Y el fuego devoró el Gran Hotel de Mondariz Balneario
Hace medio siglo un incendio destruyó las instalaciones del complejo termal ante la desesperación e impotencia de los vecinos

Ruinas del edificio del Gran Hotel tras el incendio de 1973 / Magar
“Del Gran Hotel de Mondariz Balneario solo quedan cuatro libros de firmas”. Así titulaba el periodista Víctor Iglesias Viqueira el 10 de abril de 1973 su crónica en FARO DE VIGO sobre el incendio que había destruido por completo el lujoso complejo de turismo termal el día anterior. El fuego, provocado por un circuito, se propagó sin remedio gracias a las estructuras de madera y la falta de agua, tal y como señalaba el diario decano de la prensa estatal en su portada y en una página interior donde el texto sobre lo ocurrido iba acompañado de imágenes de las llamas y del edificio destrozado captadas por el fotógrafo Magar.
El siniestro comenzó a la una y cuarto de la tarde en el ala izquierda del tejado y las llamas se propagaron con rapidez “hasta el punto de que a los diez minutos se habían extendido a toda la techumbre, parte del edificio que tardó en caer una hora aproximadamente”. El Parque de Bomberos de Vigo recibía la llamada de auxilio a la una y veinticinco de la tarde, llegando al lugar del siniestro a las dos y cinco. De Pontevedra llegó un camión cisterna del Icona. “¡Demasiado tarde!”, se lamentaban los presentes.
“El vecindario ayudó en masa, pero su esfuerzo fue insuficiente. Sólo pudieron salvarse algunos enseres, parte de la vajilla de plata y diversos cuadros”, informaba este diario. Testigos presenciales indicaban al periodista que “un matrimonio acompañado de una tercera persona fueron los primeros en penetrar en el inmueble siniestrado”. “Poco después, el vecindario hacía acto de presencia para sumarse a las tareas de extinción, sin escatimar medios ni energías, mientras se repetían escenas de auténtico dolor por lo que la pérdida representaba”.
Mientras les fue posible y los bomberos aún no habían llegado, los vecinos subieron a los pisos y tomaron las mangas de extinción de incendios de que estaban dotados. Pero no pudieron utilizarlas porque el edificio estaba en obras de remodelación y el suministro de agua se había cortado. “¡Lo hubiéramos salvado, sin duda! ¡Aún estábamos tiempo! ¡Si el fuego era poca cosa!”, decían los presentes en el lugar.

Ruinas del edificio del Gran Hotel tras el incendio de 1973 / Magar
El reportero y el fotógrafo de FARO llegaron a Gran Hotel cuando los bomberos ya estaban tratando de sofocar las llamas. “El espectáculo era en verdad dantesco. Chisporroteaban las vigas constantemente rociadas por el agua y que luego ardían con nuevos bríos”.
El artículo recogía la primera estimación del valor de los daños causados: unos 300 millones de pesetas. Para realizar el cálculo de las pérdidas, el redactor consultó con Julián Zarauza y Nicolás Alberte, dos integrantes del consejo de administración que unos meses antes se había hecho cargo del hotel y ya tenía en marcha las obras de reacondicionamiento. Los dos estaban “contritos”. “Y contrito está el pueblo entero, que contempla como se evapora ante sus ojos algo tan querido”. Detallaba el cronista que el hotel contaba con más de doscientas habitaciones, cada una de ellas valorada en algo más de un millón de pesetas. El comedor real también había quedado completamente destrozado y la sala de conciertos, cuyo escenario “sufrió bastantes daños”. “Cabría hablar de destrucción al 100 por cien, toda vez que aunque la planta baja no ha sufrido de manera directa las consecuencias del siniestro, sí, por el contrario, ha padecido daños enormes por el gran caudal de agua arrojada sobre los pisos superiores”.

