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Lodeiro, treinta años sin el pintor de Vigo

Un documental promovido por su familia el año que marca el 30 aniversario de su fallecimiento descubre diferentes detalles de su legado artístico y de la figura de un hombre comprometido socialmente toda su vida

«Lodeiro fue un artista de primer nivel que quizás tuvo la mala suerte de empezar a pintar en Vigo en las décadas de los años 60 y 70; si hubiera trabajado en otro lugar, su trascendencia hubiera sido mayor», expresan David Hernández y Alex Penabade, productores de Adarme Audiovisual y creadores de «Lodeiro. O documental», obra audiovisual que se estrenará el próximo jueves 12 de febrero en el auditorio de la sede de Afundación de Vigo (entrada libre y gratuita). Este año marca el 30 aniversario del fallecimiento del pintor vigués, efeméride que ha llevado a su familia, a su hija Ruth y a su viuda, Victoria Rodríguez, a impulsar y producir este proyecto audiovisual y contribuir a saldar una deuda pendiente con el artista: reivindicar su figura y dar a conocer al público en general tanto al pintor como a la persona que fue Xosé Telmo Lodeiro.

En 45 minutos de duración, el documental ofrece un acercamiento audiovisual y emocional al artista y a su obra a través de testimonios de sus familiares, amigos, pintores, críticos de arte, coleccionistas y comisarios de exposiciones. Ánxel Huete, Correa Corredoira, Carlos Bernárdez, Román Pereiro o Miguel Anxo Rodríguez son, junto a Ruth Lodeiro y Victoria Rodríguez, algunas de las voces que van relatando diferentes aspectos de la vida y obra de Lodeiro en las dos líneas que sigue el documental: una que acerca de manera cronológica las etapas artísticas que atravesó el pintor y otra que va dibujando diferentes aspectos de su vida personal, los rasgos de su carácter y su compromiso social.

Una tercera línea serían textos de intelectuales de la época sobre su obra, desde Álvaro Cunqueiro a Méndez Ferrín, pasando por Blanco Amor y Carlos Oroza, que se van intercalando en forma de voz en off entre los testimonios y reflejan tanto el reconocimiento que el artista tenía en su momento como el ambiente cultural que se vivía en el Vigo de finales de los años 60, la década de los 70 y parte de los 80, especialmente en torno a la taberna Eligio, donde se congregaban intelectuales y artistas de diferentes disciplinas en animadas tertulias.

Tráiler de «Lodeiro. O documental» / Adarme Visual

Nacido en la viguesa calle de A Falperra en 1930, criado en el barrio de Teis y fallecido en su ciudad natal en 1996, Xosé Telmo Lodeiro creció en una familia de cinco hermanos, con una madre de temperamento fuerte que se casó tres veces con hombres de la burguesía, pese a ser analfabeta, y que le imprimió ese carácter de clan matriarcal que el pintor reflejó en sus obras de figuras femeninas, las viudas.

De periplo caótico durante su primera juventud, fue segador en Extremadura, estibador, boxeador y emigró a Francia, primero, y luego a Suiza, donde conoció a su mujer (que estaba allí de visita, acompañando a unas amigas en la búsqueda de trabajo del novio de una de ellas). Ya de vuelta en Vigo, vivió en Teis y sus amigos dicen que cuando estaba enfadado reivindicaba la república para su barrio.

Presente en el movimiento Estampa Popular Galega, que pretendía popularizar el arte desde el grabado y desde una perspectiva social antifranquista, expuso por primera vez al público en el Casino de Pontevedra en 1963 y más tarde en su ciudad, destacando su participación desde el principio en las exposiciones de la Praza da Princesa, que llevaban el arte al pueblo ocupando el espacio público. Eran años en que se vivía una eclosión de consumo de arte moderno por parte de coleccionistas y burguesía de clase media cada vez más interesada en comprar arte de vanguardia. Y Lodeiro supo venderse, reivindicándose como «el pintor de Vigo».

