Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Buceo en pecios: inmersión en la historia de la ría de Vigo

Amantes del buceo se sumergen en la apasionante historia marítima de la ría viguesa y contemplan las especies que proliferan alrededor de los restos de los buques hundidos

Rafa López

Rafa López

El diccionario de la Real Academia Española define «pecio» como «pedazo o fragmento de la nave que ha naufragado», y los fondos del mar de Vigo están repletos de ellos. Todos hemos oído hablar de los galeones de Rande, tan legendarios y codiciados como inaccesibles. A los que peinan canas les sonará el Polycommander, el petrolero que naufragó en 1970 cerca de las Cíes y que dejó restos de chapapote en las playas viguesas durante años. Ni los pecios de la batalla de Rande (1702) ni el Polycommander pueden visitarse, pero sí otros restos de naufragios menos conocidos. Estos pecios ofrecen un entorno ideal para los amantes del buceo, que se sumergen en la rica historia marítima de la ría viguesa y contemplan las especies que proliferan alrededor de los restos de estos buques.

«Mucha gente me dice: ‘tú buceas, pero, ¿se ve algo ahí abajo?’ Claro –les cuento–, se ven un montón de cosas. Vigo es una ciudad costera, pero el buceo es un gran desconocido», afirma Marcos Cabeza Irisarri (Vigo, 1972) que lleva 25 años buceando en la ría de Vigo y viaja a paraísos del buceo como Micronesia, Maldivas, Galápagos o el Mar Rojo. Miembro del club Buceo Islas Cíes, con sede en Bouzas (Vigo), fue introducido en esta afición por su tío José Irisarri Castro, buzo experto y consumado documentalista: su canal de YouTube, con más de 80 vídeos y cerca de 4.000 suscriptores, es una referencia para los amantes de la vida submarina. Fue cofundador de la Semana de Cine Submarino de Vigo y en 2024 fue premiado en el Ciclo Internacional de Cine Submarino de San Sebastián por su cortometraje «Islas Cíes: Biodiversidad amenazada». El vínculo familiar de Marcos Cabeza con el buceo no termina ahí, ya que su prima Jade Irisarri, hija de José Irisarri, bióloga de profesión, es también una consumada buceadora.

Las aguas de la ría de Vigo, que carecen de la claridad de las caribeñas, guardan numerosos misterios. Los datos que albergan páginas web sobre buceo ayudan a situar los pecios, a veces con coordenadas. Para identificarlos, explica Marcos Cabeza, «encuentras alguna chapita con el nombre, o la campana del barco, que también lo tiene, o bien, por investigaciones que haces en internet puedes deducir que ese es tal o cual barco; antes era todo muy complicado».

Marcos y sus compañeros del club Buceo Islas Cíes han visitado prácticamente todos los pecios de la ría identificados. «Sabemos dónde están, a una profundidad máxima de unos 50 metros, que es la máxima a la que bajamos y además es la profundidad máxima de la ría –detalla–. Los que no hemos encontrado sabemos que existen, pero no hemos sido capaces de localizarlos», precisa.

La ría de Vigo aún guarda misterios bajo el agua

Marta G. Brea

Además de al buceo, Marcos Cabeza –que trabaja en el Centro Tecnológico de Automoción de Galicia (CTAG)– ha dedicado su ocio en los últimos años a recabar datos sobre los pecios en la ría de Vigo. Explica que hasta la década de 1920 los buques eran de vapor con motor de triple expansión, el mismo tipo de motor que llevaba el Titanic, pero más pequeño. «Eran barcos que maniobraban muy mal, tenían solo una hélice y cualquier temporal de escasa potencia los ponía en dificultades».

Otro factor que aumentaba la peligrosidad de la ría hace más de un siglo era la ausencia de señalización adecuada. El peligro estaba más en las proximidades de la tierra que mar adentro. «La ría no estaba bien cartografiada y los buques navegaban a ciegas, sin saber que estaban encima de unos riscos. Incluso trasatlánticos enormes para la época naufragaron por falta de señalización», destaca el experto en temática marítima Francisco Díaz Guerrero, colaborador de FARO y autor del libro «Naufraxios no mar de Vigo» (Xerais, 2002). «Al final de la I Guerra Mundial empezaron a poner faros y a mejorar la señalización marítima», añade este experto.

Díaz Guerrero recuerda que los dos naufragios más luctuosos del siglo XX fueron los del congelador Marbel y el pesquero Ave del Mar, ambos en Cíes. El primero, en 1978, se saldó con 27 víctimas mortales, mientras que en el segundo, en 1956, perecieron 26 personas. Ninguno de ellos figura entre los pecios visitados por los buceadores. Tampoco los buques noruegos S.S. Aslaug y T.H. Skogland, ambos hundidos al oeste de Monteferro (Nigrán) en los años 20 del siglo pasado: no han sido descubiertos en el lecho marino.

