Te doy una canción
¡Cambalache!

Enrique Santos Discépolo.
Escribo, les confieso, bajo el influjo de la lectura del nuevo libro de Darío Villanueva, que se titula “Un atropello a la razón”, frase que me remonta al tango que hoy nos ha conducido hasta aquí.
¡Ay, el tango, che! Todo un género pasional que, a su vez, disculpen la redonda, provoca pasiones, y a fe que mayormente muy encontradas. Puedo citarles un par de ejemplos al respecto, procedentes de otros tantos amigos que, desgraciadamente, no podrán desmentirme (descansen en paz). Así, mientras Jaime, en un tono un tanto despectivo, lo definía (al tango en general) como “la historia de un cornudo que riega sus penas en alcohol mientras se apoya en la barra de un bar de mala muerte”; Manolo, el Piri, nunca paró de sorprenderme cantando, acompañándose a la guitarra, “Cambalache”, demostrando que se sabía, de principio a fin, la letra, así le cayesen encima dos, cuatro… o dieciocho cervezas noctámbulas y la interpretase a altas e inconfesables horas de la madrugada. Porque no, no es fácil para nosotros, meros aficionados, aprenderse de memoria la letra de este diamante emanado del ingenio y la sapiencia de Enrique Santos Discépolo, compositor, músico, dramaturgo y cineasta argentino (incluso probó como actor), que sin embargo se hizo famoso por la calidad de los textos de sus tangos, que él dignificó en literatura, en excelente literatura. Y no ya solo “Cambalache”, también otros: “Yira, yira”, “Esta noche me emborracho bien”, “Malevaje”, “Uno”, “Cafetín de Buenos Aires”…
La historia de “Cambalache”, estrenado originalmente en 1934, es bastante singular por varias razones, algunas de ellas derivadas de las relaciones de amor/odio que Discépolo mantuvo con el peronismo (sí, ese “demonio culpable” de todas las desgracias de Argentina al que suele referirse al presidente Milei en sus discursos). De hecho, durante la denominada Década Infame, concretamente en 1943, fue prohibida la difusión del tango por la radio en el marco de una campaña emprendida por el Gobierno militar pre-peronista. En 1949, tras su acceso a la presidencia, Perón anuló la prohibición, pero aún tardó varias semanas en hacerlo, cosa que indignó a todos los tangófilos.
Pero lo más asombroso es la vigencia que, noventa años después, mantiene “Cambalache” por su denuncia de los universales males de la sociedad, que continúan siendo aplicables a cualquier país del mundo: “Siglo veinte, cambalache, problemático y febril, el que no llora no mama y el que no afana es un gil (…) ¡No pienses más, sentáte a un lao, que a nadie importa si naciste honrao!”. Sin lugar a dudas: hete aquí todo un clásico que, me temo, lleva camino de convertirse en imperecedero.
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