El color y la geometría definen sus obras de paisajes naturales y urbanos, como los atardeceres en la ría de Vigo

Tras sus primeras etapas figurativas, Lodeiro camina hacia la abstracción en los años 70, y lo hace introduciendo la geometría en sus paisajes, tanto en los naturales como en los urbanos, en los bloques de edificios que se empezaban a construir en Galicia en esa época. Son los años en que plasma como nadie lo había hecho los atardeceres de Vigo (y eso que su viuda asegura que apenas se asomaba a la ventana para verlos). Luego vendrían sus obras de dimensión más cósmica y finalmente en su última etapa, las que Méndez Ferrín bautizó como las flores del mal, flores que brotaban de un jardín maldito, flores tristes, las flores de la derrota.

«Una de las características de toda la pintura de Lodeiro son esos cuadros atravesados por la luz o bien cuadros de los que brota la luz, siempre hay una presencia luminosa, a veces incluso la propia mirada de los figuras humanas que aparecen: son como juegos de asombro en que va depositando como un ritual diferentes capas de pintura que expresan la psicología del asombro, o del terror también, sobre todo en las primeras épocas», indica el pintor Antón Patiño.

Uno de los paisajes característicos de la pintura de Lodeiro

Uno de los paisajes característicos de la pintura de Lodeiro / Cedida

Viajero que regresaba impaciente a casa tras empaparse de lo que veía en otros lugares, ya fuera en Barcelona, México o Argentina, donde contactó con la colonia de gallegos (entre ellos Isaac Díaz Pardo y Luis Seoane), Lodeiro fue en los años 80 el integrante más veterano del grupo Atlántica que promovieron Anxel Huete, Antón Patiño, Menchu Lamas y Guillermo Monroy esos años con el objetivo de renovar la plástica gallega. «A Lodeiro, a Reimundo Patiño y a Alberto Datas, los tres artistas más veteranos que incorporamos a las exposiciones de Atlántica, les estábamos asignando en aquel momento un papel de pioneros. Eran de una generación anterior a la nuestra, pero encajaban bastante bien con nuestras propuestas por su autenticidad e intensidad a veces expresionista», manifiesta Antón Patiño.

Este fundador del movimiento Atlántica considera a Lodeiro «un pintor extraordinario» y un «artista de gran singularidad» por muchas razones, una de ellas por el resultados de sus búsquedas, que concluye muy pronto en una pintura muy original y una técnica muy personal que aplica a sus obras: «Desde que vi sus primeras obras me causaron un impacto muy grande por el sentido del color y por esa capacidad de síntesis de un entorno que, por otro lado, me es familiar, que es el entorno del paisaje de los alrededores de Vigo, de la Ría. Esa especie de alquimia del color aparece traducida en esos cuadros tan vibrantes, porque realmente captó como nadie, por ejemplo, el atardecer en la Ría de Vigo, la ciudad vista desde la distancia, desde el interior de la propia ciudad, convertida en unos bloques constructivos que colonizan la montaña y que asciende hacia el cielo. Hay una dimensión material y otra dimensión de carácter más onírico, más visionario. Su técnica de trabajo era mezclar piedra volcánica molida con óleo y la aplicaba de forma muy minuciosa y paciente sobre la superficie de la tela, en base a gradaciones geométricas que permitían ir estructurando color en diferentes franjas y en los diferentes territorios en los que va dividiendo el cuadro. A veces hay formas geométricas que estructuran figuras o bien definen el contorno del paisaje y otras veces, en su última etapa, ya son floraciones oníricas que le permiten también expresar esa intensidad del color».

Políptico de la serie erótica que realizó entre 1976 y 1978.

Políptico de la serie erótica que realizó entre 1976 y 1978. / Cedida

Para Menchu Lamas, otra de las integrantes del grupo Atlántica, «Lodeiro es símbolo de Vigo, con las islas Cíes y el atardecer». Cuando la pintora contempla desde su casa el paisaje, «cuando el mar está tan sereno, tan tranquilo y aparecen esas líneas de colores, yo pienso siempre en Lodeiro. La luz que refleja este mar para mí es Lodeiro. También es una geometría con una pasión cromática impresionante y un símbolo de la modernidad, por eso fue reivindicado cuando montamos Atlántica», explica Menchu Lamas.