El experto en temas marítimos añade otros naufragios relevantes, como el del Southern Cross, un trasatlántico que se hundió tras encallar en los bajos de A Borneira, en Cangas, en la Nochebuena de 1909. Las crónicas refieren un fallecido. FARO se hacía eco de aquel siniestro, que quedó en la memoria colectiva de los habitantes de O Morrazo durante muchos años: «Difícil de explicar. Dícese que el faro de A Borneira estaba apagado a la hora del choque y que desde el Southern confundieron la luz roja de un buque con la del faro, y la torre de éste con el aparejo de un velero, acercándose por ello más a tierra, hasta que tropezó con las rocas quedando sobre ellas».

Otro crucero, el Highland Pride, se hundió en los farallones de Baiona, al pie de las islas Estelas, en 1929. «Eran trasatlánticos que hacían la ruta de América, pero al ser grandes y dada la proximidad de la costa, sus naufragios no se saldaron con víctimas», explica Francisco Díaz Guerrero, que aporta un dato curioso sobre otro naufragio histórico ya citado: «El Polycommander lo vendieron como chatarra, pero un naviero griego lo recuperó y lo convirtió en un petrolero nuevo que siguió navegando hasta los años 80», indica.

De estos naufragios señalados, el único que ha dejado un pecio que se puede visitar buceando es el Southern Cross. El trasatlántico inglés procedía de Liverpool, Bilbao y Santander y venía a Vigo para embarcar pasajeros a Montevideo y Buenos Aires. Según los datos que facilita Marcos Cabeza, es un pecio apto para el buceo recreativo, incluso para principiantes, ya que sus restos se hallan a escasos 14 metros de profundidad cerca del faro de A Borneira, en Cangas.

Niveles de buceo

Niveles de buceo / Simón Espinosa

Naufrafio del Ivy, 1976

Otro pecio que descansa a relativamente poca profundidad (a un máximo de 24 metros) es el carguero Ivy, de cuyo naufragio se va a cumplir en unos días el medio siglo. Este buque de 216 metros de eslora y 55.000 toneladas de desplazamiento encalló el 30 de enero de 1976 cerca del faro de los islotes Serralleiras, baliza situada junto a las islas Estelas al oeste de Monteferro (Nigrán), y que marca la entrada sur de la ría de Vigo. Murieron 5 personas.

Los restos del Ivy quedaron dispersados en varios fragmentos. «Hay un trozo grande en las Estelas, que es para mí el más bonito, porque ves parte de la bodega grande y a su alrededor montañas de pirita, un mineral de hierro que llevaba», refiere Marcos Cabeza. La pirita, llamada el «oro de los tontos» por su engañosa semejanza con el preciado metal dorado, era parte de la carga de este mineralero de bandera liberiana que procedía de Brasil y se dirigía a Vigo para reparar una avería en una bodega. A su alrededor se pueden contemplar bancos de faneca de roca y pulpos que encuentran en las montañas de pirita, un mineral muy pesado, recovecos perfectos para ocultarse.

Noticia de FARO DE VIGO de 1976 del hundimiento del Ivy cerca de las Estelas

Noticia de FARO DE VIGO de 1976 del hundimiento del Ivy cerca de las Estelas / FDV

Investigadores han documentado que este pecio ha formado un arrecife colonizado por numerosos moluscos, holoturias, estrellas de mar y nudibranquios, así como una gran cantidad de esponjas e incluso un tipo de coral blando llamado mano de muerto (Alcyonium digitatum), así como bancos de fanecas, lubinas y otros peces.

No próxima a los restos de este buque, sino en otra zona, Marcos Cabeza, su tío José Irisarri y su prima Jade Irisarri encontraron la enorme ancla del Ivy.

El pecio que se encuentra más entero y probablemente el más visitado es un pesquero contemporáneo, un palangrero llamado Achondo, hundido en 1986. Sus restos se encuentran frente a Monteferro. «Tocó unos bajos en el faro de Serralleiras, en las islas Estelas, y se fue a pique. El fondo de arena está a 39 metros y el barco está apoyado en unas rocas, ladeado», explica Marcos Cabeza, que sugiere que a este pecio podría no quedarle mucho tiempo, ya que se está deshaciendo: «Recientemente el mar de fondo, junto con la corrosión, lo partió, le arrancó la proa y la volteó».

A mayor profundidad, unos 50 metros, se encuentra el Mar de Marín, pesquero hundido en 2014 al noroeste del faro de Serralleiras, entre las Cíes y Monteferro. Está casi intacto, salvo los previsibles efectos de la corrosión, pero visitarlo requiere una titulación más avanzada de buceo técnico. Colisionó con la propa de un mercante, el Baltic Breeze, lo que provocó el hundimiento y la muerte de 5 tripulantes.

No fue la única tragedia vinculada a este barco: el instructor de buceo Alexis Macía falleció dos años después, en 2016, durante un descenso a ese mismo pecio. Estaba al frente, precisamente, de la empresa Buceo Islas Cíes y era considerado pionero en Galicia de una modalidad específica de buceo técnico que permite permanecer mucho tiempo en el fondo apoyándose en un sistema de circuito cerrado de gas respirable.

