La musa del tapiz
Marta Bobo aunó la fuerza y elegancia en la gimnasia rítmica con una genialidad que la convirtieron en la primera gallega en competir en unos Juegos Olímpicos. Hoy investiga, enseña y entrena desde otra trinchera, sin abandonar la pasión que marcó su vida

Marta Bobo, en la facultad de Ciencias del Deporte de A Coruña / Iago López
Marta Bobo conserva la mirada de aquella niña tímida que se transformaba en un ser mágico cuando pisaba el tapiz y la música comenzaba a sonar. La genial unión de fuerza y elegancia de sus ejercicios gimnásticos la convirtieron en la primera gallega en participar en unos juegos olímpicos y en una referente de la gimnasia rítmica para toda una generación de niñas.
Hoy, la deportista ourensana es profesora en la facultad de Ciencias del Deporte de A Coruña, investiga sobre el género y el alto rendimiento, la igualdad y la inclusión en el deporte; entrena a gimnastas de élite (entre ellas su propia hija) y es miembro de la Comisión de Educación de la Federación Internacional de Gimnasia.
La segunda de cinco hermanas –María, Marta, Belén, Susana y Estela, hijas de una familia de la burguesía ourensana vinculada al textil– dio sus primeros pasos sobre el tapiz durante un campamento navideño al que les apuntó su madre cuando ella tenía 8 años. «Era una locura tenernos todas las vacaciones a las niñas en casa y por eso a mi madre se le ocurrió apuntarnos a un campamento que organizaba el Gimnasio Club 2000». Poco podía imaginar entonces su madre, Generosa Arce, que acababa de sembrar la semilla que crecería hasta convertir a Marta Bobo en una de las mejores gimnastas del mundo.
La infancia de Marta transcurrió feliz en el Colegio Belén y luego en las Carmelitas, rodeada de sus hermanas, todas muy seguidas, y de sus muchos primos con los que jugaban a diario en el entorno del parque de San Lázaro y disfrutaban de los veranos en Baiona.

Marta Bobo en los 70 con sus hermanas / Cedida
«No había antecedentes en el deporte de élite en mi familia, pero a mi padre, José Luis, le encantaba y a todas las hermanas nos animaron siempre a practicarlo: a nadar, a aprender vela en verano… En Baiona nos llamaban las cinco patitos Bobo porque no salíamos del agua», recuerda con una sonrisa.
Pero tras aquel campamento navideño, la gimnasia pasó a primer término en su vida. «Me enganchó desde el principio y convencí a mis padres para seguir. Tuve la gran suerte de tener como entrenadora a Aurora Martínez, que fue la gran pionera que introdujo la gimnasia rítmica en Galicia, y cuando en 1978 nos llevó a un grupo de niñas a ver el campeonato de Europa que se celebraba en Madrid quedé totalmente cautivada y ya tuve claro que yo quería hacer eso», relata la deportista, que asimiló la filosofía de su primera entrenadora de dar un valor esencial no solo a la técnica, sino también a la parte artística.

Marta Bobo con Aurora, su primera entrenadora / Cedida
La vida de la niña Marta se centraba en el colegio por las mañanas, el entrenamiento por las tardes y competir los fines de semana. Sin tregua. «Es cierto que yo no podía ir a cumpleaños de compañeros o al parque a jugar, pero no sentía que me perdía nada porque hacía lo que más me gustaba», justifica.
Las espectaculares condiciones físicas de Marta pronto llamaron la atención y los resultados no se hicieron esperar. Su primer campeonato de España lo ganó en 1979. La seleccionadora nacional Ivanka Tchakarova se fijó en ella y propuso a sus padres el traslado a Madrid. «Fue muy duro separarme de mi familia, los primeros quince días lloré muchísimo, pero ellos me apoyaron desde el principio y venían a verme siempre que podían», explica. Como solo tenía 13 años, no podía ir a la residencia Joaquín Blume, así que Marta se instaló junto a otra compañera en la casa de una señora de la que guarda muy buenos recuerdos.
Y fue tejiendo su nueva vida en la capital. «En el Colegio CEU San Pablo los profesores me apoyaban mucho, adaptándome los horarios, ya que viajaba mucho, pero yo era muy buena estudiante. Tomé conciencia de que hacía eso porque quería y pronto espabilé», asegura. Sus padres daban mucha importancia a los estudios. «Recuerdo a mi padre llamándome en medio de un campeonato del mundo y preguntándome por las notas», cuenta Marta. Estudiando entre aviones y trenes, la gallega lograba compaginar ambas vidas y volvió a subir al podio en los campeonatos de España de 1981 y de 1983 y como finalista en el Campeonato del Mundo de Múnich y en el de Europa de Stavanger, entre otros. Pero en 1984, a las puertas de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, la presión subió aún más. «La Federación exigía que entrenara todo el día, así que, muy a mi pesar, no pude acabar el COU junto a mis compañeros y fue un año de mucho machaque tanto físico como mental».
«Fue una experiencia excepcional, desayuné con Carl Lewis y charlé con Ben Johnson, con Romay, fuimos a Disneyland…»
Pero el camino hacia las soñadas olimpiadas –las primeras que incluían la Gimnasia Rítmica como disciplina y las primeras en las que participaba una gallega– aún iba a ser más complicado para la gimnasta, que se dio cuenta de los muchos intereses más allá de los deportivos que a punto estuvieron de dejarla fuera. Pero finalmente, Marta Bobo embarcó en aquel avión de Iberia en el que viajaban 200 deportistas españoles. «Fue una experiencia excepcional, desayuné con Carl Lewis y charlé con Ben Johnson, con Romay, fuimos a Disneyland…», recuerda.
Quedó novena. De nuevo los intereses ocultos jugaron en su contra. «Cuando era el turno de determinadas deportistas que teníamos opciones de ganar, nos ponían el aire acondicionado –con las estadounidenses y las canadienses lo apagaban– y era imposible ejecutar un ejercicio de cinta de aquella manera. Fue el minuto y medio más largo de mi vida», lamenta Bobo, que advierte que de todas aquellas frustraciones, aprendió.
Tras aquel hito, Marta cursó el COU e hizo la selectividad y en el 85 se llevó una nueva decepción cuando no la dejaron participar en individuales en el campeonato del mundo de Valladolid.
«Allí (Toronto) sentí un reconocimiento absoluto; cursé INEF y también me formé como jueza, entrené al equipo nacional canadiense y fue una experiencia fantástica que disfruté mucho»
Pero cuando el Gobierno canadiense invitó a la gimnasta a hacer unas exhibiciones en Toronto, una ventana se abrió en medio de aquella niebla y fue el inicio de una nueva etapa en la vida de la gimnasta. «Lo que iba a ser un mes se convirtieron en cinco años. Allí sentí un reconocimiento absoluto; cursé INEF y también me formé como jueza, entrené al equipo nacional canadiense y fue una experiencia fantástica que disfruté mucho», describe.

