Entrevista | Víctor Coyote Músico, ilustrador y artista
Víctor Coyote, músico y artista: «No renuncio a ser gallego ni a darle ‘xeitiño’ a una cumbia»
«Me gusta el reguetón, el rock and roll y el tango finlandés; yo militancias, no por favor, no compro las cosas por bloques, sino por individualidades», expresa el multifacético artista, que acaba se sacar un disco recopilatorio

El versátil músico y artista Víctor Coyote. / Ricardo Rubio (Europa Press)
Precursor de la incorporación de músicas latinoamericanas al rock and roll, pionero del punkabilly en España con su grupo Los Coyotes y embajador de La Movida madrileña en los ochenta, el gallego afincado en Madrid Víctor Aparicio Abundancia (Tui, 1958), conocido como Víctor Coyote, acaba de lanzar un disco de recopilación de sus éxitos en solitario bajo el nombre «El propio», que recoge en versión original diez canciones, nueve de ellas de sus anteriores trabajos y una inédita. Licenciado en Bellas Artes, el artista e ilustrador acompaña a la edición en vinilo una serie de carteles confeccionados por él para algunos de sus conciertos. Curioso, multifacético y muy trabajador, su carrera es amplia y diversa, casi inabarcable, y comprende trabajos como narrador gráfico, dibujante de cómics, autor de documentales sobre la frontera hispano portuguesa del río Miño, diseñador de portadas de discos (Ariel Roth, Giant Sand, Vampisoul, etc), especialista en labores de atrezo gráfico para cine y televisión (desde producciones de Álex de Iglesia a la reciente serie de Movistar Plus+ «Poquita fe») y hasta «musicalizador» de obras de arte para el Museo Thyssen.
– Por qué hacer un recopilatorio de sus éxitos en solitario y qué ha querido mostrar con las diez canciones que ha seleccionado?
–La selección es, por un lado, las canciones que han tenido más repercusión, que fueran representativas un poco de mí, de lo que hago, y eso quiere decir que tenga una parte de carácter latino importante, porque también es verdad que hay unas algunas canciones que son más puramente de rock, pero el grueso del material es esa mezcla que ya empecé a hacer con Los Coyotes. Son músicas que me han influido y que tienen que ver con folclores o ritmos latinoamericanos, que por otra parte también son bastante gallegos. En Galicia siempre todo el mundo le ha dado un xeitiño a la cumbia y a todo el mundo le ha gustado mucho las rancheras. Es verdad que había otra gente gallega que eso no lo hacía, no lo veía o para ellos las orquestas eran una cosa horrorosa; después han venido cosas peores como los grupos tributo.
–Entre los ocho temas seleccionados de su trayectoria pasada (hay una canción seminueva que lanzó el año pasado y otra inédito) era inevitable que estuviera «Yo, que creo en el diablo».
–La canción habla de todo lo contrario, del descreimiento de la gente, aparece el diablo en un sitio y nadie se lo cree, porque todo el mundo es muy descreído; después el estribillo aporta mi punto de vista y yo no solo creo en el diablo, sino que creo en el diablo, en el Santo Job, en el mar de los Sargazos y en todas las cosas. Aunque sean patrañas, procuro creer.
–¿Ese «Joven del cuello vuelto» con delirios poéticos al que alude en otra canción sigue teniendo vigencia?
–Siempre ha habido gente de esas características, es el típico tipo que va por la vida de poeta, de bohemio y de escritor. En cierto punto también son un poco viejóvenes, son esos adolescentes que se toman la vida muy en serio, serían una especie de emo, pero más clásico y más rancio.
–Con la «Cumbia de Milagro» demuestra que podemos bailar al ritmo de las letras más tristes.
–Yo creo que todo puede ser bailable. La «Cumbia de Milagro»es un poco triste, pero que vivimos de milagro es algo patente y a determinadas edades más aún.
–¿«Jaguarundi» (tema suyo de 1995) ha sido la canción más olvidada de La Vuelta Ciclista a España?