Dentro del pecio del “Mar de Marín”

Iñaki Ferreiro (Buceo Islas Cíes)

Los riesgos del buceo en pecios y la formación

La muerte de Alexis, compañero de buceo y amigo del colegio de Marcos Cabeza, es un duro recordatorio de los peligros que puede entrañar el mar, incluso para los buzos más experimentados. Cabeza subraya que el buceo exige primero, respeto; y segundo, formación. «Hay cursos de buceo en pecios que te dicen lo que tienes que hacer y lo que no. Yo, por ejemplo, buceé en cuevas en el interior, en O Courel, y dije que nunca más», confiesa. El buceo en pecios, al igual que en cuevas, puede ser peligroso: «Puede ser que, por tu aleteo, o por tus burbujas, te caiga algo encima, o se enfangue todo, que no veas nada y te quedes enganchado. Dentro del pecio no te vale la brújula. Hay que hacerlo de forma guiada. Siempre que he entrado en pecios en los viajes ha sido con un guía. Y aun así, asusta. No puedes entrar con un hilo guía, porque se te puede enganchar o cortar. Es conveniente llevar dos linternas, por ejemplo, o incluso dos ordenadores. Son una serie de cosas que te enseñan en los cursos. Bucear es formación. No es como conducir, que sacas el carnet y al día siguiente puedes ir a 120 por hora. Bucear no es sacarse el curso, que son cuatro inmersiones en el mar y cuatro días de teoría, y de inmediato bucear en solitario a 40 metros de profundidad. No lo hagas, porque vas a morir».

«Bucear no es sacarse el curso, que son cuatro inmersiones en el mar y cuatro días de teoría, y de inmediato bucear en solitario a 40 metros de profundidad. No lo hagas, porque vas a morir»

Marcos Cabeza es un buceador certificado en equipos de circuito abierto y circuito cerrado (CCR) con más de 700 inmersiones a sus espaldas. Desde hace unos años, él y sus compañeros bucean con los citados equipos CCR que no desprenden burbujas, reciclan su propio gas y utilizan mezclas técnicas para descender más allá de 40 metros sin que les afecte la narcosis de las profundidades, la intoxicación por nitrógeno.

Además de la formación y la seguridad, otra regla de oro de los buceadores en pecios es el respeto escrupuloso a la naturaleza y a los restos arqueológicos. Marcos Cabeza cuenta que cuando bucea en Cíes con su prima, doctora en Biología, además de obtener los permisos necesarios, aprovechan para retirar desperdicios que encuentran. «Una vez, hace 2 o 3 veranos, saqué una bota de plástico de marinero, de esas que no se pudren nunca. Debía de llevar unos cuantos años enterrada. La cogí bajo el agua, le sacudí toda la arena por dentro para no llevarme ningún bichito y tirarla en Bouzas al llegar. Para mi sorpresa, un rato después salió un micropulpito. Desde entonces tenemos ese dilema, si quitar o no basura en las Cíes, porque, sin querer, le fastidiamos la vida a ese pequeño pulpo. Al final se lo dimos al CSIC, que estaba investigando la alimentación de las crías de pulpo», comenta.

El vigués Marcos Cabeza, entre restos del buque Ivy

El vigués Marcos Cabeza, entre restos del buque Ivy / Fernando Francisco Rodríguez

En cuanto a los restos arqueológicos, se han hallado balas antiguas de cañón en la isla sur de Cíes. No hay rastro de los galeones de la batalla de Rande, quizá porque la madera de sus cascos, que quedaron a baja profundidad, fue aprovechada por los vecinos, y porque los fondos del estrecho son tan fangosos que las numerosas expediciones internacionales que los han buscado, como la de John S. Potter Jr. (años 50 del siglo pasado), se fueron de vacío.

Durante la pandemia, Marcos Cabeza comenzó a bucear, esta vez en internet, para recopilar datos e historias sobre pecios en la ría de Vigo, sin más motivación que la curiosidad. Una de las leyendas que encontró fue la de los gallegos que desde la costa usaban supuestamente faroles para confundir a los barcos y así hacerlos encallar para saquearlos.

Otra historia curiosa vinculada a un pecio de la ría de Vigo es la del Itálica. Fue el barco que llevó a la Dama de Elche de Alicante a Marsella en 1897, después de que esta joya arqueológica fuera vendida a Francia para ser exhibida en el Louvre. El Itálica naufragó el 11 de enero de 1922 a la salida del puerto de Vigo por una vía de agua al tocar el bajo de los Biduidos, en Cíes. El pecio del Itálica está situado al noroeste de la Illa de Monteagudo, a unos 60 metros de profundidad. «Contacté con un catedrático de Alicante, el mayor experto en la Dama de Elche, y le dije: ‘que sepas que nosotros encontramos el Itálica hace unos años y que estamos buceando en él’. Le envié lo que sabíamos nosotros y quedó encantado».

Marcos Cabeza Irisarri no descarta publicar sus historias de pecios de la ría de Vigo, una forma diferente de sumergirse en la historia sin ponerse el traje de neopreno. Y es que, como dice Francisco Díaz Guerrero, el mar de la ría de Vigo, mucho más turbio que el del Caribe, oculta numerosos misterios en los que merece la pena profundizar.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents