Dramatis Personae

La tentación del Aventino

Evento conmemorativo del centenario del asesinato de Matteotti.

Evento conmemorativo del centenario del asesinato de Matteotti. / Marco Ottico

Armando Álvarez

Armando Álvarez

Aunque siempre he perdido, a veces pierdo demasiado. Con cada voto a Alvise y cada muerto en Gaza, por ejemplo, en estos días. Todo me concierne y todo me afecta, incluso lo más distante. Probablemente no debiera. Seguramente es lo correcto. “Soy un hombre y nada de lo humano me resulta ajeno”, escribió Terencio. Si soy un hombre, es este dolor lo que me define.

Nunca he pensado que vayamos a peor, en todo caso, en términos generales. Peores genocidios, en la crueldad aritmética, definen nuestra historia. Peores populistas se han alimentado de nuestros miedos. Si acaso, lamento las regresiones ocasionales y los estancamientos. Creí que a estas alturas ya no habría que predicar lo evidente: que no existen los pueblos elegidos por algún dios inventado o que nuestras miserias no se le deben reprochar al más débil. Y que ningún otro planeta habitable estará a nuestro alcance antes de que hayamos devastado este.

Me he jurado no convertirme en un señor enfadado, que despotrica de los cambios y los jóvenes. Es cierto, sin embargo, que en ocasiones el mundo me parece terriblemente feo. Siento que cunde la codicia y que prolifera el egoísmo. Ni siquiera hemos necesitado una nueva crisis económica para prestarle oídos a esos que nos susurran contra el diferente. Y asumo como una derrota propia que el machismo aún vaya a afectar a mis hijas en su camino. Son tantas las esperanzas frustradas o todavía incumplidas...

En esos momentos de desaliento me gustaría apartarme de la realidad; cerrar mis cuentas de las redes sociales y eludir las portadas de los periódicos y los telediarios. Querría refugiarme en mis rutinas coditianas, la cerveza de la tarde con los amigos y la película de la noche a solas en el sofá. Y ser feliz o al menos pretenderlo desde la ignorancia y la indiferencia; desde las alturas de mi Aventino.

Giacomo Matteotti fue un diputado socialista que clamó contra la violencia y las ilegalidades del gobierno de Mussolini. Después de una proclama especialmente ardorosa desde el estrado del parlamento, Matteotti pronosticó a quienes lo elogiaban: “Yo ya he pronunciado mi discurso. Ahora os toca a vosotros preparar el discurso fúnebre para mi entierro”. Unos camisas negras lo secuestraron algunas semanas después, cuando salía de su casa. Su cadáver acabaría apareciendo en un bosque, ya descompuesto, con un puñalada en el corazón.

Jamás se ha probado que Mussolini diese la orden directa de su asesinato. Sí resulta obvio que lo alentó o consintió. Había creado, como mínimo, el clima que lo hizo posible. En protesta, un centenar de diputados decidieron abandonar sus escaños. “La retirada al Aventino”, se llamó, en recuerdo de aquella peregrinación a la colina con la que los plebeyos romanos, amenazando con fundar otra ciudad, obtuvieron derechos por parte de los patricios.

Esta de 1924 no surtió efecto. Mussolini maniobró con astucia y se consolidó en el poder. La indignación popular se fue mitigando. Matteotti se convirtió en un mártir, a la postre de recuerdo estéril. Hoy, a la vez que se conmemora el centenario de su muerte, los nietos políticos de sus ejecutores gobiernan en el Palacio Chigi y propinan palizas en la cámara de diputados.

Ningún Aventino nos puede refugiar. Ninguna retirada o ceguera aliviará nuestros males. Hay que clamar como Matteoti, en cada tertulia y cada urna, en cada hogar y oficina, contra los monstruos que nos acometen; sobre todo contra los que nos exigen desde el espejo que liberemos sus correas. Aunque siempre pierdo, o tal vez por eso, sigo siendo un hombre y nada humano me es ajeno.

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