–No sé si la más olvidada, pero desde luego sí que en esa época había unas sintonías de La Vuelta Ciclista que fueron muy exitosas, como «Me estoy volviendo loco». que la petó, y la mía no tuvo tanto tirón, pero funcionó muy bien.
–Las ocho canciones que repasan su trayectoria aparecen en el disco en sus versiones originales, ¿no le entró la tentación de volverlas a grabar?
–Creo que siempre las versiones originales son las buenas. Las películas, los libros, las canciones siempre están mediatizados por un momento y creo que hay que dejarlas así. Tendrán algunos fallos, las podré grabar más afinadas (que no quiere decir mejor), pero son las originales.
–Introduce dos temas ajenos, no compuestos por usted, que en su día hizo suyos: «Puerto Rico en mi corazón» y «Havemos de ir a Viana».
–Estaban en el disco «De Pueblo y de Río», que eran versiones de canciones no muy conocidas. «Havemos de ir a Viana», una canción de Amalia Rodríguez que canto con la cantante portuguesa Rita Braga, es una versión un poco diferente a la especie de fado de pasacalles a ritmo de marcha de Amália Rodrigues, yo le di en su momento un tono un poco más de swing o algo más antiguo. Y «Puerto Rico en mi corazón» es una canción no muy conocida del compositor americano Mort Shuman muy en la onda de las canciones de Puerto Rico, que además ahora mismo es como el epicentro de la música, mal que les pese a los norteamericanos. Lo es desde hace mucho tiempo con Marc Anthony, toda la gente del reguetón e incluso Ricky Martin, ni te cuento ya la estrella que es el conejo, Bad Bunny, lo cual es bastante gracioso porque es un tío vilipendiado por toda la intelectualidad y toda la parte de la izquierda que le achacan que si es un ritmo ramplón, que si es machista, que si pone voces al cantar. Como si Joe Strummer no cantase con una voz y Dylan cantase con otra voz también no muy normal.
–Intuyo que su opinión sobre el reguetón es diferente a la visión que tienen otros músicos y aficionados de su generación.
–El reguetón es un ritmo que al menos incluye un contratiempo, justo lo que no tiene el rock desde que se dejó de llamar rock and roll, incluso Tina Turner o los Rolling Stones en los 80 tienen un ritmo de marcha militar. El desprecio a la música latinoamericana ha sido patente en España desde los años 80. A mí claro que me gusta el reguetón, también me gusta el rock and roll y el tango finlandés. Lo que pasa es que dentro del reguetón hay gente que me gusta más y gente que me gusta menos. Tego Calderón es uno de las artistas más interesantes que ha habido en la música en los últimos 40 años y al que no le guste evidentemente es un tipo que valora las cosas desde un punto de vista del inmovilismo reaccionario de una cosa roquera. Y si nos ponemos a ver las letras, los rockeros cantaban cosas como «Hey Joe, voy a matar a mi chica porque la encontré con otro hombre». Hay gente que me dice «a ti como te gusta la salsa no te gusta tal artista», y no es así, del rock and roll también me encantan artistas como Johnny Burnette, igual que hay boleristas demasiado excesivos que no me gustan, como Olga Guillot o Bola de Nieve... O sea, quiero decir que yo militancias, no, por favor, yo los peque packs esos de McDonald’s no los compro en paquetes, yo no compro las cosas por bloques, sino por individualidades.
–¿Presentó el álbum en la sala El Sol de Madrid en enero, ¿tiene previsto venir a Galicia?
–Pronto. En mayo igual estoy por ahí en un festival audiovisual de Galicia que está muy bien.

Portada del disco recopilatorio de los éxitos de su carrera musical en solitario. / Víctor Coyote
–Cuando habla de sus éxitos dice que son relativos, ¿a qué se refiere?
