni fue fundamental en el álbum original. ¿Cómo ha evolucionado el acompañamiento de las canciones de Rosalía?

-Ha evolucionado mucho: al violonchelo se le añadió violín, acordeón y después una orquesta sinfónica. Ahora estoy recogiendo velas. Voy simplemente con Rosalía y mi guitarra. Eso me obliga a que la guitarra sea algo más que un chin pam pum. Hay una unión más íntima entre esa poesía cantada. Canto a Rosalía porque ella dice lo que yo siento; me siento expresado por ella. Fue la musa de mis primeras canciones, aunque entonces ni pretendía hacer canciones. Leía a Rosalía y me emocionaba porque hablaba del paisaje de mi pueblo: los prados, arboledas, el río Sil —da igual que fuera el Sil que el Sar—, miña casiña, meu lar… Corre o vento, o río pasa… Cando era tempo de inverno pensaba donde estarías... Todos los poemas que canto dicen lo que yo siento. Primero lo sientes a primera vista, pero luego, rumiándolo, recitándolo primero en silencio y luego en voz alta, va cogiendo entonación y el poema se convierte en Rosalía partiendo de aquella música interior. La música emerge del poema, con una guitarra y a veces sin ella. Muchas canciones las hago paseando: el ritmo de los pasos, el ritmo del corazón… Es el mejor acompañamiento para una canción.

El cantautor recitando a Rosalía de Castro, durante una actuación.

El cantautor recitando a Rosalía de Castro, durante una actuación. / Luis Polo

-Sus conciertos son, ahora que está tan de moda el «mindfulness», casi una forma de meditación compartida con el público…

-Sí. Tiene que ser un modo de cantar y una música que se sumerja en el poema. Entro en el poema y el poema entra en mí. Entonces la voz lo atraviesa y sale como un dardo encendido que va directamente al corazón. O eso pretendo.

-Comenzó a leer a Rosalía con 16 años, cuando vivía y estudiaba en Valladolid. Por esa época también entró en contacto con «Longa noite de pedra» y «Viaxe ao país dos enanos», de Celso Emilio Ferreiro. ¿Recuerda cómo llegaron esos libros a sus manos?

-El de Rosalía no recuerdo exactamente cómo llegó, pero era de la colección Austral —aún lo conservo, deshojado y lleno de anotaciones— y ahora tengo en mis manos un libro muy bonito de la colección Aguilar, con tapas de piel marrón, con un estudio de Victoriano García Martí y un prólogo titulado «Rosalía o el dolor de vivir». Le he dado muchas vueltas a Rosalía y aprendí mucho leyendo al profesor Alonso Montero, que nos acaba de dejar. Tuve una gran complicidad con él, no solo por Rosalía, sino por las cantigas de amor y de amigo de los trovadores gallego-portugueses. Me llevó con un grupo de amigos del colegio universitario a la isla de San Simón y allí le hicimos un homenaje a Mendiño y a todos los trovadores que Mendiño evocaba.

-Esa fue la primera vez que vio el mar, cuando llegó a Redondela camino de Cambados en tren y notó un olor diferente justo antes de ver la ría de Vigo y la isla de San Simón.

-No había cumplido 10 años. A mis padres, como a tantos niños de los pueblos que destacaban un poco, el maestro les decía: «Hay que mandarlo a los salesianos». Pasaron los salesianos por allí y me hicieron un examen de admisión. Dijeron que sí, pero como tenía 9 años, tuve que esperar hasta casi los 10. Me olvidé de eso hasta que mi padre me llevó a la estación, cogí un tren de esos que llamaban de Shangái, a Vilagarcía, hicimos transbordo en Redondela y, al bajar, cuando se disipó el olor a carbonilla, sentí un olor nuevo que nunca había sentido antes: era el mar. Tardé muchos años en saber que aquella isla era San Simón y que tenía ese significado lírico y otros.

-Tiene una larga relación con Vigo.

-Recuerdo presentar el disco de Álvaro Cunqueiro («A dama e o cabaleiro», 1987) en el teatro donde voy a cantar ahora, que entonces se llamaba García Barbón, y donde he cantado tantas veces. Más tarde, siendo alcalde de Vigo Manolo Soto, organizó una excursión a la isla de San Simón, con gaiteros y pulpo, y allí celebramos en la isla de los poetas medievales que tanto admiraba Cunqueiro. Su poesía «Cantiga nova que se chama Ribeira» está muy inspirada en las cantigas de los trovadores. Por eso las canciones de Cunqueiro me salían solas. Las hice paralelamente a los «Sonetos del amor oscuro» de Lorca, a los que tenía más de catorce vueltas. Si lees esos versos de Cunqueiro (Amor de auga lixeira, muiñeira. Amor de auga tardeira, ribeira. Amor de auga florida, cantiga…) ya es música.

Amancio Prada.

Amancio Prada. / J.P. Ledos

-Santa Cruz de Castrelo, en Cambados, fue un lugar clave en su contacto con la espiritualidad. ¿Influyó eso en su modo de concebir tu obra como músico y cantor?

-La espiritualidad se supone en un colegio de frailes [risas]. Estudiábamos griego, latín, historia… limpiábamos cristales, servíamos la comida, arreglábamos el jardín... El pazo antiguo estaba rodeado de parras de albariño —entonces no sabíamos lo que era—. Teníamos una rondalla y yo era solista del coro. Hacíamos olimpiadas, paseábamos hasta La Lanzada, contemplábamos el edificio blanco del Gran Hotel de La Toja, íbamos al monte hasta el monasterio de Armenteira… Estuvimos cuatro años maravillosos, guardo mucha gratitud. Cantábamos zarzuelas: «El rey que rabió», «Los de Aragón», «El barberillo de Lavapiés»… No solo cantábamos canciones religiosas, también profanas. Cuando voy por allí me da un poco de pena, solo quedan dos o tres frailes.

