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50 años de la muerte de Franco

¿Dónde estabas tú cuando murió Franco?

Preguntamos a once gallegos destacados en diversos ámbitos de la vida política y social cómo vivieron el día del fallecimiento del dictador. La incertidumbre por la posible continuidad del régimen, el temor a reacciones radicales y las celebraciones en bares marcaron la jornada

Así vivieron once personalidades gallegas el fin de la dictadura.

Así vivieron once personalidades gallegas el fin de la dictadura. / FDV

«Españoles, Franco ha muerto», manifestaba a las 10 de la mañana del 20 de noviembre de 1975 en TVE un compungido Carlos Arias Navarro. La noticia del fallecimiento del dictador, que ya circulaba por medios de comunicación de todo mundo desde que la agencia Europa Press envió un teletipo a la 4.58 de la madrugada, era la crónica de una muerte anunciada por los acuciantes problemas de salud que el autócrata arrastraba desde el verano de 1974 y que le habían obligado a guardar cama en sus últimas semanas de vida.

Las reacciones de los ciudadanos ese día fueron dispares y se movieron desde el regocijo de unos hasta el llanto de los más afectos al régimen, pasando por el temor sobre el futuro de una dictadura que aún seguía viva, la esperanza de que se establecería un sistema democrático, la incertidumbre y la cautela.

Así nos lo describen las once personas de diferentes ámbitos de la sociedad, la cultura y la política gallega a las que les hemos preguntado en este reportaje cómo vivieron ese día histórico, dónde se encontraban y qué supuso para ellos la noticia.

Del llanto al champán

Ana Míguez, pionera en el feminismo gallego y español, trabajaba en el grupo de empresas Álvarez de Vigo y aún no militaba en ningún movimiento sociopolítico. Ese día había quedado a las doce del mediodía para tomar un café con Pilar, la esposa del nuevo director de la fábrica, pues el matrimonio hacía poco que había llegado de Madrid y no tenía amistades en Vigo. «Subí a su casa, me abre la puerta la chica y me la encuentro en el salón aspirando y llorando como una magdalena. Me decía: ‘Ha muerto Franco, ¡qué desgracia!, ¿qué va a ser de este país?’. Eso para mí fue impactante. Era una mujer joven, aunque yo sabía que era de derechas, pero no me imaginaba esa reacción». Ese día no hubo café.

La feminista Ana Míguez.

La feminista Ana Míguez / Marta G. Brea

Ya al atardecer, Míguez quedó con unos amigos en el bar Oya, donde brindaron con champán, ante el temor del propietario a que irrumpiese la policía por el jolgorio que estaban montando diferentes grupos de clientes, entre los que se encontraba el pintor lalinense José Otero Abeledo, Laxeiro, junto a otros artistas. «En ese momento no pensábamos qué vendría después, solo celebrábamos que había muerto el dictador y eso era para nosotros una alegría; la tragedia era que había muerto en la cama», relata Ana Míguez.

En recuerdo a Baena

Antón Reixa estudiaba Filología en la universidad y colaboraba con organizaciones del nacionalismo gallego de izquierdas. «Fun a un supermercado da rúa Pizarro, en Vigo, comprei champán e celebreino co poeta Alfonso Pexegueiro», relata. En su mente estaba el desánimo sufrido dos meses antes por el fusilamiento de dos vigueses, Xosé Luis Sánchez Bravo y Humberto Baena, a quien Reixa conocía personalmente. «Traballou unha época como camareiro na cervexería Laurel, na rúa Teófilo Llorente, e recordo brindar con el en decembro de 1973 cando foi o atentado contra Carrero Blanco», relata.

El escritor, músico y cineasta Antón Reixa.

El escritor, músico y cineasta Antón Reixa. / Jesús Prieto

«O que veu despois da morte de Franco foi decepcionante para persoas coma min que estabamos en posicións máis rupturistas. Cada mes que pasaba había unha renuncia máis e todo acabou na monarquía parlamentaria que coñecemos», continúa Reixa.

Crespones negros

El escritor y editor Bieito Ledo había llegado a Vigo en julio de 1975 desde Madrid, donde tras licenciarse en Filosofía por la Universidad Complutense, había ejercido de profesor en un colegio privado. Estaba adecentando el pequeño local que había comprado en las galerías de Príncipe para montar su librería, Ir indo, que esperaba inaugurar en diciembre, y compartía piso con un amigo en la calle Torrecedeira. «Escoitei a noticia da morte de Franco en Casa Rouco, a ‘Capilla Sixtina da Gastronomía’, que están nestes momentos a tirar no Barrio do Cura. Alí comiamos un grupo de profesores, catedráticos de instituto e da escola de empresariais, e de viaxantes. Ao día seguinte marchei cun amigo que vira de Madrid a visitar Baiona, A Guarda e Tui, onde me estrañou que a vila estaba abarrotada de bandeiras con crespóns negros, a pesar da represión coa que fora castigada e da que a familia Álvarez Blázquez tería moito que dicir, pero foi capital da diocese e estaba moi influenciada pola Igrexa». Para Ledo, «a morte de Franco foi unha liberación e unha esperanza cara ao futuro».

Cierta Euforia

El psiquiatra Cipriano Jiménez

El psiquiatra Cipriano Jiménez / Marta G. Brea

El psiquiatra Cipriano Jiménez frecuentaba desde su llegada a Vigo en 1974 las tabernas Bayona y Riojana, en las que concurría una clientela variopinta entre la que se encontraban grupos de intelectuales, escritores y poetas. En esta última, ubicada en la calle Gamboa, el tema de la muerte de Franco figuraba en las conversaciones de las últimas semanas que mantenían las pandillas que se citaban al atardecer en las mesas de madera con bancos corridos tomándose tazas de vino. «Había comentarios case tódolos días de se 'Franco está moi grave, seguramente morra hoxe ou mañá, que vai pasar despois...'. E chegou o día 20, reunímonos un grupo de amigos que non estabamos tristes nin moito menos, máis ben había unha certa euforia. Algúns dos que estaban na taberna, onde non se paraba de servir viño, abrazábanse. A morte de Franco daba unha posibilidade de que as cousas ían cambiar, como así foi, aínda que non se sabía como se reconduciría a situación», narra.

«Muertos de miedo»

La exjueza y política Dolores Galovart.

La exjueza y política Dolores Galovart. / Marta G. Brea

Para la jueza y política Dolores Galovart el ambiente no fue de celebración. «Recuerdo estar con unos amigos cenando en un bar y muertos de miedo hablando de lo que iba a pasar. Como estábamos organizados en partidos de la izquierda antifranquista, no sabíamos si iban a venir a por nosotros y si tendríamos que escaparnos a Portugal», relata. Y es que, según señala la exdiputada socialista y actual Valedora do Cidadán de Vigo, «la muerte de Franco no significaba el fin de la dictadura, porque Arias Navarro hizo de sucesor», así que «estábamos muy pendientes de la radio, a la expectativa de que cayera el régimen, con un poco de temor y mucha cautela por ver lo que pasaba».

Sin jolgorio ni tristeza

El primer rector de la Universidad de Vigo, Luis Espada, se disponía a dar clases en la Escuela Politécnica de Cataluña, en Barcelona, cuando le anunciaron que se suspendía la actividad lectiva por la muerte del dictador. «A eso de las 9 de la mañana me fui a la Plaza de Cataluña para ver el ambiente. No vi ni jolgorio ni tristeza. Había muchas cámaras de televisión, creo que hacían preguntas a los paseantes, algunos no decían nada y otros exclamaban frases como ‘Me quedé huérfano’. A continuación me volví para casa, en Tarragona, donde vivía con mi mujer, que estaba haciendo la especialidad médica en Cataluña. Así lo viví yo. Supongo que habría gente que lo estaría celebrando y otra gente no. Ten en cuenta que yo viví en Ferrol y vi las grandes huelgas de los astilleros», relata. Y es que a uno de los sindicalistas muertos por disparos de la policía en el año 72 lo abatieron enfrente de casa de su madre, quien lo presenció y se lo contó. «Si alguien tenía algo que decir se lo guardaba en su interior», manifiesta.

Luis Espada, primer rector de la Universidade de Vigo.

Luis Espada, primer rector de la Universidade de Vigo. / Pablo Hernández Gamarra

Relata también el ingeniero químico que a raíz de la muerte de Franco se decretó que los funcionarios llevaran corbata negra durante los días que durase el luto. «En aquel momento se llevaban los jerséis de cuello alto, que venían muy bien para impedir llevar corbata. Vi al director de la escuela con uno de esos», cuenta Espada, quien a modo de anécdota señala un detalle curioso: «En el último consejo de ministros que se celebró en el pazo de Meirás en el verano de 1975 se aprobaron las cuatro grandes ingenierías industriales», una de ellas la Escuela Superior de Ingeniería Industrial de Vigo, donde el 20 de octubre de 1976 comenzaron las clases, siendo Luis Espada el primer profesor de la recién creada carrera.

