Mujeres fuera de serie

La mujer tras las huellas del pasado

La paleontóloga Aurora Grandal lleva más de 30 años volcada en el estudio de los vertebrados del cuaternario en Galicia. Dirige el Instituto Universitario de Geoloxía Isidro Parga Pondal y creó el pionero Laboratorio de Paleontología Molecular. Conserva la emoción en cada nuevo descubrimiento

Aurora Grandal, con un fémur de oso cavernario de Cova Eirós, en su laboratorio de la Universidade de A Coruña.

Aurora Grandal, con un fémur de oso cavernario de Cova Eirós, en su laboratorio de la Universidade de A Coruña. / Iago López

Amaia Mauleón

Amaia Mauleón

Aurora es, desde niña, una amante de la naturaleza; de la playa, de las rocas, de las plantas, de los animales también. De la vida. Asegura que jamás estuvo en sus planes dedicarse al estudio del pasado a través de los fósiles.

Sin embargo, algo saltó en su cabeza cuando aquel profesor de Geología, Juan Ramón Vidal Romaní, les mostró unos huesos que, explicó, pertenecieron a animales del cuaternario en Galicia y nadie los estaba estudiando. Aquella estudiante de segundo de Biología no podía entender que ningún investigador diera a esos restos el valor que ella ya intuía que tenían. Y en aquel momento pensó que podría hacerlo ella; una idea que fue desarrollando y pronto se tornó en un compromiso vital.

Aurora Grandal d´Anglade (Ferrol, 1964) lleva toda su carrera centrada en el estudio de la paleontología de los vertebrados en Galicia y se ha convertido en una referencia mundial en este terreno. Dirige el Instituto Universitario de Geoloxía Isidro Parga Pondal, donde creó el Laboratorio de Paleontología Molecular, pionero en España, y ha dirigido las principales excavaciones en los yacimientos de Cueva Eirós, Liñares y Pala del Rebolal; así como numerosas campañas de recuperación de restos óseos en cuevas del Courel y Mondoñedo.

Fue la pasión que mostró Aurora desde aquel primer contacto en el laboratorio -y que no ha hecho más que crecer en estos años- la que impulsó a la ferrolana a iniciar un camino que estaba prácticamente inexplorado y en el que, al menos al principio, apenas contó con apoyos. “La Paleontología no se veía como algo atractivo cuando yo empecé; al contrario, era algo acartonado que llevaban señores muy mayores”, recuerda.

Los padres de Aurora, la menor de tres hermanos, fueron los primeros en despertar en sus hijos el interés por la naturaleza. “Ellos eran delineantes, o sea que no tenían nada que ver con este terreno, pero nos llevaban mucho de camping y me pasé la infancia observando la naturaleza”, cuenta. No tuvo ninguna duda cuando eligió estudiar Biología. “El problema llegó cuando me tocó especializarme ya que me gustaba todo: el laboratorio, las plantas, los animales, la genética…”, ríe.

Y entonces fue cuando aquellos huesos se cruzaron en su camino y la decisión fue cobrando forma. “Como se me daba bastante bien el dibujo, el profesor me encargó dibujar los fósiles para una publicación y empecé a leer libros, a ver el interés de reconstruir el pasado a través de esos restos y a apasionarme con el tema”, resume. No tuvo ni un solo referente femenino en el que fijarse: “Casi la única mujer paleontóloga que se nombraba era Mary Anning, que a pesar de sus interesantes estudios no fue reconocida por la comunidad científica”, lamenta.

Hace 30 años, cuando Aurora decidió realizar la tesis sobre la fauna cuaternaria en las sierras lucenses, tuvo que ir a Madrid para encontrar un director, ya que en Galicia no había paleontólogos. “Lo primero que me dijeron en el Museo de Ciencias Naturales fue: ¡Pobre, cómo vas a hacer excavaciones en Galicia, si allí no hay fósiles!”, recuerda. Lejos de desanimarse, la investigadora se empeñó en seguir con su objetivo. “Me invitaron a unirme a otras excavaciones que tenían en zonas del este, mucho más ricas en fósiles que Galicia y con equipos muy desarrollados; lo habría tenido mucho más fácil, pero yo quería estudiar mi tierra”, insiste.

Aurora Grandal, cuando era pequeña, en la playa.

Aurora Grandal, cuando era pequeña, en la playa. / Cedida

Para alcanzar su objetivo, la investigadora destaca que fue clave su relación con la Federación de Espeleología de Galicia. “Ellos promovieron mucho el estudio científico de las cuevas y nuestra relación fue gloriosa; nunca me he arrepentido de haberme volcado en Galicia; al contrario, me siento orgullosa”, afirma.

La ferrolana recuerda bien la primera vez que, junto a los espeleólogos, entró en una cueva, la de Eirós. “Fue muy emocionante, yo lo viví como toda una aventura y pronto empezamos a encontrar huesos. En Galicia no hay cuencas sedimentarias, pero en las cuevas sí es relativamente sencillo encontrar restos de animales, porque vivían o se refugiaban allí y es un ambiente aislado y estable que permite que queden acumulados de manera natural”, explica.

El instinto de Aurora no había fallado y pronto descubriría que en Galicia había cuevas con muchos restos y muy bien conservados. “La emoción de desenterrar el cráneo de un oso es indescriptible”, afirma.

La ferrolana destaca la implicación que tuvieron los profesores Juan Ramón Vidal y Trino Torres, que la iniciaron en el mundo de las excavaciones. “Se traían a su gente, incluso a sus familias, y poco a poco se fueron uniendo estudiantes de nuestra universidad. Las campañas eran muy bonitas y las relaciones entre nosotros también”, recuerda.

