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Faro de Vigo

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Eduardo R. Cunha “Tatán” Actor y titiritero

“Nunca me llamaron titiritero para insultarme”

“Mi padre, como buen republicano, quiso que hiciera la carrera de Derecho con el argumento de “si quieres conocer a su tu enemigo, estudia sus leyes”, las leyes franquistas, claro”

Tatán, en el taller de Tanxarina en Redondela Ricardo Grobas

Acaba de recibir el Premio “María Casares” al Mejor Actor por su interpretación en “Terceiro Acto”, espectáculo del Centro Dramático Galego, aunque a Eduardo Rodríguez Cunha “Tatán” se le conoce sobre todo por “Tanxarina” que, con una trayectoria de cuatro décadas, está considerada una compañía de referencia en el teatro de títeres de Galicia.

—En “Terceiro Acto” se interpreta usted a sí mismo. ¿Cómo se hace eso?

—Las directoras, Andrea Jimenez y Noemí Rodríguez, nos pidieron a todos los actores que hablásemos de la memoria siendo nosotros mismos, contando nuestras propias experiencias. Y, sí, mi personaje, de hecho, se llama Tatán.

—¿Y qué cuenta?

—Cuento historias de mi infancia y de mi juventud. Una de ellas tiene que ver con la Revolución de los Claveles, en abril de 1975, cuando decidí irme a Portugal a respirar la libertad de aquel histórico momento, al igual que hicimos otros jóvenes gallegos, porque aquella era la misma libertad que nosotros queríamos para nuestro país. También narro recuerdos de mi familia, de cuando mi padre, republicano, regresó del campo de refugiados de Argelès, en Francia, donde los exiliados lo pasaron muy mal, al punto de que todos los días moría gente por el hambre.

Tatán, en el taller de Tanxarina en Redondela. Ricardo Grobas

—Está a punto de cumplir 40 años dedicándose a los títeres ¿Cómo nació su vocación?

—A mí el teatro me atrajo desde niño. Y, ya más adelante, en los años 70, me integré en una célula cultural del Movimiento Comunista mientras cursaba estudios de Derecho. En esa etapa montábamos espectáculos muy reivindicativos. Ya en los 80, abandoné los estudios y me trasladé a Barcelona, y fue allí cuando me decanté por el teatro de títeres, me enamoré de él. De manera que, al regresar a Galicia, con otros compañeros y compañeras, fundamos Tanxarina y decidimos dedicarnos a esto, y hacerlo además profesionalmente.

—¿Y cómo se tomaron en casa su decisión?

—Mi padre se quedó un poco frustrado porque él había sido quien me convenció de que hiciese la carrera de Derecho bajo el argumento de que “Si quieres conocer a tu enemigo, estudia sus leyes”…que eran las leyes franquistas. Así que, ya digo, a mi padre desde luego que no le gustó mi idea de hacerme titiritero. Pero, bueno, con el paso del tiempo, tanto mi padre y mi madre como mis hermanos acabaron por asimilar mi elección…entre otras razones porque yo siempre he sido bastante terco. Y a partir de ahí me arroparon y me ayudaron en todo lo que pudieron.

—Si hoy se dice que dedicarse al teatro en Galicia es un acto de resistencia, en aquellos tiempos sería toda una heroicidad.

—Algo de eso hubo porque, en aquel entonces, apostar por el teatro y, encima, de títeres era una auténtica temeridad. Con la nuestra, había unas cuantas compañías más que decidimos asociarnos con el objetivo de dignificar nuestra profesión. Recuerdo que, durante una reunión, llegamos al acuerdo de que ninguna compañía debería cobrar menos de diez mil pesetas por representar una función. La verdad es que a lo largo de todo este tiempo, en Tanxarina hemos pasado por momentos difíciles, varias veces hemos estado a punto de tirar la toalla porque económicamente aquello no funcionaba, peros siempre resistimos. Y, bueno, aquí estamos.

—¿Cual ha sido el secreto de la pervivencia, o supervivencia, de Tanxarina?

