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Entrevista | Mª Luisa Ferrerós Psicóloga infanto-juvenil

«Fallamos en que los padres no escuchan a sus hijos adolescentes»

«Los chicos suelen venir a consulta con un autodiagnóstico que se han hecho por lo que han visto en redes sociales, donde encuentran mucha información sin contrastar»

Mª Luisa Ferrerós estará el próximo viernes 16 en Club FARO.

Mª Luisa Ferrerós estará el próximo viernes 16 en Club FARO. / EPI

Psicóloga infanto-juvenil, especializada en neuropsicología y psicología forense, María Luisa Ferrerós se dirige a los lectores más jóvenes en su libro «Ahuyenta tus fantasmas» (editorial Boldletters), donde aborda temas de salud mental y las alteraciones más importantes que suelen darse durante la adolescencia, ofreciéndoles claves para identificar y rebajar la ansiedad, las fobias, el TOC y los trastornos de conducta alimentarios. La experta intervendrá en una charla coloquio en Club FARO el próximo viernes 16 de enero a partir de las 20 horas en el salón de actos del museo MARCO (entrada libre y gratuita hasta completar aforo).

– ¿Cuáles son los principales ‘fantasmas’ que acechan la salud mental de los preadolescentes y adolescentes?

– La depresión, la ansiedad, sobre todo –el ataque de pánico es muy frecuente–, los trastornos obsesivos compulsivos (TOC) y los problemas de distorsión de imagen física real, que incluyen los trastornos de comportamiento alimentario, son los cuatro grandes puntos con los que vienen los pacientes adolescentes. Muchas veces ya no los traen los padres, sino que ya son los hijos los que piden ir al psicólogo.

– ¿Qué reto le ha supuesto dirigirse en su último libro a un público infantojuvenil y a la vez a padres y educadores?

–Traté de explicar las cosas con un lenguaje más asequible, fácil y no alarmante; sobre todo el reto era encontrar trucos, juegos, estrategias y pautas para ayudar, para que identifiquen si se deben preocupar o no cuando se encuentran ante algunas situaciones y que sepan qué hacer ante signos de alarma. Últimamente como todos los chicos googlean mucho, vienen a la consulta diagnosticándose ellos mismos, te dicen ‘tengo TOC’ o ‘me pasa esto’, porque lo han visto en las redes, donde se encuentran mucha información no contrastada, que es lo que sí le ofrecemos en este libro. El objetivo también es que entiendan como normales cierto tipo de situaciones, porque los adolescentes se suelen asustar mucho y enseguida piensan que tienen un problema de salud mental. Esto les sucede mucho con el TOC, hay una serie de conductas que podemos conocer como manías o rituales que entran dentro de la normalidad y se convierten en algo patológico cuando se dan una serie de circunstancias. Ser excesivamente ordenado o tener muchas manías no es nada patológico, lo es si se dan una serie de condicionantes que te impiden hacer una vida normal.

– Las cifras de la OMS indican que una de cada cinco personas entre 10 y 19 años en Europa y Estados Unidos padece algún tipo de trastorno mental. Esta incidencia parece cuando menos preocupante, ¿a qué debemos atribuirla?

– Estos trastornos han aumentado muchísimo a raíz de la pandemia, porque esa población en torno a esas edades estuvo confinada cuando tenían entre 10 y 15 años, con muchas restricciones sociales, sin poder aprender el lenguaje no verbal, porque teníamos la mascarilla puesta, y contactando solo, en muchas ocasiones, a través de las redes sociales. Eso le ha impactado mucho a esa generación en su capacidad para comprender el lenguaje no verbal y establecer relaciones, y ha derivado en problemas de relación con su imagen porque las imágenes que han visto han sido totalmente distorsionadas a través de las redes, es decir no tienen nada que ver con la realidad. Vienen muchísimas chicas, sobre todo, y también chicos a edades muy tempranas (12, 13 ,14 años) con problemas con su físico, cuando antes eso se producía a partir de los 20 años. Vienen diciendo: «Yo quiero ser como ese avatar», sin distinguir que es irreal, y eso les produce muchísimo dolor, muchísimas inseguridades y muchísimos complejos. Eso se debe al confinamiento durante la pandemia y al crecimiento tremendo de las redes sociales que hace que las relaciones sociales de esta juventud sean totalmente virtuales. Muchas veces están cara a cara en clase sin hablarse y luego se pasan tres horas comunicándose por la noche con el Instagram y el TikTok. Ahí se producen muchísimos problemas porque ellos se sienten protegidos detrás de las pantallas y se inventan cosas que no son reales.

