Mujeres fuera de serie
La protectora de los albinos africanos
Mafalda Soto lucha desde su ONG, Beyond Suncare, contra los dos mayores enemigos de los «hijos blancos» de África: el cáncer de piel y la discriminación. Además, la farmacéutica ourensana ha creado Umoa, una marca de cosmética natural que apuesta por el consumo con propósito.

Mafalda Soto / FDV
Mafalda Soto (Ourense, 1982) no se iba a conformar con una vida profesional (ni tampoco personal) en la que no sintiera que, cada día, le «arrancara el latido». Esa búsqueda de la plenitud llevó a la farmacéutica a dejar un prometedor futuro en una exitosa multinacional y embarcarse en la cooperación internacional. Mafalda es la fundadora y directora de Beyond Suncare, una ONG dedicada desde hace casi 10 años a mejorar la calidad de vida de las personas con albinismo en África. Tras nueve años viviendo en África, hace ocho regresó, primero a Francia y luego a España, donde se instaló con su pareja y sus hijos en Málaga. Su vida es un no parar entre la ONG y su marca de cosmética, Umoa, que apuesta por el consumo con propósito. Pero su energía y su perenne sonrisa dejan claro que ha logrado lo que deseaba: sentir ese envidiable latido.
El gusto de Mafalda por el mundo sanitario le venía marcado por sus antecedentes familiares. De saga de farmacéuticos por parte de madre y de médicos por parte paterna, no era extraño que sus pasos se dirigieran por esa senda. La mayor de las dos hermanas, finalmente se matriculó en la Universidad Complutense de Madrid para estudiar Farmacia. «Dudé también con Medicina, pero como mis padres insistían en que debería estudiarla en Santiago y a mí me apetecía mucho salir fuera, al final me decidí por Farmacia», cuenta.
«Nos educaron aprendiendo a valorar lo que teníamos, a ahorrar para hacer las cosas que nos gustaban, a pensar en los demás, a comprometernos y a respetar lo diferente»
Pero, además, sus padres inocularon en las niñas otros dos principios muy valiosos que, sin duda, acabarían marcando el camino de Mafalda: el espíritu de servicio y la curiosidad. «En mi casa no había problemas económicos, pero nos educaron aprendiendo a valorar lo que teníamos, a ahorrar para hacer las cosas que nos gustaban, a pensar en los demás, a comprometernos y a respetar lo diferente. Además, mis padres eran muy viajeros y junto a ellos descubrimos otros entornos diferentes al nuestro y yo creo que ese fue el primer ‘clic’ que hizo mi cabeza y que me impulsó a abrirme a otras culturas y a liberarme de prejuicios», explica Soto.
Mafalda disfrutó sus años de carrera en Madrid, pero sentía que era el peso de la tradición el que la guiaba. «Al terminar, hice prácticas en farmacias y en el hospital y logré una beca en una multinacional farmacéutica». Todo parecía ir muy bien, pero ese «algo que me arrancara el latido» no llegaba con esas experiencias profesionales.
Una beca para una estancia científica en Reikiavik pulsó el segundo ‘clic’ mental de la ourensana. «En Islandia vi cómo se planteaban la vida los jóvenes nórdicos, que viajaban mucho y eso les hacía ver lo que realmente querían y madurar. Yo aún no tenía nada claro mi futuro y esa etapa me enseñó a cuestionarme las cosas y luchar por descubrir lo que realmente te apasiona». Allí conoció a un chico de Lugo que trabajaba en cooperación y sus numerosas conversaciones fueron sembrando una semilla en el interior de la farmacéutica.

Mafalda Soto con sus padres y hermana / Cedida
Al regresar a Santiago, Mafalda se hizo cargo durante un tiempo de la farmacia de su abuela, pero aquella semilla estaba creciendo y la joven no la quiso cortar. «Cada vez tenía más claro que deseaba trabajar en cooperación y decidí formarme. Realicé un máster de Medicina tropical en Barcelona, que era muy africanista, donde todos los profesores estaban ligados a la cooperación y me enamoré de su pasión y su valentía», describe.
El primer voluntariado llevó a la farmacéutica hasta un lugar remoto de Malaui. «Estaba en un hospital rural en el que muchas veces no había agua ni electricidad y donde las epidemias de cólera eran habituales. Fue impactante, pero me enganchó». Iba para nueve meses y se quedó dos años. «Para mis padres era difícil, claro, teniendo asegurada una vida como farmacéutica en la farmacia familiar frente a aquella tremenda incertidumbre, pero ellos entendieron que es lo que yo quería y desde el principio me apoyaron, incluso vinieron a colaborar conmigo allí una temporada», cuenta. Ella era mujer, joven y blanca, una triple condición que la situaba en un lugar complejo en una sociedad bastante machista. «Sin embargo, creo que mi actitud siempre respetuosa y humilde y que comprobaran que era capaz de aportarles soluciones, hizo que confiaran pronto en mí».
Su siguiente destino fue Tanzania, donde Mafalda comenzó a trabajar en uno de los hospitales más importantes del país y donde descubrió el albinismo y todo lo que implicaba. «Para mí era algo completamente nuevo, pero pronto me di cuenta de que las dos mayores amenazas que sufrían las personas con esta condición eran la desinformación y el cáncer de piel. El albinismo está rodeado de prejuicios y supersticiones en África. Las personas son discriminadas, sobre todo mujeres y niños, ya que la comunidad no entiende cómo es posible que nazcan niños blancos de padres negros. Además, sufren agresiones porque se atribuye riqueza a quien posee partes de su cuerpo y muchos sufren cáncer de piel porque trabajan al sol sin la protección adecuada», describe.

