Mujeres fuera de serie
Isabel Blanco, la actriz que traduce el mundo
Nacida en Suiza en el seno de una familia emigrante gallega, Isabel Blanco construyó una trayectoria marcada por los idiomas, la interpretación y el arraigo. De sus inicios en televisión al fenómeno
de “Mareas Vivas”, la actriz ha desarrollado una carrera fiel a sus raíces y a su vocación de contar historias

Isabel Blanco, en el vestuario de Plató 1000, en Teo. / Xoán Álvarez
Cuenta Isabel que cuando ella nació y su padre, Pepe, fue a visitarla a la sala del hospital en la que tenían a todos los recién nacidos -que por aquel entonces eran muchos- la reconoció enseguida a través de la cristalera por su sonrisa, dejando atónitas a las enfermeras.
Casualidad o no, lo cierto es que la sonrisa de Isabel Blanco (Berna, 1971) es una de las señas de identidad de esta actriz que alcanzó la fama como la inolvidable María Ares en la serie «Mareas Vivas» y que no ha parado de trabajar en cine, televisión y en el desarrollo de sus propios proyectos. En los últimos años, compagina sus colaboraciones tras las cámaras con su labor como delegada en Galicia de la asociación de actores AISGE, desde la que impulsa actividades sociales y de promoción de los intérpretes.
Isabel nació en Berna, hija de gallegos que emigraron a la ciudad suiza, como tantos otros, en busca de una vida mejor. «Realmente yo siempre digo que me crie en una parroquia más de Santa Comba porque estaba rodeada de muchos amigos y conocidos de mis padres, por lo que era natural que aprendiera el mejor gallego de Galicia junto a ellos», asegura. Pero además del gallego, la niña aprendió en el colegio el suizo-alemán y mostró una enorme capacidad con los idiomas añadiendo a su repertorio el inglés, el francés, el italiano y el castellano, ya que una vez a la semana también acudía a una escuela española. «Desde los 4 años era la intérprete de mis padres y seguramente eso marcó también mi futuro», afirma.

Isabel (abajo en el centro) en su colegio en Berna. / Cedida
Y así, en una rica torre de Babel y rodeada de mucho amor y humor, Isabel vivió junto a sus padres y su hermano pequeño una infancia feliz, solo ensombrecida por la enfermedad de su padre. «Vivíamos en una de las casas del recinto hospitalario en el que mi madre, Basilisa, trabajaba como gobernanta: toda una ciudad alrededor de varias clínicas, interconectadas a través de túneles, donde residía el personal. Además, cuando mi padre se puso enfermo y necesitaba hemodiálisis era esencial que viviéramos tan cerca del hospital para atenderle en las muchas urgencias que tenía», explica.
En 1986, cuando Isabel cumplió los 15 años, fue ella misma la que convenció a sus padres de que había llegado el momento de regresar a su querida Galicia. «Quería que disfrutaran de su tierra, sobre todo mi padre, los años que le quedaran. Para mí fue un poco duro acostumbrarme, pero también abrazaba esta tierra que ellos me habían hecho amar y no estaba dispuesta a que nos separásemos. Nunca me arrepentiré porque hasta que mi padre murió, en el 97, fueron muy felices», relata.
La familia se instaló en A Coruña para que el padre estuviera cerca del hospital y al terminar Isabel lo que entonces era el BUP y el COU, decidió estudiar Traducción e Interpretación en Vigo. «Al cabo del tiempo me di cuenta de que había un guion mágico en mi vida y que dos lenguas tan invisibilizadas como el gallego y el suizo-alemán fueron las responsables de mi futuro profesional», apunta.

