Entrevista | Francisco Leiro Escultor
Paco Leiro: «Busco agradar al público y también el éxito»
El escultor cambadés conversa con FARO desde el taller donde crea sus obras

O escultor Francisco Leiro no seu taller en Cambados / Iñaki Abella
El ‘Territorio de Artista’ de Paco Leiro en Cambados es testigo de la trayectoria del que tal vez sea el escultor vivo más relevante de España. Antes era una finca donde sus bisabuelos, primero, y su abuela y su madre, después, plantaban maíz y tenían viñas. «Cuando tenía 18 años, en 1975, les pedí permiso para hacer aquí mi estudio y construí una pequeña cabaña de madera y uralita en la esquina trasera; mi abuela la llamaba el chalet», relata mientras nos muestra las dos amplias naves que han sido su taller en diferentes etapas de sus ya 50 años de carrera artística. En la planta superior está la vivienda, que también sufrió ampliaciones a medida que iba necesitando más espacio.
Durante el recorrido por el jardín, el almacén, su actual taller y una galería en una planta superior vamos descubriendo piezas escultóricas de madera, piedra y alguna de metal que reflejan el mundo creativo del artista desde que comenzó a serlo. «Cuando me aburro de la madera, trabajo en piedra o modelo en barro para hacer piezas en bronce, las menos».
«Esta es la última pieza que hice aquí», explica en la estancia que fue su estudio desde 1982 hasta que se le quedó pequeña. «Se llama ‘El décimo tercer trabajo de Hércules’, quien tuvo 12, pero éste me lo inventé yo». Es una escultura de más de cinco metros de altura hecha en un enorme tronco de castaño con una parte superior ensamblada. Representa a una figura humana portando un sofá con piernas y es una de las obras de su serie de seres mitológicos, como también lo es ‘El Tritón’, rebautizado por los vigueses como ‘El Sireno’ de la Porta do Sol, el David sentado en una sandalia gigante con gesto de frustración tras el atentado contra las Torres Gemelas, un centauro con apariencia de ratón o una Venus sobre una colchoneta de playa ante una bandeja de sushi comiéndose una almeja gigante. «Son interpretaciones irónicas que hago de la mitología, a la que trato de desacralizar», dice. Una de esas obras representa a un ser yacente con un hierro clavado en el pecho, que puede recordar a un Cristo o a una momia egipcia, salvo al ver que posee tres cabezas y que sujeta en sus manos un martillo y un puntero, símbolos de la masonería.

Varias de las esculturas que el artista tiene en su taller de Cambados. / Iñaki Abella
– ¿Puede destacar alguna pieza que sea especialmente emotiva de todas las que estamos viendo?
– Cada escultura es una historia. Soy un escultor orgánico, realmente una pieza te lleva a la otra y algunas son puntos de inflexión, marcan un cambio. Mi obra y yo somos una unidad. Mi trabajo es visceral y mi entorno me va influyendo.
Tiene esculturas relacionadas con la sociología, la política, los desastres... «Aquí están las del Prestige, las hice a partir de fotos que fui viendo del desastre, que me pilló estando en Nueva York». Se refiere a una serie de mariscadoras con capachos, guantes y mascarillas recogiendo el chapapote. «Era una época en que yo estaba dando importancia al ropaje con el pretexto de hacer volúmenes, y las ropas de aguas, de plástico, tienen unas formas geométricas que crean una serie de planos; además las mariscadoras que yo he visto desde niño se visten con harapos, con jerséis anudados a la cintura para que no se les vea nada cuando se agachan».
– ¿Qué intenta transmitir con su obra?
– Uso la figuración como lenguaje para transmitir estados anímicos y mensajes, algunos más crípticos y otros más evidentes. Me gusta dejar las obras inacabadas desde un punto de vista conceptual o incluso formalista, dejando al espectador que las remate. Hay piezas que son lo que muestran, como ‘El Nadador’ (conjunto escultórico instalado en la zona de As Avenidas de Vigo), que es un hombre dando una brazada. Otras están abiertas a la interpretación, como ‘El Sireno’, que realmente es un tritón.
– Dice que el entorno le influye y cuenta con tres estudios: éste en Cambados, uno en Madrid y un tercero en Nueva York, ¿cómo marca a su obra trabajar en cada uno de esos espacios?
– No la marca en el sentido de que haga cada pieza en un sitio, sino que en los tres lugares trabajo la misma obra. Trabajar en Cambados me encanta: estoy en mi lugar, donde tengo mis raíces y la cultura de la que soy heredero; es el sitio a que siempre he querido volver desde que me fui de jovencito a Madrid y no aguantaba más de cuatro meses. Claro que me influyen la naturaleza, las puestas de sol o la ría. Pero también soy muy urbanita y disfruto de la gran ciudad, sobre todo de Nueva York, donde me encontré un crisol de culturas que me apasionó y me sigue gustando. Me reparto entre los tres sitios: en Nueva York paso temporadas cortas, veo exposiciones, le tomo el pulso al gran escaparate y hago dibujos y maquetas previas a mi obra siguiente; es como que de allí me traigo el germen porque, al no tener estudio, estoy con la mesa limpia, desconecto de la obra que estoy haciendo en España y me pongo con el primer paso del proceso, que es el dibujo: el origen de todo esto esta en la mano, en el lápiz y en el papel. En Cambados hago la primera fase de las esculturas porque aquí tengo acopio de materiales y la maquinaria grande. Cuando junto cinco o seis piezas me las llevo a Madrid, donde suelo rematar las obras (su estudio allí está cerca de la plaza de Las Ventas).
– ¿Cómo es su proceso creativo y su disciplina de trabajo?
– La cabeza no para, voy por la calle y estoy recogiendo influencias de todo lo que veo en cada lugar, exposición o museo. Luego viene el trabajo de taller donde tengo que ponerme mis horarios, porque una cosa es la inspiración, cuando empiezas a crear una pieza, y otra es la logística del estudio, que es como una pequeña fábrica. El escultor es como el arquitecto, tiene que ver que la pieza que va a construir encaje dentro del equilibrio, la resistencia, los materiales,...
– ¿Es de los que sufren hasta que ven la obra acabada?
– Sin entrar en ese tópico del sufrimiento, sí que me angustio por si lo que estoy haciendo no da la talla, por si me estoy repitiendo o por si no estoy yendo hacia ningún sitio. La duda forma parte de esta profesión.

