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Faro de Vigo

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Esa gente brillante en el arte de envejecer

UNA PERSONA MAYOR HACE EJERCICIO EN UN PARQUE PUBLICO. Noe Parga

Llego a casa de noche, reviso mi móvil antes de ponerme a escribir y veo una llamada perdida de Adolfo Rego. Le llamaré cuando venga el nuevo día por si tiene la higiénica costumbre de acostarse temprano. Hombre, cien años no pasan en balde. Rego es un ourensano centenario que mantiene una admirable actividad intelectual y tiene cuerda para rato cuando habla. “Ti córtame cando queiras que eu falo moito”, me dice cada vez que hablamos. Un día tendré que escribir más por lo menudo de su enorme biblioteca de más de 8.000 volúmenes o piezas sorprendentes como una colección de estampas de novenarios. Pertenece a esa saga de veteranos que brillan en el arte de envejecer, centenarios o nonagenarios como Luis Torras o Pilar de Paz Andrade, por citar a algunos vivos, o Mariví Villaverde (la voz del exilio), Paco el de la Belga, Paco Steinbruggen, el ex barman Roberto Vidal o Alberto Varela Grandal, que se nos fueron no hace mucho entre los noventa y los cien años. A todos ellos les hice sus Memorias en vivo y en directo para este periódico y de todos he aprendido a valorar el ejercicio de mirar hacia atrás para coger impulso.

El arte de envejecer, decía André Maurois, es el de conservar alguna esperanza. Hay gente que no envejece mentalmente sino que padece juventud acumulada, como yo creí advertir en el abogado vigués Alberto Varela Grandal cuando estuve en su despacho a sus 94 años o en la casa viguesa del pintor Luis Torras cuando iba a cumplir 100 (en diciembre cumplirá 110), o en la de Pilar de Paz Andrade, que ahora tiene 104, cuando fui a la suya de Samil a sus 96 y me recitó casi de memoria la primera carta de amor que le escribió su marido Valentín en 1937. “Nunca le presté atención a la edad para hacer lo que me gustaba. La vida empieza siempre ahora mismo”, me decía el lucense Ramón Blanco, el alpinista de mayor edad que coronó el Everest hasta que le quito el récord un americano y que a sus 85 (no sé qué es de él ahora con 89) corría mediomaratones.

De mis contactos con cada uno podría contar alguna anécdota no escrita. Por ejemplo del abogado Alberto Varela Grandal guardo una bolsa que dejó para mí antes de morir y estoy viendo a la derecha de mi mesa mientras escribo. Cuando le hice sus Memorias para FARO, me puso una condición: que no habláramos de su paso por la División Azul hasta después de su muerte, en que ya no le importaría nada. Había conseguido yo hacer poco antes un amplio reportaje con las memorias de otro vigués, Ramón Martínez Taboada, que había estado entre 1941 y 1943 en esta división, tras convencer a una hija de que desempolvara para mi su impagable diario de campaña. Estaba ilusionado cuando me dio cita Varela Grandal con que me hablara de su experiencia en Rusia. Tenía un historial profesional brillante que incluía la alcaldía de Vigo unos meses, muchos cargos y condecoraciones, pero se negó en redondo a hablar de ello, ofreciéndome como compensación unos textos que escribiría para que me fueran entregados tras su muerte.

Seguro que no pudo hacerlo porque era uno de estos hombres de palabra y no pensé otra cosa cuando me entregaron esa bolsa sin texto alguno pero con dos álbumes de fotos: uno, de escenas de la guerra tomadas por él mismo incluida su convalecencia en Alemania tras ser herido y otro con imágenes de pueblos rusos por los que había pasado. Había también dos libros biográficos sobre Hitler escritos a finales de los 50 y uno sobre la batalla del Marne. “Yo fui uno de tantos jóvenes que con el idealismo de los 20 años nos alistamos contra el comunismo ruso -me decía- como idealistas podía haber en las Brigadas Internacionales que vinieron a luchar a España contra Franco aunque no se confunda: en medio había, tanto entre los que fuimos allá como entre los que vinieron acá, muchos movidos por otras razones ajenas a ideología alguna. Pero eso se lo contaré para que lo lea tras mi muerte”. A lo mejor se sentía tan joven que no esperaba morirse tan solo con 100 años, y dejaba esas memorias prometidas para más tarde.

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