Aloitadores bailando con caballos
Son herederos de una tradición ancestral que cada primavera y verano se repite en Galicia como una ceremonia litúrgica: la de enfrentarse en el foso del curro a ‘bestas’ salvajes que viven en el monte para raparlas, desparasitarlas y marcarlas con el hierro
Se criaron entre caballos salvajes aprendiendo de sus antecesores cómo tratar a las ‘bestas’ que viven en libertad en los montes. Son herederos de una tradición ancestral que cada primavera y verano se sucede en diferentes localidades gallegas, la de bajar las manadas de equinos al curro, el recinto donde se enfrentan cuerpo a cuerpo con ellos para raparles las crines, desparasitarlos y marcarlos con un hierro para luego devolverlos a su hábitat. En Mougás (Oia) el rito se celebra hoy y lo llevan a cabo los ganaderos propietarios de las reses; en Sabucedo (A Estrada) la ceremonia, el primer fin de semana de julio, se convierte en un espectáculo protagonizado por los aloitadores, una especie de gladiadores que se miden en el foso con los animales a base de maña y destreza, que no de fuerza. Hablamos en este reportaje con protagonistas de ambas tradiciones.
Mougás
«Nacín no medio dos cabalos, na familia xa tiñamos dende os meus bisavós», relata Modesto Domínguez, presidente de la Asociación de Gandeiros Serra da Groba, entidad que reúne a 87 propietarios de unas mil reses equinas salvajes que pueblan los montes de un área comprendida entre los municipios de Baiona, Oia, Gondomar, Tomiño y O Rosal.
«Facemos o curro (hacen tres al año: Mougás, Torroña y San Cibrán) por tradición e por benestar dos animais», explica Modesto, «ter cabalos salvaxes nos reporta pérdidas, levamos cartos de casa para o monte, e iso que os cabalos fan unha labor de desbroce que custaría miles de euros á administración». Y es que el costo de tener aseguradas a las reses e identificadas con un microchip ha hecho que algunos antiguos propietarios renunciaran a tener animales.

Modesto Domínguez marca a hierro a un animal en Mougás. / Marta G. Brea
Modesto tiene 86 caballos salvajes y asegura conocerlos a todos y saber dónde están. «Durante o ano as miro moitas veces, sobre todo ás eguas recén paridas no inverno porque son as que máis débiles están», comenta. Si están muy delgadas las trata en el monte durante el invierno y en ocasiones las baja a una finca para no dejarlas morir. «Sempre teñen que estar ao aire libre, se as metes nunha cuadra asústanse en non comen», indica. Además de estar pendientes de sus reses, la decena de ganaderos que suelen ir en invierno al monte, cuidan los animales de propietarios de avanzada edad que ya no pueden ocuparse de esa labor.
En primavera se celebra el curro, al que pueden asistir hasta mil personas sentadas en el anfiteatro. En la zona de Serra da Groba atan a los animales con una cuerda y les ponen un bozal para marcarles con hierro a fuego. Las crines, que antes se vendían para hacer brochas, cuerdas y otros artículos, se desechan.

Ricardo Grobas
Sabucedo
En la aldea estradense de Sabucedo la Rapa das Bestas, Fiesta de Interés Turístico Internacional, es el acontecimiento más esperado del año. Durante tres días, de viernes a lunes, se celebra una enorme fiesta cuyo principal atractivo es el ‘encuentro’ entre aloitadores y caballos en el foso del curro.
Antes de la fiesta hay que ir a buscar a los animales al monte para acorralarlos y conducirlos hasta el pueblo. «A maneira de xuntar ás bestas cambiou; antes íbamos máis a pé porque había más xente e máis cabalos no monte, estaban en gregas (manadas) de oitenta bestas, pero agora as gregas son moito más pequenas e máis difíciles de manexar, tamén porque teñen menos contacto cos gandeiros, por iso imos a buscalas en motos de trial ou a cabalo», explica Vicente Pereiras, aloitador natural de Quireza, una de las aldeas colindantes de Sabucedo. La tarea de cercar a los caballos requiere conocer sus patrones de comportamiento. «Son animais de rutina, móvense habitualmente polos mesmos carreiros para evitar que os collas, e nós xa sabemos por onde van ir cando os empuxamos», comenta.

Vicente Pereiras, a la izquierda, y Santi Obelleiro en el curro de Sabucedo. / Bernabé / Javier Lalín
Pereiras, de 41 años, comenzó con catorce a enfrentarse con caballos salvajes y no faltó ningún año a su cita con el curro hasta que una lesión de hombro lo ha apartado definitivamente. «Este ano será o segundo que non podo aloitar», expresa emocionado por no poder participar en el foso, sintiéndose como un torero o un ciclista cuando se retira, según él mismo comenta. «É moi difícil expresar o que sinto, é a festa que tes durante todo o ano; desde que tiña 14, a primeira besta de cada ano era como a primeira da túa vida, nunca sabías se ibas a estar ben físicamente, se ías a levar un golpe, se algún compañeiro mancaríase pola túa culpa; no curro pode haber 1.600 persoas entre público pero ti nin te enteras, estás ti só, pendente dos teus compañeiros e das bestas».
Pereiras habla con orgullo del método tradicional que conservan en Sabucedo para “saltar” a los caballos, intacto desde hace más de 400 años: «Van tres persoas, unha salta na cabeza primeiro para que a besta se poña en tensión e vaia pendente do que ten encima, unha segunda vai ao rabo para desestabilizala e conducila por onde queremos é unha terceira persoa se suma ao da cabeza para taparlle os ollos e impedirlle ver os movementos que se lle están facendo dende atrás». Para él esa técnica es más respetuosa con el animal, al que además, en Sabucedo, no se le marca a fuego, sino con nitrógeno líquido. «Antes cortábaselles as ourellas e deixouse de facer porque era un dano innecesario», añade.

