Mujeres fuera de serie
La guardiana del gallego
Rosario Álvarez ha dedicado décadas a estudiar, enseñar y fortalecer la lengua gallega. Coautora de gramáticas esenciales y pieza clave en el Atlas Lingüístico Galego, es académica desde 2003 y la primera mujer en presidir el Consello da Cultura Galega, donde impulsa una gestión abierta y participativa

Rosario Álvarez, en el Consello da Cultura Galega, en Santiago. / Xoán Álvarez
Cuando Rosario era una niña, en su barrio de la calle Real de Pontevedra, en la escuela y en su casa se hablaba castellano. Como en la mayoría de las casas de las urbes gallegas. Siguió siendo el idioma oficial cuando pasó al instituto y también después, en la universidad. Sin embargo, el amor por la lengua y la cultura autóctonas estaban, sin duda, dentro de ella –en gran parte gracias a sus abuelos, con los que pasaba mucho tiempo en su casa de Poio– y solo necesitaba que llegara el momento adecuado para darle rienda suelta y comprometerse de todas las formas posibles.
Rosario Álvarez lleva toda una vida defendiendo y promocionando la lengua y la cultura gallegas. Primero, desde la redacción de algunas de las más importantes gramáticas del gallego y otros materiales esenciales, con los que se instruyeron varias generaciones. También como docente e investigadora y, desde 2003, aportando todos sus conocimientos dentro de la Real Academia Galega. Y, además, desde 2018 como presidenta del Consello da Cultura Galega, siendo la primera mujer en acceder a este cargo.
Rosario tiene un recuerdo «extraordinario» de su infancia en Pontevedra, donde nació en 1952. «Era un microcosmos moi familiar, con moi bos veciños e un ambiente de comunidade no que me sentín sempre moi feliz», describe. Sus padres eran tintoreiros, y tenían un taller propio y servicio de planchado. La tercera de cuatro hermanos, asegura que sus progenitores «amaban a cultura e confiaban moito no poder da educación». Sus hijos correspondieron a su esfuerzo y, destaca Rosario, «todos fomos bos estudantes».
Recuerda con especial cariño a su profesorado que, tanto en el colegio como en el instituto, la marcó. «Sempre fun unha persoa con múltiples intereses, e sígoo sendo, polo que adoraba as matemáticas e as ciencias naturais pero tamén as artes e, por suposto, as letras», cuenta. Asegura que el dibujo era una de sus grandes pasiones pero, en el momento de elegir carrera, «animada pola miña paixón polo grego», finalmente optó por la Filología Románica.
«Deseguido descubrín que a filoloxía era un mundo apaixonante e vin claro que o meu horizonte estaba na lingua e a cultura galegas»
En 1969 comenzó sus estudios en la Universidade de Santiago. «Gocei moito eses anos e como estaba preto, volvía as fins de semana e en vacacións a casa, así que non foi nada dramático o cambio», asegura. Y muy pronto se dio cuenta de que su elección había sido acertada. «Deseguido descubrín que a filoloxía era un mundo apaixonante e vin claro que o meu horizonte estaba na lingua e a cultura galegas».
Pero el compromiso de Rosario con el gallego había comenzado a fraguarse antes, cuando cursaba bachillerato. «Animada pola nosa profesora, María Victoria Moreno, buscabamos lecturas en galego e empezamos a tomar conciencia e a animarnos a dar novos pasos», relata.
En la facultad, aquel movimiento comenzaba a ser más activo, y Rosario, que realizó su tesis sobre el pronombre personal en gallego, no dudó en defenderla –«como non podía ser doutra forma»– en gallego, siendo una de las primeras de la facultad en hacerlo. «Sabiamos que Ferrín pedira uns anos antes permiso para isto mesmo e negáronllo, así que uns compañeiros e eu decidimos optar pola política de feitos consumados, pero non era un salto sen rede, xa era o ano 1980 e as cousas estaban a cambiar a ritmo acelerado e contabamos co apoio dos directores das teses e dos compañeiros», explica.
«O meu maior premio foi a corrente de afecto que tiven cos meus alumnos, moitos dos cales son hoxe en día amigos meus»
Rosario compaginó durante muchos años su labor como docente en la universidad con la investigación. «Son docente vocacional; o ensino encheu a miña vida e satisfíxome enormemente; o meu maior premio foi a corrente de afecto que tiven cos meus alumnos, moitos dos cales son hoxe en día amigos meus».