–A que yo no soy Bad Bunny, ni siquiera Mecano, «Maquíllate» de Mecano es una canción que conoce todo el mundo, tengas la edad que tengas, porque la has oído en alguna ocasión. «Yo que creo en el diablo», no, es muy probable que un chaval que tenga ahora 24 años no la haya oído nunca. Hay mucha gente que no tiene un éxito masivo abrumador, en el mundo del rock no creo que haya mucha gente que conozca muchas canciones de Tom Waits. El éxito es como la cuenta corriente, es medible, es evidente que «Reloj no marques las horas», «Volver, volver» y «Satisfaction» son éxitos; lo que no es tan evidente es que lo sea «Train Kept A Rollin’», de Johnny Burnette, que la conoce menos gente. Por otra parte, la película más alabada por la gente de cine de Ridley Scott es «Blade Runner», que me parece bastante mala comparada con «Alien». Cuando hablamos de éxitos en la música, hablamos de cifras, lo cual no quiere decir que haya canciones que son éxitos por su valor artístico. Otra cosa son los éxitos personales, que pueden ser haberte casado a los 20 años, haber tener tres hijos y seguir enamorado de tu mujer a los 80 años.
–¿En todo caso, llevar 40 años en el mundo de la música es un éxito?
–Sí, pero yo nunca he vivido de la música, me ha aportado en determinadas épocas un poco más de dinero, que nunca ha sido mucho. Yo he trabajado en cosas de diseño, de ilustración, unas veces haciendo más lo que yo quería y otras veces haciendo más encargos. También hay que decir que a veces hay encargos que te salen mejor que otras cosas que haces con toda la libertad del mundo.
–¿Por qué se decidió a reeditar este año el libro «Cruce de perras», editado en 2006, en el que relata en tono literario anécdotas de los años 80 que le ocurrieron a personas conocidas?
–Porque hubo la ocasión de reeditarlo con Autsider Comics, que ya habían editado mi cómic «Entresijos». El libro estaba descatalogado y la editorial anterior ya había desaparecido. Incluí, respecto a la edición de 2006, una especie de epílogo que no es un cuento como son los otros relatos, sino un pequeño ensayo sobre qué fueron los 80 y cómo transicionó determinada gente hacia la sociedad actual.
–Precisamente este año se cumple el 40 aniversario del famoso viaje en tren que pretendió hermanar durante un fin de semana las movidas viguesa y madrileña, en el que usted vino a Vigo desde Madrid. ¿Es usted de los que reniegan de la Movida?
–Yo no reniego de la Movida, sino de cosas que se han contado de ella respecto a que era el entusiasmo de la España en color y el fin de la España en blanco y negro. Eso era relativo y el color tampoco fue tan vibrante, parecía que nos íbamos a comer el mundo y después ninguno de los grupos de la Movida tuvo trascendencia internacional. Los Bravos, a pesar del franquismo, sí vendieron muchos discos de «Black is black» fuera de España, Berlanga hizo «El verdugo», a pesar del generalito; y esto, evidentemente, no es ir a favor de las corrientes estúpidas que hay ahora. Por otro lado, yo no tengo ningún problema con la nostalgia siempre y cuando no ocupe más del 12% de mis pensamientos o de mi vida, por eso cuando saqué en 2006 el libro de «Cruce de perras» no estaba especialmente interesado en la Movida, lo que sí tiene el libro es que habla no solo de los circulitos de la Movida, sino de esa España de los 80 y de cosas que no solo sucedían en Madrid. Por ejemplo, el relato que hago de Parálisis Permanente, que gira en torno al accidente que acabó con la vida de Eduardo Benavente, está visto desde el punto de vista de unos paisanos en un bar, no está centrado en las figuras conocidas del ‘brilli brilli’ de la Movida. Y después el libro tiene el valor de reflejar cosas que hemos ido repitiendo. Por ejemplo, los peluqueros eran en la época lo que son ahora los cocineros, una gente completamente sobrevalorada. Solo hay que ver los programas de chefs de la televisión, donde se admite de buen rollito la tortura y el maltrato. Yo entiendo la fascinación que tiene alguna gente por la Movida, porque sí es verdad que hubo a nivel bares, de vida social y a nivel cultural, un empuje importante y una efervescencia. Después ha habido una versión revisionista que dice que fue cosa de cuatro pijos de Madrid. Pues yo creo que ni A ni B. Si a los movimientos de pijos no hubiera que prestarles atención, pues nos vamos olvidando de Virginia Woolf, por ejemplo.