Ruinas del edificio del Gran Hotel tras el incendio de 1973 / Magar
La Sala Regia del hotel merecía en el reportaje un párrafo aparte. Fue una de las primeras dependencias consumidas por las llamas. “Una pérdida irreparable, esa habitación la habían ocupado personalidades de la talla de Miguel Primo de Rivera, proponer solo un ejemplo”, explicaba el cronista, quien se hacía eco de una anécdota. De esa estancia “pudieron salvarse cuatro libros con las rúbricas de visitantes ilustres del establecimiento, por una circunstancia feliz: nuestro corresponsal de Puenteareas, José González Sobral, los había pedido para preparar un reportaje”.
Al pueblo correspondió el mérito –”y la recompensa, si la hay”, añadía Iglesias Viqueira– de salvar “cosas menudas”, entre ellas parte de la vajilla de plata y tres planos. Y lo hicieron poniendo en peligro sus vidas, bajo el riesgo de “desprendimiento de cornisas y maderos ardiendo sobre sus cabezas, como una amenaza de cuento”.
Sobre las 7 de la tarde seguían ardiendo maderas. “Hacia todos los lados, en todas las direcciones se dirigían las mangueras. Llovía como a engaños y los rescoldos atizaban de nuevo su labor arrasadora. Sillas, mesas, cuadros... iban formando ordenados rimeros, en unos casos, y desconcertados, en otros”. “Pasadas las siete y media de la tarde, los maderos aún humean”.
“El Gran Hotel volverá a ser orgullo de Galicia”. Con este titular del miércoles 11 de abril de 1973, 48 horas después de la tragedia, FARO DE VIGO informaba a sus lectores de las intenciones de los propietarios del complejo termal de ponerse manos a la obra para levantar de sus cenizas las ruinas aún humeantes del que había sido un emporio de bienestar y polo de atracción de personalidades durante décadas. Hablaban de salvar la temporada estival y para ello anunciaban como soluciones de urgencia la construcción inmediata de nuevos baños para los “agüistas”. Para el alojamiento de veraneantes contarían con el pueblo. “Que dispongamos del mayor número de habitaciones para que no decaiga el interés por este bello rincón”, decía Nicolás Alberte. Las ruinas del Gran Hotel permanecieron así cerca de veinte años, hasta que se convirtieron en el inmueble destinado a viviendas particulares que cerró la recuperación arquitectónica de la villa termal.
150 años como referente termal europeo
Un siglo y medio después de haber sido ideado por los hermanos Peinador, continúa siendo un destino para los turistas que buscan el “Salutem per Aqua”
El complejo de turismo termal Balneario de Mondariz, cuya importancia originó en 1924 la creación de un municipio propio con el mismo nombre, cumple este año siglo y medio de vida. El proyecto ideado por los hermanos Peinador, cuando en 1873 el agua de sus manantiales fue declarada de utilidad pública por el Gobierno de España, convirtiéndose así en la única villa termal del estado, continúa siendo en la actualidad un referente europeo para los turistas que lo eligen para disfrutar de sus vacaciones y cuidarse a partir de la filosofía natural del “Salutem per Aqua”.
El proyecto fue llevado a cabo por el arquitecto Jenaro de la Fuente, autor del Gran Hotel inaugurado en 1898, y más tarde por Antonio Palacios, al que en 1908 le encargan la construcción de los pabellones de la Fuente de la Gándara y Troncoso.
El termalismo tradicional de los “agüistas” de la Belle Époque que atrajo a Mondariz Balneario a personajes como Isaac Peral, John Rockefeller, Isabel de Borbón, el arzobispo de Webminster, el sultán Muley Hafdid o el infante Augusto de Bragança, entre otros, hizo que el Gran Hotel se convirtiera en un centro social, político y cultural que rivalizaba con los grandes balnearios de Baden-Baden, en Alemania, y Bath, en Inglaterra. Hoy ha dado paso a una industria turística gallega a partir del culto al cuerpo y la búsqueda de la salud y el bienestar.
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