Marta Bobo en Toronto en 1986 / Cedida
Marta regresaba a Ourense las navidades y los veranos, pero la morriña seguí ahí, por lo que cuando el gobierno de Fraga le ofreció en 1990 la posibilidad de retornar para desarrollar un proyecto con la Federación Gallega de Gimnasia de alto rendimiento, Marta no lo dudó. «El proyecto era muy interesante y ambicioso. Me recorrí toda Galicia seleccionando gimnastas, pero necesitábamos un coreógrafo, un fisio… y no había financiación suficiente ni para que las niñas vinieran los fines de semana a Ourense. Decidí replanteármelo y volver a Canadá, pero entonces me ofrecieron un puesto en la facultad de Ciencias del Deporte de A Coruña y acepté», resume.
Marta imparte Expresión corporal y danza, una asignatura con la que retoma esa parte artística del deporte que ella tan bien conoce. «Algunos alumnos, sobre todo chicos, vienen al principio con miedo, pero la gran mayoría sienten luego que les ayuda mucho en su vida cotidiana, lo que para mí es una enorme satisfacción», afirma la docente, que compagina las clases con diversas investigaciones y entrenamientos.
En A Coruña, Marta encontró su puerto también en el amor. «Durante los años de duro entrenamiento ni nos planteábamos tener novio, era imposible», ríe. Cuando conoció a Alberto, ingeniero de telecomunicaciones, la cosa fue diferente y pronto nacieron sus dos hijas: Candela y Paula, que tienen ahora 20 y 18 años respectivamente.

Marta Bobo con su marido Alberto y su hija Paula y Candela en 2023 / Cedida
Para facilitar la conciliación, ambas acompañaban desde muy pequeñas a su madre a entrenamientos y campeonatos, por lo que no fue extraño que pronto dieran sus primeros pasos sobre el tapiz. «Yo nunca forcé nada. De hecho, sabía que la losa de ser ‘hijas de’ iba a ser dura e injusta, por eso intenté protegerlas y que hicieran otras cosas, pero al final la pasión está ahí», explica Marta. Paula finalmente se encaminó hacia la natación, pero Candela, que cursa INEF, se alzó la temporada pasada como subcampeona de España de gimnasia rítmica y cuenta con el asesoramiento en la parte coreográfica de su madre. «No es nada fácil esta relación, pero hemos aprendido mucho juntas», afirma la progenitora.
Marta ha vivido muchos años sin tiempo para ella misma por lo que ahora, a pesar de sus muchas tareas, sus prioridades han cambiado. «Cada día reservo una hora para pasear con Alberto y una semana al año para disfrutar del esquí. Y los fines de semana me encanta salir a cenar o a tomar algo con los amigos», concluye.
Las pioneras: Agnes Keleti, la gimnasta que escapó del Holocausto

Ágnes Keleti entrenando a una alumna en el Instituto Wingate de Israel, en 1960 / FDV
Agnes Keleti (1921–2025) fue una de las grandes pioneras de la gimnasia artística femenina y una figura histórica del deporte mundial. Nacida en Budapest, pronto se interesó por los deportes y con 19 años logró su primer triunfo nacional. Su trayectoria se vio frenada por las leyes nazis, que prohibían la participación en disciplinas deportivas a personas de origen judío. Sobrevivió al Holocausto escondiéndose bajo una identidad falsa, mientras su padre moría en Auschwitz.
Tras la guerra, Keleti prosiguió con su sueño y estudió en la Facultad de Educación Física mientras encadenaba triunfos. Ganó 10 medallas olímpicas, cinco de oro, en los Juegos de Helsinki 1952 y Melbourne 1956, convirtiéndose en la gimnasta olímpica más laureada de todos los tiempos. Logró su último oro cumplidos los 35 años. Se retiró poco después, pero se mantuvo ligada al mundo de la gimnasia como entrenadora. Falleció a punto de cumplir los 104 años.
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