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Entrevista | Moncho Borrajo Cómico, dramaturgo, pintor y escritor

«Ahora ves a un monologuista y sabes enseguida de qué partido es»

«Siempre he estado contra el poder establecido. Y así me ha ido: nunca me ayudó la derecha ni la izquierda», asegura el polifacético cómico ourensano-vigués, recién retirado de los escenarios después de 53 años sobre las tablas

Moncho Borrajo, en la librería viguesa Librouro, donde presentó «Aquella farándula».

Moncho Borrajo, en la librería viguesa Librouro, donde presentó «Aquella farándula». / Pablo Hernández Gamarra

Rafa López

Rafa López

Él mismo reconoce que el problema de quienes lo entrevistan no es sonsacarle las respuestas, sino poner un límite a todo lo que habla. Aunque Moncho Borrajo (Baños de Molgas, Ourense, 1949) se ha retirado de los escenarios, tiene mucho que contar, ya que mantiene su faceta de pintor (a la que le animaba Laxeiro) y escritor. Esta semana, el polifacético cómico ourensano-vigués ha estado en Galicia presentando su novela «Aquella farándula». Presume de una relación de respeto mutuo con la prensa, con una única excepción: «Una vez, un gilipollas me preguntó hace muchos años en Cádiz en una rueda de prensa: ‘Moncho Borrajo, ¿es usted maricón?’. Así, de golpe. Y le contesté: ‘Debe de ser cierto, porque ayer estuve con su padre’».

–¿Qué le decidió a retirarse hace unos meses, tras 53 años sobre las tablas?

–Varias cosas. Murió Mari Carmen, la de los muñecos, que vivía cuatro casas más abajo. A los tres meses murió Arévalo. Y al mes siguiente me caí al cruzar una calle mojada, me abrí la cabeza y me pusieron 17 puntos. A los 75 años, una caída ya no es ninguna broma. Me dije: «Moncho, te están avisando, para ya». Siempre he tenido una mentalidad muy joven, pero tu cuerpo no tiene la edad de tu cerebro. Me hicieron un test de cociente intelectual y me salió 140, pero de nada vale si bajas unas escaleras sin mirar, como si tuvieras 20 años. Y, sobre todo, me influyó el ambiente social de enfrentamiento.

–Explíquese.

–Estábamos tan tranquilos y de repente vuelven los «rojos» y los «fachas». Cuentas un chiste de mujeres: eres machista; uno de homosexuales: homófobo. Una señora me riñó por hacer una broma sobre homosexuales y le dije: «Señora, que yo lo soy». Y luego está la moda del insulto: confundir mala educación con ingenio. Cela me decía: «Un taco bien dicho refuerza la frase», pero ahora cualquier broma la interpretan como ataque. Una anécdota: en un teatro había un chico en silla de ruedas que siempre se sentaba en un lateral de la primera fila. Le dije: «que sea la última vez que te multan por ir a más de 120», y todo el mundo rio, menos una señora que gritó: «¡Se está metiendo con un minusválido!». Le dije: «Señora, la que está enferma es usted». El humor depende de quién te lo dice, cómo y dónde. Hay quien te dice «buenos días» con cara de gilipollas y lo mandarías a la mierda; y quien te suelta «¡qué pasa, cabrón, maricón, cuánto tiempo!» y no te está ofendiendo. Ya no hay discrepancia sana: o piensas como yo, o eres un rojo de mierda o un facha.

–Tiene una obra llamada «Madre mía. ¡Cómo está España!», título muy vigente…

–La hice hace diez años. Ya avisaba. Cada vez hablo menos en Twitter, porque esta política no es de derechas o izquierdas: es de descontrol, robar por robar. Hemos llegado a un punto en el que al político no se le exige que cumpla lo que dice. Es el colmo. Y la corrupción, cuando no es el PSOE es el PP. Si dices que les falta clase a los políticos ya eres clasista. Ves a un monologuista y sabes enseguida de qué partido es, porque todas las bromas son en contra del PP o en contra del PSOE.