Un momento histórico

El jurista, político y exministro vigués durante el gobierno de Adolfo Suárez José Manuel Otero Novas ejercía como abogado del Estado en Madrid en 1975 cuando se enteró de la muerte de Franco por una llamada a las 5 de la mañana que le hacía un amigo que ya conocía de su etapa trabajando en la delegación de Hacienda de Lugo. «Me levanté inmediatamente con la convicción de que estábamos viviendo un momento histórico, un momento de posible comienzo de un sistema democrático, lo cual en ese sentido era positivo», expresa.

En aquellos años Otero Novas ejercía una oposición moderada al franquismo desde el Grupo Tácito. «Trabajábamos por la democracia futura pero digamos que no fuimos ningunos héroes. Exactamente el mes antes de la muerte de Franco tuvimos que pasar por el tribunal de Orden Público sin mayores problemas», relata.

El exministro Otero Novas.

El exministro Otero Novas. / FDV

Partidario del cambio de régimen y consciente de que ello dependía de que falleciera el dictador, que ya había decidido no marcharse, Otero Novas había seguido con interés la evolución de la enfermedad de Franco. «Aquellos meses de octubre y noviembre iba con mi mujer por la noche al pueblo de El Pardo y nos tomábamos unas copas frente al palacio, donde iba mucha gente expectante de si Franco se moría; no es que yo lo desease, pero se daba esa circunstancia».

Una vez ocurrido el fallecimiento del dictador, «he de decir que tuve una cierta decepción al ver lo que pasaba en Madrid con el cadáver de Franco, la cantidad de gente que hacía cola por las calles para ir a visitar su cuerpo en el Palacio Real», confiesa.

Colas en las calles de Madrid para visitar la capilla ardiente de Franco.

Colas en las calles de Madrid para visitar la capilla ardiente de Franco. / FDV

«Pasado el tiempo, cuando uno se pone a ver las cosas con mayor distancia e imparcialidad no cabe pensar que el régimen de la dictadura se mantuviera 40 años sin tener una parte importante del pueblo español que lo apoyara, había quien lo apoyaba con entusiasmo y había quien simplemente decía ‘está bien, ¿qué otra cosa podemos hacer?’. No voy a decir que la mitad de España estaba con Franco y la mitad en contra, pues esos números nadie los puede hacer y yo desde luego no me atrevo, pero había una parte importante de España que desde luego le tenía, si no afecto, respeto a Franco».

Integrante de la Asociación Católica de Propagandistas, germen del actual CEU (Centro de Estudios Universitarios), del cual sigue siendo miembro del patronato de su fundación, Otero Novas comenzó a trabajar en la política a la muerte de Franco, primero como director general de Política Interior con Manuel Fraga Iribarne, y más adelante con el presidente Adolfo Suárez, del que fue secretario técnico desde julio de 1976 hasta julio de 1977 –el año en que tuvo más capacidad de mando, aunque desde una posición discreta–, ministro de la Presidencia entre 1977 y 1979 y ministro de Educación desde 1979 a 1980.

Temor a ser fusilado

El escritor y académico Xosé Luis Méndez Ferrín.

El escritor y académico Xosé Luis Méndez Ferrín. / Ricardo Grobas

«Entereime pola tele, era algo que estaba esperando todo o mundo», comenta el escritor y académico gallego Xosé Luis Méndez Ferrín, quien en esa época estaba al frente de su cátedra de Lengua y Literatura en el Instituto Santa Irene de Vigo. «A nosa teima era que houbera un golpe da dereita e nos fusilaran en 24 horas a toda a esquerda, pero non ocorreu; non recordo ter celebrado nada, acordeime de Humberto Baena e Moncho Reboiras, dous rapaces alumnos do instituto aos que fusilaron uns meses antes», expresa Méndez Ferrín.

Noticia anticipada

La cineasta Margarida Ledo.

