Mujeres fuera de serie
Rosa Fontaíña, la mujer que tejió un lugar seguro frente al maltrato
Rosa Fontaíña, fundadora de la Rede de Mulleres Veciñais contra os Malos Tratos de Vigo, dedicó casi tres décadas a acompañar a miles de mujeres en situaciones límite. Recién jubilada, necesita desacelerar y disfrutar de su familia y de pequeños placeres, como cuidar la huerta, pero nunca abandonará del todo la lucha que marcó su vida

Rosa Fontaíña, en el puerto deportivo de Vigo. / Marta G. Brea
Rosa acaba de jubilarse, pero sigue muy pendiente de cómo marchan las cosas en la sede de la Rede de Mulleres Veciñais contra os Malos Tratos de Vigo. Tras fundar ella misma hace casi 30 años este proyecto y haber dedicado días (y noches) a ayudar a miles de víctimas, le resulta muy complicado pasar de golpe a dedicarse a su familia y otros quehaceres que se relacionan con esta nueva etapa como la huerta o el cine. O, más difícil aún, a ella misma.
Rosa Fontaíña (Cotobade, 1950) es una «histórica» del movimiento vecinal vigués y también de la lucha contra la violencia de género. Su vocación de ayuda, asegura, le viene de su madre, una modista que «siempre estaba dispuesta a echar una mano a los que la rodeaban, una mujer dulce, paciente y muy trabajadora».
Rosa es la penúltima de diez hermanos, cinco varones y cinco mujeres. Se crio en Cotobade, pero cuando tenía 10 años la familia se instaló en Vigo. «Mi madre era todo cariño y nos enseñó a las chicas a coser, aunque yo nunca fui muy buena», recuerda. Su padre, carpintero y ebanista, «era más duro y exigente». Con sus hermanos mayores lamenta Rosa que, por la diferencia de edad, apenas coincidió en casa. «Varios de ellos emigraron a Brasil, a Suiza, Palma de Mallorca, Barcelona, Canadá…». Pero Rosa quería quedarse en Galicia.
«Yo era una niña alegre y juguetona, bastante rebelde, y pronto me tuve que responsabilizar de bastantes cosas». Eligió el camino que más le gustaba y que su madre le había abierto: «Ella siempre decía que lo más importante del mundo son las personas».
Terminó el Bachillerato y, aunque deseaba ir a la universidad, por sus responsabilidades cotidianas tuvo que optar por los estudios a distancia y trabajar durante unos años en el textil.
En 1973, con 24 años, se casó con el diseñador y pintor Xosé Francisco Chao y la familia pronto creció con los dos hijos que tuvieron –José Francisco y María Luisa– lo que movió a Rosa, además, a adentrarse en otro tipo de asociaciones: las escolares. «Mi marido ayudaba mucho, sin él no me habría sido posible implicarme en tantas cosas», comenta.
Su primer contacto con el movimiento vecinal fue a principios de los años 80 en Lavadores, donde residía la familia. «Me enteré de que necesitaban gente para organizar actividades y en seguida me apunté», dice.
Más tarde se integró en la Federación de Asociaciones de Vecinos. «Yo tenía la ilusión de poner mi granito de arena para conseguir un mundo mejor, no solo en el tema de la mujer, sino en todos los ámbitos», cuenta. Así, comenzó a trabajar desde lo cercano. «Cuando empezamos, ni siquiera había alcantarillado en este barrio, así que había mucho que hacer, pero además me fui formando en temas de integración, bienestar social e incluso cultivos biológicos», apunta.
La actitud, las ideas y el activismo de Fontaíña destacaron desde el principio y, de manera natural, pasó a formar parte de la junta directiva de la asociación.
El siguiente paso fue asumir diversas vocalías de la Mujer en la Confederación Española de Mujeres, que ejerció como voluntaria durante ocho años y con las que viajó por toda España. «En Madrid se presentaban muchos proyectos e ideas y luego yo trataba de aplicarlos en Vigo. Aprendí muchísimo esos años. Cuando empezó el tema de la discriminación positiva sacamos adelante un montón de actividades que iban desde formación en cultura general a apoyo a mujeres emprendedoras; fue toda una revolución», considera.
Fueron años, recuerda Rosa, de mucho trabajo, ya que tenía que compaginar estas tareas, por las que además no cobraba, sin descuidar a su familia. «En los movimientos vecinales somos las mujeres las que más trabajamos, eso es una realidad, aunque decirlo me haya creado problemas», afirma.

