"Cuando la tormenta pase", nuevo libro de Manel Loureiro

FARO, El Correo Gallego y La Opinión de A Coruña, periódicos de Prensa Ibérica en Galicia, publican en exclusiva un adelanto de la nueva novela de Manel Loureiro, ganadora del Premio Fernando Lara 2024, que llegará a las librerías el próximo miércoles

Manel Loureiro, en la Illa de Ons, marco ambiental de "Cuando pase la tormenta".

Manel Loureiro, en la Illa de Ons, marco ambiental de "Cuando pase la tormenta". / Javier Ocaña/FDV

S. R.

Atrapado en la Illa de Ons, Roberto Lobeira no tiene posibilidad alguna de llegar a tierra firme ni de comunicarse con el exterior debido a una tormenta que semeja el preludio de una tragedia. Cuando descubre un fardo que las olas han llevado hasta la orilla, su contenido provoca que los pocos habitantes que viven en la isla den rienda suelta a décadas de rencor, celos, viejas cuentas que saldar y sed de venganza. Y, por si fuera poco, una presencia misteriosa y acechante deja una ofrenda sangrienta en la puerta de su casa, como si se tratara de un enigmático mensaje que no puede comprender. Inmerso en un torbellino de odio, secretos inconfesables y ambición desmedida, Lobeira tendrá que sobrevivir en la isla… hasta que la tormenta pase. Esta es la sinopsis de “Cuando la tormenta pase” (Planeta) de Manel Loureiro (Pontevedra, 1975), uno los escritores de referencia del thriller en español. Desde su debut con “Apocalipsis Z”, sus obras,traducidas a más de veinte idiomas, lo han convertido en uno de los pocos autores contemporáneos en castellano que ha logrado superar la barrera de los 200.000 ejemplares vendidos en Estados Unidos, junto a Juan Gómez-Jurado y Javier Sierra. Con “El último pasajero” se mantuvo una semana en el top de ventas en EEUU, erigiéndose en el único título de un autor no norteamericano situado entre los cien libros más vendidos en ese país

El lugar que en un momento antes...

...le había parecido cálido y acogedor como la casa de un hobbit, ahora le resultaba frío y desangelado, e iba a ser su prisión durante un largo mes. Un mes metido en aquella isla, sin posibilidad de volver a su casa. Sin posibilidad de pedir un taxi, un Uber o subirse a un tren. Ni siquiera la opción de volver andando, por supuesto. Se había encarcelado a sí mismo y había tirado la llave al mar. Suspiró. Siempre había sido partidario de no cerrarse a las nuevas experiencias, pero no le estaba resultando fácil. Al menos esperaba que, en aquel encierro monacal, el manuscrito de su novela avanzase a buen ritmo. A fin de cuentas, era lo que le había llevado hasta allí.

Repartir sus bártulos por la pequeña vivienda, picar algo y prepararse un buen rincón de trabajo le llevó el resto de la tarde. Cuando estaba terminando, la lámpara del techo emitió un par de tenues zumbidos y de golpe la vivienda se llenó de luz. Tal y como había prometido Antía Freire.

En cuanto enchufó la nevera a la red y conectó los radiadores eléctricos, la casa se caldeó en un instante y se empezó a sentir de mejor humor. El lugar volvía a tener un aspecto agradable e incluso la terrible alfombra persa de imitación del suelo le daba un toque elegante al conjunto. Los cuadros que colgaban de las paredes eran litografías baratas compradas en alguna cadena de decoración, aunque al menos pegaban con el resto de la estancia. En cuanto al sofá, ya se hundía un poco en el centro, pero aún no había llegado a ese punto en el que se convertiría en un potro de tortura.

Todo iba mejor. Hasta la lluvia, que no había dejado de caer en todo el día, había dado una tregua en aquel instante y la oscuridad del anochecer no parecía tan amenazadora.