Bernabé / Javier Lalín
De estatura baja (mide 1,65 m), Pereiras reconoce que los altos lo tienen más fácil porque consiguen mantener los pies en el suelo cuando el caballo levanta con fuerza su cabeza haciendo que el aloitador que lo sujeta ascienda y se mueva como una marioneta en el aire. «Tentamos que nos tríos haxa equilibrio de pesos e estaturas», comenta.
Manejar cuerpo a cuerpo animales salvajes de tal envergadura (pesan entre 200 y 300 kilos) es una labor peligrosa no exenta de riesgos. De eso puede dar buena cuenta Pereiras y su largo historial de lesiones. «Marchei en ambulancia varias veces para o hospital, abrinme a cabeza, disloquei o hombro, hará seis ou sete anos resbalei un día no monte e levei un golpe no mesmo brazo onde acaba de quitala venda por un esguince; entrei chorando ao médico porque era a semana antes da rapa».
De lesiones también sabe Santi Obelleiro, aloitador de 34 años. O más bien su madre, que se pasó toda la infancia de su hijo con la tarjeta sanitaria en mano. Natural de Sabucedo, donde vivió hasta que a los tres años se trasladó con su familia a Pontevedra, Obelleiro continúa con una tradición familiar que le viene de sus ancestros y espera legar a su hijo de un año, al que llevará al curro en julio para que vea de cerca las bestias y hacerse una foto con ellas. «Quero que sepa o que me gustaría que fixera nun futuro, pero nunca obligándoo; o que ten que tomar a decisión o día de mañá será él», dice.
«Poder estar dentro do curro aloitando non é comparable con nada, é estar frente a frente con cabalos salvaxes sabendo que lle vas facer un ben»
Con nueve años, su tío abuelo lo llevó a apartar potros y con trece ya se estrenó con un animal adulto. «O orgullo para mín é dicir que son de Sabucedo porque a xente xa o liga cos cabalos, coa tradición que temos e co ben que o facemos cos animais», expresa Obelleiro. «Poder estar dentro do curro aloitando non é comparable con nada, é poder estar frente a frente con cabalos salvaxes sabendo que lle vas a facer un ben a eles e ao mesmo tempo estás mantendo unha tradición», añade. Y es que la esencia de la rapa es desparasitar a los animales protegiéndoles de las garrapatas y otros parásitos que abundan en su hábitat, llevar un control del censo de los existentes y cortarles las crines por higiene y salud.
La protección de los animales les lleva también a defender la conservación de su hábitat. «Estamos intentando loitar contra os parques eólicos que hoxe en día son a maior ameaza contra eles, queremos que as bestas poidan seguir vivindo onde viviron toda a súa vida», comenta Abelleiro.
A diferencia de en Serra da Groba, donde el censo de caballos salvajes se mantiene en torno al millar y no existe problema de despoblación humana, el volumen de caballos salvajes en las inmediaciones de Sabucedo ha ido reduciéndose gradualmente en las últimas décadas, de tal manera que los aloitadores de 30 y 40 años recuerdan cuando la cifra de bestas llegaba a las ochocientas -hoy en día suman entre 350 y 400-.
Esa merma de reses, junto a que cada vez hay más jóvenes interesados en participar en la rapa, ha repercutido en el número de bestas con las que se enfrenta cada aloitador en el curro. «Antes aloitaba oito o nove bestas por cada un dos tres días do curro; agora, dende hai uns tres anos, permítese entrar a máis xente nova no curro e temos que repartinos, así que farei unhas cinco ou seis diarias», dice Obelleiro.
Entre los requisitos necesarios para ser un buen aloitador, Obelleiro destaca, por encima de todo, haber tenido un buen maestro. «O que realmente importa é a maña, a técnica que che ensinaron, porque por forza non vas poder nunca cun animal de 200 ou 300 kilos», dice. Defiende el método que emplean en Sabucedo: «Somos o único sitio onde non se utilizan nin cordas, nin paus, só estamos tres persoas para parar á besta e poder rapala, non se trata de tumbala», explica.
Al igual que su compañero, Obelleira cuenta con un largo historial de incidentes, que comprenden lesiones como roturas de costillas, labios y mandíbula, así como una mala caída en el monte cogiendo a las bestas, que le produjo convulsiones y sangrado por la boca siendo menor de edad. «Cando cheguei ao hospital e miramos que só era un susto, a miña nai tivo que pedir a alta voluntaria porque me mirou e sabía que eu quería ir aos curros. O médico chamounos tolos».
Aun así, los aloitadores coinciden en decir que ninguna de esas experiencias le han hecho plantearse la retirada. «Ao curro non podes ir con medo, pero si con respeto hacia o animal noble e salvaxe», asegura Obelleiro. De hecho, al año siguiente de romperse la mandíbula lo primero que hizo fue manejar al animal que le produjo esa lesión. «Tiña esa espina clavada e pensei que a mellor manera de sacala era acabar o traballo que deixara de facer», explica.
Dejando las lesiones aparte, lo habitual es que el martes después de tres días de curro, los aloitadores descubran en su cuerpo magulladuras y moratones de golpes que ni se enteraron haber recibido. «Como me dixo o médico, sodes os únicos pacentes que teño que choran por non recibir golpes», comenta Vicente Pereiras.