La cineasta Margarida Ledo. / Jose Lores

Margarita Ledo, cineasta y periodista, la primera decana de la facultad de Periodismo de la Universidad de Santiago de Compostela, estaba exiliada en Oporto, donde trabajaba de lectora de gallego en la Universidade de Letras desde que abandonó España al pesar sobre ella una orden de caza y captura por difusión de propaganda antifranquista. «O día antes da morte de Franco estaba agardando o autobús para ir á facultade á hora da merenda e na parada comentaron que a radio portuguesa dixera que Franco morrera. Lembro a unha señora que non me coñecía de nada que mirou para min e me dixo: ‘Xa o podes celebrar, meninha, xa podes volver’. Logo desmentiuse a noticia pero foi cuestión de horas», relata Ledo. En su casa de Oporto lo comentó con sus compañeros, entre los que estaban Carmen Graña, exiliada a partir de las huelgas de 1972, y compañeros que huyeron de Galicia a raíz de la operación llevada a cabo en agosto de 1975 contra militantes de Unión do Povo Galego que supuso la muerte a tiros del activista antifranquista Moncho Reboiras en Ferrol. «As nosas primeiras conversas eran sobre a posibilidade de volver a España, eles puideron regresar antes, eu tiven que esperar a ser amnistiada en 1976».

Calma en las fábricas

El histórico sindicalista Manel Fernández era secretario jurado de empresa del astillero Hijos de J Barreras y a su vez presidente de la Unión de Trabajadores y Técnicos del Metal de la provincia de Pontevedra, cargos dentro del sindicato vertical franquista, si bien en la clandestinidad era miembro de la coordinadora de Comisiones Obreras. «Cuando Arias Navarro salió anunciando la muerte de Franco ya era la crónica de un fallecimiento anunciado. Mi tarea fundamental ese día fue contactar con todos los coordinadores que teníamos de CC OO en las empresas, en las secciones sindicales, y con los representantes de los trabajadores para transmitirles dos mensajes claros: primero, de tranquilidad, en el sentido de que no cayeran en provocaciones que pudiera haber de la ultraderecha y del régimen franquista; y segundo, de ánimo a seguir en la lucha por la libertad, la democracia, la amnistía y el estatuto de autonomía, que eran nuestras consignas. Por tanto, una vez muerto Franco, pretendíamos derrocar a la dictadura y conseguir la libertad y la democracia plenas», manifiesta Fernández.

El histórico del sindicalismo Manel Fernández.

El histórico del sindicalismo Manel Fernández. / Alba Villar

Detrás de ese mensaje había un ambiente de preocupación, pues «no sabíamos qué iba a venir en el futuro», y a la vez de sublevación: «la gente quería luchar, defender los intereses de los trabajadores y junto a ellos uníamos las reivindicaciones sociales, políticas y laborales. Franco moría en la cama, pero la libertad iba ganando día a día con un proceso de luchas en las empresas y en la calles, en las universidades y en la sociedad en su conjunto». Esas luchas, según indica Manel Fernández, tuvieron su momento álgido en las huelgas de 1972, pero en el astillero Barreras ya se habían iniciado en la segunda mitad de los años 50.

Ilusión de juventud

Antón Vidal, presidente de la editorial Galaxia, era funcionario público en Vigo el día que murió Franco. «Estaba naqueles momentos, como eu creo que a maioría da xente, expectante; loxicamente coa preocupación de futuro, pero sobre todo daquela tiñamos unha gran ilusión polo significado do cambio histórico. A miña xeración, e incluso o país, estabamos con esa ilusión de facer un país novo, un país de igualdade e un país de progreso. Despois de todo este tempo aí quedan esas preguntas que un se facía naqueles momentos de mocidade».

El presidente de la editorial Galaxia Antón Vidal.

El presidente de la editorial Galaxia Antón Vidal. / Elías Regueira

La noticia la conoció, como la gran mayoría de los españoles, en casa, y la compartió en primer momento con su esposa. Luego se produjeron las llamadas y conversaciones «con xente coa que tiña cousas en común e aínda seguimos tendo a estas alturas da vida: xente que tiña relación con Galaxia, e sobre todo naquel momento coa Fundación Penzol; eu non tiña responsabilidade militante pero tiña relación, afinidade e incluso veciñanza con amigos do Partido Galego Social Demócrata, como Alfonso Zulueta e Quico Domínguez, e mesmo con Xaime Isla, que fora compañeiro de bacharelato do meu primo. Naqueles días todo era moi confuso e falabamos con certa precaución sobre como criamos que se tiña que abordar o cambio; o prudente era reflexionar e deixar pasar tempo, e así foi, ata chegar a plena democracia».

