Wenceslao Cabezas ‘Polo’, una vida repenicando
A sus 82 años, sigue al frente de la Escola Municipal de Danza Tradicional de Vigo y prepara el próximo disco de su grupo, Airiños do parque de Castrelos’. Atesora más de 65 años como pandeireteiro, bailarín folclórico y maestro de más de treinta mil alumnos
Hablar de danza tradicional en Galicia es hablar de Wenceslao Cabezas, conocido como Polo. Criado en los ‘peiraos’ del Berbés, este vigués nacido en 1943 ha dedicado toda su vida al folclore, tanto ‘repenicando’ el pandeiro y la pandereta en cientos de actuaciones y más de una veintena de discos como enseñando a más de treinta mil alumnos los entresijos del baile y la música tradicionales gallegos a lo largo de más de seis décadas. A punto de cumplir 82 años, sigue al frente de la Escola Municipal de Danza Tradicional de Vigo y ultima los detalles del próximo trabajo discográfico que lanzará con el grupo Airiños do Parque de Castrelos este mismo año.
La primera vez que se puso un traje tradicional gallego fue con catorce años, en 1958, en el Instituto Santa Irene, para bailar una regueifa. «Suspendí cuatro asignaturas en cuarto de bachillerato y mi padre me castigó poniéndome a trabajar. Entré en los astilleros Santo Domingo el 4 de agosto de 1958, vino por allí un delegado de la Obra Sindical y nos dijo que si a alguien nos gustaba el baile tradicional estaba el grupo Ventos das Cíes. Fui al sindicato vertical a la calle García Barbón y me remitieron al Hogar del Productor (donde hoy es la biblioteca municipal). Allí tenían para hacer actividades y una era danza tradicional. Fui, pregunté por el director, José Iglesias Nieto ‘Melitón’, y estuve con él hasta el día en que se murió, no en los grupos pero sí en contacto estrecho».
Melitón y muiñeiras en el desierto
Melitón se convirtió ese día en maestro de un futuro maestro. «Me entusiasmaba verlo, nunca vi a ninguna persona a lo largo de mi vida, ni hombre ni mujer, que aturuxara, bailara y tocara como él. Iba a sus clases en el autobús ya tocando, mis compañeros me mandaban parar y tenían razón». El pupilo adolescente enseguida se integró en el grupo de su mentor, Vento das Cíes, en el que estuvo hasta los 19 años paseando la música y el baile tradicional gallego por diversos escenarios. Madrid, Barcelona, Zaragoza, Burdeos son algunos de los destinos que recuerda Polo. Y también el norte de África: «Estuvimos 25 días invitados por Mohamed V, actuamos en sitios como Rabat, Tetuán, Larache, Volúbilis, en medio del desierto a 40 grados por la noche bailando muiñeiras».
Que un hombre se dedicara a bailar no estaba muy bien visto en aquella época. «Las chicas nos veían con redecilla y pensaban que eso era cosa de mujeres». Tampoco se lo pusieron fácil sus padres. «A mi padre no le gustaba que bailara; él quería un papel que dijera que yo era delineante. Él subía del trabajo por Marqués de Valladares y cuando llegaba a donde estaba el Telmos oía las gaitas, así que al llegar a casa preguntaba ‘¿dónde estuvo el señor hoy?’ y me decía ‘te voy a partir las piernas para que no bailes’. Nunca me pegó. Yo cumplía, dejaba el sueldo que ganaba en casa, salía del astillero a las seis de la tarde, con dos horas de velada, y me iba a la Escuela de Artes y Oficios a estudiar delineación hasta las ocho, y al acabar me iba al Hogar del Productor a clases de baile gallego los lunes, miércoles y viernes; luego me apunté a danza española los martes, jueves y sábados con la profesora Maruxa de la Vega, bailaba goyescas, la jota, la tarantela... hasta que me fui a la mili».
Con 19 años Polo hace el servicio militar por mar y se casa antes de cumplir su compromiso con la patria. No abandona su puesto de trabajo en los astilleros, donde estuvo 34 años. «Cuando entré aún se hacían barcos de madera, ya en el 59 y 60 empezamos a hacerlos de hierro, estuve primero en la fragua, en calderería, en soldadura y luego me pasé a trazado; en enero de 1963 entré a la oficina técnica y ahí me hice delineante naval».