Sintió la necesidad de recorrer sus nuevos dominios, aunque solo fuese con un breve paseo. No pensaba alejarse demasiado. Ya tendría la oportunidad a lo largo de los días siguientes de recorrer de cabo a rabo la isla. Tampoco es que hubiese muchas más cosas que hacer allí.

Se puso la parka y cogió el candil de gas. Subió la intensidad de la luz con un giro de la espita y se vio reflejado por un segundo en un espejo leproso que colgaba junto a la puerta. Con la capucha puesta y aquel quinqué no pudo evitar verse como un personaje del siglo xix. Salió de la vivienda con el farol en alto en la mano derecha.

El jardín era frondoso y a todas luces necesitaba la mano experta de un jardinero. Los helechos y las zarzas habían saltado el murete bajo de piedra que rodeaba la vivienda y ya se extendían como una mancha verde y marrón, reptando sobre un césped moribundo. Con la tenue luz de lámpara en su mano, rodeó toda la casa, pero, aparte de una leñera que se caía a pedazos, el depósito de agua y un gallinero abandonado desde hacía décadas, no encontró nada que despertase su interés. Se alejó unos metros hasta llegar al camino principal. Era de tierra compactada, pero la abundante lluvia de invierno lo había lavado en muchos lugares y aquí y allá asomaban largas grietas rellenas de cascotes y gravilla. Con sumo cuidado para no torcerse un tobillo, tomó el ramal que ascendía hacia lo alto. Tan solo iría hasta la siguiente curva y enseguida volvería a la confortable calidez de su nuevo hogar.

De súbito, una sombra alargada se movió entre los arbustos, a su derecha.

Roberto dio un respingo, pero aunque alumbró con el farol no pudo ver nada más allá de unos árboles bajos y retorcidos por el viento y un mar de maleza. Al cabo de un segundo, otro fogonazo de luz a su espalda destelló durante un momento y atisbó de nuevo el movimiento.

Una risa de alivio brotó desde su garganta. No era más que su propia sombra. Un nuevo destello alumbró con un flash gigantesco todo lo que le rodeaba. Intrigado, miró a su alrededor, buscando el origen de aquella luz. Entonces, muy poco después, otro haz de luz. Enseguida entendió de qué se trataba. El faro, en lo alto de la isla, había comenzado a 30 destellar como todas las noches, y el reflejo de su potente proyector barría aquel rincón en concreto del camino.

Contó lentamente en la oscuridad después del siguiente fogonazo. Al llegar a veinticuatro segundos, se repitió: un patrón de tres destellos largos, una pausa y vuelta a empezar. Se preguntó si aquella luz también alcanzaría su casa.

Se estremeció por el frío. Ya era suficiente por una noche y además otra vez estaba chispeando. Deshizo el camino hasta regresar al jardín invadido de maleza que rodeaba su casa, pero a veinte pasos se frenó en seco.

Alguien había estado allí.

No tenía la menor duda. Cuando salió de la vivienda había dejado la puerta cerrada, pero ahora estaba entreabierta y la luz amarillenta del interior se filtraba por el quicio, dibujando una larga línea sobre el césped empapado. Pero eso no era lo más extraño.

Había algo apoyado en el peldaño de piedra de la entrada.

Se acercó despacio y, a medida que el halo de luz de la lámpara iluminaba aquel objeto, sintió una bola de hielo creciendo en su estómago.

Era la cabeza cercenada de un conejo, apoyada sobre unas ramitas.

Miró a su alrededor, en guardia.

—¿Quién está ahí? — gritó—. ¡Hola! ¿Hay alguien ahí?

Solo el rumor del viento y el ruido de la lluvia le respondieron. Hasta la isla parecía contener el aliento.

Se agachó para observar el macabro regalo. El pobre animal le observaba desde un ojo acuoso y sin vida, con los dientes a la vista y cara de sorpresa, como si él tampoco entendiese nada. La cabeza estaba seccionada con un tajo limpio a la altura del cuello, pero apenas sangraba. La tocó con el dorso de la mano. Aún estaba tibia. Aquel bicho llevaba muerto pocos minutos.

Suscríbete para seguir leyendo