Lucía González / FDV
Durante varios años, Lucía González Bouzas fue la única mujer aloitadora en el curro de Sabucedo. No era la primera: antes de ella hubo otras, de hecho la leyenda apunta hacia el origen femenino de la tradición de la rapa. Empezó muy joven, apartando potros a los ocho años, y con doce ya se estrenó con un caballo grande. Ahora con 27 años, esta neuropsicóloga de profesión sigue vinculada a la celebración pese a que por cuestiones laborales vive en Ponferrada y hace dos años que no aloita. Se expresa en gallego en esta entrevista.
— ¿Se ha retirado definitivamente del curro o piensa volver?
— Aloitar no depende de mí, sino que las personas con las que lo hacía ya lo dejaron. También mi tío, que fue la persona con la que empecé, lo dejó, ahora tiene 80 años. Además, al no vivir en Galicia no puedo participar durante todo el año, pero a la rapa sigo yendo.
— ¿Sus padres nunca le pusieron impedimento?
— Al principio me dejaban ir sin problema porque iba con mi tío a los potros pequeños. La primera vez que aloitei una bestia grande no lo consultamos, cuando acabamos con los potros mi tío me dijo si quería saltar a una grande y le dije que sí. En ese momento mi madre, que estaba en las gradas, ya se dio cuenta de lo que iba a pasar y me dijo: «Lucía, ¡no». Hicimos oídos sordos, salió todo muy bien y desde ahí tuvo que consentir.
— ¿Qué supone para usted la rapa?
— Es algo difícil de describir si no lo vives. Para nosotros los caballos, el monte y las bestas forman parte de nuestras vidas desde que somos pequeños y vamos con nuestros padres al monte durante todo el año. Es algo muy de tradición, muy familiar , de nuestras raíces. La sensación de estar en el curro rodeada de tantos animales y tanta gente es algo único.

Lucía González en el curro hace diez años / Bernabé / Javier Lalín
— Han dicho de usted que sorprende porque es muy dulce pero se transforma completamente en el foso y se vuelve todo lo contrario. ¿Concuerda con esta descripción?
—No mucho. Eso lo dijo el fotógrafo Gustavo Marshall que hizo un reportaje sobre mí. Creo que lo decía porque no dejo de ser una mujer que mide 1,60 m y pesa 50 kilos, soy frágil visualmente, pero tengo un carácter muy gallego, muy de monte, muy de toxo. Soy una persona de pocas palabras, que siempre está seria, y en ese tipo de ambientes más porque estoy muy concentrada en lo que va a pasar. La rapa no deja de ser una actividad de riesgo donde no solo está en juego tu cuerpo, sino también el de las personas que están contigo.
— ¿Cómo se enfrenta una mujer aparentemente tan frágil con un animal salvaje ?
— Es cuestión de no tener miedo, de conocer bien a los animales y respetarlos. Yo dentro del trío soy la que hago el primer salto y ahí no puedes dudar, tienes que tener cien por cien claro el salto que vas a hacer y una vez arriba agarrarte bien y usar la técnica que empleamos en Sabucedo de taparle lo ojos al animal los que vamos delante para que el que va al rabo pueda hacer los movimientos que lo desestabilizan.
— ¿Tuvo algún obstáculo para dedicarse a esto por ser mujer?
— No, de hecho más bien me han tratado mejor por el hecho de tener un cuerpo más frágil. Cuando va a saltar un señor cualquiera le van a ayudar dos personas, cuando iba yo venían tres más.
— ¿Se siente referente para otras chicas y niñas?
— Supongo que lo soy, pero tampoco fui la primera, antes que yo huno muchas otras. Lo que pasa es que yo estuve muchos años seguidos y otras lo dejan a los dos o tres años. Creo que más que inspirarlas yo las inspira esa tradición de todos.
— De hecho la leyenda asegura que fueron las mujeres las primeras en aloitar.
— Las que soltaron las primeras bestias al monte. Algo que se suele olvidar es que aunque no haya igualdad en el curro en cuanto a presencia femenina., evidentemente hay más hombres, el trabajo de organización que hay detrás durante todo el año lo hacen muchísimas mujeres. Lo que ocurre es que el aloitador es la cara más visible.
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