Mafalda con Jeremiah, el primer bebé albino que tuvo en brazos en Malaui, en 2008 / Cedida
Ante este terrible panorama, Mafalda comenzó a desarrollar un fotoprotector local específico para albinos y a tejer una red de producción y distribución que se fue extendiendo e involucrando a cada vez más profesionales del país y, en 2017, montó la ONG Beyond Suncare (BSC). «Fue una dura tarea conseguir financiación. Logramos el apoyo, entre otros, del Colegio de Farmacéuticos de A Coruña y de una ONG de Canadá que es la que más trabaja en el entorno del albinismo. Esto nos ha permitido llegar hasta los lugares más remotos y realizar actividades de formación y sensibilización no solo para los beneficiarios, sino para toda la comunidad». Además, consiguieron que el mismo año de la creación de la ONG la ONU reconociera su proyecto como Mejor Práctica.
En aquel punto, Mafalda decidió que había llegado el momento de regresar a Europa para conseguir captar fondos y que el proyecto diera un nuevo salto. También tuvo que ver en aquella decisión el amor. En Tanzania, Mafalda conoció a un voluntario francés, Sullivan, que trabajaba en temas de cultura, y, como ocurre con los buenos amores, saltó inesperadamente la chispa. «Él regresó a Francia y yo me mudé durante tres años con él. Allí nació nuestro primer hijo, Joan, que tiene 7 años, y después decidimos venir a España y nos instalamos en Málaga». La familia se amplió hace tres años con Noah.

Mafalda con su marido en el festival de cine francés de Málaga que éste organiza / Cedida
Mafalda viaja dos veces al año a África y la sede de la ONG está en Madrid, aunque tiene otras sedes y próximamente abrirá una en Vigo. A ello se unen los congresos y foros en los que participan presentando el fotoprotector, por lo que es fácil imaginar que la conciliación familiar es muy compleja. «Vivo en un dulce caos, pero se puede hacer. El problema es que aunque tengas el apoyo total de tu pareja, como es mi caso, la culpa nos sigue acechando a las mujeres que a veces nos creemos que podemos ser unas superwoman y eso es un gran error», advierte. «Poco a poco he aprendido a ser más compasiva conmigo misma y así logro no frustrarme tanto», añade.
Y Galicia sigue muy presente en el mapa de esta internacional ourensana. «En Navidad y verano siempre volvemos: mis padres y mi hermana están en Santiago y mantengo también la relación con mis amigas del colegio», asegura.
La cooperante está satisfecha porque asegura que el cambio alrededor del albinismo en África ha sido muy grande desde que comenzaron con la ONG. «Ha habido una disminución del 75% de las lesiones precancerosas y del cáncer de piel y la sensibilidad de la sociedad y de los sanitarios también ha experimentado un gran cambio: es muy reconfortante ver cómo los enfermos cada vez están más empoderados y llenos de esperanza», afirma.

Mafalda en una clínica dermatológica en Malawi / Cedida
Pero la incansable profesional no se ha parado aquí. Hace unos años, decidió crear un modelo de negocio que le ayudara a hacer sostenible la ONG. Así nació Umoa, una marca de cosmética natural y con propósito que irrumpió en el mercado a finales de 2022 y que parte de sus beneficios deriva a la ONG. «Gracias a un inspirador libro del Nobel Mohammed Yunnus descubrí el concepto de empresa social y sumado a mi paso por una incubadora de impacto social en Madrid y el cruce de caminos con Giacomo Proli, un ex directivo de marketing de Loreal, sembró la semilla de Umoa Cosmetics», describe.
Mafalda sonríe. Se siente llena con la vida que ha construido. «La cooperación es tan transformadora que no hay límites entre tu vida personal y la profesional», concluye.
Las pioneras: Alice Ball, la química que salvó a los enfermos de lepra

Alice Ball en 1915 / FDV
Alice Ball (1892–1916) fue una química y farmacéutica estadounidense cuya aportación cambió para siempre el tratamiento de la lepra. Nacida en Seattle en una familia afroamericana que valoraba la educación, destacó muy pronto en química. Se licenció en Química Farmacéutica y Farmacia y obtuvo un máster en la Universidad de Hawái, donde fue la primera mujer y la primera persona negra en enseñar química.
A comienzos del siglo XX, la lepra implicaba aislamiento forzoso y exclusión social. Ball logró modificar químicamente el aceite de chaulmoogra, hasta entonces ineficaz, creando el primer tratamiento realmente efectivo contra la enfermedad. Su método permitió tratar a los pacientes con éxito y facilitó que muchos pudieran abandonar las colonias de aislamiento. Murió con 24 años y su trabajo fue apropiado por otros científicos durante décadas. Hoy se reconoce su legado como un ejemplo de ciencia al servicio de la dignidad humana.
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