–¿El cómico debe estar siempre contra el poder?

–Para mí, sí. Siempre he estado contra el poder establecido. Y así me ha ido: nunca me ayudó ni la derecha ni la izquierda, pero me da igual. Mis chistes son de prepotentes y nuevos ricos, no de un obrero que le acaban de despedir o un autónomo. Me meto con los pijos de Sangenjo o los de Bayona, no con los que van a Samil. En mi ensayo «El opúsculo Borrajo» digo que el humor es arma y medicina. Es arma del débil contra el poderoso: lo que más molesta a un ególatra es que te rías de él. Y medicina para ti mismo. Antes los políticos iban al teatro y se reían. Yo me metía mucho con Paco Vázquez y él me decía: «¿Ves los votos que me das?» [risas]. He visto a Carrillo y a Fraga, juntos en una mesa, viéndome actuar en Madrid. Ahora los políticos no van al teatro porque apagan la luz y la gente no los ve, y eso no lo soportan.

–¿Su novela tiene personajes que son trasuntos de personas reales?

–Sí, pero no son retratos directos. Manuel Vicent dice que «la literatura es memoria e imaginación». Yo he vivido la farándula desde los 80: cambiándome entre cajas de cerveza y saliendo al escenario lleno de lentejuelas. La novela une a dos personajes: un cómico al que van a dar un premio y que pierde la memoria tras un golpe, y una actriz que llegó a la capital dispuesta a todo por triunfar. A ella la encuentran muerta y congelada junto a la Gran Vía; una policía reconstruye su vida. Él, con ayuda de su mánager y su mujer, intenta recordar quién es. Es la trastienda de la fama. Dicen que se lee fácil porque escribo como hablo, sin palabras grandilocuentes.

Portada de la novela Aquella Farándula de Moncho Borrajo

Portada de la novela Aquella Farándula de Moncho Borrajo / Jákara Editores

–El lenguaje es sencillo.

–Sí, no quiero que el lector vaya al diccionario cada cinco páginas. Escribo para entretener, no para ganar premios. Además, si no eres Ken Follett no ganas un duro, te dan dos euros por libro. Uno escribe para disfrutar. Y cuando terminas, a ver qué pasa. A diferencia del teatro, aquí no hay una reacción inmediata. Pero estoy recibiendo mensajes muy bonitos: uno me dijo que casi se divorcia porque eran las 2.30 de la madrugada y seguía leyendo. Los dos protagonistas están hechos con retales de mucha gente. Raúl Sender, que escribió el prólogo, decía: «A alguno he conocido yo».

–Habla de la soledad, que la compara con una prostituta…

–Es que hay dos soledades. La impuesta: la traición, estar rodeado y sentirte solo. Cuando no he estado de acuerdo con los gobiernos que estaban en el poder, no aparecía en los periódicos. Como no te pueden atacar porque el público te quiere, te silencian. Y ese silencio es de una crueldad terrible, es una soledad que es una puta, porque te jode la vida. Luego está la soledad elegida, la que tú optas por tener cuando eres famoso e intentas tener amigos que no tienen nada que ver con la farándula, amigos con los que no tienes que ir de traje y corbata todo el día y que no miran qué marca de reloj llevas. A los que se fijan les contesto: «Tengo un Casio, no voy a dejar un Rolex en un camerino, idiota».

–En su estado de WhatsApp dice estar «en el camino y sin mochilas».

–He tenido varias mochilas: traiciones económicas, de amistad, de pareja... Y también gente que pretende que cargues con sus problemas. Tuve una depresión fuerte en 2016, nueve meses muy duros, personales y económicos. Nunca he permitido que entren en mi vida privada. Mi primer representante, Chufo Lloréns, me dijo: «Hay cosas que se hacen gratis y otras ni cobrando». Yo nunca cobré por ir a la tele, y por eso nunca me obligaron a hacer el payaso. En eso he sido muy gallego. Si quieres que te haga reír, vas al teatro y pagas.