Mi retorno a España

Por Carlos Núñez

Carlos Núñez.

Carlos Núñez. / Marta G. Brea

El día que murió el Dictador yo me encontraba en París, recién llegado de una misión en Praga, pocas horas antes de que los medios franceses dieran la noticia. Aunque ya era una muerte prevista, el impacto fue enorme en todo el mundo. Los anticipados titulares en las televisiones y periódicos europeos de tarde anunciaban la urgencia de una transición democrática en la España postfranquista, mientras acogen fríamente la llegada de un rey. Pero los servicios policiales del Régimen continuaban deteniendo a muchos dirigentes de la oposición, por lo que el Partido Comunista de España aconsejó prudencia ante el regreso al país. Noviembre del 75 no es el fin de la larga noche del franquismo.

Días más tarde entré por el País Vasco con otra documentación personal para incorporarme a Vigo, a pesar de seguir en vigor la «Orden de Busca y Captura» contra mí. En Vigo me entero de la detención pasajera de Santiago Carrillo en Madrid y de otros camaradas en el resto del país. La policía político-social de Vigo me detiene y conduce a la Comisaría de Luís Taboada y, aunque no le faltaron ganas de maltrato, la advertencia de libertad provisional del Tribunal de Orden Público me abrió de nuevo las puertas de una libertad perseguida, hasta que se firmó la Ley de Amnistía de 1977; que sí liberó a presos políticos, pero que también amnistió a quienes tenían responsabilidades de la guerra civil y la posterior violencia institucional represiva.

La España posfranquista no juzgó y digirió su pasado. Recuerdo que desde el primer minuto de la muerte de Franco iniciamos la larga lucha por una Ley de Memoria Histórica, todavía no aceptada 50 años después por quienes siguen defendiendo el viejo Régimen.

¿Yo? En Palacio, cariño, junto al apostólico difunto

Por Fernando Franco

Fernando Franco, periodista.

Fernando Franco, periodista. / Marta G. Brea

Perdonen que recurra al humor para momento tan funerario, pero la vida es rica y muchas veces paradójica, a uno le pone en situaciones nunca previstas. ¿Cómo voy a decir sino con humor que aquella noche del 23 la pasé en el Palacio Real, pegado al ínclito señor de la guerra, guardando su restos almidonados, mis ojos sobre sus pupilas cerradas y sus orificios algodonados para evitar aromas a muerto multimedicado? Aquella noche en cuarteto de cuerpos especiales, rígidos, hieráticos, guardando las cuatro esquinas de su cuerpo, armas mirando a tierra en duelo, viendo pasar de reojo colas interminables de ciudadanos, los más venidos a honrar a su caudillo, taconazo y brazo en alto; los menos para hacerle un corte de mangas virtual, ya que vivo no pudieron hacerlo ni por escrito. Y muerto allí tampoco.

Aquella noche en que se murió el invicto y a mí me coincidió en la COES de Madrid, voluntario porque allí no podía haber forzados por la quinta: por no perder el tiempo en los bares, o limpiando letrinas, o escaqueando guardias; por aprender la dureza de las cosas, por vivir la naturaleza, por dejar la levedad de los urbanitas, por aprender del dolor y del miedo y saber de la cercanía de la vida y de la muerte, porque la democracia sonaba ya en las calles y no pensaba en guerra alguna. Pero ¿quién iba a imaginar que justo se muriera él, ese cuya finitud celebraban en Vigo esa noche descorchando gaseosas mis amigos rojos, esa misma noche en que yo lo guardaba por culpa de un mandato boina verde que decidió que allí, sí, aquella noche un Franco entonces rojillo iba a guardar a otro Franco rojigualda.

Aquella noche en que vi morir a un tipo cuyo taconazo y brazo en alto se troncó por un colapso. Y yo y tres más, aquel legionario, aquel paracaidista... unos gilipollas bien armados sin mover un músculo mientras recogían a quien murió con él en un acto radical de biológica coherencia. Aquella noche en que el reclinatorio en que se arrodilló su Carmen era línea roja por si cualquier osado, ya muerto, quisiera rematar al Fundador, al Dictador Máximo, al Profeta, al Ausente.

Aquella noche fúnebre yo la pasé junto al cadáver, tras meternos en un jeep sin saber nuestro destino y llevarnos a Palacio. Me dije que no lo contaría. Ahora me da igual. La ira de los imbéciles que todo lo interpreta con simpleza me da risa.

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