– Aboga por mantener conversaciones con ellos sobre salud mental, ¿considera que cada vez es menos un tema tabú entre la población juvenil?

– A la vez que ha impactado negativamente esta realidad virtual en la que viven ahora nuestros jóvenes, también es verdad que muchos referentes de la juventud han hablado en redes sociales de sus problemas de salud mental y esto ha ido muy bien para que muchos chicos pidan ir al psicólogo, porque han visto que su ídolo favorito explica que tiene un terapeuta, que igual que va al gimnasio para que su cuerpo esté perfecto, también tiene un psicólogo para trabajar su mente. Eso ha hecho que la salud mental, que tenía aquella connotación peyorativa, haya pasado a formar parte del autocuidado.

– María Jesús Álava, una referente en la psicología infantojuvenil, afirma que hemos fracasado en la educación de nuestros jóvenes al sobreprotegerlos y no incidir lo suficiente en la cultura del esfuerzo, ¿concuerda?

– Sí claro. Hubo un momento en el que se habló de los traumas de los niños, entonces como ningún padre quiere traumatizar a su hijo se pasó a la cultura de llevarlos en algodones, de que parece que los padres tengamos que salvar a nuestros hijos de todo y que tengamos que ser como monitores de tiempo libre de nuestros hijos, quienes tienen que hacer cosas siempre. Esto ha hecho que los niños no toleren la frustración normal de que la vida no es apretar un botón y te sale lo que tú quieres, que es la manera en que están educados estos niños: piden algo y se les da. Eso hace que cuando ya no les puedes dar todo, porque no puedes comprar sus amistades ni su primera novia, las frustraciones les afectan el triple porque no han hecho un aprendizaje en la tolerancia y la frustración de una manera progresiva dentro de un entorno familiar, con cariño pero diciéndole que no puede tener tres bambas, que con una es suficiente. Parece que no le podemos decir que no nunca al niño porque se traumatiza y no es verdad, los niños no se traumatizan porque sus padres les digan: «Esto ahora no toca», sino que aprenden a tolerar la frustración y se enfocan no solo a lo que desean sino a lo que tienen. El problema es que no vivimos la vida real del momento: estamos enfocados siempre a lo virtual, a lo que deseo, a lo que no existe. Luego cuando quieren estudiar algo y no pueden, no le cogen en un equipo de fútbol o en un trabajo sienten unas frustraciones a las que no están acostumbrados y les entran unos ataques de pánico y ansiedad que no saben gestionar.

– Nosotros también fuimos adolescentes y sentimos frustraciones, ¿qué teníamos los de nuestra generación que ellos no tienen?

– A nosotros no nos lo daban todo y teníamos una cultura del esfuerzo. Si el profesor te reñía o te ponía un castigo, los padres normalmente apoyaban al profesor. Ahora el profesor casi no puede decir nada porque el padre se alinea con el hijo. Hay un problema muy grande a la hora de imponer disciplina, límites y esfuerzo. La nueva generación de padres son tipo helicóptero, sobrevuelan todo el día encima de los niños, les controlan todo, los tienen monitorizados con el GPS, con el móvil y hasta con geolocalizadores en las zapatillas de los más pequeños. De esa forma los padres tienen sensación de controlar a los niños, pero no les están educando. No les están diciendo ‘no’ porque temen el enfado del niño y realmente son ellos los que no toleran la frustración de su hijo.

– Solemos echarle la culpa a las redes sociales. ¿Eludimos nuestra responsabillidad como adultos o realmente son un factor tan determinante?

– Es un factor muy determinante, pero los padres tenemos la responsabilidad de limitarles el acceso a las redes sociales. Hemos de tener claro que los niños pueden tener móvil, pero no acceso a internet hasta que tienen 14 o 15 años y podemos enseñarles a saber cómo gestionarlo. Estamos teniendo niños con 8 o 9 años con perfil de Instagram y de TikTok. Muchas veces los padres no les compran el móvil a su hijo pero le ponen un perfil de Instagram en el móvil del padre. Y eso es igual de peligroso o más, porque en el móvil del padre no tienen límite de nada.