La tesis de Grandal sobre la fauna del Cuaternario de las sierras lucenses fue pionera. “Fue un trabajo complejo porque antes no había internet; te escribías con investigadores de otras universidades y cruzabas los dedos para que te contestasen y pudieras hacer una estancia fuera, no tiene nada que ver con la inmediatez de ahora”, advierte la investigadora, que completó su trabajo comparando los restos gallegos con los de universidades de San Sebastián, Barcelona y Helsinki, entre otros.

Aurora siguió haciendo diversas excavaciones y estudios sobre los vertebrados en Galicia, pero de nuevo el destino le puso un nuevo reto en su camino. “Nunca había pensado en estudiar restos humanos, ya que era consciente de que no había mucho material, pero encontramos por casualidad bajo un hundimiento de tierra parte de un cráneo humano en una sima poco explorada junto a la cueva de Liñares, Chan de Lindeiro, y empezó una nueva aventura”. Esa aventura se llamó Elba, la mujer mesolítica de Galicia, el resto humano más antiguo encontrado en nuestra comunidad con sus 9.000 años.

Desde aquel primer hallazgo, en 1996, tuvieron que pasar casi diez años para que pudieran hacerse con el material y el equipo humano necesarios que les permitieran regresar a la cueva con seguridad. “Es una zona peligrosa y finalmente contamos con el investigador y espeleólogo Marcos Vaqueiro, fundador del Club Celta de Vigo, en quien confiaba plenamente. Nos encontramos con que la cueva había cambiado mucho y el derrumbamiento era mayor todavía, pero logramos rescatar los materiales que necesitábamos”, describe.

Después, tocaba analizar esos restos. “Desde que acabé la tesis yo estaba muy interesada en el tema de la secuenciación del ADN, pero en aquellos años había muy pocos grupos centrados en este tipo de investigaciones y no querían estudiantes”, apunta. Otros laboratorios, advierte, “querían hacerse con el material, pero no colaborar”. Finalmente, la investigadora consiguió la ayuda de un laboratorio de Alemania, que realizó los primeros análisis de Elba. Pero Grandal, en su afán por estudiar el pasado de Galicia desde Galicia, se empeñó en poner en marcha su propio laboratorio. “Estuvimos años reuniendo el material y buscando el espacio adecuado, ya que tenía que estar totalmente aislado para evitar contaminaciones”, describe. Contaban con escasos medios así que, de nuevo, la investigadora tuvo que armarse de paciencia, pero finalmente logró poner en marcha un pionero laboratorio de Paleontología Molecular, que tiene la sede en el Instituto de Geología Isidro Parga Pondal, del que es directora en funciones desde hace seis años. “Esto es una carrera de fondo; hay que perseverar y tener mucha paciencia y humildad ya que en España se sigue apoyando muy poco la investigación y si buscas salidas inmediatas te desesperas”, advierte. A pesar de contar con un equipo humano muy pequeño, la investigadora se ha logrado situar a la cabeza en la aplicación de técnicas que no hay en otros sitios. La Real Academia Galega de Ciencias reconoció el año pasado todo este esfuerzo otorgándole una de sus prestigiosas Medallas de Investigación.

Grandal, con su hijo Alejandro.

Grandal, con su hijo Alejandro. / Cedida

La investigadora vivió además las dificultades añadidas que suponen ser madre en este terreno. “Tener un hijo frena la carrera de las mujeres durante un tiempo y dificulta muchísimo acceder a una cátedra ya que se exigen estancias en el extranjero largas y muchas publicaciones y, evidentemente, para una madre con niños pequeños es muy difícil conseguirlo; se sigue penalizando a las mujeres que son madres”, critica.

Su hijo Alejandro, que ahora tiene 24 años, entró en muchas cuevas con Aurora y aún hoy lo hace, “aunque finalmente se inclinó por la Sociología”, apunta la paleontóloga.

En estos momentos, Grandal está volcada en la identificación de restos óseos mediante la huella peptídica del colágeno y en el análisis de la paleodieta mediante isótopos del colágeno. Además, se está adentrando en las cuevas de la zona de Abadín-Mondoñedo.

Aurora sigue sintiendo una enorme pasión por su trabajo y su tiempo libre es raro que esté alejada de la naturaleza. “Aunque también me gusta mucho la música y voy a conciertos de rock con mi hijo”, concluye riendo.

Las pioneras: Mary Anning, la buscadora de fósiles

Mary Anning.

Mary Anning. / FDV

Mary Anning (Dorset, 1799-1847) fue la primera paleontóloga reconocida y descubridora de algunos de los hallazgos más importantes del siglo XIX. Provenía de una familia protestante muy pobre y heredó la pasión por los fósiles de su padre, quien falleció cuando ella tenía 10 años. Desde entonces, se encargó de la venta de fósiles encontrados en los acantilados.

En 1811, su hermano descubrió una calavera de ictiosaurio, cuyo esqueleto completo halló Mary poco después. Sus descubrimientos continuaron y en 1818 vendió otro ictiosaurio a un coleccionista, lo que le proporcionó cierta estabilidad económica. Sin embargo, los científicos de la época ignoraban su contribución en sus artículos.

En 1823, Mary descubrió un plesiosaurio, que llamó la atención del zoólogo Georges Cuvier. Tres años después, abrió una tienda de fósiles y continuó descubriendo nuevas especies, incluyendo un pterosaurio. A pesar de sus importantes contribuciones, muchos científicos de la época se aprovecharon de sus descubrimientos sin reconocer su trabajo. Mary Anning murió de cáncer de mama en 1847.

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