No es posible hablar de Lodeiro sin tener en cuenta su temperamento y el compromiso que mantuvo toda su vida con los movimientos sociales de lucha antifranquista, primero, y de reivindicaciones de la clase trabajadora, después. Basándose en los testimonios que recogen en el documental, Alex Penabade y David Hernández fueron descubriendo (y transmiten al espectador) a «esa persona con carácter fuerte, con unas convicciones políticas muy claras y que prácticamente no cambió nunca», comentan. «Por una parte, era un tipo abierto, simpático, pero también era muy temperamental y podía liarla muy fácilmente. Eso es lo que nos va contando gente cercana a él», indican los productores del documental, que tuvieron que realizar un intenso trabajo de montaje para condensar en una pieza horas de entrevistas.

Xosé Lodeiro (i.) con el poeta Carlos Oroza, en la inauguración de una de sus muestras

Xosé Lodeiro (i.) con el poeta Carlos Oroza, en la inauguración de una de sus muestras / Cedida

Menchu Lamas coincide con esa percepción. «Como persona era todo pasión. Pasión expresionista. Estaba muy relacionado con toda la lucha que se producía a finales del franquismo. Recuerdo de haberme enterado donde se producía algún ‘salto’ (protestas) porque Lodeiro decía: ‘Va a haber un salto en el Calvario. Allá vamos’. Luego a la hora de pintar era todo reflexión: estar quieto en el espacio, pensando, organizando, dividiendo los espacios. Sus figuras femeninas parecen casi esculturas, tienen esa potencia, esa rotundidad geométrica que a mí me llevan a pensar en la figura de la Virgen de la Roca».

Antón Patiño encuentra una especie de oxímoron en la personalidad de Lodeiro: por una parte, estaba el intelectual y activista vehemente que se expresaba por encima de todo el ruido en las tertulias de gente apasionada que se organizaban en el Eligio, en un momento de radicalidad política; y luego estaba el lirismo, su fascinación por el color, el obrero disciplinado que acudía a su taller de la calle Marqués de Valladares cumpliendo un riguroso horario laboral. «Como en otros artistas, en Lodeiro hay dos mundos: el de la vivencia exterior y el del trabajo, fruto de una introspección», resume Patiño.

El pintor Lodeiro recoge el premio Crítica 1994 que es entregado por Váquez Portomeñe

El pintor Lodeiro recoge el premio Crítica 1994 que es entregado por Váquez Portomeñe / Llanos

Su compromiso social y político no aparece, sin embargo, reflejado en su obra, a excepción de su primera época, donde «hay una entrega pictórica mucho más desgarrada», con «figuras que tienen una fuerza dramatizada, figuras que gritan, todo ello dentro del hieratismo intemporal que caracteriza toda la obra de Lodeiro», según observa Patiño.

Si bien el artista recibió el Premio de la Crítica en 1994, dos años antes de su fallecimiento, y su obra fue valorada y reconocida entre los pintores y los coleccionistas de arte de la época, Lodeiro no tuvo la proyección exterior de la que sí disfrutaron otros autores. «En las primeras etapas de su trabajo hizo muy bien esa parte de promoción para vender su arte, pero parece que a partir de los 80 no le enganchó o no se adaptó a las nuevas maneras que surgieron para que un artista proyectara su obra», indican los creadores del documental.

Tres décadas después de su muerte (el aniversario será en septiembre), aún quedan facetas por enseñar de este referente de la renovación de la plástica gallega. Una de ellas se podrá contemplar en la exposición de sus grabados en el Museo de Ribeira el próximo 13 de marzo promovida por Ruth Lodeiro y comisariada por Carlos Bernárdez.

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