– Llevamos décadas hablando de la importancia de la educación emocional y cada vez son más frecuentes los talleres y charlas en los centros educativos sobre estos temas y otros como el ‘bullying’, el acoso sexual o el suicidio. ¿En qué estamos fallando?

– Estamos fallando en que los padres no estamos. La educación emocional en el colegio es limitada, el problema es que en casa no se habla, no se escucha, las familias viven juntas, pero cada uno está con sus pantallas y ni ven una serie juntos. Uno de los ejercicios que les pongo a muchas familias es precisamente hacer una ronda con un cronómetro de 5 minutos en los que habla cada uno y es escuchado por todos los demás. Hay muchos niños de 10, 11 y 12 años que no saben a qué se dedican sus padres y éstos no tienen ni idea de quiénes son los amigos de sus hijos ni a qué juegan. Hay que crear los momentos para poder tener confidencias con tu hijo; cuando ya son adolescentes y no les acompañas al colegio, lo has de buscar en casa, aprovechar la hora de cenar, ver una película juntos y luego comentarla, jugar a algún juego de la Play o de la Wii con ellos para interactuar y que se expliquen. Lo que no puedes hacer es preguntarle «dime, ¿qué has hecho hoy?», porque te van a decir «bien», «no», «sí». Has de explicar tú algo que te haya pasado en el día para crear así una oportunidad para poder hablar y escuchar a tus hijos y no solo sermonearles. En consulta los niños piden muchas veces sesiones con sus padres porque no se sienten escuchados por ellos y cuando esto ocurre buscan a sus compañeros, que están igual que ellos y no les pueden ayudar en muchas cosas.

– La reciente serie «Adolescencia» ha dado mucho que hablar sobre la complejidad del entorno en que crecen ahora los chavales. El protagonista vivía en un mundo realmente desconocido por sus padres, ¿esto es así por lo que ha podido constatar?

– Es así. Lo decía el padre en el último capítulo: «Yo estaba la mar de tranquilo porque mi hijo estaba en casa, en su habitación jugando a juegos», pero no sabía a qué juegos jugaba, qué hacía en la habitación, ni hablaba con él. Hay esa falsa sensación de control por tener al hijo monitoreado cuando realmente no sabes qué le pasa por su cabeza.

– En su libro habla de un botiquín de emergencias emocional que debe llevar el adolescente, ¿cómo se construye, a grandes rasgos, y qué lleva?

– Aparte de tener criterio propio y cuestionar todo lo que vea, debe saber, por ejemplo, que la ansiedad es un recurso natural, un GPS que indica cuando algo va mal y que se puede aprender a rebajar con estrategias que tenemos a nivel corporal, como puede ser la respiración pausada. O por ejemplo, cuando tengo pensamientos recurrentes, los apunto en un papel, los escribo, me los dejo como si fueran mi memoria externa, donde los controlo yo y ellos no me controlan a mí. Lo más importante es que el niño tenga sensación de que él puede controlar todas estas cosas y tiene recursos para saber qué hacer en cada una de las situaciones.

– En un anterior libro habla de la importancia de la alimentación, ¿qué papel cumple en la salud mental a esas edades?

– Es fundamental la conexión entre intestino y cerebro; como bien sabemos, los niños no nacen con la corteza gris ya hecha, sino que ha de ir madurando, al igual que el estómago y el resto de órganos del cuerpo. Para la madurez del sistema neurológico, de la conexión intestino-cerebro, que es la que regula los transmisores de las emociones, necesitamos nutrientes de alta calidad. Si no los tenemos, todas esas partes neurológicas no se consolidan. Hemos visto que niños que se alimentan exclusivamente de ultraprocesados y azúcar no consiguen madurar todas estas estructuras neuronales y por lo tanto tienen comportamientos mucho más infantiles, con muchísimas más rabietas, más pataletas, con falta de control de la ira… Su cerebro en general, tanto la parte cognitiva como la emocional no maduran y por lo tanto en la adolescencia vemos que tienen límites ya que sus estructuras neurológicas de aprendizaje no se han formado. Hay que comer comida real, sobre todo son muy importantes las proteínas de alta calidad y sobre todo el pescado azul, los omega 3, los omega 6, las vitaminas B12, el magnesio y el zinc.

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