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El árbol de la ciencia

Leí El árbol de la ciencia cuando tenía diecisiete años. Fue un libro que me cabreó muchísimo, lo confieso. Estaba bien escrito, sus reflexiones me resultaban interesantísimas y suponía un espejo maravilloso de la España de comienzos del siglo XX, pero terminaba de forma devastadora y exageradamente dramática y fatal. Pío Baroja había publicado la obra en 1911, y su final repentino no solo me había enfadado por lo trágico del asunto, sino porque me parecía que la vida real no era así. No podía ser así. La visión tan fatalista de las cosas, la amargura existencial y la perenne melancolía.

Ahora —que tengo cuarenta y seis años— y he paseado por el abismo, sé que hay heridas abiertas que nos acompañan siempre, de modo que creo que entiendo mejor a Pío Baroja. Sigo molesta con él por ese final innecesario, por esas dos páginas que nos revientan la vida de Andrés Hurtado y de la encantadora Lulú, que lo había traído con ella hacia la luz, hacia las charlas alegres y deliberadamente frívolas. Al fin y al cabo, si ya sabemos que el cuento va a terminar algún día, ¿por qué tomarnos todo tan en serio?

Me pregunto si ustedes son tan pesimistas como lo era el Andrés Hurtado de Baroja, o si sienten el optimismo irreductible de los soñadores. ¿Han hecho propósitos para el 2023? Me refiero a propósitos de verdad, de calado, y no a al rollo de siempre de ir al gimnasio. Yo no he hecho ninguno, no he tenido tiempo. Aunque los proyectos importantes y con verdadero contenido los tengo marcados desde hace mucho, de modo que hago trampas.

Pero aún estamos en enero y pareciera que toda esa magia y los fuegos artificiales se Fin de Año se hubiesen extinguido a la velocidad del relámpago. Cuanto más viejos nos hacemos, la vida camina más rápido. Del Waka-Amor hemos pasado al Waka-Despecho en un suspiro, del honor herido del metaverso de Tamara Falcó al reportaje en el Polo Norte con cierto aire a montaje. Y cuando aún nos estábamos recuperando de las consecuencias prácticas de la nueva ley del “sí es sí”, en Castilla y León sugerían la necesidad de que los médicos ofreciesen a las mujeres que deseasen abortar la posibilidad de escuchar el latido de su bebé. Como si no supiesen ellas la decisión definitiva que estaban tomando, como si fuesen débiles mentales sin perspectiva. En este sentido, me resultó muy interesante leer El Acontecimiento, de Annie Ernaux, la reciente Premio Nobel: ella abortó siendo muy jovencita, y tardó toda una vida en ser siquiera capaz de hablar de ello. Según pasa el tiempo y se supone que evolucionamos y mejoramos, ¿por qué seguiremos intentado arreglar un árbol podando las ramas que nos molestan, en vez de estudiar su raíz?

Entre tanto, la guerra de Ucrania continúa y otros muchos males del mundo se enquistan de forma crónica, pero al menos nos han dicho que el agujero de la capa de ozono es un poco más pequeño. A lo mejor se lo han inventado, pero dormiremos algo más tranquilos. Quizás, como dice El árbol de la ciencia, “la verdad en bloque es mala para la vida”, porque la verdad nos apabulla, no nos permite respirar con el alivio que nos da la ficción. Así que jueguen conmigo al optimismo irracional, a ser soñadores sin descanso, porque tal vez en el 2023, si no nos agarramos al árbol de la vida, el de la ciencia no nos sirva para nada.  

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