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¡Qué noches las de aquellos días!

70 años del nacimiento (oficial) del rock and roll

Bill Haley, en primer térmono, con los Comets.

Bill Haley, en primer térmono, con los Comets. / FDV

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El 25 de marzo de 1955 se estrenó en Estados Unidos la película «Blackboard Jungle». A España llegó en 1964 titulada «Semilla de maldad». Dirigida por Richard Brooks, incluía la actuación de Bill Haley and His Comets interpretando el tema «Rock Around the Clock». Los jóvenes se volvían locos con aquella música y durante las proyecciones terminaban bailando en las salas y violentando el patio de butacas. La canción de The Comets había sido publicada hacía semanas y ocupaba el número 58 de las listas de ventas de la revista Billboard. A la semana siguiente de estrenarse la película el tema llegó al número uno. «Semilla de maldad» presentaba el enfrentamiento generacional entre los adolescentes de los años cincuenta y sus padres, y estaba interpretada por actores consagrados como Glenn Ford y Sidney Poitier. Lo menos previsible era que estuviese en los orígenes de una música que puso patas arriba el panorama musical americano dominado entonces por las canciones de crooners como Perry Como, Tony Bennett, Frank Sinatra y Nat King Cole.

Fue una conmoción absoluta, como demostró la primera gira del grupo, a cuyos conciertos acudían miles de personas, porque los intérpretes de aquella música eran de la misma edad que su público y representaban su modo de vida: un enfrentamiento con los adultos que se manifestaba en la forma de vestir, la libertad sexual y la forma de divertirse.

Bill Haley había tenido el acierto de mezclar los ritmos de la música negra de rythm and blues con el country, y el resultado fue un nuevo género que era diferente a todo lo que se había escuchado hasta entonces. Había nacido el rock and roll. En ese momento comenzaba una revolución musical que se prolongó a lo largo de todo lo que quedaba del siglo XX y que influye aún en los movimientos musicales contemporáneos. Empezó a expandirse con nombres que lo llevaron a todos los rincones del mundo: Jerry Lee Lewis, Buddy Holly, Little Richard, Bo Didley, Fats Domino, Gene Vincent,… También mujeres como Big Mama Thornton, Janis Martin o Wanda Jackson, ignoradas casi siempre.

Una revolución sociológica

Terminada la Segunda Guerra Mundial, el incremento de la producción industrial provocó la inmigración de trabajadores negros de origen rural desde el sur del país hacia las grandes ciudades del norte, a las que llevaron la música de blues, que había nacido en las plantaciones esclavistas, y el góspel de las iglesias. Los jóvenes encontraron alternativas en esa música y en un country & western remozado por los nuevos intérpretes del género. La mezcla de estos dos estilos, interpretada tanto por músicos negros como blancos, resultó explosiva y colaboró entre otras cosas a arrumbar prejuicios raciales. Un discjockey de Cleveland (Ohio), Alan Freed, creó un programa de radio para este nuevo estilo y lo llamó «Moondog’s Rock and Roll Party». Era la primera vez que se utilizaban juntas las palabras rock y roll, términos con los que los músicos de rythm and blues definían el acto sexual.

El pinchadiscos Alan Feed.

El pinchadiscos Alan Feed. / FDV

Al haber nacido en los Estados Unidos, el rock and roll formó parte de un modo de producción y de consumo integrado en la cultura de masas y mediatizado por las industrias de la comunicación, un modelo de promoción identificado con el star system hollywoodiense y estrategias propias de la publicidad. Irrumpió en un contexto social en el que, superadas las mayores dificultades económicas de la postguerra, se vivían años de prosperidad económica en los que la radio, el cine y las juke-boxes facilitaban la difusión de las canciones. Un estilo que, además de romper estéticas anteriores, era la forma en la que las nuevas generaciones manifestaban su inconformismo. Los jóvenes empezaban a tener capacidad adquisitiva y frecuentaban las tiendas de discos, centros neurálgicos de la cultura de la época.

Sociológicamente, el rock and roll vino a salvar las brechas que después de la II Guerra Mundial separaban a las culturas de Gran Bretaña y los Estados Unidos, a los jóvenes de los adultos, a los blancos de los negros. Pero también recortaba las diferencias entre el arte y el comercio y tendía puentes entre la alta cultura y la cultura de masas. Para su total expansión sólo faltaba un ídolo que fuera blanco y que añadiese algo inédito a la puesta en escena, diferente a la violencia que manifestaban los primeros rockers en sus conciertos. Elvis Presley apareció entonces añadiendo un componente sexual, convirtiendo sus actuaciones en la escenificación erótica de aquella música. Por si fuera poco, en las caras B de sus singles incluía baladas que enlazaban con los gustos de la época anterior y sumaban al carro a los aficionados de las generaciones precedentes. Eran canciones sensibleras, de letras cursis, pero hay que admitir que en el fenómeno Elvis, tan importantes como «Hount Dog» o el «Rock de la cárcel» fueron «Are You Lonesome Tonight» y «Love Me Tender».

Aquella fiebre terminó bruscamente a finales de la década con las muertes de Buddy Holly y Eddie Cochram y la desaparición de los escenarios de Chuck Berry, Jerry Lee Lewis y Elvis.

Europa recoge el guante

Por aquellos años en Gran Bretaña triunfaba el skiffle, un ritmo musical que practicaba un cantante llamado Lonnie Donegan, cuyo éxito provocó que en todas las ciudades del país aparecieran montones de grupos. Al mezclarse con el rock and roll que llegaba de EE.UU dio como resultado un rock británico diferente al americano, con el que triunfaron Tommy Steele, Billy Fury, Vincent Taylor, Cliff Richard y el grupo The Shadows.

El testigo del rock and roll lo recogió a principios de los sesenta un grupo que en sus primeros discos había mezclado el skiffle con aquellos ritmos que venían de América, el rock and roll por supuesto, pero también el rythm and blues, con algunos de cuyos temas hacían versiones francamente originales. Se hacían llamar The Beatles. En su tercer álbum, «Qué noche la de aquel día», todos los temas ya eran suyos, algo sin precedentes en el pop. La nueva fórmula tuvo resultados espectaculares y The Beatles se convirtió en el grupo más importante de la historia de la música pop y, como consecuencia, Gran Bretaña, durante los sesenta, en la Meca de la nueva música, donde las revistas («Melody Maker», «New Musical Express») llegaban a vender un millón de ejemplares a la semana, los programas de televisión («Ready, Steady, Go», «Top of the Pops») eran seguidos por millones de fans y las ventas de discos no paraban de subir. El sueño se prolongó hasta 1970 y dejó una estela de formaciones impagables: Searchers, Billy J. Kramer, Hermann Hermits, Dave Clark Five, los Kinks… Y los Rolling Stones, supervivientes aún de aquella era dorada, gracias al tratamiento que dieron, y aún siguen dando, al rythm and blues, con mejor fortuna que otros coetáneos como los Animals o los Moody Blues. La diferencia estaba en su imagen antisistema y en las letras de sus canciones, que hablaban de la insatisfacción y de las frustraciones de los jóvenes, y criticaban abiertamente al poder. Con ellas se convirtieron en la fuerza más irresistible del pop y aún ahora, superados ya los ochenta años de edad de algunos de sus componentes, el grupo continúa transmitiendo esa fuerza desde grabaciones y escenarios, algo insólito.

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