El artista junto a varias de sus obras en su taller de Cambados. / Iñaki Abella
– Sus piezas están por todo el mundo, ¿le inquieta perderle la pista a su obra, no saber dónde está y deshacerse del todo de ella?
– A veces hay piezas que me gustan mucho y me da pena venderlas, pero creo que todos los artistas cuando acabamos una obra lo que queremos es exponerla, comunicársela al público y que a la gente le guste. Me gusta saber que lo que he hecho le transmite algo a otra persona, esa es nuestra función. El fin no es la venta, cuando hago una exposición busco agradar y también el éxito. Hay muchos casos en que expones y el grupo de piezas que a mí más me gusta no son las que les gustan al espectador, que a lo mejor está esperando ver lo que siempre ha visto de ti, lo que ya tiene asimilado como característico tuyo. Y esas obras son las que suelen marcar un cambio; la historia del arte está llena de obras de grandes artistas que en su momento no tuvieron éxito.
En el bajo que utiliza actualmente como taller se disponen diversas piezas escultóricas de gran tamaño ya acabadas, como la enorme figura de un soldador junto a la de una compañera soldadora, la de un carnicero y la un mariscador. «Hay temáticas, como las de los trabajadores, a las que voy y vuelvo, regreso a ellas», explica. Entre las herramientas y la maquinaria eléctrica para trabajar y ensamblar la madera vemos las piezas actualmente en proceso de creación, una de ellas un tronco de cedro que ya ha comenzado a esculpir y que será un Juan Bautista, a quien «en el plateresco lo reflejaban mucho en fachadas vestido con pieles de ovejas, lo cual que me gusta para representar volúmenes», comenta.
Ya en la galería de la planta superior, una exposición de esculturas realizadas por Leiro desde los años setenta nos permiten emprender un recorrido por la cabeza del artista, comenzando por las piezas orgánicas y un tanto surrealistas de sus inicios. En un estante se disponen los dibujos y maquetas de algunas de sus obras vendidas, como las cuatro piezas de la serie sobre el Prestige de la colección de la antigua Caixa Galicia o el grupo escultórico inspirado en el capítulo 15 de ‘Don Quijote’ que le encargó el Museo Reina Sofía , una obra que recrea el apalizamiento al que someten unos arrieros al hidalgo de La Mancha.
Para esa ocasión, Leiro se releyó la obra de Miguel de Cervantes y desarrolló una especie de storyboard por capítulos. A partir de ahí se inspiró en el episodio que transcurre en Sierra Morena, cuando el protagonista decide hacer locuras en camisón en honor a su amada Dulcinea, y lo representa en dos piezas escultóricas, una haciendo el pino con los genitales al descubierto y otra sentado en una cama hospitalaria que titula ‘Don Quijote en Conxo’.
Otras piezas expuestas en esta galería pertenecen a su exposición ‘Purgatorio’, inspirada en el infierno de Dante, como la de una figura humana que lleva su casa a cuestas sobre su espalda. Algunas son de la serie ‘Operarias’, que se centra en el ropaje dejando a la figura sin rostro, y otras son puramente oníricas, como la de un hombre rana paralizado, que quiere avanzar pero no puede, como cuando en los sueños algo impide el movimiento.

Leiro en su taller de Cambados / Iñaki Abella
– ¿Alguna obra de éstas de la que nunca se desharía?
– De ‘Los tres graciosos’.
Señala un grupo escultórico de tres figuras humanas masculinas enganchadas por los brazos mostrando camaradería. Le proponemos posar con ellos y se une al trío. «Ahora seréis los cuatro graciosos».
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