Con su mujer, Paqui, y sus cinto hijos. / Archivo familiar
Su trabajo, el que le daba de comer, no le impedía seguir dedicándose a su pasión, que le permitía tener ingresos extra para su familia. «Con 27 años ya tenía cinco hijos: cuatro niñas y un niño. Para que no les faltara de nada trabajaba por las mañanas en el astillero, venía para casa, comíamos juntos a las tres menos cuarto o menos diez y ya me marchaba a dar clase y no volvía hasta las diez de la noche», explica.
30.000 alumnos
Su labor como docente empezó muy pronto, siendo adolescente, cuando le pidieron dar clases particulares de baile tradicional gallego a unos niños en su casa. El boca a boca funcionó y con el paso del tiempo esos primeros pupilos se fueron multiplicando. «Iba a muchas casas a dar clases, incluso en verano a las que tenían en las zonas de playas, nunca con tocadiscos, siempre con mi pandereta. Estuve así hasta que me fui a la mili». En 1965 le ofrecen dirigir el grupo de Coros y Danzas de la Sección Femenina y monta un grupo en Baiona. «Le habré dado clases a unos treinta mil alumnos, en la Escuela Municipal de Danza de Vigo llevo 46 años, en Baiona estuve 19, en Redondela 16, en Cerdedo-Cotobade 14, en las Carmelitas de Matamá 12, en las Carmelitas de Pi i Margall 30, en Jesuitinas 40 y en el Colegio Alemán 12».
El día de la muiñeira
Polo instauró el Día de la Muiñeira en Vigo, la primera ciudad gallega en contar con esa celebración, que él organizó desde 1970 a 2012. La idea le rondaba la cabeza desde que en 1960 fue a actuar con Vento das Cíes en un homenaje a Joaquín Blume en el estadio del Nou Camp, donde bailarines de toda España se reunieron para bailar una gigantesca sardana conjunta. «Un domingo por la mañana fuimos a dar una vuelta a la Plaza de Cataluña y vi que había un grupo de música tradicional catalana y gente bailando la sardana. Pensé en que había un día de la jota, en que se bailaban sevillanas y me dije que podíamos hacer algo con la muiñeira. Siendo ya director de Coros y Danzas le propongo la idea a la delegada de la Sección Femenina».

Celebración del Día de la Muiñeira, en la calle Venezuela (Vigo), en 2003 / Ricardo Grobas
El primer Día de la Muiñeira se celebró en 1970 en las inmediaciones del Náutico de Vigo con la participación de 150 bailarines. «Al año siguiente ya éramos 450, en esa zona llegamos a setecientos, lo máximo que se podía congregar ahí. Luego pasamos a hacerlo en el Arenal, hasta que no se pudo por la construcción del túnel de Beiramar, y más tarde nos pasamos a la calle Venezuela, donde la máxima participación que conseguimos fue de 3.400 personas», explica Polo, quien señala que un año se celebró en el estadio de Balaídos pero le faltó «calor humano». En 2012 Polo anunciaba por megafonía que ese era el último año que organizaba esa celebración. Había tenido un problema con la policía local para colocar a 150 bailarines en un tramo de la Praza de Compostela, donde se desarrollaba ese año la concentración de danza.
Aparte de su faceta como maestro, Wenceslao Cabezas ‘Polo’ lleva siendo pandereteiro de Airiños do parque de Castrelos desde 1966, año en que tomó las riendas. «El grupo estaba fundado antes de que yo naciera. Sus integrantes eran Severo, Manolo, Crispín y Juan, que era el gaiteiro oficial de la Sección Femenina. Acabé metiendo a todos en el grupo de Coros y Danzas y cuando ellos actuaban en La Anunciada o en las fiestas del Carmen me iba con mi Renault 4 a verlos y de vez en cuando me subía con ellos al escenario, vestido de paisano e improvisando», relata.

Con integrantes de Airiños do Parque de Castrelos, en 1986 / Archivo familiar
Más tarde, ya como integrante del quinteto, viajó con Airiños do Parque de Castrelos a numerosos eventos de música tradicional. «Me faltó cruzar el charco; estuve en Francia, en Suiza, en Alemania, en Italia,...». Grabó un total de 21 discos, tanto con su grupo como con Ancoradoiro, Pepe Romero, la Banda de Gaitas de Ourense y Carlos Núñez, con el que participó en todos sus discos excepto el que el gaiteiro grabó en Brasil.
Carlos Núñez: El niño que quería una gaita
Su relación con el gaiteiro vigués más internacional comenzó cuando Carlos Núñez era un niño de ocho años y su madre le pidió a Polo consejo para comprarle una gaita, no demasiado costosa, pues pensaba que lo de su hijo con ese instrumento iba a ser «una nube de verano». «Le recomendé ir a Enrique Villanueva, en la calle Velázquez Moreno; el niño llegó allí con toda la ilusión de tocar la gaita y cuando metió el soplete en la boca se mareó». Años más tarde Polo traería a Vigo al que fue maestro de Carlos Núñez en la Escola de Artes e Oficios, Antón Corral. «Me habían encargado contactar con gaiteiros para que amenizaran durante los Mundiales de Fútbol de 1982 distintas calles de la ciudad. A Corral, a quien conocía del Festival Intercéltico de Ortigueira, lo fui a buscar a Lugo, estaba allí en una fundición con su hijo Carlos y con el lutier Ramón Casal; también fui a Oseira a buscar a Olimpo Liste, a una nave que tenía con todo el material etnográfico. Al final se quedaron todos en Vigo: los tres primeros en la Escola de Artes e Oficios y el cuarto en el museo Liste».
Reconocido con diferentes galardones, entre los que se encuentran la Medalla de Galicia y el título de Vigués Distinguido, Polo defiende la tradición que aprendió de su maestro, Melitón, con hombres bailando de manera «elegante y fuerte» y el pandeiro atado a la cintura.
Su escuela no solo permanece en sus alumnos, sino también en sus descendientes: dos de sus hijas, Belén y Mara, son profesoras de la Escola Municipal de Danza, donde también dan clases dos de sus nietos, su hija Cari dirige el grupo Tangaraño, su hijo Hipólito es el director de la Banda de Gaitas de la Provincia de Pontevedra y dos de sus nietos integran junto a él el grupo Airiños do parque de Castrelos.
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