-Y después el paso por París, entre 1970 y 1975, imbuido en el espíritu post-mayo del 68…

-En el 68 estudiaba dirección de empresas agrarias en Valladolid, porque quería ser agricultor, como mi padre, y a la vez estudiaba piano. Allí compuse mis primeras canciones: «Cómo chove miudiño», «Un repolludo gaiteiro» y «Para a Habana». Mayo del 68 lo vivimos como una llamarada de libertad. Me enteré de que había en el norte de Francia un «grupo agrícola de explotación en común» y allí fui, cerca de Nancy. Luego pasé por París, me enamoré de la ciudad y decidí estudiar Sociología Rural en la Sorbona. Antes gané un concurso en 1969 con «Para a Habana» y con el premio de 10.000 pesetas me compré mi primera guitarra buena: se la debo a Rosalía. Con ella, recién llegado a París, compuse mi primera canción de Lorca, sin saber lo enamorado que estaba él de Rosalía, a quien llamó «mi hermana en tristeza» y a quien dedicó con 18 años «Salutación elegíaca a Rosalía de Castro» y «Canción de cuna para Rosalía de Castro, morta».

-A la vuelta a España en 1975, tras publicar «Vida e morte» (1974), «Campanas de Bastabales» fue un éxito…

-Sí, sonaba mucho, casi más que «Adiós ríos, adiós fontes» al principio. Las campanas siguen resonando en mi pecho, que es lo importante: «Yo amo las campanas, yo las oigo, cual oigo el rumor del viento, el murmurar de la fuente o el balido del cordero. Como los pájaros, ellas, tan pronto asoma en los cielos el primer rayo del alba, le saludan con sus ecos...».

-¿Hay algún poeta que le haya cautivado como filón lírico pero que se te haya resistido para adaptarlo a la música? ¿O la música le viene enseguida al leer el poema?

-A veces salen solas, como con Cunqueiro. Con Rosalía también. Eso no quita que haya que darles muchas vueltas para que emerjan como canción y se vayan puliendo. Me gusta la ropa vieja, la usada, que va contigo; a eso aspira una canción: el tiempo la pinta, la canta, la pule. Casi nunca se me resiste un poema que me conmueve. Hubo un caso en el que me resistí mucho a un poema de Lorca —«Canción de la mariposa», de su obra de teatro «El maleficio de la mariposa»— por encargo de unos amigos de la Universidad Granada. Les dije que no, que era imposible. Les agradezco que insistieran, porque al final salió.

-¿Cómo ha conseguido conservar la voz con esa calidez y esplendor después de más de medio siglo en los escenarios?

-No lo sé. Supongo que cantando. Canto todos los días y me encanta cantar. Me pasará como los que corren, que para estar en forma tienen que correr a diario; yo canto.

-El año pasado se conmemoró el centenario de Carmen Martín Gaite, a quien usted llamaba Calila, pero también llamaban Carmiña. ¿Hablaban mucho de Galicia?

-Sí, mucho. La conocí en el 75, recién llegado de París. Yo había leído alguna crítica que le había hecho Agustín García Calvo. Un crítico literario gallego, Gustavo Fabra, que escribía en «Informaciones», le había dicho: «Tienes que ir a escuchar a un chaval que ha venido de París y que canta a Rosalía». Carmen Martín Gaite y Andrés Ruiz Tarazona escribieron el libro «Ocho siglos de poesía gallega», y ella escribió la parte de la lírica medieval. Cantaba canciones populares gallegas y yo me preguntaba: «¿De dónde le sale esto a esta mujer?, ¡qué tesoro!». Su madre, Marieta, era gallega, de San Lorenzo de Piñor. En diciembre del 75 ya estábamos en el mismo escenario con «Carabel de Carabeles». Surgió una amistad que duró hasta que ella se nos fue. Le gustaba mucho Galicia; iba a menudo. Una vez me mandó una postal sentada en una mesa de piedra en la casa de Rosalía. Visité esa casa en 1972, de la mano de Ramón Piñeiro, y canté allí en los jardines. Estaba allí un señor anciano, con el pelo blanco, se llamaba Penzol.

-Fermín Penzol.

-Sí. Me felicitó al acabar, me saludó y me dejó algo en la mano discretamente, con una elegancia absoluta. Le dije a Gattinoni: «Ya tenemos 5.000 pesetas». Íbamos a cantar gratis, solo por el placer de estar allí, en «miña casiña, meu lar», que diría Rosalía.

-Se interesó por la poesía después de escuchar a Serrat y a Paco Ibáñez. Serrat ya se ha retirado de los escenarios, pero Paco Ibáñez sigue «galopando» a los 91 años. ¿Se ve actuando a esa edad o ha pensado en algún límite?

-Ibáñez es como el Cid Campeador… No quiero pensar en eso. Mientras pueda, voy al campo, cojo la guadaña, sacho los caminos, limpio de hierba los regatos… Me siento adolescente en ese sentido. Y lo demás, Dios dirá.

-Trabajando en el campo hace ejercicio…

-Es mi gimnasio. No sabe qué palizas me meto. Segar me encanta tanto como tocar la guitarra. Tengo que reprimirme y cuidarme las manos con buenos guantes.

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