—Yo creo que la clave ha estado en la diversificación. Todos los componentes de Tanxarina hacemos otros trabajos artísticos. Yo, por ejemplo, he participado en varias películas de cine, hago teatro como actor, incluso grabé un disco…Miguel Borines hace televisión, Andrés Giráldez esta metido en las series…pero siempre ponemos por delante a Tanxarina; todo lo que hacemos fuera de Tanxarina lo hacemos priorizando a Tanxarina, y al mismo tiempo nos sirve como balón de oxígeno.

—En otras culturas, el teatro de títeres no es visto solo como un espectáculo para niños, sino también para adultos. ¿En Galicia también se ha asimilado?

—Yo creo que eso ya está asimilado y, en ese sentido, la creación de festivales de títeres como los de Redondela, Lalín o Santiago, han contribuido mucho en hacer entender al público que existe otro tipo de teatro de títeres que cuenta historias que llegan al corazón tanto de adultos como de menores. Y eso es precisamente lo que siempre hemos pretendido hacer en Tanxarina: contar historias que todo el mundo entienda y que a todo el mundo le interese. Y si hay que denunciar alguna injusticia, tambien lo hacemos,

—De todas formas, los menores continúan siendo la base de su público, y es un público difícil, entre otras razones porque es muy sincero. ¿Cuáles son las claves para llegar hasta ellos?

—Son los más difíciles, pero también los más leales. Y, como dices, no tienen filtros para expresar lo que sienten, lo que opinan acerca de lo que están viendo y escuchando. Lo que hay que hacer es saber tratarlos, no como adultos, porque no lo son, pero sí como personas. Los niños no son tontos, son muy inteligentes, por lo tanto hay que corresponder a sus demandas y hacerlo sin ñoñerías, con cariño y con mucho respeto, presentándoles historias que les puedan transmitir valores.

—¿En qué se diferencian los niños que asistían a sus espectáculos de los de ahora?

—Pese a lo que se diga, la verdad es que yo no veo grandes diferencias. Hoy en día los chavales, cuando acuden a un espectáculo, saben a dónde van, están educados para ello.¡Es más! Están más educados que algunos padres y madres, que sí que molestan usando los móviles mientras nosotros representamos la función. El niño de hoy, como el de hace 40 años, agradece las historias bien contadas.

Tatán, en el taller de Tanxarina en Redondela. Ricardo Grobas

—¿Qué límites se ponen a sus espectáculos?

—Los únicos límites que nos ponemos son los presupuestarios (risas). Pero, a nivel de creación, ninguno.

—¿Incorporar las Nuevas Tecnologías sería traicionar la tradición artesanal del titiritero?

—Nosotros evolucionamos con los tiempos, siempre lo hemos hecho. Venimos de la generación del cassette, pasamos por el vinilo, el CD, el mini disc….y agradecememos cualquier adelanto. Otra cosa es usar la tecnología en algo que no nos parece necesario, esos sí que no lo hacemos. Nosotros recurrimos a las nuevas tecnologías cuando creemos que son necesarias para representar el espectáculo que hemos creado. Y es verdad que hay un bum tecnológico pero, en mi opinión, en determinadas ocasiones se hace en detrimento de la calidad actoral y el trabajo artesanal.

—Ustedes también construyen sus muñecos, sus criaturas, y cada una tiene su carácter, por no decir “alma”. ¿También su personalidad se construye?

—Por supuesto. Cada uno de nuestros personajes tiene su papel y su fundamento, de manera que necesita tener un carácter determinado, y eso empieza ya no solo cuando los construimos, sino incluso antes, cuando los diseñamos, aunque durante la construcción a veces introducimos elementos nuevos que nos van surgiendo, desde sus miradas y sus gestos hasta su manera de caminar.

—¿Alguna vez se han dirigido a usted llamándole titiritero, pero para insultarle?

—Pues la verdad es que eso a mí es algo que nunca me ha sucedido. Y eso lo considero un éxito en el sentido de que tanto en Tanxarina como en otras compañías, en todos estos años nos hemos ganado un respeto y una dignificación profesional.

—A todo esto: ¿Debería haber un premio al mejor títere actor/actriz?

—Me parece difícil, sobre todo teniendo en cuenta que los premios los concede la Asociación de Actores y Actrices y, como todos son de carne y hueso, no creo que les guste ese tipo de competencia (risas)…Lo que sí pienso, es que un titiritero también es un actor en el sentido de que expresa sentimientos, emociones, actitudes, aunque sea a través de un objeto. 

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