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Faro de Vigo

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30 años de la muerte de un mito

Los dos “cantes” gallegos de Camarón

El mítico cantaor estuvo en Vigo una semana para que un odontólogo le arreglase la dentadura y actuó en A Coruña en un concierto que acabó a tiros, navajazos y quema de sendos campamentos gitanos de clanes rivales

El cantaor José Monje “Camarón de la Isla”.

No fue precisamente Galicia un territorio que frecuentase Camarón de la Isla, pero el genial cantaor flamenco nos visitó al menos un par de ocasiones, ciudades de Vigo y A Coruña, y por razones bastante dispares: una para cantar y, la otra, para curarse de un “horroroso” dolor de muelas. De esta última tenemos noticia gracias a un artículo de la escritora Carme Kruckenberg titulado “O peso da voz” publicado en FARO DE VIGO el 4 de julio de 1992, dos días después del fallecimiento de José Monje Cruz, nombre y apellidos que figuraban en su documento de identidad.

No nos sitúa Kruckenberg en la fecha exacta, pero la calculamos a mediados de la década de los 80 del siglo pasado: “Mi hija -traducimos del gallego al castellano el relato de la escritora- me pidió que lo alojase en mi casa aquí en Vigo, porque tenía que ir a un dentista para arreglar la boca”. La infección tenía mucho que ver con que, en aquella altura, el cantaor estaba ya enganchado a la heroína, al punto de que “hasta se pinchaba en las encías, destrozadas, así como los dientes”. Además de curar la infección, lo que Camarón quería era que el odontólogo le colocase un brillante en un diente, porque lo había visto en un cantante americano y le había gustado sobremanera el ornamento decorativo. Llegó a Vigo acompañado de un amigo del que Kruckenberg no cita la identidad, pero deducimos que se trataba de Gonzalo Torrente Malvido, de quien se ha dicho que durante un tiempo ejerció como manager, pero en realidad lo que había hecho es echarle una mano a un amigo en apuros, un amigo con el que había entablado relaciones durante las juergas nocturnas que se gastaba por aquella época el hijo de Gonzalo Torrente Ballester en el Madrid de los tablaos.

Carme Kruckenberg alojó al ilustre invitado en el dormitorio que había sido el de su madre “y con gran sorpresa por mi parte -prosigue- a las dos horas de haberse instalado, parecía que había montado un campamento gitano en la habitación (….) Sobre la cómoda, las mesas de noche, las sillas, la mesa central y las butacas, había cables de todos los tamaños y texturas, para la radio, para altavoces, magnetófonos; cables de mil colores, tenazas, alicates, pequeños martillos, condensadores, transmisores y decenas de cosas más, todas de electrónica, de electricidad (…) Me quedé estupefacta. En dos horas escasas, yo ya no reconocía la habitación que había visto durante cincuenta y cinco años de mi vida”. En el transcurso de aquellos días, en torno a una semana, en la casa de Carme Kruckenberg, además de acudir a la consulta, cantar y tocar la guitarra, Camarón llamaba cada día por teléfono al menos un par de veces a su esposa, la Chispa. Y, de las conversaciones con él, Carme recordaba que hablaron de las letras de los cantes flamencos y, sobre todo, de su familia. Antes de marcharse, Camarón le regaló una de sus pulseras.

EL CONCIERTO EN A CORUÑA

El único concierto que dio en Galicia Camarón de la Isla, acompañado a la guitarra por Tomatito, fue el celebrado en el Palacio de Deportes de A Coruña el 5 de marzo de 1982. Quien conoció todos los detalles de aquella visita fue el crítico musical y copromotor del concierto, Nonito Pereira, fallecido hace dos años, que lo inmortalizó en su blog. Por su testimonio sabemos que con dos semanas de antelación se pusieron a la venta las entradas “con una respuesta inicial de público que me dejó sorprendido, porque empezó a acudir una inesperada cantidad de personas que compraban inusuales cantidades de entradas”. Al segundo día, ya se había agotado el taquillaje más caro, el que correspondía a las primeras filas de sillas, todas ellas copadas con mayoría absoluta de personas de etnia gitana. “Llegaban -contó Nonito-, sacaban un buen fajo de billetes, pedían 20 ó 30 entradas, pagaban sin rechistar y se marchaban”.

“Llegaban, sacaban un buen fajo de billetes, pedían 20 ó 30 entradas, pagaban sin rechistar y se iban”

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Pero al tercer día, empezaron los problemas. Se habían cubierto todas las primeras filas pero a partir de la Fila 9… casi nadie. Gitanos de toda Galicia habían peregrinado para estar lo más cerca posible del “divinizado" Camarón de la Isla, pero no estaban dispuestos a verle a más de 15/20 metros de distancia.

Y, claro, la noche del concierto se armó la de San Quintín, que Nonito dejó contada así: “La gente entraba, en avalancha, corriendo a ocupar las primeras filas sin tener localidad para ello. Hombres, mujeres y niños, incluso bebés, se abalanzaban a por los asientos vacíos próximos al escenario”. El desaguisado provocó un largo retraso sobre el horario anunciado, lo cual acrecentó las sonoras muestras de desagrado del público. El tono de las discusiones aumentó de tal manera que el mismísimo Camarón tuvo que pedir silencio y tranquilidad: “A punto de hacer una inspección ocular para contrastar mi información -seguimos a Nonito- suenan dos o tres “golpes “ secos que retumban en el Pabellón. ¡Son disparos! grita uno de los agentes. Yo me quedo tieso al pie de la escalera del escenario, mientras se monta una auténtica batalla campal a pocos metros. Busco con la mirada la puerta de salida más próxima y, en pocos segundos, veo cómo una incontrolada masa de mujeres y niños, gritando y llorando, intentan salir por ella. Con la salida totalmente bloqueada, miro al escenario y veo plantados en él a Camarón y Tomatito, que seguían atónitos el espectáculo. Camarón estaba extrañamente sereno aunque murmuraba repetidas veces ¡Siempre pasa lo mismo. Siempre pasa lo mismo! Como quién no quiere la cosa, puse mis manos en sus hombros y lo fui dirigiendo hacia los camerinos, con Tomatito enganchado al “tren” mientras gritaba: ¡Abran paso, abran paso, es Camarón! y, milagrosamente, el paso se abría.

El cantaor José Monje “Camarón de la Isla”. FDV

En el recinto estalló una batalla campal a base de sillas hasta que llegó una brigada de la policía que procedió a disolver a los “combatientes” y trasladar los heridos al hospital, no sin antes haber realizado varias detenciones de revoltosos que, interrogados en comisaría, lo negaron todo. Es decir, que allí no había pasado nada, que nadie había disparado ni sacado navajas. Y, por supuesto, ninguno de los bandos implicados en el conflicto, ni siquiera los heridos, denunció al otro. Imperó la ley del silencio en versión gitana.

Eso sí, a las pocas semanas se produjo un incendio, al parecer intencionado, de varias chabolas de gitanos en Ferrol, al que le sucedió otro, esta vez en un poblado gitano de A Coruña.

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