Víctor Coyote y Alaska, en una exposición de este, en 1985, en Madrid. / Mariví Ibarrola
–Al hilo de cómo han cambiado con el tiempo las personas que protagonizaron ese movimiento, tenemos el ejemplo de McNamara, que ahora milita en la ultraderecha y es de misa diaria.
–A lo mejor en los 80 también era de Vox. Catalogar a la Movida como una cosa progresista es bastante arriesgado también. Toda la frivolidad y toda la pasión por el lujo que había en ese movimiento tampoco lo veo yo que fuera muy del movimiento obrero. Todo el mundo después se ha convertido en hippie, no sé por qué, es una cosa que tampoco entiendo.
–La música y la escritura no son sus únicas facetas, sino que también es ilustrador, diseñador gráfico, creador de documentales y autor de cómics. ¿Cuándo decide hacer una cosa y cuándo otra: depende de lo que le apetezca o esto va por encargos?
–He ido un haciendo mi trayectoria en base a cosas que me apetecían a mí y también en base a encargos. No es que de repente se me ocurriera hacer documentales, por ejemplo; surgió la posibilidad en la Televisión de Galicia de hacer un proyecto, en el caso de los documentales de la frontera con Portugal, de la Raia, y me lancé a hacerlos; después hubo otra época en que en Madrid en la Telefónica me llamaron para hacer un proyecto sobre Virxilio Viéitez y a partir de ahí hice obras teatrales medio performáticas. En esos proyectos se mezclaba el encargo con las posibilidades de rentabilizar un trabajo que no fuera simplemente lo que se entiende por una ocurrencia de un artista, sino que estaba más un poco más pegado al suelo y a las finanzas. Eso es un clásico en la historia del arte: la Capilla Sixtina no se pintó porque Miguel Ángel se levantara un día diciendo «quiero pintar esto», sino que fue un encargo de la Iglesia, que era el poder en aquel momento.
– La Capilla Sixtina se la encargaron a un pintor. A usted le encargan trabajos de diferentes disciplinas y lenguajes artísticos.
–Es verdad que hace falta tener un mínimo de técnica y un mínimo de conocimientos para afrontar algo, hay que saber tocar un poco la guitarra o el piano y saber programar de manera electrónica para hacer una canción. Pero además de eso, yo he estudiado Bellas Artes, con lo cual mi toda mi parte gráfica está refrendada por unos estudios. Y después hay que echarle horas. O sea, uno puede pasarse de un sitio a otro a base de a base de trabajar más. A mí –y supongo que a cualquiera– me cuesta menos hacer una canción que hacer un documental.
–En el mundo del cine y el audiovisual, además de haber hecho trabajos de diseño y atrezo gráfico para producciones de Álex de la Iglesia, más recientemente ha trabajado para la serie «Poquita fe» de Movistar Plus+ ¿Cómo se llega ahí?
– «Poquita fe» es la típica cosa de encargo, una maravilla de encargo, porque ahí he hecho la música y las animaciones. Es algo que a lo mejor a mí no se me hubiese ocurrido hacer motu proprio, además ellos han confiado en mí y yo creo que el resultado, tanto de la serie como de las cabeceras, está muy bien, es de esas cosas que también les pasa a veces a los actores cuando les llaman para un papel fascinante.
–También el Museo Thyssen le encargó musicalizar cuatro obras de arte de su colección permanente.
–La relación con el Thyssen empezó cuando les hice un mural para la entrada de una exposición, después he hecho un cómic con ellos sobre descolonización y luego me llamaron para esas actividades que hacen de vez en cuando con cantantes, así que les propuse hacer una pequeña pieza relacionando obras de arte con canciones mías, lo cual es una osadía por mi parte. Yo, que evidentemente conocía el museo, intenté hacer esa relación de cuatro cuadros del museo con canciones, unas veces por la historia que contaba la letra y otras veces por cuestiones que tenían que ver con la densidad de la pincelada y la densidad de la letra o del tono de la canción. Ese trabajo se puede ver en la web del Thyssen, son vídeos donde antes de la canción doy mi punto de vista sobre las obras; me gusta comparar cosas diferentes, creo que eso puedo abrir la mente, comparar La Mona Lisa con un frasco de cristasol puede aportar cosas interesantes.