Fontaíña, con dos de sus hermanos. Ella, a la derecha con bolso. / FDV
Ese trabajo constante en el ámbito de la mujer llevó a Rosa a crear, hace 28 años, la Rede de Mulleres Veciñais contra os Malos Tratos de Vigo, una asociación sin ánimo de lucro centrada en el acompañamiento integral a mujeres en procesos de violencia, así como en la formación en género y en la concienciación, prevención y denuncia social. «En 1997 la violencia de género se puso en primer plano en el debate social y comenzaron a contabilizar los casos de mujeres asesinadas. Era algo terrible, veíamos también que las sentencias eran muy diferentes para hombres y mujeres, y queríamos hacer algo», explica.
La Rede viguesa fue la primera de estas características que se creó en España y, tras ella, Fontaíña ampliaría la experiencia en otras localidades gallegas.
En este proceso, la viguesa confiesa que se encontró con las críticas de algunas personas incluso, en alguna ocasión, con amenazas, «pero a mí no me afectaban, al contrario, me daban impulso; siempre me ha ayudado mi carácter un poco kamikaze», destaca.
Para que echara a andar este proyecto, lo primero fue la formación de mujeres para que realizaran ese acompañamiento a las víctimas. «Trabajamos mucho con las vocalías de la mujer federadas que había en ese momento en Vigo», explica. Y, con ellas, comenzó la necesaria labor de concienciación y sensibilización para que las mujeres que lo necesitaban dieran el paso de acercarse a ellas. «Hicimos mucha publicidad en las calles, en centros comerciales… Tengo que agradecer la confianza que aquellas primeras mujeres pusieron en nosotras», afirma.
Rosa comenzó trabajando sola en este proyecto, sin contar durante el primer año ni siquiera con un local y atendiendo a las mujeres en casas particulares o en reservados de cafeterías. «También iba mucho a los juzgados, a dar charlas a distintos colectivos, a los institutos… pero casi lo más agotador era conseguir los apoyos políticos necesarios ya que, en aquellos años, era muy difícil que apoyaran causas de este tipo», advierte, al tiempo que agradece que sí contó desde el principio con el altavoz de los medios de comunicación, sobre todo de FARO.

Presentando la Rede en Vigo, junto a cargos de la Confederación Española de Mujeres. / FDV
Por fin, en 2003, pudieron contratar a una psicóloga clínica y así comenzaron a realizar las terapias grupales con las mujeres que, asegura Rosa, «dieron muy buenos resultados. Llegaban con un tremendo sentimiento de culpabilidad y aquí las enseñamos a quererse y valorarse y las orientábamos sobre los pasos que podían dar. Me atrevo a decir que el 95% de las mujeres que pasaron durante estos años por la Rede, salieron adelante», describe.
La activista trató de no llevar nunca a casa las historias dramáticas de las mujeres a las que acompañaban, pero confiesa que el estrés iba calando irremediablemente en ella. «Esta es una labor sin horario ni días libres y en 2019 tuve una soriasis artrítica provocada por todo ello, aunque yo seguía yendo de voluntaria a la Rede con muletas; era mi elección», reflexiona.
En los últimos meses, Fontaíña sufrió nuevos problemas de salud y decidió que había llegado el momento de «desacelerar». Rosa ha dejado la asociación en buen estado, aunque la enorme labor que realizan siempre precisa de más medios. Solo el último año, atendieron a más de 3.000 mujeres y tienen en marcha numerosas actividades y formaciones. En estos momentos, la asociación cuenta con una abogada, dos psicólogas y una técnica administrativa.
«En la asamblea de la asociación fui avisando de que me iba. Ya no tengo las responsabilidades del día a día, aunque si necesitan que eche una mano en algo, ahí estoy», sonríe. El pasado mes de septiembre sus compañeros le rindieron un merecido homenaje por tantos años de lucha.
Ahora, la viguesa pretende dedicar más tiempo a su huerto, «que es una terapia buenísima», y participar en las actividades sociales que le interesen. Eso le va de serie, no se puede renunciar a lo que es uno mismo.
Las pioneras: la primera victoria contra la violencia de género

Busto de Francisca de Pedraza, junto al pleito matrimonial de divorcio. / FDV
En la Alcalá de Henares del siglo XVII, Francisca de Pedraza se convirtió, sin proponérselo, en un símbolo pionero contra la violencia machista. Tras casarse con Jerónimo de Jaras, sufrió años de malos tratos físicos y psicológicos. La sociedad y la justicia de la época tendían a mirar hacia otro lado –el matrimonio era «indisoluble»–, pero Francisca se negó a aceptar su destino.
Entre 1614 y 1624 presentó varias denuncias ante autoridades civiles y eclesiásticas. Todas fueron desestimadas hasta que decidió acudir a la Universidad de Alcalá, que entonces tenía poder jurídico. El rector y jurista Álvaro de Ayala le dio la razón: anuló el matrimonio y ordenó protección frente a su agresor. Su victoria fue un hito histórico y no volvió a suceder algo similar hasta bien avanzado el siglo XX.
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