Se considera una «afortunada» ya que disfrutó también mucho de la investigación, que siempre asumió «en equipo». Junto con Francisco Fernández Rei y Manuel González, Rosario elaboró el llamado Atlas Lingüístico Gallego viajando durante tres años –entre 1974 y 1976– por toda Galicia para conocer de primera mano las distintas formas del habla gallega. «Foi unha experiencia tanto profesional como humana fantástica. Aprendín moitísimo e coñecín a persoas que me ensinaron traballos, formas de facer propias do rural galego, que nunca podería coñecer. Levabamos un cuestionario de máis de 4.000 preguntas sobre morfoloxía, verbos, léxico, etc. E cada un iamos por unha zona diferente ata cubrir nada menos que 167 puntos de todo o territorio», describe.
Además de ese valioso estudio, que sirvió para conocer la riqueza de la variación geográfica del gallego moderno, la catedrática es coautora de dos de las principales gramáticas del gallego e investigadora principal del equipo redactor de la gramática de la Real Academia Galega.
«As mulleres seguimos tendo a dificultade engadida de ter que demostrar continuamente o que valemos»
Asegura que, como investigadora, «tiven a sorte de traballar sempre en equipos cunha mentalidade aberta e progresista en todos os sentidos». Nunca sintió minusvalorado su trabajo por el hecho de ser mujer, aunque sí admite que «as mulleres seguimos tendo a dificultade engadida de ter que demostrar continuamente o que valemos».
En 2003, ingresó en la Real Academia Galega. Era la cuarta mujer en acceder a esta institución tras Luz Pozo, Xohana Torres y Olga Gallego. «Non era algo estraño nin diferente respecto a o que ocorría noutras academias e institucións naquel momento; ningunha era paritaria, tampouco agora, pero fixéronse moitos avances», considera.
De nuevo volvió a romper un techo de cristal al convertirse en 2018 en la primera mujer en presidir el Consello da Cultura Galega, en el que finaliza próximamente su segundo mandato, una institución que tiene como misión la defensa y la promoción de los valores culturales del pueblo gallego.
«Gústame traballar confiando sempre en que os outros fan o que é debido e iso funciona moi ben»
Su gerencia se ha caracterizado por ser muy participativa, no presidencialista. «Gústame traballar confiando sempre en que os outros fan o que é debido e iso funciona moi ben», advierte. En estos años, además, la presencia femenina en la institución no ha parado de crecer. En estos momentos en la Comisión Ejecutiva son cinco personas y tres de ellas son mujeres y la coordinación de las seis secciones temáticas están todas ellas lideradas por mujeres. «Non estamos obsesionados pola paridade, pero si preocupados pola presenza feminina», aclara.
Entre las vivencias que más ha disfrutado en estos últimos años, la investigadora destaca a las personas y colectivos que se han cruzado en su camino en los múltiples proyectos desarrollados. «Descubrín a moitísima xente por todo o territorio que fan grandes cousas por puro compromiso coa nosa lingua e a nosa cultura e iso dáme moita confianza no futuro. Ademais, confío inmensamente na capacidade da mocidade que, lonxe do que pensan algúns, vexo que traballan con enorme entusiasmo e creatividade pola lingua», enfatiza.
Ella es madre de tres hijos, Brais, Irina y Daniel que, de distintas formas, están también vinculados a la cultura gallega.
Cuando se jubile, Rosario adelanta que seguirá vinculada a la investigación y comprometida con «o que necesiten de min», pero también desea dedicar más tiempo a su familia y, sobre todo, a sus cinco nietos. «Non busco grandes cousas, simplemente facelas con máis calma e ser dona absoluta do meu tempo», concluye la presidenta.
Las pioneras: María Moliner, comprometida de la A a la Z

María Moliner / FDV
María Moliner (1900–1981) fue una de esas figuras que trabajan en silencio y acaban dejando una huella gigantesca. Nacida en Zaragoza y formada en la Residencia de Estudiantes, se convirtió en una de las bibliotecarias más brillantes y modernas de su tiempo. Impulsó proyectos de lectura pública durante la República, convencida de que los libros podían cambiar la vida de cualquiera, no solo de las élites.
Pero su gran obra llegó después: el Diccionario de uso del español, redactado en su casa, a mano, durante más de quince años, mientras conciliaba familia y trabajo. Concebido como una herramienta práctica, clara y pensada para hablantes reales, revolucionó la lexicografía del español por su enfoque accesible y profundamente humano.
A pesar de no ingresar en la RAE, su diccionario alcanzó un prestigio indiscutible y hoy sigue siendo referencia.
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