–Dentro de su faceta de diseñador gráfico e ilustrador ha elaborado carteles para sus conciertos y portadas de discos suyos y de otros artistas, como Ariel Rot, y como autor de cómics –ahora para la revista M21– se le ha considerado el cronista gráfico de Madrid por los trabajos recopilados en el libro «Entresijos» (2023). ¿Cómo se acerca a la realidad madrileña que narra en sus viñetas?, ¿con una mirada periodística?
–Completamente, tiene mucho que ver con la labor periodística, es periodismo en cómic. Eso también responde a otro encargo que surgió durante la época de Manuela Carmena de alcaldesa de Madrid, pues hubo la idea de hacer una publicación y me propusieron participar, aunque yo hasta el momento solo había hecho historias de ficción. Comencé a hacer páginas y luego me animaron a recopilarlas en un libro. En cuanto a cómo plasmó la realidad, sucede lo mismo que en «Cruce de perras»: no reflejo el Madrid de La Cibeles ni de la Plaza Mayor, sino que trato muchas cosas de barrios o de inmigración, que a mí me interesan mucho. De hecho hay gente que va a bares que yo saco en mis viñetas para tomarse una cerveza y comprobar si es cómo yo los retrato.
–Y esa labor de cronista gráfico dio nuevos frutos en la pandemia.
–Sí, en la pandemia surgió un cómic que se llamaba «Días de alarma». Empecé en el confinamiento, cuando decidí publicar por Instagram una viñeta diaria de lo que estaba pasando, vi que me seguía bastante gente, así que pensé en recopilar esos trabajos en un cómic porque reflejaba un momento interesante, aunque también dudé de si a la gente le interesaría recordar esos días o la realidad que fijaba estaba muy pegada a una época pasada. Esos días se decía que íbamos a salir mejores del confinamiento, yo no lo tenía tan claro. Tampoco pensé que la situación fuera tan dramática, era incómodo no salir de casa y triste lo que estaba pasando, pero hay mucha gente que vive en condiciones peores, mis padres vivieron de muy pequeños la guerra.

Viñeta realizada por Coyote durante el confinamiento, publicada en su cuenta de Instagram y en el libro «Días de alarma». / Víctor Coyote
–Llegó a Madrid para estudiar Bellas Artes y allí se quedó a vivir, si bien ha habido épocas en que ha estado más cerca de Galicia. ¿A estas alturas se considera un madrileño más o un gallego que vive en Madrid?
–Yo creo que ser gallego es algo irrenunciable. Madrid es una ciudad que está bien, es bastante acogedora y de hecho hay un montón de gente que viene a vivir aquí. Los extranjeros vienen porque es España y porque encuentran cierto confort dentro del primer mundo. Yo esto de ser cronista de Madrid, en realidad, nunca me lo propuse, sino que fue el producto de la revista. Me considero bastante gallego y me considero bastante bien aceptado por la gente madrileña. Además, el madrileñismo de la época de los funcionarios del régimen de Franco dio paso a una sociedad rancia y pelota que prácticamente hoy ya no existe tanto. Yo por mi parte no renuncio a nada, ni a ser gallego ni a ser madrileño; mucha gente ha renunciado y ahora dicen que no hay nada que celebrar Día de la Hispanidad, que a lo mejor no se debería llamar así. Desde luego yo considero que hay una cosa común que celebrar, y los gallegos también lo sabemos porque muchísima gente ha estado en Venezuela, Brasil, México, Cuba o Argentina. Yo tampoco renuncio a ese idioma, a eso que llamamos darle un xeitiño a la cumbia en una fiesta y a que nos gusten las canciones mexicanas.
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