Isabel Blanco con sus padres y hermano / Cedida
En la llegada a la televisión de Isabel el azar y el destino tuvieron un papel protagonista. «Uno de mis profesores de la facultad, Gonzalo Navaza, me comentó que había un casting en la TVG en el que buscaban una azafata que hablara muy bien gallego. Me fui con una prima para Santiago sin muchas expectativas y cuando llego allí me encuentro que era para un programa de humor, ‘A Repanocha’. Yo no me había preparado nada, pero supongo que lo hice con una naturalidad y frescura que les gustó, siguiendo siempre el consejo de mi padre de ser yo misma, y esa misma tarde ya me llamaron para comenzar al día siguiente», rememora la actriz.
El programa fue todo un éxito e Isabel pasó pronto de azafata a copresentadora. De la noche a la mañana se encontró con que había perdido el anonimato y la gente la paraba por la calle. El programa duró dos años y la actriz se alegra especialmente de que su padre pudo disfrutar «incluso más que yo de aquel éxito: estaba muy feliz por mí». Además, comenzaron a llamarla para presentar eventos por toda Galicia.
Gracias a los idiomas, Isabel trabajó también en aquella época en la producción de programas para Gestmusic Endemol en Holanda. «Íbamos una vez al mes a grabar programas muy variados con grandes artistas, fue una muy buena experiencia», añade.
A la actriz le surgieron oportunidades de trabajo en Ginebra y en Madrid pero siempre tuvo claro que su prioridad era su familia. «En eso nunca tuve dudas: Galicia era mi sitio», reflexiona.
La decisión fue buena ya que justo cuando terminó «A Repanocha» la eligieron para el papel de María Ares en una serie que haría historia en Galicia: «Mareas Vivas». «Siempre estaré muy agradecida a este personaje porque me dio la oportunidad de mostrar a la mujer gallega por antonomasia y rendirle un merecido homenaje», considera. Rodaron 150 capítulos y se convirtió en un éxito sin precedentes. «Fueron años muy felices en los que me llevaba a mi madre a todas partes, así que ella también los disfrutó», destaca Isabel.
Vendría después su paso por la gran pantalla en películas tan exitosas como «Un franco, 14 pesetas» o «El lápiz del carpintero» y en series nacionales como «Nada es para siempre», «Yo soy Bea» o «Cuéntame cómo pasó».

Isabel Blanco con el equipo de "Un franco, 14 pesetas", en Montreal, en donde participaron en la sección oficial del XXX Festival des Films du Monde / VITOR R. BARCA / EFE
Con toda aquella experiencia acumulada, la actriz se atrevió a dar un paso más y sacó adelante un programa muy ligado a su experiencia personal: «Pasaporte Galego», que se emitió en la TVG. Creado, producido, dirigido y presentado por ella misma, en este espacio recorría el mundo para contar las historias de descendientes de gallegos y mostrar el sentimiento de pertenencia que comparten todos ellos. «Gracias a este programa, tuve la fortuna de conocer a personas tan especiales como la escritora brasileña Nélida Piñón, que me dio una gran lección de vida», agradece Blanco.
La cercanía, la naturalidad, el compromiso con Galicia y la desbordante ilusión que ha mostrado Isabel a lo largo de toda su carrera le han valido reconocimientos más allá de las cámaras como el galardón «Celanova, casa dos poetas» por su «compromiso vital con Galicia» o el premio «Bos e Xenerosos», de la Fundación Eduardo Pondal, por su defensa de la lengua gallega. «Esos premios valen tanto para mí como los Mestre Mateo; es precioso ver que la gente te quiere y que mi identidad haya sido un hilo conductor en todo lo que he hecho», considera.

Isabel Blanco recibiendo el premio Mestre Mateo como mejor actriz de manos de Uxía Blanco / Cedida
En los últimos años, Isabel está dando prioridad a esa necesidad innata que tiene de crear, «de contar mis propias historias, que es algo que disfruto mucho». Entre otros proyectos, tiene especial ilusión en uno educativo en el que quiere relacionar a los niños de las aldeas con los de ciudad y a un espectáculo centrado en la mujer. Además, como delegada de AISGE, organiza numerosos cursos y actividades para los asociados gallegos y está preparando las memorias de grandes actores como Manuel Manquiña, Uxía Blanco y Fernando Morán.
La familia sigue siendo un puntal esencial para la actriz suiza, que reside entre A Coruña -donde viven su madre, su hermano y sus tres adorados sobrinos- Santiago y Cambados, donde se mudó por amor. «El amor y el respeto por la profesión de cada uno son para mí dos pilares esenciales para que una relación funcione», concluye la actriz, luciendo de nuevo esa sonrisa sincera y brillante por la que la reconoció su padre en la cuna y por la que los espectadores la sienten tan cercana y querida.
Las pioneras: María Casares, el compromiso sobre las tablas

María Casares. / FDV
María Casares (A Coruña, 1922 – Alloue, Francia, 1996) es una de las grandes figuras del teatro europeo del siglo XX y un símbolo de la cultura gallega en el exilio. Hija de un ministro de la Segunda República, tuvo que huir a Francia tras el estallido de la Guerra Civil, donde reconstruyó su vida desde cero. En París se formó como actriz y pronto destacó por su voz, su intensidad trágica y una presencia escénica excepcional, convirtiéndose en referente de la Comédie-Française y del Festival de Aviñón. Trabajó con grandes nombres del teatro contemporáneo y alcanzó reconocimiento internacional con películas como Orphée, de Jean Cocteau. Pionera por abrirse camino como actriz extranjera en la élite cultural francesa, defendió siempre la memoria del exilio y su identidad gallega, entendiendo la interpretación como un acto de compromiso moral, histórico y artístico.
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