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Sálvese quien pueda

Mami, yo quiero ser trigénero

Una pareja joven.

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Fernando Franco

Fernando Franco

Quiso el azar que, limpiando mi correo de datos acumulados que el paso del tiempo han convertido en basura, me encontrara con una grabación en Súper 8 de un guateque en el que aparezco bailando, amarraditos los dos, con la que sería después mi primera novia. ¡Vaya documento histórico, prehistórico más bien porque pertenece a 1968 y señala visualmente mi primer movimiento amoroso de la larga ruta que vino después! Imagino que yo estaría poseído por una felicidad indescriptible, tendría en ese tiempo activadas las áreas del cerebro emocional, subidos los niveles de dopamina y de péptidos opiáceos. La adolescencia es una eclosión, un volcán que entra en erupción y así vive el tierno varón su primer amor o ligues, con desconcertantes y continuos cambios de estado. Así lo viví yo aunque la repetición de experiencias me llevara después a varias parejas estables y la aceptación con humildad de otras transeúntes que Dios ponía en mi camino, amén.

¿Qué ha pasado desde entonces? Hemos saltado del Amar es para siempre al Amar en tiempos revueltos, si adoptamos terminologías de fotonovela; de El libro del buen amor del Arciprete de Hita a La química del amor, de Ali Hazelwood o, lo que es peor, Amar en tiempos de Internet. ¿Qué diferencias hay en el uso amoroso entre aquel mozalbete falto de todo que era yo y el actual poblado ya de canas? Muchas paradas, unas más largas, estables, y otras efímeras, pasajeras en los puertos del amor, aumentando el caudal de experiencias pero disminuyendo las energías para llevarlas a cabo. Mayor templanza y acomodo a las mismas. No se amaba entonces al modo actual; desde el punto de vista físico estaba todo reducido a dos géneros, masculino y femenino, y no bigénero, agénero, fluido, intergénero, pangénero, no binario… que ahora se asignan. Uno tenía que ser heterosexual por decreto y esconderse como homosexual so pena de que le inscribieran en la Ley de Vagos y Maleantes.

Estos escarceos suelen acabar en algo que tiene mala prensa, el matrimonio, pero no hagamos caso. Aunque sea cierto como dijo Groucho Marx que el casorio es la principal causa de divorcio, no es conveniente caer en derrotismos como el de Oscar Wilde, que decía que su encanto era que provocaba el desencanto necesario por las dos partes. Y es que el matrimonio no es que sea un estado de necesidad pero según cómo y cuándo se parece mucho a una tabla para náufragos. Sí, ya sé que hay muchas deserciones y no faltan escarceos extraterritoriales e incluso complicidades con el enemigo, pero la vida en pareja templa los aullidos del deseo y ordena las flaquezas de la carne, optimiza energías, es una unidad económica interesante ante la precariedad de la existencia, anima la exhausta demografía, educa en la renuncia, entrena en la comprensión del otro y, lo que es más importante, sirve de ayuda en esos momentos terribles en que te pica una zona corporal a la que no llegas con tus manos. 

Todo eso está bien y en todo soy repetidor pero observo en mi interior signos de flaqueza. Si volviera a vivir ensayaría el celibato y defendería la virginidad por ver si trae menos ruina la abstención que la salvaje esclavitud que nos condena el deseo pero ¿quién va a creerme si soy un atleta en la carrera conyugal ? Mejor meterme a trigénero, o quizás fluido que mola más.

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