–«A vaquiña, polo que vale».

–Tuve que aprender a perdonar para no quedarme yo con la mierda. Uno tiene que sacarse sus propias castañas. Tengo amigos maravillosos, y supongo que recojo lo bueno que he sembrado. Hace poco unos amigos me dijeron: «Moncho, deberías dar conferencias sobre la vida». Estoy escribiendo un libro que se llama «Paseos por la niebla», de subtítulo «Reflexiones de un idiota». Una de ellas es que qué pena que no nos enseñen a decir queno, ni a asumir que nos vamos a morir. Betty Davis decía que la vejez es para valientes, y más cuando ahora cierta juventud desprecia a los viejos.

–El edadismo.

–Sí, es terrible. Pero tengo esperanza en la gente joven. Lo que pasa es que los engañan, como nos engañaron a todos. Yo fui muy rojo; ahora soy rosa pálido. Hay un dicho: «Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece». Hace más ruido un idiota quemando un contenedor que cientos de chavales estudiando fuera y trabajando de camareros para pagarse los estudios.

VIGO. PRESENTACION LIBRO MONCHO BORRAJO. LIBROURO

Moncho Borrajo, en la librería viguesa Librouro, donde presentó «Aquella farándula». / Pablo Hernández Gamarra

–Decían algunos profesores religiosos de los Maristas de Vigo que usted interrumpía la clase con ocurrencias y hacía reír a todos. ¿Era así?

-Sí. Un hermano marista llamó a mi madre porque decía que, aunque era muy aplicado, si una mosca entraba en clase y yo la veía, ya nadie atendía la lección, porque todos estaban pendientes de cómo Moncho describía el vuelo de la mosca [risas]. Siempre fui gracioso. Tuve gafas desde los 7 años y probé con todos los deportes, pero nada. Mi venganza era pintar el mejor cartel del colegio o escribir la mejor poesía a la Virgen del Pilar. Y sí, era amanerado, nunca lo negué. Un día uno me dijo «¡maricón!» y le respondí: «¡psicólogo!». Y se acabó el cachondeo [risas].

«De niño era amanerado, pero siempre me sentí querido, y no había “bullying” como ahora. Si un hermano marista veía que alguien se ensañaba con un niño, le caía un coscorrón»

–¿Ser un niño amanerado le dio problemas en los Maristas?

–No, siempre me sentí querido, y no había bullying como ahora. Si un hermano marista veía que alguien se ensañaba con un niño, le caía un coscorrón. Yo sabía que era distinto, pero no me afectaba: pensaba «no me entienden», y seguía. El ingenio ayuda mucho. Tengo una anécdota preciosa: yo estaba en el colegio mayor, con mis depresiones y mi homosexualidad, que en aquella época no estaba tan definida, tuve novia… Una noche bajé al salón de actos con la guitarra y me puse a cantar en la oscuridad. Encendieron la luz y estaba medio colegio mayor en pijama escuchándome. Casi me eché a llorar.

–Nunca ha hecho bandera de su homosexualidad.

–Nunca llevé pulseritas ni banderas. La homosexualidad es algo individual: si tú no la asumes, da igual que la asuman los demás. Me parece bien que exista Chueca, pero es un gueto. Nunca tuve armario; tuve cómoda [risas].

–¿Ser católico y homosexual le ha supuesto un conflicto?

-Sí, claro. Soy cristiano, pero la pirámide eclesiástica no me convence. He leído mucho la Biblia. Fui de comunión diaria. El año que viene seré pregonero de la Virgen de Fátima en Málaga. Soy muy mariano, herencia de los maristas. Pero también rebelde: un día unté los pies de un Cristo con ajo en la capilla. El hermano marista preguntó: «¿Quién untó los pies del Cristo con ajo?». Y toda la clase respondió: «¡Borrajo!», ¡que encima rimaba, coño!

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