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Faro de Vigo

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Locos egregios en defensa de la guerra y la tortura

¿Es la guerra la continuación de la paz por otros medios?. / FARO

Esa foto en la portada de El País, un padre arrodillado ante su hijo desangrándose... Sí, sí, maldita sea, segundos después de que las esquirlas de un misil ruso le arrebatara la vida en Ucrania mientras esperaban un autobús. ¿Qué le queda a un padre por hacer cuando ve que una bomba de un país agresor mata a su hijo de este modo infame, en medio de una ciudad habitada por civiles? ¿Cómo hacer, tras el llanto, para contener la ira y la furia, el ansia de venganza que a uno le invade? ¿Cómo no alistarse en el ejército del país agredido para evitar, aún matando, que otros hijos no pierdan la vida y otros padres a sus hijos? Si uno está moralmente justificado a hacerlo simplemente por defenderse del agresor, por proteger la supervivencia de la patria invadida que hemos vuelto a ver en pleno siglo XXI ¿cómo no va a estarlo cuando la agresión letal se perpetra con algo tan cercano, íntimo, tan dolorosamente carnal como un hijo?

Si, ya sabemos que el concepto patria ha sido puesto en cuestión por pensadores diversos que especulan dada su abstracción, e incluso utilizado desde su lado jocoso por cómicos muy nuestros y queridos como Wyoming, que dice que no puede ser patriota porque es muy vago. Ya sabemos que esa palabra ha sido utilizada criminalmente por los intereses más groseros desde las atalayas políticas, militares o económicas con inconmensurables resultados letales. Pero ¿llega ese escepticismo a eliminar la idea de pertenencia a una comunidad geográfica y por tanto a no sentirse aludido cuando es atacada? Puede ser que desde un punto de vista pacifista sea posible negarse a la guerra aún en estos casos, no sabemos si las jóvenes generaciones, criadas en tiempos de paz y acomodo, tendrán otra respuesta racional y sentimental a la guerra aún siendo los agredidos, pero a muchos no nos cabe otra que la defensa del espacio donde tenemos nuestros afectos, aún sabiendo que a quienes envían a ocuparte no son más que carne de cañón, hijos como los tuyos movilizados por las ansias imperialistas u otras patrañas del político de turno, por líderes abyectos dispuestos a que sucumba una parte de los suyos con tal de conseguir sus propósitos criminales. Pero ¿estarías dispuesto a permitirlo a pesar de todo ello?

La paz armada ha sido, hasta hoy, un modo de contención de la guerra a falta de mayor evolución del género humano o, quizás, como muestra de que los humanos tienen una parte animal e instintiva no sometida por la cultura que solo se contiene por el miedo al otro. ¿Supone eso una defensa del belicismo? De ningún modo porque éste supone una actitud predispuesta hacia la guerra. ¿Desacredita esto al pacifismo como algo utópico? De ninguna manera, porque la sociedad evoluciona por la dialéctica entre contrarios, por el enfrentamiento de sus polos. ¿Se hubiera mejorado la vida y los derechos de los animales sin anima listas, a veces maximalistas en sus propuestas? No, sin duda alguna su sensibilidad ha sido una punta de lanza en su defensa ¿se hubieran reconocido los derechos de la mujer sin feministas? Claro que no, aún obligándolas a extremos de radicalidad compensatorios de la arrasadora e impune mentalidad patriarcal.

Estoy leyendo sorprendido el librillo Elogio de la Guerra, escrito en el siglo XV por un tal Sánchez de Arévalo, paradójicamente reconocido como un reputado historiador, diplomático, teólogo, pedagogo y escritor del Humanismo castellano. Si no llega a serlo ¿qué escribiría? Su tesis es que cuando la paz dura demasiado se hace acompañar por pésimos amigos como el libertinaje, la laxitud, la blandenguería y la indolencia. Hay que tenerlos bien puestos para atreverse a esa defensa como en el XVI un también culto Pedro de Castro escribió su Defensa de la tortura, otro librillo que adquirí sorprendido aunque sepamos que esos siglos eran esos siglos.

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